¿EL ELÁN VITAL DE BERGSON?
“La teoría de que la vida ha sido creada por una inteligencia es tan evidente que uno se pregunta por qué no es comúnmente aceptada. Las razones son más psicológicas que científicas.”
Fred Hoyle, astrónomo, nominado para el Nobel de Física
La permanente discusión sobre el carácter y presencia de Dios en su obra que distingue los conceptos del deísmo y el teísmo, tiene también sus derivaciones en los procesos creadores y evolutivos de la vida a niveles de la ciencia.
La metafísica, como rama de la filosofía, está de vuelta al panorama del debate al modificarse el paradigma de la Cosmología con el descubrimiento del Big Bang y la aparición de un universo dinámico y en permanente expansión. Un cosmos no estático, que ha tenido un principio y no es eterno como se le suponía.
El origen de un universo con un tiempo definido que la ciencia sitúa en 13.800 millones de años, abre la puerta a indagar acerca de los conceptos de su etiología, y aquí solo hay dos respuestas: o bien todo es fruto del azar procedente de la nada, pues antes de ese instante primero nada existía (ni tiempo, ni energía, ni espacio, ni leyes de ningún tipo), o bien todo es fruto de una creación por parte de un agente externo y desconocido al que llamamos Dios.
El debate de los teístas o deístas tiene su origen en saber si este creador, diseñador o arquitecto del universo simplemente se ha limitado a originarlo y crearlo mediante unas leyes y sin intervenir posteriormente en su devenir, como afirman los deístas, o bien como explican los teístas, este organizador y creador no solo crea desde la nada sino que tutela e interviene en la evolución y el desarrollo de su obra.
Y junto a este debate irresoluble en el que muchos renuncian a tomar partido, una consecuencia del mismo deviene de sí la constante transformación de la materia y de los seres vivos tiene que ver con un impulso generado por este mismo creador que permite una constante evolución de las formas y los seres hacia estados de mayor perfección.
“El impulso vital consiste esencialmente en una necesidad de creación”.
Henri Bergson, filósofo
Este impulso vital fue la base del filósofo Henri Bergson, el cual denominó a esta fuerza como Elán Vital, y sentó bases para otros investigadores y filósofos que compitieron con la teoría evolutiva de Darwin y Wallace y al mismo tiempo formó parte del movimiento llamado Vitalismo como explicación general de la fuerza que, interpenetrando todo el cosmos, impulsa a toda la creación a una transformación y progreso constante.
Por supuesto, el ser humano no podía estar exento de la influencia de esta fuerza porque también forma parte de la creación. Y circunscribiendo al hombre, bajo la influencia de este impulso universal de Bergson, las informaciones espirituales que se vienen recibiendo desde distintos lugares y por eminentes y elevados ejemplos de maestros espirituales, encontramos un concepto que viene a significar lo mismo:“Deotropismo”, que podríamos definir como la fuerza del pensamiento creador de Dios en su obra para que esta se dirija de manera impasible hacia la perfección y la armonía, tomando como principal destinatario al hombre como culmen de su creación.
“Dios no es un concepto intelectual inmóvil ni un diseñador estático, sino que se define esencialmente como amor, acción y fuerza creadora en continuo movimiento”.
Henri Bergson
Bergson identificaba este impulso vital con una fuerza que impulsa la evolución, el desarrollo y la complejidad de los seres vivos que se transmite de generación en generación forzando a estos últimos a desarrollarse cada vez más en formas más complejas. Es no solo el impulso que ha originado la evolución de los seres vivos, sino que ha forzado su desarrollo y evolución.
Esta energía no se rige por leyes mecánicas, por lo que descarta el determinismo. Y en lo que se refiere al ser humano, este se encuentra en un proceso continuo de mejora, crecimiento y cambio. Este impulso, fuerza o energía se identifica con una forma de conciencia que otorga al ser humano la creatividad y genera el esfuerzo que lleva a las personas para autorrealizarse. Es la fuerza que nos hace buscar la felicidad a la que todos aspiramos.
Si analizamos las características y singularidades de esta idea, no solo tenemos una explicación biológica o antropológica sobre el origen, desarrollo y vitalidad de los seres vivos, sino que podemos inferir que esta energía o fuerza permanente en toda la creación es ese impulso de la divinidad, ese Deotropismo, que trasciende el mundo físico para afectar el campo de la conciencia y la mente inmaterial del hombre.
Y comprendiendo que estas dos capacidades humanas (Mente y Conciencia) son inmateriales, el impulso y fuerza que las organiza tiene que ver con el plan divino de Dios para con el hombre como ser inmortal e inmaterial, es decir, como ser espiritual. Siendo, como somos, espíritus inmortales en una trayectoria de evolución, transformación y progreso espiritual, el deotropismo es la guía «invisible» de nuestra alma trazando el camino hacia estadios de conciencia superiores y alcanzando con ello estados de dicha y plenitud impensables para nosotros en estos momentos.
Así pues, entre las huellas de Dios en el hombre, este impulso o energía que todo lo transforma se encuentra en la intimidad de nuestra alma desde su creación como “chispa divina”, y es precisamente la clave oculta que muchas veces se desconoce.
De ahí que el libre albedrío del que disponemos sufre un menoscabo evidente cuando, lejos de seguir este impulso hacia la perfección y la transformación, nos negamos a avanzar oponiendo nuestras fuerzas y voluntad en el sentido contrario, negándonos a asumir las leyes divinas, obstaculizando cualquier avance, esfuerzo o trabajo en el bien para refocilarnos en el mal, la rebeldía o los vicios degradantes. El libre albedrío se resiente y aparece el sufrimiento para corregir la tendencia contraria a este impulso, a esta energía, a la propia ley de progreso y evolución.
“La esencia de lo divino es el amor. El universo entero es la manifestación visible de la necesidad de Dios de amar y ser amado, justificando así la creación de seres libres.»
Henri Bergson
Este deotropismo que nos lleva a Dios es la clave de la evolución, y cuando se alcanza la comprensión de las leyes de justicia y amor que rigen en el cosmos nos damos cuenta de que no podemos luchar contra ellas sin sufrir las consecuencias. Este deotropismo es también el fatalismo de la felicidad a la que estamos destinados todos sin excepción.
De aquí que entender a Dios, también en este aspecto, supone comprender la magnitud de su Amor, que desde el principio, conociendo la incapacidad y los errores a cometer por los espíritus ignorantes en los primordios de su evolución, colocó esta fuerza impulsora para ayudarnos a salir de ellos.
El debate sobre si Dios interviene o no en su obra después de su creación es estéril, porque como vemos, en este caso, su voluntad se expresa a través de las fuerzas y las leyes que el mismo ha creado para beneficio del ser humano.
Sepamos así entender que, de una u otra forma, sin asumir un Dios personal o haciendo de Él el guía permanente de nuestra vida, todo está perfectamente articulado para que, ejerciendo el equilibrio que el libre albedrío nos permite en cada etapa evolutiva del alma, podamos ir superando los escalones de esta epopeya inmortal de la que nadie puede escapar.
Deotropismo por: Antonio Lledó Flor
2026, Amor Paz y Caridad
«Por todas partes donde la vida se despliega, hay una fuerza que avanza, que crea y que inventa. La corriente de vida que atraviesa la materia es la causa de toda organización. La materia tiende a la división y a la necesidad; el impulso vital tiende a la unidad y a la libertad».
Henri Bergson






