«¡Dejad que los niños vengan a mí! Los niños del primer tiempo y todos los que se hacen como ellos».
Cuando Jesús pronunció aquellas palabras nos dio un mensaje de amor y esperanza; no se refirió solo a los niños en su exacto sentido, sino a todos los que en algún momento de su vida se sienten como un niño: indefenso, enfermo, desprotegido… Que así como un niño busca consuelo y amparo en sus padres, los espíritus encarnados, ya en estado adulto, necesitan ayuda espiritual porque se sienten perdidos, han abandonado el camino o aún no lo han encontrado.
Así, cuando Jesús acogía a los niños tendiéndoles sus brazos, nos acogía a todos nosotros; nos veía como realmente somos; niños en periodo de aprendizaje y evolución; necesitados de ayuda, guía y consuelo.
Él se ofreció a ser esa guía y ese apoyo; nos ofreció sus brazos para que nos refugiáramos en ellos.
Con él dejaremos de ser niños indefensos; con él alcanzaremos nuestra mayoría de edad espiritual y seremos capaces de manejar nuestra vida material con valor hasta que, llegado el momento, solo tengamos que decir:
¡Gracias, Jesús, por cobijarnos entre tus brazos!
Jesús es el bálsamo;
Dios, el remedio final.
Dejad que los niños vengan a mí por: María Luisa Escrich
Guardamar, 2010
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