La muerte no está en absoluto bien entendida, y es preciso de muchas aclaraciones y por suerte en el espiritismo podemos encontrar la gran mayoría de ellas. Pero millones y millones de personas apenas conocen, malinterpretan, ignoran y no saben que éste es un proceso que se define con una sola palabra: natural.
Forma parte de la naturaleza y de la vida, igual que se nace a la carne, se muere en la carne, igual que existe la transformación en el Universo, en los otros reinos de la naturaleza, en las plantas y los animales, en el hombre ocurre exactamente igual.
El nacimiento es la entrada a la vida física a una dimensión concreta, y la muerte es la puerta de salida de esa dimensión, pero el alma es siempre la misma, el espíritu es inmortal desde que es creado por Dios, y por lo tanto mantiene su identidad, es siempre él mismo ante Dios y ante sus leyes, antes de encarnar, durante la encarnación y después de dejar en la Tierra el cuerpo físico.
Este fenómeno por el que todos hemos de pasar es natural, no es excepcional, por tanto, no hay que tener miedo, es el paso a otra dimensión donde sigue viviendo la propia personalidad, donde sigue sintiendo, emocionándose, pensando, actuando, trabajando y progresando.
La concepción de algunas religiones de que después de la muerte acontece un cese de la actividad, es total y absolutamente contraria a las leyes de la naturaleza y a las leyes de Dios. La vida es acción, es trabajo, es progreso, es cambio, es transformación, y la vida no pertenece a la Tierra únicamente. La Tierra es una manifestación de la vida, lo físico es una manifestación derivada de lo espiritual, no es al revés, el alma no proviene del cuerpo, el cuerpo proviene del alma, porque Dios cuando crea su obra, lo primero es el espíritu y luego viene la materia.
La manera en como las personas enfrentan este proceso es, en la gran mayoría de los casos, equivocada, grandes manifestaciones, exorbitantes muestras de dolor, de histeria, de lloros, algunas veces sentidos y otros fingidos, todo esto no hace más que perjudicar al ser que se marcha. La actitud correcta de aquellos que permanecen en la Tierra, alrededor de un ser querido que se está yendo, debe ser resumida en dos palabras: oración y recogimiento.
Oración para ayudar en el tránsito de desprendimiento de ese ser que ya ha cumplido con su etapa en la Tierra y lo que va a dejar son simplemente despojos. Y recogimiento porque, con la dignidad que es preciso que todo el mundo abandone la Tierra es necesario que los pensamientos, las emociones, las acciones, los comentarios de aquellos que se encuentran alrededor de la persona que parte, sean positivos, coherentes y si no, mejor no mencionarlos para no crear corrientes mentales que atraigan, o sobre todo, lo más perjudicial, retengan al espíritu mentalmente apegado a la materia por los comentarios, las expresiones, los recuerdos, las memorias de cosas positivas, o algunas de ellas negativas que la persona obró en vida.
Aunque en los procesos del tránsito el espíritu no se encuentra consciente muchas veces por la perturbación que sufre, no debemos olvidar que llega un momento en que la lucidez llega a ese espíritu y en muchas ocasiones si se encuentra en medianas condiciones espirituales, se está lucido incluso antes de su enterramiento, y acompaña el féretro junto a sus familiares.
En el momento en que el espíritu despierta y se encuentra en condiciones para entender lo que ha ocurrido, y ha comprendido perfectamente su situación, estos comentarios que se realizan entre familiares o amigos que acompañan el féretro, esos pensamientos hipócritas de algunos que acuden con una intención distinta a lo que sus palabras y sus hechos manifiestan, todo eso es verdaderamente perjudicial para el alma del que parte, pues se ve sometido a la energía perturbadora de esos pensamientos y emociones que le llegan, y lógicamente le hacen un poco más difícil la partida.
Igualmente, en el tránsito espiritual y en la perturbación, pueden darse rápidamente liberaciones de espíritus a las pocas horas, sobre todo si se tienen conocimientos espirituales, una actitud de humildad y de sumisión a Dios y a su justicia, se libera rápidamente, y si previamente, la persona se ha ido preparando para ese momento, desmaterializándose, olvidando los vínculos materiales con los objetos de la Tierra que suponen un apego para él, dinero, herencias, cualquier otro tipo de cosas que están ahí y que perturban.
Cuando el espíritu ha hecho ese trabajo de preparación, de desmaterialización y llega a estos momentos, es muy fácil el desprendimiento, no existe dolor, es como cuando entramos en el sueño cada día y despertamos del sueño: al principio una leve confusión que hace que nuestra conciencia se encuentre sin saber muy bien donde está, pero rápidamente obtiene la lucidez debido a los conocimientos que atesora, a la preparación que ha llevado, y al amparo y protección de los seres queridos que le están acompañando en ese momento.
No debemos temer a la muerte, si nos preparamos adecuadamente para ella, Dios y aquellos que nos aman están siempre ahí.
Otro de los aspectos importantes ya no tiene que ver con la actitud o la predisposición de los que acuden al sepelio, sino con las actuaciones que se realizan para finalizar el proceso de morir, porque como bien se explica en el espiritismo, una cosa es morir y otra desencarnar.
Uno muere cuando los órganos del cuerpo pierden la vitalidad y se produce el óbito y evidentemente el cuerpo deja de funcionar, y se entra en un proceso de descomposición orgánica, pero eso no quiere decir que el espíritu haya desencarnado, porque en muchas ocasiones sigue apegado a su materia, o bien por los apegos mentales y emocionales de los que hemos hablado, o bien por otras cuestiones.
Y esas otras cuestiones son infinitas, hay una gran casuística que permite que el desprendimiento sea más rápido o lento. Por ejemplo, una muerte violenta o no violenta, una muerte deseada o no deseada, un suicidio involuntario o voluntario. Cada cosa tiene su repercusión a la hora de abandonar el cuerpo, y no debemos olvidar que ese cuerpo que Dios nos dio para tener esta experiencia, merece nuestra consideración, nuestro respeto y nuestra gratitud, pues gracias a él, aunque ahora se encuentre profundamente deteriorado en los últimos momentos que hemos vivido las experiencias en la carne, hemos podido aprovechar para adelantar espiritualmente, para superar nuestras imperfecciones, para conseguir mayores estados elevados de conciencia, para eliminar el dolor futuro, y el sufrimiento que nos espera.
El cuerpo es un aliado del espíritu cuando realmente se sabe comprender su valor y su importancia. Aquel que llega a esos momentos valorando la importancia que ha tenido el cuerpo para él en el aspecto espiritual, del progreso, y en el aspecto de ser ese templo del espíritu que le permitió tantas y tantas experiencias que se lleva con él y que las aprovechará en el futuro, es algo realmente importante. Esta es otra de las cosas que debemos tener en cuenta, el valor de ese instrumento que Dios nos concedió y que nos ha permitido progresar y adelantar en la Tierra.
Otra cosa importante que es desconocida en gran parte por la mayoría, cuando se producen los instantes finales antes de morir, hay veces que los procedimientos médicos con los cuidados paliativos son acertados, porque como dice ese gran Maestro llamado Kardec, al que los espíritus superiores transmitieron sus conocimientos: es necesario ayudar a evitar el dolor en los momentos finales, pero nunca adelantar la muerte.
La eutanasia es un suicidio y un minuto de sufrimiento como muy bien dicen sus obras, significa a veces para el espíritu, progreso inenarrable. En esos procesos finales no solamente es justo y legitimo reclamar una asistencia paliativa para evitar el dolor, es necesario que así se haga. Ahora bien, no confundamos, hay un aspecto que también es importante que lo tengamos en cuenta, una cosa es recibir en esos momentos finales la medicación adecuada, la anestesia correspondiente en el caso de que se trate de una operación, o si no se trata de ello, digámoslo así, la medicina que calme el dolor, y otra diferente es permitir que la conciencia se apague anticipadamente.
¿Qué quiero decir con esto? A nivel material existe una pequeña controversia con relación a lo espiritual. El proceso de la sedación es un proceso bueno para el cuerpo, pero controvertido y perjudicial para el periespíritu. La sedación es una droga que sin duda ninguna supone para éste como un shock eléctrico, que lo que hace es pegar de manera brutal todas sus energías a las células del cuerpo físico, entorpeciendo así el desprendimiento, retrasándolo y perjudicando precisamente la desencarnación, porque como he dicho antes, una cosa es morir y otra cosa es desencarnar.
Muchos espíritus se encuentran, después de mucho tiempo, apegados todavía a su cuerpo físico, por determinadas maneras que tuvieron de vivir y de morir, eso es un sufrimiento para él. Su liberación es lo importante, y la sedación, contiene dos componentes, uno es una droga y otro tiene este efecto sobre el periespíritu más concretamente sobre los chakras, sobre el sistema y los centros nerviosos, que anula los procesos mediante los cuales estos van liberando poco a poco las amarras y el lazo del periespíritu con la argamasa celular.
Esta cuestión es importante que la tengamos en cuenta, porque en medicina los médicos optan por este tema cuando la función orgánica es irreversible, pero siempre los familiares tienen la última palabra, y si el enfermo no está consciente, porque se encuentra en un estado de coma, siempre tienen la oportunidad de llevarlo del hospital a su casa pidiendo que le apliquen en el domicilio los cuidados paliativos para que no sufra, y si está consciente, con mayor motivo. Porque estos cuidados en forma de medicación alivian, pero no anulan la conciencia de la persona, ni producen digámoslo así, el efecto de la sedación.
Muchas veces se opta por la sedación debido a que el paciente alcanza un estado vital irreversible, y aunque los médicos no sepan cuando se va a producir el óbito, en el momento en que practican la sedación han dado ya por inútil cualquier tentativa de recuperación, y desconectan al paciente de los aparatos a los que estaba vinculado, acelerando el proceso. En algunas ocasiones esa desvinculación produce la muerte de inmediato, en otras no.
Entonces aquí vendría la pregunta: en estos procesos, si se permite que esto acontezca, ¿es conveniente esa sedación que impide a la persona seguir consciente y que muchas veces los comités médicos deciden al margen de los familiares o del propio enfermo? ¿Es obligatorio practicar la sedación o no, aunque lo comuniquen? Debido a la ignorancia de los familiares, muchas veces, aceptan de buen grado el consejo médico, sin darse cuenta de que pueden estar acortando la vida de su ser querido, al desvincularle del soporte vital que lo mantiene. Es una cuestión compleja para su reflexión.
Así pues, todos los cuidados paliativos para eliminar el dolor sean bienvenidos y sean precisamente aceptados e incorporados. Pero a ello, acompañemos el mayor cuidado paliativo que podamos tener para con el enfermo y que no está en la medicación, sino en la dignidad que se le dé en los últimos momentos. Está en el afecto, en el amor y en el cariño de aquellos que le acompañan, ese es el mayor de los cuidados paliativos, el que hace que el espíritu enfrente ese proceso con serenidad, en paz, con calma, al poder ver que sus familiares están orando por él, ayudándole, sin hacer dramas ni tragedias, porque comprenden, que a pesar de la tristeza que les embarga, van a volver a verlo, se reencontraran con él cuando pase un tiempo, seguirán gozando de su afecto, de su amor, de su cariño, y ahí están ellos, los que le rodean para darle el mayor y el mejor de los cuidados paliativos. Su gratitud por la vida y las experiencias compartidas, su amor para que ese espíritu rodeado de paz y de sosiego, pueda realizar el tránsito a la mayor rapidez posible.
Su respeto a su dignidad, ese es el mayor de los cuidados paliativos, rodead a la persona que se marcha de cariño, de amor, de pensamientos positivos y no de pensamientos egoístas del orden como ¿Qué haces?,¿Por qué te vas? ¿Por qué me abandonas? ¿Qué me estás haciendo?, estos pensamientos perturban, este tipo de ideas perjudican al alma que se marcha.
Debemos dar las gracias a Dios y pedirle para que pueda abandonar ese cuerpo que tanto le ayudó y que ahora es inservible para poder seguir su camino de luz, despertar cuanto antes y vislumbrar su vida eterna.
Cada cual elige como desea partir al otro lado. En los procesos de incineración, como los procesos de inhumación, todo depende del grado de desprendimiento y de la elevación moral del alma. A mayor elevación moral, mayor desprendimiento, menor apego a las cosas materiales y la rapidez en desligarse es mucho mayor reduciendo así el tiempo de turbación, por lo cual, tanto una manera como otra son válidas si el espíritu ha logrado desprenderse con facilidad. De lo contrario, tanto la inhumación como el proceso que hace que el cuerpo sea quemado de forma instantánea, son procesos que generan aflicción al espíritu en su tránsito si este no ha sabido desprenderse.
Debemos saber que, por encima de todo, la compasión y la piedad de Dios se encuentra siempre presente en los momentos de la desencarnación de un espíritu, y es ahí donde se manifiesta su amor, a través de la ayuda que brinda desde el plano espiritual para que abandonemos la materia de la mejor forma posible.
A veces es mucho más fácil de lo que nos imaginamos. Tanto es así que es más fácil, en muchas ocasiones, morir que nacer, por lo tanto, no debemos tener miedo, debemos recibir el momento con serenidad, en calma, confiando en Dios, en su piedad, en su justicia y en su amor.
Recordemos siempre a nuestros seres queridos en los momentos de felicidad, vislumbremos junto a ellos en esos momentos las experiencias de amor, de alegría, de satisfacción que vivimos junto a ellos, repetirlas en nuestra mente, viendo el amor que nos unía, el cariño, los vínculos, los lazos, todo aquello que entre nosotros construyó un imperecedero puente de amor y de luz, que seguirá existiendo con más fuerza desde el otro lado por su parte hacia nosotros y de nosotros hacia ellos, cuando tengamos la oportunidad de reencontrarnos después de que partamos a la otra vida.
Prepararse para la muerte por: Un espíritu






