Cuando hablamos de lo positivo que resulta actuar correctamente en todas las facetas de nuestra vida, incluyendo también nuestro trato con los demás, todos coincidimos en la urgente necesidad de llevarlo a efecto diariamente, e incluso de conseguir que se convierta en un hábito normal en nuestra conducta.
Nadie rechaza, en principio, esa idea altruista, incluso la considera como una meta interesante de alcanzar con rapidez, sin embargo, una vez más, la realidad nos viene demostrando que el mundo está plagado de muy buenas intenciones, pero prácticamente ninguna de ellas se concreta en hechos; todos son buenos pensamientos y sentimientos que van muriendo poco a poco en nuestro interior al no darles salida.
Cuántos libros, conferencias, debates, palabras… se han dedicado a la moral, a las buenas obras, a exaltar los más bellos sentimientos, a hablar de los grandes Maestros espirituales y de sus vidas plagadas de bien y amor. ¡Incontables!, como innumerables, han sido las veces que los hemos leído y admirado, y acto seguido han sido relegados al olvido en el preciso momento que ha surgido una oportunidad de llevarlos a la práctica.
• Cuando una persona despierta al camino espiritual es normal que lo haga con un entusiasmo que le permite afrontar cualquier trabajo sin dificultad y con plenitud de ánimo e ilusión; sin embargo, en el transcurso del tiempo nos damos cuenta de que el empuje inicial decrece, las pruebas nos parecen cada vez más fuertes y puede surgir en cualquier momento la monotonía e incluso el abandono.
Si optamos por no enfrentarnos a la realidad diaria huyendo de ella, a pesar de que la conciencia nos recrimine una y mil veces nuestra cobardía moral, conseguiremos ir anulando esos principios espirituales que un día defendimos. Esto será así hasta que un día las experiencias diarias nos inviten a reconsiderar nuestra postura y rebeldía anteriores, y a seguir caminando con una nueva lección aprendida: que la evolución es imparable y no podemos quedarnos estancados eternamente.
Por el contrario, aquellos que procuran actuar en consecuencia con lo que piensan corren el riesgo de desanimarse con cierta rapidez, sobre todo cuando comprueban que siguen cometiendo errores y que tropiezan muchas veces en la misma piedra. Se crea en ellos un sentimiento de derrota y desacuerdo interior entre las ideas que defienden y sus actuaciones diarias.
Este terreno es muy resbaladizo y hay que entender bien las cosas sino queremos caer en el fanatismo o en una crisis interior muy fuerte. Hay que comprender que todos cometemos errores y que si queremos eliminarlos de nuestro actuar tendremos que ser constantes y voluntariosos, sin lamentarnos por nuestras imperfecciones, sino más bien incentivando en nuestro interior las actitudes y hábitos contrarios a esos fallos.
Una costumbre bastante extendida en muchas de las personas que mantenemos un ideal espiritual, y que no está reñida con él, es la comodidad, que se manifiesta en: el dejar para mañana; esperar a que otros actúen para comenzar nosotros;eludir conscientemente muchas de las oportunidades que nos surgen para hacer el bien.
No es suficiente con querer hacer el bien para realizarlo sin más, es necesario que intervenga la voluntad en cada minuto del día, intentando estar pendientes de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. A menudo, cada persona vive en su propio mundo, vive para sí mismo y solamente hace uso del contacto con los demás para sacar un provecho egoísta, rara vez se preocupa por algo que no vaya con sus propios gustos o ambiciones. Esta actitud, casi general en nuestra sociedad, nos convierte en seres solitarios, sin verdaderos amigos en los que apoyarnos porque tampoco nos hemos preocupado por conseguirlos, sin metas altruistas por las que luchar y vivir, nos conformamos con lo establecido y solamente le pedimos a la vida comodidades y placeres, huyendo de aquello que suponga un esfuerzo y sacrificio por los demás.
El mundo está lleno de muy buenas intenciones, pero lamentablemente ni una pequeñísima parte se hacen realidad. Todos sabemos lo positivo del Amor fraternal y del respeto y ayuda mutuas, pero la verdad es que descuidamos a nuestra propia familia, amigos y compañeros. Todos queremos tener amigos que nos comprendan y echen una mano en los momentos difíciles, pero cuando los demás nos piden ayuda ponemos excusas y les cerramos la puerta. ¿A qué esperamos? Mañana, mañana comenzaré a ser mejor, nos solemos decir una y otra vez, y ese mañana se convierte en nunca o en un, ya es tarde para empezar.
En nuestras manos está seguir poniendo excusas o empezar a convertir en realidad esas buenas intenciones que no nos valdrán para nada si no intentamos llevarlas a la práctica.
La intención no basta por: F.M.B.






