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JUSTIFICANDO NUESTRAS ACTUACIONES

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Justificando nuestras actuaciones

Quizás uno de los aspectos que más dificultad puede entrañar a la hora de valorar nuestro comportamiento es determinar con exactitud si estamos justificando algunas de nuestras actuaciones.

Todos sabemos que es más fácil «ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio», y esto ocurre precisamente porque encontramos excusas a cualquiera de nuestras acciones, y no solamente nos conformamos con eso sino que cuántos más errores cometemos más ciegos nos volvemos con uno mismo y más exigencias mostramos con los fallos de los demás.

Lo anterior es el síntoma más evidente que podemos observar cuando padecemos esa ignorancia de nuestro interior. Pensemos por un momento en las diferentes actitudes y comportamientos que diariamente se nos plantean a cada cual en su caso particular, y respondamos a esta cuestión, ¿he actuado en todas ellas correctamente? Si la respuesta es sí, con total seguridad estamos justificando nuestros propios errores, hasta incluso podemos confundir nuestras deficiencias con valores positivos, lo cual dificultaría todavía más la comprensión de la propia realidad interna.

No resulta fácil valorarnos tal y como somos,

pero sí que podemos comenzar a ser sinceros y ver qué intenciones nos mueven en cada una de nuestras acciones, en vez de pasar por la vida sin tan siquiera pensar qué hacemos y por qué actuamos así.

El orgullo es un poderoso enemigo que nos juega malas pasadas, sobre todo cuando los demás nos avisan o advierten de una actuación incorrecta porque, en ese momento, el mecanismo de autodefensa que solemos utilizar es rechazar de plano sus consejos, enfadarnos, acusarles de que ellos también actúan mal en muchas ocasiones, etc., todo menos detenernos a valorar si lo que nos dicen tiene algo de razón.

Y qué decir si nosotros ocupamos, a nuestro juicio o forma de entender la vida, una posición social, de trabajo,… superior a áquel que ha hecho ese comentario, por supuesto nuestra primera reacción será la de la descalificación o el menosprecio, y si en ese momento no decimos nada, probablemente esperaremos una mejor ocasión para devolverle la misma moneda, dando paso al resentimiento, al rencor o hasta incluso a la venganza.

Estemos vigilantes porque aunque nos creamos con un estado de evolución elevado, con una educación adecuada, practicantes de una determinada ideología de índole espiritualista…, no por ello estamos exentos de cometer equivocaciones. Y como seguro que, a un nivel mayor o menor las cometemos, es más lógico que debido a nuestros conocimientos espirituales seamos los primeros en enmendarnos.

Creer firmemente en lo que estamos haciendo y en por qué lo hacemos puede ser muy positivo si hemos elegido el camino del altruismo y la fraternidad, pero por muy elevada que sea la meta que nos hemos marcado nunca podemos justificar nuestras actuaciones erróneas arguyendo que era necesario actuar así.

El fin nunca justifica los medios. Gandhi decía:

«La pureza de los medios ha de ser igual a la pureza de los fines». Nunca podremos excusar el engaño, la mentira, la falsedad, la maledicencia, el robo… aunque pensemos que así vamos a conseguir nuestros objetivos, por muy elevados y altruistas que puedan ser.

No conocer con la suficiente claridad nuestras limitaciones y errores supone que nos dejaremos llevar por ellos sin tan siquiera percatarnos de la situación. Por tal razón, se hace necesario pensar que todavía nos queda mucho por superar porque solamente así nos mantendremos vigilantes ante cualquiera de nuestras actuaciones.

Existe el riesgo de confundir qué voz de la conciencia nos habla en determinadas ocasiones, recordemos que la conciencia espiritual y la conciencia material a veces nos hablan al unísono, y es preciso que acudamos a la valoración de cualquier situación basándonos en los principios éticos y morales que podamos defender, pues sólo así podremos determinar si estamos actuando correcta o erróneamente.

Reconocer un error, es ya un importante paso en nuestro proceso evolutivo, aunque todavía lo es más rectificarlo a tiempo y trabajar para enmendar el daño causado. Tengamos presente que muchas de nuestras actuaciones pueden hacer un increíble daño a otras personas y si en vez de reconocer nuestro fallo, seguimos actuando del mismo modo, ese mal puede llegar a unos límites de negatividad tales que causarán graves perjuicios a los demás.

Hay que tener valentía y reconocer los propios errores, porque cuanto más pospongamos ese ineludible trabajo diario que todos deberíamos de realizar, mayor serán las dificultades personales que nos encontraremos en la vida y más frías se harán nuestras relaciones con los que nos rodean.

Justificando nuestras actuaciones por: F.M.B.

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