TRASCENDENCIA
Una de las acepciones de la palabra trascendencia es asignar un valor moral a cualquier cosa que se considera trascendente; y este valor supera la propia voluntad humana, pues ningún hombre tiene la capacidad o el poder de caracterizar ninguna cosa como trascendente.
La mayor característica de la Vida es la trascendencia. No la Vida humana como tal sino la concepción de la Vida en general. Tengamos en cuenta que el Universo es un organismo vivo. Todo es vida en el universo, y la prueba de ello son las constantes transformaciones, modificaciones y cambios permanentes que afectan no sólo a la naturaleza sino también a los seres vivos que en él habitan y se manifiestan.
En lo referente al alma humana, la cualidad de la trascendencia ha venido siendo invocada desde el principio de los tiempos como el mayor valor que podamos otrogarla, ya que significa la inmortalidad de la misma, a pesar de las eras y los tiempos que transcurren vertiginosamente.
Esta cualidad del alma nos es otra cosa que un elemento consustancial al propio universo físico y espiritual que podamos conocer. Cuando Dios crea su obra, dota a la misma del impulso inigualable del progreso, la depuración y la sublimación de todos los elementos que en ella se incluyen. Las galaxias y constelaciones, los planetas y los seres vivos y las humanidades que los habitan forman parte del plan superior de Dios para con su obra, a la que cuida y ampara, permitiendo la culminación en un ser especial que llegará a conocerle y que para ello deberá trascender desde los reinos más elementales en su parte espiritual hasta llegar a la sublimación angélica con plena individualidad y consciencia de su realidad.
“Nacer y morir son la entrada y salida del alma de una etapa en la carne, pero ambos forman parte de la Vida”
Esto es el espíritu humano y su trascendencia inmortal, que abarca multitud de trayectorias, y que una vez conquistado su libre albedrío y autoconciencia en ese trayecto evolutivo de la chispa divina se convierte en el principal responsable y dueño dentro de su propio destino, pero sin poder salir del plan que el Creador diseñó para toda su obra y que tiene como punto culminante la perfección relativa, la felicidad plena y la vivencia inigualable de experimentar la comunión con el pensamiento y el amor divinos.
Así pues, la vida es preexistente al nacimiento y trascendente al fenómeno de la muerte: “Todo es Vida: antes, durante y después”. No debemos olvidar que la reencarnación facilita este proceso de adquisición de experiencias y perfeccionamiento y depuración del alma rumbo a su destino.
“El Espíritu es como el viento, no sabéis de dónde viene (Preexistencia) ni a dónde va (inmortalidad)”
Jesús de Nazaret
La trascendencia del alma después de la muerte confirma la vida también en el otro mundo; el mundo espiritual, donde el alma goza de una vida tan real como la que tiene con un cuerpo físico. Así pues, se afirma que “la verdadera vida es la vida espiritual”, pues no en vano procedemos de ese mundo espiritual antes de encarnar en la Tierra y volvemos a él una vez cumplido nuestro trabajo para seguir preparándonos y posteriormente volver mediante la reencarnación.
Amar la vida es al mismo tiempo un acto de glorificación a Dios, el creador de la misma, y supone un deber que todos deberíamos alcanzar. La perfección, la belleza, el orden, el equilibrio y la armonía de las leyes físicas y espirituales son la mayor evidencia de la naturaleza de aquel que las ha creado. No en vano, algunos se preguntan dónde se encuentra la prueba de la existencia de Dios: “No hay efecto sin causa, buscad la causa de todo aquello que no es obra del hombre y vuestra razón os responderá” A.K. ít. nº 4 L.E.
Dios es el arquitecto supremo de la vida, pero a pesar de crearla no es su propia obra, está por encima de ella, como el pintor no es el cuadro que ha diseñado. Todo en el Universo tiene un propósito, y el trabajo del hombre a lo largo de las eras consiste en descubrirlo y descubrirse cuál es su posición y hacia dónde debe avanzar.
El significado de la vida es pues trascendente siempre, y si hablamos de la vida del hombre mucho más, pues en la conciencia de cada uno Dios colocó, al crear nuestra alma, los atributos de su perfección y de su gloria, que iremos depurando y conquistando con nuestro esfuerzo personal.
Sintámonos herederos de la Vida y de la obra divina, aprendamos a amar como camino de progreso inigualable e incuestionable, pues nunca deberemos olvidar que la Vida y su trascendencia obedecen al acto de voluntad del Amor Divino, siendo la mejor forma de adelanto sentir en nuestro interior la dádiva de ese amor extendido al prójimo y a nosotros mismos como reflejo de la cualidad superior que Dios impregna en su obra.
Todo es vida por: Benet De Canfield
Psicografiado por Antonio Lledó
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