“ERA AXIAL, POLITEÍSMO, ESPIRITUALISMO»
“No existe ningún pueblo, por bárbaro y salvaje que sea, que no sepa que hay Dios, aun cuando ignore su naturaleza”
Cicerón – Político, filósofo y abogado romano s. I a.C.
El concepto de Dios en la antigüedad ha tenido multitud de facetas y proyecciones que han sido coincidentes en distintas culturas y sociedades en el tiempo y en distintos lugares. A pesar de lo que la mayoría de personas creen, esta idea no está unida a la aparición de las religiones, sino que es muy anterior a las mismas.
Según la especialista en Historia de las Religiones, Karen Amstrong, ningún filósofo o sabio de “la era axial” (4.500 años a.C.) tenía interés alguno por la religión o la teología. Era la búsqueda espiritual lo que les importaba, así como el ejercicio de una ética compasiva priorizando lo que para ellos era sagrado. No necesitaban principios religiosos ni creencias, lo que buscaban era encontrarse a sí mismos en su relación con la naturaleza.
Y en esa búsqueda es donde aceptaban la existencia de fuerzas de orden superior en la naturaleza que constataban y no podían controlar, y para ello avanzaban en la relación del hombre con la misma. Esto potenciaba el desarrollo de los sacrificios y ofrendas a esas fuerzas que ellos identificaban con el concepto o idea de Dioses para aplacar las adversidades y potenciar la mejora de sus vidas, cosechas, uniones, hijos, familias, etc. Así surgió el Politeísmo, la concepción de muchos Dioses, cada cual especializado en aquello que podía suplir la angustia o la necesidad humana, a los cuales había que realizar ofrendas para ganar su favor.
Sin embargo, el sentido de Dios para el hombre está presente desde los inicios de la sociedad humana. Ya las investigaciones antropológicas del Homo Sapiens nos hablan de costumbres de los hombres primitivos en su culto a las fuerzas de la naturaleza como expresión de una intuición acerca del sentido espiritual de todo lo que les rodea. Es el “animismo” que veía detrás del árbol, el animal o el viento a espíritus que dominaban y regían la vida y su relación con el ser humano.
Es pues la espiritualidad y no la religión la que, como un sentido innato en el hombre desde sus primeras etapas, permite entender que existe un orden superior regido por un “gran espíritu” o “multitud de ellos” que gobiernan la realidad de todo lo que existe.
La mitología originó en cierta manera el politeísmo, pues fue una forma de creencia en esas fuerzas naturales, revistiéndolas de un poder personificado en los Dioses de la tradición de cada pueblo. Muchas religiones posteriores adoptaron esa mística, el Dios del Mar (Neptuno, Poseidón), el del Amor (Apolo y Afrodita), el de la guerra (Marte), etcétera… Sin embargo, es preciso destacar que hasta en las religiones politeístas, el concepto de un Dios por encima de los demás está siempre presente (Zeus en la Mitología Griega o Júpiter en la Romana son ejemplo de ellos). Con el advenimiento de las religiones monoteístas (Judaísmo, Cristianismo e Islamismo) el concepto de Dios único sustituye a lo anterior y adquiere un nuevo sentido.
Una de las mejores definiciones que Dios hace de Sí mismo la encontramos en la Torá judía cuando le dice a Moises: “Yo Soy el que Soy”. Desglosando esta frase en dos acepciones podemos interpretar en primer lugar su condición ontológica eterna, es decir, es el ser que siempre es, el que siempre ha existido pues no ha tenido principio. Y en segundo lugar, y derivada de la primera conclusión se infiere que al ser eterno, no necesita de nada ni de nadie para existir, con lo cual todo lo demás, a partir de EL, es contingente. Es decir, la naturaleza, las leyes que rigen el universo, la vida, y los seres que existen son contingentes de esa causa primera que es Dios, desde donde parten y son originados.
Así pues, la evolución del concepto de Dios pasó de la espiritualidad a la Religión. Lo difícil, pues, no sólo es definir el concepto de Dios, sino interpretar lo que significaba para el hombre en las distintas etapas de la historia, cuando este mismo concepto ha sido influenciado por creencias, filosofías o religiones que han impuesto postulados o principios humanos para justificar muchas teologías particulares que sustentaran sus convicciones. Definir a Dios es imposible, pues definir significa delimitar bajo una serie de criterios lo infinito y eterno, cualidades divinas que quedan fuera del alcance nuestra comprensión.
No obstante, y puesto que el universo presenta realidades que no son obra del hombre deben ser obras de un creador, y a través de la comprensión y funcionamiento de estas obras podemos razonar cual es el origen de donde proceden, averiguando así categorías y cualidades de esa Mente Superior que se intuye detrás de la aparición de un universo donde destaca el orden, la armonía, la belleza y el supremo equilibrio de la naturaleza y el cosmos. Se trata de ir del efecto (lo que existe y podemos comprender) a la causa (el origen de todo).
Y pese a que no somos quiénes para alcanzar un consenso sobre cuál es la mejor definición de Dios, todo comienza en función de la pregunta que nos hagamos para encontrar la respuesta. Si yo pregunto desde una posición personal ¿quién es Dios?, obtendré una respuesta determinada diferente o parecida según los principios, creencias o paralelismos mediante los cuales pueda comparar esa idea. Pues al preguntar ¿quién?, estoy comparando con algo o alguien que ya existe y por lo tanto puedo establecer similitudes o diferencias.
Este fue el concepto predominante durante siglos en la antigüedad; derivado de esta pregunta errónea, los seres humanos en sus diferentes concepciones religiosas tendieron a comparar a Dios con el hombre, para poder identificarlo. Por ello se formó el concepto de un Dios antropomórfico, con cualidades y defectos similares al hombre. Los dioses griegos y romanos eran a veces crueles, otras veces vengativos, en otras ocasiones concupiscentes, reflejaban toda clase de comportamientos humanos extraviados, etc.
La tendencia a comparar al hombre con Dios dotaba a este último de todos los vicios y defectos humanos. Por ello todavía hoy, aquellos que tienen creencias en un Dios personal no dudan en culparlo de todos sus males o adversidades, pues en su interior todavía consideran a Dios como algo o alguien similar al hombre.
La famosa frase de la Biblia de que “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza” se ha interpretado erróneamente, pues lo que realmente significa es que esa creación hace referencia al sentido espiritual de la naturaleza del hombre, que es creado por Dios en cuanto a su inmortalidad espiritual y no a su imagen material. Pues Dios es espíritu, omnipresente e incorpóreo.
Precisamente en occidente somos herederos de la tradición judeocristiana, que junto al derecho romano y la filosofía griega constituyen la base del pensamiento occidental. Y en esos principios religiosos del judaísmo y posteriormente del cristianismo, que asume postulados helenísticos con el neoplatonismo y parte de la filosofía aristotélica en los primeros siglos de nuestra era, es donde encontramos el concepto de un Dios monoteísta, antropomórfico (que nos recuerda a los dioses mitológicos griegos con sus pasiones y defectos humanos), vengativo y justiciero que posteriormente modifica su imagen al considerar a Jesús como Dios encarnado en la Tierra que viene a rectificar esta imagen por la del “Dios amor”, que perdona, consuela y ama por igual a todos sus hijos.
Jesús no es Dios, sino su enviado o mensajero, de condición perfecta y casi angélica, siendo el espíritu más puro que ha encarnado en la Tierra, arquetipo del bien y del amor de Dios por los hombres. El mayor representante de la divinidad en la historia, encarnando los valores del amor divino y ejemplificándolos con su vida y su entrega por la humanidad. Hoy, en su estado espiritual, sigue siendo el máximo responsable de la evolución y el adelanto espiritual de la humanidad del planeta, y marcando el camino que el hombre debe seguir para el encuentro con Dios: “Nadie va al Padre sino a través de mí”, afirmando que su ejemplo y su palabra son el camino que debe seguir el hombre para llegar al reencuentro con su creador.
El legado de Jesús va más allá de una religión o institución formalizada. Nadie debería asignárselo como propio o exclusivo, pues el Dios de Jesús es, por encima de todo un Dios de amor, que no discrimina a nadie por religión, raza o sexo, que no tiene ningún pueblo elegido ni ninguna religión predilecta. Y a igual que Jesús nunca pretendió crear ninguna religión, a Dios poco importa la religión que se profesa sino el amor que podamos llegar a sentir hacia Él, hacia nuestros semejantes y por nosotros mismos. La religión del amor es la única agradable a Dios y la que Jesús predicó constantemente mediante sus obras y palabras.
Muchas de las erróneas concepciones sobre Dios vienen derivadas de las teologías de las diferentes concepciones religiosas que son adaptadas a los dogmas propios de cada una de ellas; otras proceden del ateísmo beligerante, y muchas otras se deben a la ignorancia del funcionamiento de las leyes que rigen la realidad que podemos conocer y que descartan de manera ostensible y rotunda el azar y los milagros como origen de todo lo que existe.
La creencia en un Dios antropomórfico, panteísta o personal sigue hoy presente en muchas religiones, algo incomprensible desde la lógica más elemental, los avances de la ciencia y la filosofía menos exigente con los argumentos sobre el origen, la ley de causalidad y la contingencia. Bajo el prisma del error en la pregunta sobre Dios, fue la filosofía espírita de Allán Kardec inspirada por los espíritus superiores en el siglo XIX, la que realizó la pregunta adecuada que figura como el ítem primero del Libro de los Espíritus y que dice así: ¿QUÉ ES DIOS? La contestación, dada por los espíritus hace ahora más de siglo y medio, sería refrendada hoy por multitud de filósofos, científicos, teólogos y religiosos. Esta fue la Respuesta:
“Dios es la Inteligencia Suprema, Causa Primera de todas las Cosas”
Hemos querido comenzar con este principio capital y sin duda, esta escueta y profunda definición sobre Dios está en las antípodas del Dios antropomórfico, cuadrando a la perfección con el concepto que sobre Dios que tenían grandes hombres de la historia como por ejemplo el filósofo Spinoza o el científico Einstein. Ellos no aceptaban el Dios que la religión les presentaba, un Dios personal, antropomórfico y arbitrario que condena a la eternidad y que nada tiene que ver con un Dios de Amor, esa Mente Superior y Causa Primera de naturaleza espiritual, que trasciende el Universo Físico y Espiritual que Él mismo ha creado al ser la primera realidad única, eterna y atemporal.
Reflexiones sobre el concepto de Dios por: Antonio Lledó Flor
2025, Amor, Paz y Caridad
“Sobre Tí he predicado. Sobre Tí he enseñado. No he dicho nunca nada contra Tí. Si algo no ha sido bien dicho, se debe atribuir a mi ignorancia.”
Tomás de Aquino, Filósofo, S. XIII






