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PRINCIPIO Y FIN

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Principio y fin

Principio y fin

Esos dos protagonistas de la vida que todo lo inician y todo lo terminan, el nacimiento y la muerte, principio y final de todos los acontecimientos que nos acompañan. Se abren los párpados para mirar y se cierran en un instante para solo pensar, el final de las formas es el inicio de la imaginación. Esos ojos que tanto ven terminarán ciegos de soledad, incluso vacíos en la mirada de los demás.

Los acontecimientos se agolpan y se amontonan las ilusiones al tiempo que se desgajan y se pierden las esperanzas. Una puerta se abre y otra se cierra, un camino comienza y otro termina, el corazón se ensancha y los pulmones se desinflan.

Todos los momentos, los deseados, los amargos, los alegres, los temidos e incluso los no buscados, terminarán abrazándonos para volver a dejarnos. No hay nada eterno. Todo es un baile de cambios constantes, momentos que se guardarán en los pliegues del corazón como los tesoros enterrados, solo visibles para quienes sepan buscarlos. No merece la pena dar tanta importancia a las cosas cuando todo es pasajero, el aire se lleva el eco de las palabras, la noche la luz de las imágenes, el llanto la alegría.

El dolor dará paso a la calma, la soledad a la compañía, los conflictos a la paz, y la ira se transformará en paciencia.

Pronto han pasado los mejores momentos, esos que nunca se olvidarán, los recuerdos del alma agradecida, la voz amiga, la risa y el dolor, la pena, la amargura, el llanto y el perdón. Pronto habrás dejado lo mejor de ti atrás, agasajado por el olvido, por el silencio y la soledad.

Como todo en la vida, lo que un día comenzó, al fin, llegado su momento, también está llamado a terminar.

Donde ha habido un nacimiento habrá una muerte.

Desde que hay un principio se sabe que habrá un final. Hoy, esa espera ha consumido el último segundo. No nos pilla por sorpresa porque contábamos con ello. Ni desprevenidos porque lo esperábamos. Ni rebeldes, porque lo aceptamos. Ni tan siquiera tristes, porque nos alegra que lleguen esos momentos que estábamos aguardando. Y aunque a veces queremos alejarlos, siempre nos resulta una misión imposible. Aceptamos el dolor, la muerte, como aceptamos la alegría y la vida. Es nuestra esencia más pura.

Hay momentos de esperanza que nos abrazan y punzadas de dolor que nos atenazan. Hay suspiros que nos dan alas, vuelos sobre las brisas del alma, cánticos en las lágrimas derramadas y dolor en el silencio que nos aguarda.

No se pueden atrasar los acontecimientos de la vida. El tiempo avanza sin retroceso posible, golpeando el aire con el leve gemido de las quejas esgrimidas que tampoco sirven para nada, son torpes quejidos que no encuentran eco en la vida.

El reloj invisible que siempre acompaña cada acontecimiento se ha parado. Nuevos retos, nuevas ilusiones y más altas esperanzas nos aguardan. El momento de los hechos ha cerrado el telón a lo que se ha vivido. Ya no se puede cambiar nada, ni siquiera vale reescribir en nuestra memoria. Lo hecho, hecho está y es lo que es. No vale nada más. El recuerdo durará para siempre y amañando ese juego escondido del alma, tenderá a visitar lo mejor de todo ello. El resto quedará relegado en un rincón algo más oscuro y más escondido. Poco interesan esos momentos, aunque también han sido parte del camino.

Lo que no hiciste se ha convertido en un imposible y allá donde erraste quedará el consuelo de un intento fallido, pero intento al fin y al cabo que alejará para siempre el arrepentimiento de no haberlo intentado. No esperes que vuelvan las oportunidades perdidas, ni las palabras que tu boca silenciaron, ni las gracias que nunca diste. La acción que no iniciaste, hoy, tan solo es lo que es: nada…. Y la nada es energía muerta, silencio, baldío…

El tiempo se ha agotado y otro nacimiento retorna a la vida. Una nueva etapa que todo lo cambia, como una versión mejorada… si has sido capaz de aprender….

Principio y fin por: Antonio Gómez Sánchez

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

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EL PODER TRANSFORMADOR DEL AMOR

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El poder transformador del Amor

El poder transformador del Amor

A lo largo de nuestra vida vamos alternando errores con aciertos, malas con buenas acciones, porque vivimos en un proceso de aprendizaje en el que estamos comprendiendo el verdadero sentido de nuestra existencia. Vamos desarrollando nuestros sentimientos en la medida que nos relacionamos con nuestro entorno para terminar comprendiendo que el más elevado de todos ellos y sobre los que giran los demás es el amor.

Todos hablamos mucho de él como si fuera el tema más importante, lo alabamos y ensalzamos, poniéndolo en primer lugar; pero estas manifestaciones chocan por paradójicas, ya que la mayoría de las veces solo lo hacemos de palabra, porque en la práctica el amor no se vive tanto como se dice.

En el aspecto humano, muchas personas temen amar por si no son correspondidas y tienen miedo al dolor de las desilusiones. Todos podemos tener experiencias al respecto, pero no por ello podemos dejar de amar, pues la realidad es que no podemos vivir sin el amor porque es parte de nuestra naturaleza.

¿Qué es el amor? El amor es el sentimiento más grande y transcendente que puede experimentar el ser humano; es la energía que da vitalidad, sentido y orientación a la vida. Sus beneficios son innumerables para todos nosotros. La salud física, mental y emocional mejora en ambientes de gran afectividad. Los padres cuidan a sus hijos por amor y quieren lo mejor de la vida para ellos. Las personas nos unimos por amor y aquellas que muestran su afecto tienen  reacciones sobresalientes ante las dificultades. Nuestras mejores relaciones son aquellas que están basadas en el amor. Tiene tal poder que es capaz de transformar la vida de la persona, lo que podemos apreciar constantemente.

Hablamos sin parar de él, pero, cuando las cosas se ponen difíciles y llega la hora de demostrarlo, muchas veces quedamos rezagados, distraídos con cuestiones irrelevantes. Saber si hemos superado o no la solidaridad viene definido por nuestro comportamiento egoísta o solidario.

Lo que nos une a la vida es el poder del amor en su más pura manifestación, porque es un sentimiento de armonía universal que la equilibra y desarrolla. Es el principio vital por el que nace y evoluciona la vida en un proceso de elevado contenido.

¿Cómo se desarrolla? No podré amar verdaderamente hasta que mi interior no esté equilibrado, hasta que erradique de él la represión, los resentimientos, las hostilidades, hasta que haya encontrado mi propia satisfacción y mi sentido en la vida.

De igual forma que cuando nos sentimos contentos aumenta nuestra necesidad de comunicación, cuanto más amemos nuestra vida por satisfacción con lo que experimentamos y sentimos, mayor será el amor que podamos dar. De nuestro interior solo puede salir lo que hay, por lo que cuanto más mejoremos nuestro ser más podremos ofrecer.

Nacemos por amor y nuestra vida es satisfactoria si damos amor, porque encontraremos amor. Esto es una máxima que siempre se cumple porque nos unimos por afinidad, ya que nos atrae lo semejante. Estar capacitado para amar quiere decir que el sentimiento está dentro de uno, y por tanto vive aquello que ofrece.

Creamos más armonía cuando interiorizamos los sentimientos porque damos autenticidad a lo que vivimos. De esta forma reafirmamos nuestra esencia y demostramos lo que podemos ser capaces de hacer honestamente por los demás.

Nuestros actos han de ser coherentes con nuestros deseos más íntimos para alcanzar el equilibrio interior, deben alinearse con nuestra conciencia. Solo el equilibrio puede darnos satisfacción interior que es, en realidad, la satisfacción de la conciencia.

Al final podemos ir observando cómo todo lo que es transcendente en la vida se va uniendo. El desarrollo del alma humana, la afectividad, la inteligencia, las energías superiores del universo y sus leyes inmutables, la intuición, la conciencia, etcétera, convergen en la evolución de la vida. Y no olvidemos que cada uno de nosotros, con su propia individualidad, su libre albedrío y la responsabilidad de los propios actos somos parte inseparable de esa vida universal en proceso de evolución.

Con anterioridad ya hemos visto que desarrollamos la inteligencia, el afecto, la empatía y cualquier aspecto cuando nos ejercitamos en ello. Con el amor ocurre lo mismo, cuando nos relacionamos con las persona y lo sentimos verdaderamente se va desarrollando, pero para sentirlo debemos ejercitarlo una y otra vez, lo que solo se consigue con la práctica diaria.

¿Cómo nos transforma? El principio de la vida y nuestra mayor prioridad es el amor, porque es la base donde se apoya y sustenta nuestra evolución. Es imprescindible para desarrollar los lazos afectivos que armonizan las relaciones familiares y sociales.

Decía la Madre Teresa de Calcuta: “No importa cuánto das sino cuánto amor le pones cuando das”.

Este es el mejor resumen que se puede hacer sobre la acción que ejecutamos en cualquier momento. La autenticidad, el bienestar interior de un acto no está en lo que se hace sino en el sentimiento que se está poniendo al hacerlo, en estar verdaderamente presente, en no hacerlo de forma vacía como una mera acción sin sentimiento de voluntad de hacer.

Podemos mantener una sonrisa hueca, en apariencia idéntica a una vivida con sentimiento, pero el estado interior que se mantiene no es en absoluto el mismo. La primera nos aporta muy poco, solo un acto externo que puede ser incluso válido para quien nos contempla, pero nada más; en cambio, la segunda es capaz de movilizar en nosotros un sentimiento de plenitud, de satisfacción, porque estamos realizando un acto pensado, sentido y deseado al mismo tiempo, sin contradicciones en todo su proceso, de sinceridad, y ese acto sí es capaz de llenarnos de esa energía de verdad y de autenticidad que hay en la vida.

La fuerza interior no se conoce en su plenitud en entornos favorables sino en aquellos que nos son contrarios. Es relativamente fácil actuar con amor cuando todo está a favor de nuestros intereses; la dificultad está en mantener esos mismos principios en un entorno negativo y hostil a ellos. Convivir con quieres conocemos y queremos, tratar al amigo, al benefactor, al que nos halaga es sencillo; es más, resulta ser algo que nos agrada; convivir con personas poco afines, con quien nos contraría y nos ataca, enemigos, desheredados sociales, etcétera, sí que es superar la convivencia. Ante la adversidad nos mostramos tal como somos, ante lo fácil podemos enmascarar nuestra realidad porque el esfuerzo que requiere lo uno o lo otro es bastante diferente.

Y es en esos ambientes difíciles donde verdaderamente se desarrolla el amor, porque requieren lo mejor de nosotros mismos. Es precisamente en esa adversidad donde ponemos a prueba nuestras verdaderas capacidades y donde más mejoramos las mismas. Desear el bien de los demás es aprender a convivir con altruismo y con amor a la vida.

No son tan importantes los errores como la transcendencia de aprender verdaderamente de ellos, pues estamos en un proceso de aprendizaje. De esas experiencias debemos sacar dos aspectos útiles para la vida. En primer lugar, qué es lo que debemos repetir, mejorando su versión por cuanto representa de positivo, y qué es lo que no deberíamos volver a hacer por los aspectos negativos que conlleva. Y en segundo lugar, la lección menos aprendida de todas pero no por ello menos importante: de nuestros errores debemos aumentar nuestra comprensión ante los errores ajenos.

Con ellos debemos aprender lo fácil que es cometerlos y lo difícil que resulta eliminarlos; por tanto, necesitamos comprenderlos. Es la única forma que nos capacita para ayudar con verdadero conocimiento de causa, porque es la cualidad que nos aporta ese caudal de sentimiento humano tan necesario para ejercer una ayuda verdadera, sentida y basada en las necesidades reales de los demás, haciéndolo tal como se debe y no tal como queremos o nos gustaría hacerlo.

En la mayoría de los casos lo que hacemos no es ayudar, ya que solemos reaccionar con exigencias de cambio hacia los errores y debilidades ajenos, cuando la verdadera exigencia de cambio debe ser hacia nosotros mismos. En numerosas ocasiones, al “aconsejar” lo que hacemos no es ayudar verdaderamente sino reprochar, de forma muy sutil y enmascarada, aquellos aspectos, características o comportamientos de los demás que nos están molestando porque no son de nuestro agrado, interfieren nuestros intereses o son contrarios a nuestra forma de pensar. Pero esto no genera en nosotros otra cosa que esos conflictos internos que queremos eliminar y que se manifiestan una vez más. Debemos estar atentos a sus manifestaciones para conocerlos, comprenderlos y trabajar para modificarlos, teniendo en cuenta que nuestra postura habitual y nuestra primera reacción es la de ser muy condescendientes con nuestros errores y casi nula nuestra aceptación de los ajenos.

La humildad nos es tan necesaria como el aire que respiramos porque se aprende mucho desde ella y se puede vivir con verdadero sentimiento el cambio y el desarrollo del amor. Nuestra vida es nuestro mensaje a la sociedad y nuestro legado a las generaciones futuras, por eso es tan importante nuestro ejemplo, porque es lo que se ve y lo que perdura en el sentir de los demás.

Todo aquello que dé un plus de autenticidad a lo que hacemos, que ponga una brizna de satisfacción en nuestra vida, que sea útil para los demás y para nosotros mismos, colabore en el bien común, reafirme la paz social y el equilibrio interior; que sirva, en definitiva, para mejorarnos como personas, llenará ese vacío existencial que tenemos y nos proyectará hacia un futuro mejor, más cualificado y satisfactorio. En los sentimientos elevados donde se asienta el amor encontraremos las cualidades que necesitamos para una vida mejor, porque son los propios actos los que dan las mayores satisfacciones de la vida.

El poder transformador del amor por: Antonio Gómez Sánchez

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

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LA REALIDAD ESPIRITUAL

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La realidad espiritual

La realidad espiritual

Ya sabemos que nuestro cuerpo está hecho de materia, compuesto por millones de células que forman diversos órganos cuya función es mantenernos vivos, apoyados en una adecuada alimentación y actividad que aportan nutrientes y vitalidad. Pero para entender bien la vida es necesario comprender y aceptar que somos algo más que simple materia en constante transformación. También hay un principio vital, espiritual, que organiza, dirige y equilibra la vida del universo y su constante evolución. Por tanto, las personas somos un conjunto indivisible de materia y espíritu. La primera es percibida con claridad a través de nuestros sentidos físicos. No obstante, el segundo es bastante más desconocido para la mayoría de las personas, pues muchas de ellas niegan tal realidad, con todo lo que ello supone e implica en su vida.

Aquí encontramos una gran contradicción, pues todos buscamos la plenitud y la felicidad sin tener en cuenta toda la amplitud de nuestra realidad, lo que convierte nuestro deseo en imposible. La buscamos tan solo con una parte de nosotros, la material, negando u olvidando la otra esencia de nuestra verdad. Al rechazar esa parte espiritual nos estamos expresando y sintiendo de forma limitada, ya que con ello estamos negando una parte esencial de nosotros mismos, que es sobre la que se sustentan las estructuras de nuestra personalidad y la esencia que se mantiene incluso después de la muerte del cuerpo físico.

Si no aceptamos que la espiritualidad forma parte de nuestra vida actual, esta estará siempre incompleta y, por tanto, en cierto modo, podríamos decir que “defectuosa”. Queramos reconocerlo o no, los seres humanos tenemos ese componente que es el que más define nuestra satisfacción y nuestra felicidad o sufrimiento en la vida. Si verdaderamente queremos triunfar en ella y ser felices, no podemos obstruir nuestro mayor potencial negando esa parte invisible pero muy real. A la felicidad solo se llega a través de la plenitud del ser, lo que incluye reconocer y vivir ese principio vital del espíritu con todas sus cualidades, conjuntamente con la materia.

Al hablar de espiritualidad no nos referimos a ningún tipo de religión, sino a nuestros sentimientos más elevados, a esa necesidad que siente toda persona que ha alcanzado una determinada evolución y que le impulsa tanto a buscar lo más esencial de la vida como el despertar a su realidad y realización interior.

Esa esencia a la que todas las filosofías hacen referencia, incluso las diversas ciencias actuales, espíritu, alma, naturaleza interior, yo superior, etcétera, necesita manifestarse plenamente, expandirse, desarrollarse; ya que si no lo hace, la insatisfacción será el denominador común de nuestros días. Es una esencia intangible, indefinida; es la parte que afecta a la emotividad y al sentimiento de la persona, y por tanto se hace notar en todas las etapas del desarrollo humano. No solo es necesario buscarla, encontrarla e identificarla, sino desarrollarla debidamente, ya que es el único modo de encontrar la tranquilidad y la paz interior que necesitamos para vivir con plenitud y satisfacción.

Cada uno de nosotros percibimos los distintos aspectos de la vida a nuestro nivel personal. La realidad no es absoluta sino relativa, y esta evoluciona en la misma medida que evolucionan todas nuestras capacidades y nuestra conciencia de ser y existir hasta comprender la verdad. La espiritualidad ejerce de timón, desplegando las dos alas de nuestra evolución: el amor y la sabiduría. Sobre estas dos bases se sustenta lo mejor de nuestra vida, porque el amor nos une a ella y la sabiduría nos orienta e ilustra en las dificultades del camino.

La aceptación y comprensión de nuestra esencia espiritual nos permite vislumbrar todos aquellos aspectos, circunstancias y realidades que quedan ocultas detrás de la cortina de su negación. Por tanto, la amplitud de horizontes que se abre ante nosotros es extraordinaria e inmensa. De ella podemos entresacar algunos comentarios.

Cuando ante el fallecimiento de un ser querido nos preguntamos qué pasará con él, si habrá vida más allá del umbral de la muerte, si podrá estar viéndonos desde ese desconocido lugar al que pueda haber ido, estamos teniendo inquietudes espirituales a las que deseamos buscar la respuesta correcta. No puede haber el mismo consuelo en una vida donde todo va a terminar en el olvido de la nada, que en aquella cuya continuidad más allá del óbito sea percibida como una realidad.

Creer en la vida eterna también tiene un efecto psicológico muy positivo porque cuando se comprende que familiares, amigos y uno mismo no morimos nunca, sino que pasamos de un mundo a otro conservando nuestra individualidad y propia personalidad, las perspectivas y la esperanza en la vida se vuelven más profundas y más amplias. Comprender que el sufrimiento y las diversas vicisitudes que se pasan no son en vano, sino que suponen un desarrollo hacia algo más elevado e imperecedero, aporta mayor equilibrio y paz interior. Ver la vida con esa perspectiva de progreso, superación y plenitud eleva la satisfacción y la confianza en la misma.

Tenemos muchos más sentimientos y vivencias espirituales de lo que creemos. Además de lo anterior, debemos reconocer que solemos encomendarnos numerosas veces al Ser superior y creador de toda vida en el universo, especialmente cuando pasamos etapas de mayor dificultad y sufrimiento, lo que quiere decir que algo en nuestro interior nos está conduciendo hacia esa realidad. Reconocerlo o no ya depende de cada uno.

Está demostrado que las personas cuyos pensamientos son positivos y sus sentimientos  altruistas, que viven la espiritualidad como respuesta a su conciencia y su madurez interna, y creen en la continuidad de la vida más allá del tránsito al que obliga la muerte del cuerpo físico, gozan de mayor salud, tanto física como mental y emocional. Todas estas realidades no deben pasarnos desapercibidas, ya que tienen un gran significado para nosotros, pues afectan a nuestra vida diaria de forma clara y concisa. Los estados de armonía y equilibrio se mantienen con pensamientos y sentimientos plenos y ajustados a la realidad y están en constante desarrollo buscando su propia plenitud.

El hecho de no conocer que existe la Ley de Gravedad no significa que esta no actúe sobre nosotros y nos afecte directamente. De igual forma, el hecho de que ignoremos esas fuerzas y elementos de la vida que nos afectan como seres humanos tampoco va a impedir que nos afecten de forma transcendente. Por tanto, lo adecuado e inteligente es conocer esas leyes y esas fuerzas del universo con la finalidad de apoyarnos en ellas. Lo más conveniente es conocer todo aquello que influye y determina nuestras vidas, de qué forma lo hace y cómo podemos conseguir apoyarnos y favorecernos de ello.

Vivir es aceptar la existencia de esas fuerzas superiores a las nuestras a las que inexorablemente nos hallamos unidos y, en algunos momentos, dejarse guiar por ellas. Hay escenarios que no percibimos mediante los sentidos físicos pero que sí se experimentan mediante la parte psíquica y nuestro interior más profundo. Conviene, por tanto, estar atentos para no negarlas en ningún momento. La reencarnación, la ley de afinidad, la de causa y efecto, el karma,  la vida en otros mundos, etcétera, son temas en los que conviene profundizar por infinidad de motivos sumamente importantes para las personas. Hay mucha literatura y muy buena al respecto.

Existe un origen y una realidad espiritual en todos nosotros como seres individuales, pero también hay un principio espiritual Superior que rige la vida de todo cuanto existe, sin cuya comprensión no encontraremos respuestas a nuestras necesidades. No estamos solos porque no somos individualidades separadas del universo, y por encima de nuestra inteligencia hay una inteligencia que coordina la evolución de todo cuanto existe y nos ayuda con señales de orientación en favor de un bien común. Todo efecto inteligente tiene una causa inteligente.

La satisfacción, la felicidad y la plenitud se consiguen estando en sintonía con esa llamada de lo Superior, lo que requiere la dedicación de una parte de nuestro tiempo. Vivimos, sí, pero habitualmente no de la forma que nuestro ser interior desea y necesita, lo que dificulta muchísimo nuestra verdadera realización. Cambiar esto es mejorar el sentido de nuestra vida.

Llegados a este punto, ¿cuáles son las causas más frecuentes de insatisfacción con las que debemos lidiar para evitar esas vivencias de vacío, desasosiego e inquietud?

Por un lado, la realidad que vivimos no nos satisface plenamente, es decir, lo que vivimos no es lo que deseamos vivir, y por tanto no nos sentimos realizados sino más bien vivimos la inquietud de un futuro poco halagüeño. Y es difícil sentir satisfacción ante el temor o la preocupación. En definitiva, no somos conscientes de nuestra potencialidad, y es lo que debemos buscar para mantener la calma en todos esos momentos de desasosiego.

Por otro, muchas veces nos acucia el miedo a perder lo que tenemos porque solemos basar nuestra vida en las pertenencias y, como podemos comprobar, todas esas pertenencias que alcanzamos son totalmente pasajeras, pero la preocupaciones nos inquietan. La insatisfacción es un estado donde no se experimenta esa plenitud anhelada que ansiamos, bien por cuestiones materiales o emocionales, donde no logramos lo que deseamos, lo que buscamos. Incluso cuando se consigue algo que se deseaba uno se da cuenta de que no se siente como esperaba.

Si nos empeñamos en seguir viviendo sin conectar con nuestra verdadera esencia interior, llegará un momento en que la insatisfacción comenzará a instalarse en nuestro sentir, y durará tanto tiempo, agudizándose en el proceso, como tiempo estemos alejados de esa vivencia espiritual interior. Esto puede llegar a explicarnos esos estados de desarmonía e inquietudes mentales y emocionales que llegamos a tener en ocasiones, y de las que no terminamos de comprender cuáles son sus causas verdaderas. Cambiarlos es más sencillo de lo que parece, es cuestión de comenzar.

Si observamos detenidamente veremos que son más felices aquellas personas que se sienten realizadas, que se encuentran satisfechas consigo mismas, con su desarrollo, que han encontrado el verdadero sentido de su existencia. Esto nos lleva a comprender que no somos felices porque nuestro interior no está identificado con los acontecimientos ni el devenir de nuestra vida. Sentimos que nos falta algo, aunque no tenemos muy claro qué es, pero no nos sentimos realizados plenamente. Y eso que nos falta es el reconocimiento y la vivencia de la espiritualidad.

 Antonio Gómez Sánchez

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

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DOS FUERZAS ANTAGÓNICAS: EL BIEN Y EL MAL

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Dos fuerzas antagónicas: El bien y el mal

Dos fuerzas antagónicas: El bien y el mal

En nuestro interior pujan constantemente dos fuerzas antagónicas intentando manifestarse: el bien y el mal. Son dos conceptos muy difíciles de definir, pues están muy influenciados por los valores morales establecidos por la familia, la educación y las creencias sociales. Esa lucha interior terminará definiendo el estado de nuestra afectividad, decantándose por aquella que más alimentemos en nuestro diario vivir con nuestros pensamientos, sentimientos y comportamientos. Las acciones de bien generan más bien y las del mal mayor mal, porque se buscan por simple afinidad y se incentivan entre sí. Pero es precisamente la naturaleza que más domine en mí la que va a dar el resultado bueno o malo de mi vida.

La cualidad interna que mejor define qué es el bien y qué es el mal es nuestra conciencia. Su intervención es fundamental para alcanzar la felicidad, ya que esta solo se manifiesta dentro del bien. Si no confundimos la felicidad con la satisfacción efímera que da la consecución de nuestros deseos egoístas, esta también puede ser una buena guía de orientación que podemos tener en cuenta.

En el fondo todos sabemos lo que está mal, ya que la conciencia actúa independientemente de nuestros intereses, por lo que muchas veces nos negamos a escucharla sometiéndola a un estado de letargo con la finalidad de no tener determinados remordimientos por nuestras actitudes y comportamientos equivocados. Resulta más fácil acallar nuestra conciencia que cambiar nuestras actitudes y comportamientos.

No obstante, como hay que aprovechar su manifestación por la transcendencia de su orientación, necesitamos de esos minutos diarios de meditación que hemos comentado con anterioridad porque en ese verdadero reencuentro con nuestro interior, si es sincero y vivido con nobleza, iremos identificando los errores más importantes de nuestra vida, teniendo en cuenta que estos son los verdaderos generadores de todas nuestras desdichas e insatisfacciones. Pero aprender a escuchar esa voz no es suficiente, porque la parte más importantes es actuar en consecuencia con ella.

Muy resumidamente podemos decir que el mal tiene como eje central el egoísmo, porque continuamente está alimentando la maldad del ser humano, generando conflictos que desunen y sufrimientos que desarmonizan. Ese egoísmo es la causa fundamental de los males del ser humano y, aunque no lo parezca, sus consecuencias son tan dañinas para unos como para otros. Cuando pensamos mal de los demás nos hacemos daño a nosotros mismos, ya que al hacerlo  estamos introduciendo ideas negativas en nuestro interior que nos perjudican mucho más de lo que imaginamos.

Por contra, el bien está definido por la armonía y la unión con todas aquellas cualidades que gravitan en torno al amor. Pensar en tratar a los demás como a nosotros nos gustaría que nos trataran, con comprensión, afecto y respeto, buscando el bien, es la expresión del mismo. El amor altruista no dice a esta persona sí pero a ésta no, porque no es selectivo; es un sentimiento expansivo, un estado de conciencia que conduce al bien por la propia naturaleza del ser.

Vivir y hacer el mal. La maldad continuamente nos está poniendo a prueba, pues cuando se nos daña, la reacción más primitiva, la instintiva, nos lanza a responder con una acción análoga a la recibida. Se tiende a responder al odio con más odio, a la venganza con más venganza, a la crítica malintencionada con crítica más feroz, cuando este es uno de los errores más dañinos porque entramos en una espiral de actos recíprocos de la que resulta muy difícil salir. Alguien debe poner fin a esa cadena de desatinos. ¿Por qué no ser nosotros?

Que exista la maldad no justifica, en absoluto, que yo me comporte con maldad. Si lo hago quiere decir que mi interior está más inclinado hacia ese comportamiento, porque no olvidemos nunca que lo que nos atrae es lo igual, no lo diferente, lo que quiere decir que estoy en sintonía con lo que recibo. Y en este caso, mi gran lucha en la vida ha de ser la de vencer esa tendencia para que no termine arrastrando todos mis actos.

Vivir con actitudes egoístas nos une a personas egoístas que tienen nuestro mismo comportamiento, con lo que conseguimos que el egoísmo de unos y otros se intensifique, haciendo nuestra vida mucho más difícil y desdichada, pues nunca podremos satisfacer nuestros deseos rodeados de personas cuyo eje central de comportamiento es el egoísmo. Cuando cada uno solo mira por sí mismo nadie piensa en satisfacer a los demás, pues ese es un principio emocional que no cabe en una persona que solo vive para sí misma.

Parece muy fuerte decir que hay personas que viven y hacen el mal, pero es una realidad que podemos constatar por nosotros mismos. El mal existe y lucha para derrotar al bien, porque hay personas que tienen esa maldad y la manifiestan mediante pensamientos, sentimientos y actos que expresan los deseos del mal. Conviene cuidarse mucho de determinados ambientes nocivos y muy dañinos para no caer incautamente en sus tupidas redes.

Vigilar la propia conducta, sabiendo corregir las anomalías del carácter en relación a una mejor convivencia, es una cualidad que se consigue mediante el propio esfuerzo de mejora. La justificación, defensa y descargo de mis propios actos perjudiciales no consiguen más que disfrazar la verdadera autenticidad de los mismos. Así es muy difícil salir de esos estados de preocupaciones y sufrimientos. ¿Qué vida queremos para nosotros?

Creemos que nuestros actos solo afectan a los demás cuando en realidad los primeros afectados somos nosotros. Y este es un error que cometemos habitualmente, porque si fuésemos conscientes de ello, tendríamos mucho más cuidado con nuestro proceder y evitaríamos muchos de los males que nos aquejan.

Vivir y hacer el bien. Hay una fuerza superior en la vida que rige y equilibra todo el universo y cuanto existe en él: el bien. Esta es la base sobre la que mejor podemos organizar la estructura de nuestra existencia y la que mejores resultados nos va a dar siempre. De hecho, si analizamos los inicios de la vida en nuestro planeta veremos que esta se pudo formar a través del principio de la unión, porque tuvieron que alinearse y unirse todos los elementos necesarios para su manifestación, elementos que hasta entonces se encontraban separados y dispersos, dejándonos la enseñanza de que la base de la vida es la unión y no la separación.

Para vivir el bien hay que hacer el bien, esta es una máxima que no podemos olvidar, siendo la actitud, el comportamiento y nuestras obras lo que lo define. Pensar en él, en su existencia, es importante, pero lo realmente transcendente es nuestra vivencia interior y nuestra forma de ser. Nuestro legado a las generaciones futuras son nuestras obras.

El bien nos estimula a mejorar la vida de los demás, teniendo en cuenta que mejorar la vida de alguien es mejorar la sociedad y la nuestra propia, haciendo que nos sintamos mucho mejor. Lo que hacen los demás nos afecta, de igual forma que lo que hacemos nosotros afecta a ellos; lo que quiere decir que los actos individuales siempre afectan al conjunto. Esta es la prueba de que las vidas van unidas entre sí y que el bien nos influye a todos por igual, aunque luego seamos nosotros los que decidimos vibrar en uno u otro estado.

No se trata de ser perfectos sino de mejorar dentro de nuestras posibilidades, ayudando con ello a mejorar la propia sociedad. Nuestra personalidad no se construye de hoy para mañana, pero sí se va definiendo pensamiento a pensamiento, por lo que sí debemos esforzarnos para que estos vayan buscando el bienestar común. De esta forma vamos alimentado nuestra naturaleza interior con la esencia del bien y mejorando continuamente.

La lucha entre el mal y el bien. La lucha que continuamente ejerce el mal contra el bien y que el bien mantiene para alejar el mal y derrotarle son realidades que nadie puede negar. Basta con observar nuestro propio interior y el de los demás para comprender que está latente en todos nosotros. Aunque nuestra naturaleza se expresa con una mayor tendencia hacia un lado o hacia otro, la lucha interna que a diario mantenemos terminará decantando nuestros actos hacia el bien o hacia el mal. ¿En qué parte queremos estar?

El momento más idóneo para inclinar la balanza de esa tendencia interior es precisamente en sus inicios, antes de que se haga fuerte mediante la intervención de nuestros pensamientos y sentimientos, pues cuando ha cogido energía ya resulta muy difícil de cambiar. Por eso influye tanto nuestra predisposición, porque representa el primer impulso hacia la acción, y cuando está inclinada hacia el mal es necesario el freno de la reflexión y la comprensión de las consecuencias de nuestros actos para poder equilibrarla y terminar viviendo dentro del bien.

Venimos comprobando que no es sencillo modificar nuestra naturaleza interior, pero la finalidad de nuestra vida consiste fundamentalmente en decantarnos hacia el bien, en todos sus sentidos y manifestaciones, pues podremos comprobar cómo ese estado de equilibrio y paz es el único capaz de permitirnos alcanzar nuestra plenitud y felicidad, ya que dentro del mal solo existen las vivencias contrarias.

Necesitamos alcanzar la liberación de todas las ataduras invisibles que están frenando nuestro progreso y nuestra plenitud. El odio, la rebeldía, así como todas aquellas actitudes mentales improcedentes, están representando un claro escollo que dificultan de forma notoria ese desarrollo personal que estamos buscando y que nos está generando tantas preocupaciones. La imaginación del temor con sus secuelas de indecisión, dudas, titubeos, e incluso fanatismos de diversa índole, crean un mundo imaginario cuyas redes dificultan nuestro desarrollo. La rebeldía en sus expresiones de incomprensión, belicosidad, sublevación e indisciplina, sesgan la lucidez de la mente y enredan la sensatez, sumiéndonos en un pozo oscuro del que resulta difícil salir. Y los desequilibrios generadores de disturbios psíquicos, incorrecciones y desestabilizaciones impiden la comprensión de lo real e imperecedero, entreteniéndonos en lo más superficial y perecedero.

El amor es el bálsamo de la vida y el camino de la autorrealización. El bien es el único camino que conduce a la plenitud y la felicidad que tanto anhelamos. Esta es una de esas realidades que podemos comprobar por nosotros mismos. Después de un acto de maldad, ¿cómo nos sentimos? ¿Y después de uno de bien?

Antonio Gómez Sánchez

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

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EL VERDADERO CAMBIO INTERIOR

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El verdadero cambio interior.

El verdadero cambio interior

Después de los numerosos temas tratados con la intención de disfrutar de una vida mejor, hemos venido comprendiendo que para ello es necesario realizar un cambio auténtico y real de aquellas características de nuestra personalidad que están impidiéndonos que así sea, mejorando nuestras capacidades para conseguir ese cambio interior que tanto necesitamos.

Avanzamos muy poco como sociedad porque casi siempre esperamos que sean los otros los que cambien, que sean los demás los que realicen ese esfuerzo, ya que esa es la postura más cómoda por nuestra parte y en el fondo es la que más nos seduce. Si todos esperamos el esfuerzo ajeno, ¿quién va a cambiar para mejorar la sociedad? ¿Alguien nos va a mejorar a nosotros?

El verdadero cambio interior debe comenzar por mí, aunque ello me suponga esfuerzo y signifique reconocer que algo no estoy haciendo bien, y esto no es tan sencillo como parece porque cuesta bastante. Cabe resaltar que ese cambio que tanta resistencia nos ofrece es precisamente el que nos realiza, porque se traduce en una mejor situación personal en la vida. Y precisamente por eso es tan transcendente y necesario hacerlo por nuestra parte.

Como las personas hacemos únicamente aquello que deseamos hacer y no hacemos lo que no deseamos, para transformar cualquier aspecto de nuestra personalidad es imprescindible querer hacerlo con absoluta firmeza y convicción, estar motivados y sentirnos comprometidos, lo que va a conseguir que el triunfo sea más fácil. Si no se desea es imposible trabajar para lograrlo, porque en ese principio emocional que no podemos obviar, por la transcendencia que tiene en el momento de actuar, está la clave del éxito o el fracaso. Querer cambiar debe traducirse en voluntad de hacer lo que queremos para lograr conseguirlo, planificando la proyección de nuestra vida.

Adentrarnos en ese mundo de posibilidades inmensas que es nuestro interior con todas sus potencialidades y recursos requiere sinceridad por nuestra parte y mucha objetividad, ya que es la única forma de reconocer cuáles son nuestras verdaderas necesidades y comprender cuáles son las trabas y dificultades que están impidiéndonos una mejor calidad de vida. Esas fuerzas pueden cambiar nuestra capacidad de vivir, de aquí la importancia de que seamos capaces de reconocerlas y comprenderlas lo mejor posible.

El cambio interior puede ser vivido como una aventura donde vamos descubriendo tanto entorpecimientos como necesidades y potencialidades, para conformar nuestro carácter hacia un mejor desarrollo de nuestra personalidad. Decimos lo de aventura por cuantas novedades podemos ir vislumbrando y comprendiendo, pero nunca va a estar exenta de realidades ni del trabajo que conlleva cualquier cambio debido al esfuerzo que es necesario para modificar nuestras tendencias más acentuadas.

Esa labor interior es de suma importancia porque sirve para innumerables aspectos, de los que vamos a detallar algunos.

Mejorar nuestra personalidad/carácter. El cambio interior consiste precisamente en mejorar nuestra personalidad, transformando las características que nos perjudican por aquellas otras que nos benefician. Nuestro carácter suele tener formas de ser que dificultan mucho el buen desarrollo de nuestra personalidad, ya que hay veces que nos deja anclados a egoísmos que entorpecen el comportamiento adecuado para que se manifiesten las cualidades positivas que pueden engrandecer nuestra vida. Mejorar nuestro carácter, nuestra forma de ser, es mejorar nuestra vida. Si alguien tiene dudas sobre ello, conviene meditar detenida y sinceramente sobre el tema, porque muy posiblemente que terminen desapareciendo.

Equilibrar nuestra vida. Al modificar las cualidades que más nos perjudican consiguiendo desarrollar aquellas otras que nos benefician vamos adquiriendo un mayor equilibrio interno, que se va a terminar manifestando en nuestros actos diarios, lo que ayuda y mucho a tener mayor satisfacción. Aprenderemos a vivir más concentrados en nuestros actos, siendo por tanto más conscientes de nuestras realidades, nuestros problemas y nuestros logros.

Todo ello genera un mayor estado de confianza en uno mismo. Cuando comprobamos que somos capaces de marcarnos unos objetivos y aplicamos la fuerza de voluntad para conseguirlos, ante nosotros se abre un mundo de posibilidades, ya que nuestra seguridad crece y experimentamos la sensación de la victoria. Entonces comprendemos que no hay ningún imposible en los cambios internos que deseemos realizar.

Tener más fortaleza. Afrontar los retos y situaciones difíciles que tenemos con comprensión, deseo de aprendizaje, ilusión y voluntad de superación nos dará esas fuerzas internas que necesitamos para conseguirlo. Realizar las cosas con entusiasmo pone en funcionamiento esas fuerzas psíquicas positivas que dan más vigor a todo lo que se hace en el día a día y generan un ambiente optimista a nuestro alrededor muy importante. Sentirse ilusionado ayuda a tener la fuerza suficiente para romper todas las barreras y superar los obstáculos que dificultan el desarrollo de la persona. Es una actitud positiva que sirve para movilizar nuestra fuerza interior.

Encontrar las soluciones a mis problemas a tiempo, antes de que sus dimensiones superen mis capacidades reales para afrontarlos, es algo que debo tener muy en cuenta. Cualquier situación que pueda causarme dolor es más sencilla de solucionar en sus orígenes, en sus primeros momentos, que no luego, cuando el problema ha alcanzado una dimensión que sobrepasa mis posibilidades de solución.

Armonizar nuestros actos. Vivir estados de paz y equilibrio da una estabilidad mental y emocional que permite observar y comprender los aspectos más importantes de nuestra vida y vivirlos adecuadamente en cada caso. Una mente despejada aporta claridad y creatividad al pensamiento, y un estado emocional positivo da armonía e impulso a nuestras acciones. Vivir con sensatez y mesura los diversos estados que nos acontecen da ese equilibrio que tanto satisface interiormente.

Adquirir conocimientos y sabiduría. El conocimiento siempre aporta claridad en el quehacer diario, es luz sobre la oscuridad, entendimiento ante la ignorancia. Conviene leer, informarse, investigar y, sobre todo, practicar el discernimiento ante todo lo que nos llega, pues no todo tiene ese sentido positivo que necesitamos. No se debe creer por creer sino analizar y comprender con el fin de aceptar, y utilizar aquello que nos pueda ser de verdadera utilidad.

El conocimiento se va convirtiendo en sabiduría a medida que lo vamos poniendo en práctica y experimentando por nosotros mismos. Saber que ante un cáncer de pulmón el tabaco me perjudica mucho, y seguir fumando solo es conocer las consecuencias de un acto; en cambio, dejar de fumar porque soy consciente del daño que me inflijo es la sabiduría que me va a ayudar de verdad. El conocimiento por sí mismo, sin el respaldo de la realización personal, no hace más que expresar la escasez de mis recursos personales.

Desarrollar la conciencia. Cuanto mayor sea nuestra comprensión sobre los acontecimientos y nuestra respuesta hacia ellos, mayor será nuestro grado de conciencia en la vida, lo que nos va a apoyar en cada paso que demos. El desarrollo de la conciencia atrae la intuición, y cuando se unen, la claridad y la comprensión de todo cuanto vivimos y nos afecta es tan grande que las dificultades se convierten en oportunidades y el sufrimiento se transforma en tranquilidad. La conciencia se desarrolla con nuestras mejoras internas, y estando presentes en lo que se hace, sus consecuencias y la comprensión profunda de las mismas.

Ante todo este reto que se nos presenta, lo más práctico es ir afrontando cambios accesibles y asumibles por cada uno de nosotros, en la medida de nuestra capacidad de comprensión de las cosas. No podemos olvidar que el avance siempre será progresivo y se va asentando según lo vamos asimilando. Lo importante es avanzar siempre y nunca desanimarse cuando nos enfrentemos a dificultades de mayor calibre, porque son precisamente estas las que más requieren de nuestras cualidades y, por tanto, las que más nos desarrollan.

Es importante tomar la decisión de mejorar nuestra vida porque ese acto y esa comprensión interna ya están consiguiendo que toda nuestra personalidad y nuestras potencialidades se alineen en nuestro favor para conseguirlo. Después ya iremos viendo y comprobando cómo vamos avanzando más de lo que imaginamos. Aquí no es importante la prisa sino la continuidad, porque es esta la que nos permite avanzar con la progresión y el ritmo adecuados. Vivir no es limitarse a dejar correr los acontecimientos sino esforzarse por cambiar los condicionantes de la vida que hay a mi alrededor.

Cuando comenzamos un reto determinado puede parecernos inalcanzable; mas, si verdaderamente ponemos en marcha nuestro deseo y movilizamos nuestro interior, en la mayoría de las ocasiones nos daremos cuenta de que la montaña se ha convertido en un pequeño grano de arena fácil de superar. Pero, en aquellos casos en que cuando comenzamos nos sigue pareciendo como algo inalcanzable para nosotros, probemos a dividirlo en etapas, en objetivos parciales más fáciles de conseguir, y veremos cómo una vez vamos alcanzando esos logros nuestra perspectiva y nuestra actitud serán más positivas. Con el tiempo iremos comprendiendo que un cambio tan sencillo, como es mantener una actitud positiva hacia todo lo que nos ocurre, va a mejorar nuestra vida de forma importante.

La vida tiene bellezas ocultas que debemos aprender a ver. Si la miramos con pesimismo solo veremos la parte negativa de las cosas, lo que nos impide observar los maravillosos valores ocultos que portamos en nuestro interior. Acostumbrados a sacar conclusiones de las simples apariencias, nos quedamos en la parte externa y juzgamos con fundamentos equivocados. En todas las cosas, en cada persona están esas bellezas ocultas, valores íntimos que descuidamos, no vemos y no potenciamos. Valorar a las personas en su justa medida, desarrollar nuestros mejores valores, sentirnos parte de la vida y vivir afrontando aquellos acontecimientos que nos suceden con una actitud positiva nos dará el equilibrio y la armonía que necesitamos para vivir mejor.

Antonio Gómez Sánchez

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

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¿COMO PUEDO DESARROLLAR LA INTUICIÓN?

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¿Cómo puedo desarrollar la intuición?

Con anterioridad ya hemos visto que hay tres cualidades en las que nos apoyamos de forma más consciente para conseguir acertar en nuestras decisiones: La experiencia, el raciocinio o el análisis y la observación. No obstante, todos tenemos una capacidad a la que no solemos dar la importancia que tiene porque no terminamos de comprender su verdadero valor: la intuición.

En el transcurso de nuestra vida vamos a encontrar situaciones que tienen una solución difícil, dudas por resolver, preocupaciones ante hechos acaecidos, temores ante el futuro y numerosos problemas que están dificultando que mejore en su constante evolución. Durante ese tiempo, con mucha posibilidad habremos pasado momentos de cierta inquietud en los que, encontrándonos como perdidos, de pronto ha surgido una intuición que nos ha sacado de apuros, que mediante una idea, impresión, presentimiento, etcétera, nos ha ayudado a salir airosos.

En primer lugar es conveniente aclarar, con el fin de no confundirla, que la intuición no son los pensamientos habituales que surgen de nuestra mente o de las de esas otras que nos rodean y que podemos recibir por sintonía, sino algo más profundo y elevado. La intuición es la facultad que nos ayuda a percibir íntima e instantáneamente una idea o verdad que nos capacita para comprender las cosas al instante, que nos da la clarividencia que necesitamos, ayudándonos a tomar las mejores decisiones en el momento.

Por un lado tenemos la intuición natural de nuestro propio ser, de lo más íntimo o Yo superior, y que se manifiesta según el grado de evolución de cada uno: nuestra propia intuición. Por otro, aquella que proviene del exterior, de otros seres que nos rodean, que tienen intenciones positivas por su elevada naturaleza, con los que podemos conectar al igual que ellos con nosotros.

Hacemos estas aclaraciones por su gran importancia, pues necesitamos ser precavidos ante aquellas ideas o pensamientos que nos vienen, por simple afinidad o intereses determinados, y cuyo origen está afincado en el plano negativo, ya que en este caso nada bueno va a aportar a nuestro trabajo y nuestra vida. Podremos identificarlos por la naturaleza de su contenido, para no confundirlos con la verdadera intuición que siempre tiene un sentido altruista. Asimilar estas diferencias significa apoyarse en lo positivo y apartar lo negativo, para aprender a tomar las mejores decisiones en cada momento.

¿Podemos desarrollar esta intuición que tanto nos puede beneficiar? ¿Es posible apoyarse en ella para solucionar las dificultades que surgen en determinados momentos? ¿Nos gustaría disponer de esta importante orientación en la vida? ¿Cómo podemos utilizarla, identificarla y desarrollarla? No hay duda de que, al igual que el resto de capacidades del ser humano, esta también se puede mejorar con las condiciones y el trabajo adecuado.

El primer aspecto a tener en cuenta para ello es la confianza que se debe tener en uno mismo, pues este es un punto muy importante para alcanzar los estados más proclives para recibir las intuiciones que podemos estar necesitando, tanto nosotros mismos como personas cercanas a nosotros . La falta de confianza resta mucha fortaleza interior en todos los sentidos y también termina afectando a esta de forma negativa.

La intuición es una función muy importante en la que podemos basarnos para orientar nuestra vida y que viene en apoyo de nuestras decisiones. Tener esa intuición orientadora sobre el trabajo a realizar, sobre la solución de un problema, es la idea precisa que nos faltaba y que nos aclara el porvenir. Cuanto más la ejercitemos y aprendamos a escucharla más se expandirá. Si cuando se manifiesta no le prestamos atención cada vez tendrá menos presencia, pero si la atendemos y le damos cabida cada vez será mayor su manifestación.

Vamos a definir algunos elementos a desarrollar que intervienen en su progreso.

Dedicación . Como cualquier otro aspecto de la vida que queramos desarrollar, el tiempo que dediquemos a ello termina siendo fundamental. A veces pretendemos que ocurra lo imposible, no estar en condiciones para hacer algo y que esto se desarrolle. Nuestra dedicación y la orientación que demos a esta es sumamente importante para tener buenas intuiciones, tanto propias como inducidas por otros seres de naturaleza superior cuyo trabajo consiste en desarrollar el equilibrio y el bien común.

¿Cómo vamos a encontrar la solución de ese problema que nos preocupa mientras estamos pensando qué programa vamos a ver luego en la televisión o qué vamos a cenar? ¿Cómo vamos a captar las intuiciones de orientación si nuestros pensamientos están continuamente divagando y centrados exclusivamente en los aspectos más superficiales de la vida?

Orientación. La intuición se presenta cuando nuestro esfuerzo está orientado hacia un objetivo noble, tenemos un deseo sincero y honesto de comprender algo, sin los condicionantes que supone desearlo como uno quiere, pues esto impide que se manifieste como realmente es porque puede ser diferente a la configuración nuestros deseos. Por nuestra parte es necesario que estemos debidamente preparados para saber identificarla, porque esta no siempre es tal como la deseamos o nos gustaría que fuera, sino tal como debe ser.

La intuición llega a la mente cuando esta está preparada, centrada, receptiva y en sintonía. Si a ello añadimos el deseo verdadero de superación, la intuición aparecería para ayudarnos. Si quiero orientación debo saber buscarla y, para ello, necesito prepararme, capacitarme, cultivando mi adecuación hacia aquello que quiero lograr. En la vida todo se consigue con trabajo y esfuerzo, nada viene gratuitamente.

Concentración. Es difícil que surja la intuición si no estamos concentrados en la cuestión, circunstancia, problema, etcétera, que deseamos comprender o solucionar. Nuestro pensamiento y nuestro sentimiento debe estar alineado hacia lo que queremos conseguir, ya que todo ello crea el ambiente y la situación propicia para que se presente y se desarrolle. Si el foco de nuestra atención está dirigido hacia cuestiones triviales y alejadas de lo que queremos comprender, es muy difícil la recepción de esa intuición clarificadora. Centrar siempre la atención en lo que se está haciendo y en lo que se desea es como poner la antena para recibir la señal adecuada y precisa en cada momento, lo que ayuda a su vez a vivir la vida con alegría y satisfacción.

Al estar centrados en aquello que queremos hacer o conseguir, sin ningún tipo de distracciones, estamos preparando nuestra mente para que el pensamiento tenga la sintonía adecuada para poder recibir esas intuiciones capaces de orientarnos hacia lo mejor, hacia las soluciones de los problemas o los retos que necesitamos para nuestra superación.

Buscar el silencio interior para eliminar esa constante invasión de ideas sin sentido ni control también ayuda a encontrar y desarrollar la intuición. Acallar ese ruido interior que embota la mente es muy conveniente porque permite que esta se aclare y sereno, que se ordene y se fortifique para tener más creatividad, lo que nos va a permitir ponernos en conexión con otros niveles más elevados.

Deseos de trabajo y progreso. Como la intuición surge cuando el ambiente y las circunstancias son propicios, el deseo de hacer las cosas bien y de progresar mejorando la propia personalidad atraen al Yo superior, a esas entidades dedicadas al bien y esas fuerzas del universo que buscan equilibrio y paz. El esfuerzo conlleva progreso, y este es uno de los mejores canalizadores de esa intuición que estimula el deseo de la práctica del bien común.

Cuando alineamos todos estos elementos dispersos en la vida hacia un objetivo común el resultado es el deseado, porque estamos poniendo todos nuestros recursos hacia la solución, consiguiendo que esta llegue. Si a ello le añadimos un deseo noble de trabajo, superación y ayuda, el efecto será positivo.

Si nuestros pensamientos son de ayuda y ese es nuestro deseo íntimo y real, a no dudar que tendremos numerosas intuiciones, incluso para ofrecerlas, y además hacerlo de la forma más correcta y adecuada, con lo que será más acertada y útil. A todos nos agrada más vivir en el acierto que en la equivocación.

Para dejarse guiar por la intuición es muy importante tener calma interior, eliminando esas disputas internas que a diario nos asaltan en los ambientes familiares, laborales, etcétera, ya que esos conflictos no dejan que aquellas se manifiestan en sintonía con nuestras necesidades. Las emociones negativas como la tristeza, el miedo, el estrés, la cólera o el egoísmo también bloquean ese canal intuitivo. Vivir con un equilibrio interno de paz y dentro del deseo altruista de ayuda al prójimo ayuda a pulir ese canal y, sobre todo, a conectar con esas otras mentes cuya realidad es la misma. Necesitamos calmar esos estados perjudiciales y aprender a orientar nuestras emociones hacia lo útil y altruista.

Hay que buscar los ambientes adecuados para aquello que queremos conseguir porque de esta forma estaremos facilitando que todos los elementos de la vida converjan y trabajen en nuestro favor.

Como desarrollar la intuición por: Antonio  Gómez Sánchez

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

 

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EL DESPERTAR DE LA CONCIENCIA

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El despertar de la conciencia

El despertar de la conciencia

Estamos acostumbrados a vivir a merced de las circunstancias porque no solemos tener consciencia de nuestra verdadera realidad en la vida, ni de nuestra participación en todo cuanto nos afecta. Es por ello que vamos a intentar adentrarnos en uno de los fenómenos naturales más maravillosos de la vida: la conciencia humana.

Aunque resulta difícil definir qué es la conciencia, ya que puede ser abordada desde distintos enfoques y múltiples y variados matices, podríamos decir que es la capacidad propia del ser humano de conocerse a sí mismo y actuar en consecuencia con los conocimientos y percepciones de su propia existencia y de su entorno, observándola como esa guía interna capaz de orientarnos en la vida en todo momento, y especialmente en los de mayor necesidad o incertidumbre, con la claridad de la convicción.

Es un instrumento de progreso que todos tenemos y que se manifiesta con más firmeza y determinación cuando la persona ha alcanzado una cierta madurez interna y comienza a buscar las orientaciones y comportamientos más adecuados en su vida. Está ubicada en la intimidad del ser humano para que sirva como guía en los momentos de nuestras decisiones. Podemos decir que, para recibir su caudal de sabiduría y convicción, es necesario aprender a conectar con ella.

¿Cuándo surge? La conciencia siempre está presente desde que el ser humano adquiere su individualidad. Como en todo, esta tiene distintos niveles en función de la evolución de cada uno. Pero, dentro de los distintos grados evolutivos, la conciencia actúa y es muy útil para un avance más rápido y más satisfactorio, evitando muchos momentos de disgustos y sufrimiento.

En ese transcurso evolutivo que se remonta a los inicios de la vida humana en el planeta surge el momento del despertar a otra nueva y renovadora, como demanda a unas inquietudes superiores y a una mayor madurez del alma humana que le impulsa a ser más consciente de su realidad verdadera. En esos momentos se tiende a la búsqueda de una existencia menos monótona y angustiosa y más elevada y transcendente. Es un impulso que conviene seguir por cuanto de positivo supone siempre, especialmente cuando se nota que ha llegado el momento de efectuar cambios en una vida, que hasta entonces marchaba a la deriva, hacia otra que se desarrolle con verdadera consciencia de ser y estar para llenar los vacíos del alma.

La tendencia general hasta el momento del despertar de la conciencia es ir hacia donde las circunstancias nos empujan, dominados por los acontecimientos, sin un rumbo fijo y sin dominio sobre uno mismo. Pero, cuando llega el momento del despertar empezamos a ser conscientes de nuestra propia individualidad y de las posibilidades reales que tenemos de dirigir nuestra vida, es como si tuviéramos una llamada interior hacia algo superior, donde se van experimentando realizaciones personales que dan mayor satisfacción, comenzando a ser conscientes de nuestra propia realidad existencial y nuestra individualidad dentro de un marco social.

A partir de aquí nuestra vida podrá empezar a ser diferente, experimentando sentimientos y sensaciones hasta entonces desconocidos para nosotros que irán en aumento en la medida que seamos capaces de contactar y desarrollar nuestra conciencia, mejorando notablemente nuestro estado de satisfacción por los mejores y mayores logros que podemos conseguir en nuestro desarrollo particular.

Ha llegado el momento de buscar para identificar esas ideas y principios que den más sentido a nuestra vida, que llenen ese vacío existencial que habremos podido arrastrar hasta entonces, con la finalidad de comenzar un nuevo modelo de vida, más amplio y generoso, más práctico y consciente. Todo ello nos va a ayudar a aprender y crecer con una buena orientación y desarrollando todos los atributos inherentes que tenemos guardados en nuestro interior y que hasta entonces permanecían en estado latente, casi adormecidos.

Las cualidades positivas que veamos en cualquier persona también lo están en cada uno de nosotros, en todos sus aspectos y niveles, lo único que ocurre es que todavía no las hemos desarrollado en todo su potencial. Esa es una labor que tenemos pendiente de realizar.

Una semilla lleva en estado latente todas las cualidades de una planta; luego, el día, la noche, el agua y todas las diversas condiciones climatológicas hacen que vaya germinando hasta ser una planta idéntica a aquella de la que nació. En el ser humano ocurre esta similitud. Nuestro interior es como esa semilla con las mismas capacidades del Creador, y que tenemos en estado latente. Nos vamos desarrollando con las reacciones que nuestro interior tiene ante todo lo que experimenta con el exterior. Todos tenemos la misma conciencia pero en estados distintos de desarrollo, al igual que todas nuestras capacidades se encuentran en diversos niveles evolutivos. Nos ayuda a crecer y aprender, pues vamos ampliando los atributos inherentes y adormecidos de la evolución; somos energía, seres inteligentes y afectivos necesitados de desarrollo.

La conciencia siempre nos indica qué está bien y qué está mal, más allá de la simple moral humana, porque se rige por la ética del comportamiento y la verdad más profunda y esencial de la vida. Bien distinto es que nos desentendamos de sus orientaciones, porque somos personas con libre albedrío, y por tanto podemos actuar tal como deseemos, escuchándola o desoyéndola. Eso depende de cada uno, siendo por tanto diferentes también las responsabilidades adquiridas.

Cuando nuestros sentimientos y nuestros actos se alinean con ella y van en consonancia con sus dictados, la vida es mucho más venturosa y más radiante, porque disfrutamos de las energías de nuestro interior en total plenitud. En los casos contrarios nuestra vida va dando bandazos de un lado para otro, estando más perdida y siendo más desventurada de lo que debiera ser.

¿Cómo se desarrolla? Prestándole nuestra atención. Todos sabemos que hay ocasiones en las que hacemos cosas de forma contraria a los dictados de nuestra conciencia, porque en el fondo de nuestro sentir se expresa la sensación de que estamos actuando de forma desacertada, no estamos siendo justos, ni sentimos la satisfacción del buen hacer. Pero, a pesar de ello, seguimos actuando de igual forma, haciendo caso omiso a lo que nos está indicando nuestra conciencia. De esta forma lo que conseguimos es ir acallándola, porque cada vez que hacemos lo contrario de lo que nos indica nos estamos alejando de ella y estamos apagando su voz, impidiendo que nos lleguen esos impulsos de inquietud que nos son tan necesarios.

Para expandirla hay que hacer caso a sus orientaciones y veremos cómo nuestros aciertos y satisfacción cada vez serán mayores. En este caso estamos alineados con ella y consiguiendo que esa conexión cada vez sea más clara y mejor. Experimentaremos cómo esa voz de sabiduría va orientándonos acertadamente, lo que podremos comprobar a medida que vayamos avanzando.

Para un buen desarrollo debemos permanecer conscientes, estando atentos a lo que hagamos la mayor parte posible del tiempo, pues es la forma de vivir más plenamente nuestra vida. Cuando hacemos algo estando ausentes de ello, porque tenemos nuestros pensamientos y sentimientos en otra parte, quedamos vacíos de esa vivencia particular. El hecho de estar presentes en nuestras acciones es de suma importancia, porque es lo que da autenticidad a lo que vivimos, lo que le da sentido y lo que nos vale para comprender mejor cada día nuestra verdadera realidad.

Saber por qué y para qué hacemos algo determinado nos hace más conscientes de lo que  queremos ser y de lo que buscamos realmente, consciencia que no hemos venido teniendo con anterioridad.

Ciertos bloqueos mentales y emocionales, como la ansiedad y la depresión, o dependencias adquiridas como el alcoholismo y la drogadicción, son capaces de alterar las formas en que el individuo es capaz de percibir la realidad, por lo que llegan a distorsionar la misma, aletargando y entorpeciendo el extraordinario apoyo que supone la guía de nuestra conciencia. Es de suma importancia eliminar todas esas trabas, porque desarrollarla nos va a permitir vivir una vida más consciente en todos los aspectos, más positiva y con más libertad, actuando como un buen medio de comprensión hacia los acontecimientos y circunstancias que nos rodean y suelen afectarnos habitualmente.

Solemos escuchar o leer que, en cierto modo, la conciencia juzga nuestros actos, dejándonos después estados de satisfacción o de insatisfacción, dependiendo de si hemos actuado acorde o no con sus “dictados” y de que el sentimiento que nos ha movido a hacer tal o cual cosa haya sido más o menos noble y altruista, o más desleal y egoísta. Es cierta esta opinión generalizada, si bien es interesante profundizar más en los instantes siguientes a “juzgar” esos actos, para sacar las conclusiones más idóneas de cara a nuestros comportamientos futuros. Cuanto más protagonismo le demos a nuestra conciencia, más la estaremos desarrollando. Y este aspecto que parece simple va a dotar nuestra vida de una guía extraordinaria para sortear los momentos de mayor dificultad que podamos tener.

En la búsqueda de la felicidad, estar en consonancia con lo que nuestra conciencia manifiesta es fundamental, porque no estamos separados de ella sino que forma parte indisoluble de nuestro propio ser. Si no actuamos en base a sus manifestaciones nunca podremos sentir la plenitud, porque es imposible tener paz y felicidad si existen conflictos internos entre la conciencia y nuestros comportamientos. Esta es una realidad que ninguno de nosotros podemos evitar.

Hagamos una prueba. Después de realizar un acto altruista, vamos a analizar su desarrollo, cómo, cuándo, de qué forma lo hemos hecho, qué estábamos pensando en ese momento, cómo lo hemos vivido y, por último, la sensación que nos ha dejado. Es muy probable que nos sorprendamos de las conclusiones. Si no lo hacernos, nunca sabremos cuáles podrían haber sido, pero es una forma de aprender a ser conscientes de nuestros actos.

El despertar de la conciencia por: Antonio Gómez Sánchez

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

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LA DISCIPLINA COMO CANALIZADOR DE CAMBIO

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La disciplina como canalizador de cambio

La disciplina como canalizador de cambio

En esos momentos de la vida en los que necesitamos realizar algunos cambios, y una vez marcados los objetivos a conseguir, necesitamos evitar esas continuas y habituales distracciones que suelen surgir, teniendo en cuenta que argumentamos numerosas justificaciones que no son más que manifestaciones de la comodidad, que tiende a evitar todo aquello que supone esfuerzo. Pero sin esfuerzo no hay avance, nunca hay mejora.

Tenemos problemas internos que podemos y debemos resolver, no solo de carácter sino también de adaptación, que se manifiestan en forma de tensiones, miedos, o incluso en estados de ansiedad y depresiones, con todo lo que ello supone de perjuicio para nosotros.

Hacer frente a esos retos y dificultades con comprensión, deseo de aprendizaje, ilusión y voluntad de superación, pondrán en acción esas fuerzas internas que tenemos y que necesitamos para conseguirlo. No obstante, el deseo de cambio por sí solo no es suficiente, porque en cualquier mejora de nuestra personalidad que emprendamos es necesario tener como punto de partida el deseo firme de hacerlo, el conocimiento ilustrativo de su realización y un método organizado y bien orientado.

La primera pregunta que deberíamos formularnos siempre es: ¿Para qué hago esto? Si no tenemos claro cuál es el motivo por el que deseamos cambiar, es difícil hacerlo. Necesitamos conectar las circunstancias y valores que nos motiven hacia cualquier cambio que deseemos introducir en nuestra personalidad o en nuestra vida. Saber dónde estamos y hacia dónde queremos ir es una necesidad inaplazable.

Una vez alcanzada la concienciación de lo que se quiere lograr es preciso tener la continuidad que solamente podemos conseguir con el firme desempeño de la disciplina, en la que suele estar gran parte de nuestro éxito, por lo que conviene aprender a aplicarla, sobre todo en esos momentos de desánimo que es normal surjan en el transcurso del tiempo. Iniciar cualquier labor sin la continuidad necesaria hasta alcanzar la meta deseada suele terminar siendo desmotivador.

Incluso podemos hablar de la autodisciplina, que consiste en seguir las normas o trabajos que nosotros mismos hemos establecido en un momento determinado por la necesidad de realizar una determinada labor, cambio de actitud, modificación del carácter, etcétera. Es válida para cualquier logro que deseemos conseguir porque podemos ejercerla en cualquier área de nuestra vida (el trabajo, las finanzas, los estudios…).

Esta autodisciplina que debemos mantener significa que, cuando hay que hacer algo, sencillamente hay que hacerlo, sin más, sin tener en cuenta en absoluto las emociones que nos puedan estar embargando en ese instante. Implica no dejar lo que tenemos que hacer porque estemos tristes, cansados o desmotivados, porque no podemos dejarnos arrastrar por esos estados. Y aunque no exista la misma apetencia de otras veces hay que seguir igualmente; luego vendrá la recompensa del resultado y la satisfacción de haberlo hecho a pesar de las dificultades y contratiempos. En caso contrario, será el arrepentimiento y la pesadumbre de no haberlo conseguido lo que abrazará nuestro estado de ánimo.

La disciplina es muy útil para mantener una regularidad y conseguir que los días en los que se hace lo deseado sean más que aquellos que se quedan en blanco. Con el tiempo, a medida que desarrollemos ese hábito, veremos cómo todo resulta más sencillo, porque las dificultades siempre las encontramos en los primeros momentos, precisamente por el esfuerzo que conlleva romper aquello a lo que estamos más acostumbrados. Es imposible pasar de ser una persona indisciplinada toda la vida a conseguir serlo en unas pocas semanas, pero a medida que vayamos rompiendo esas resistencias que venimos arrastrando de nuestro pasado todo será más sencillo.

Como la disciplina también es una manifestación de energía interna de la persona, al mismo tiempo que se aplica son convenientes los descansos necesarios para recargar esa fortaleza interior. Emprender cambios para mejorar nuestra vida no puede ser visto como una obligación porque no lo es, pero si no tenemos ciertos periodos de reflexión para motivarnos y salir más fortalecidos, suelen presentase los abandonos, pues se termina sintiendo como una carga excesiva que nos desanima. Pero una vez realizadas esas pausas siempre hay que continuar, y comprobaremos por nosotros mismos que, a medida que vamos avanzando, cada vez tenemos más energía y menos necesidad de descansar para recuperarla. Cualquier mejora de nuestra vida que emprendamos ha de tener la convicción de ese aliciente motivador de nuestro deseo.

Cuando surgen esas ocasiones en las que mentalmente intentamos “negociar” con nosotros mismos los argumentarios necesarios para no hacer lo propuesto, por tal o cual circunstancia, conviene rechazarlo de plano y seguir manteniendo la decisión de hacerlo. Entre otras cualidades positivas, al conseguirlo por encima de esas excusas se incentiva de forma importante la autoestima. Que se fortifique nos va a venir muy bien, y para ello también hemos de  reconocer y ser conscientes de nuestros esfuerzos, valorando objetivamente nuestros progresos para disfrutar de los avances que vamos consiguiendo. Recordemos que una vivencia positiva de lo que hacemos  siempre incrementa nuestra energía interior y fortalece nuestro ánimo y nuestra ilusión. Buscar satisfacciones en lo que vamos consiguiendo atrae cualidades positivas a nuestro modo de hacer las cosas.

El hecho de que con anterioridad hayamos trazado objetivos que no hayamos logrado no quiere decir que nunca lo consigamos, ni mucho menos. No obstante, sí que debemos dejar en el olvido esas veces en las que no hemos logrado imponer nuestra autodisciplina, con el fin de que no nos resten fuerzas en ningún momento. Si dejamos que ese sentimiento de fracaso anterior sea más fuerte que nuestros deseos actuales, va a resultar imposible mantenernos disciplinados porque las sensaciones siempre son mucho más fuertes que las intenciones. Hacer un olvido selectivo en este caso tiene connotaciones muy positivas.

Aunque no lo parezca, con el tiempo la persona disciplinada es mucho más libre de lo que puede llegar a serlo la indisciplinada. ¿Cómo es esto posible, si ser disciplinado implica trabajo, esfuerzo y obligaciones? Porque es capaz de cambiar en su vida aquello que le dificulta y desfavorece, convirtiendo ese esfuerzo inicial en un hábito que le motiva, porque después lo realizará por simple inercia, sin dedicarle tanta atención ni tanta energía. Al final consigue el desarrollo de lo que buscaba de forma automatizada, con lo que puede dedicar ese tiempo y esfuerzo a otros aspectos de su vida, pues ha alcanzado los logros que necesitaba para ahora vivir mejor. Cualquier objetivo conseguido en la mejora de nuestra personalidad es una liberación muy importante que rompe las ataduras de nuestra esclavitud hacia lo que nos perjudica.

Si soy una persona cuyo carácter tiene la mala costumbre de criticar malintencionadamente a otros, al final todos terminarán cansándose de esta forma de ser porque pensarán, con bastante razón, que cuando no estén haré lo mismo con ellos. Comprendido que este no es un rasgo de mi personalidad que me favorece y me dará muchos problemas, me planteo firmemente y tomo la decisión de modificarlo, eliminando de mis palabras y pensamientos esa crítica nefasta. Ahora necesito empezar a ser disciplinado, trazándome unos objetivos básicos para conseguirlo. Como se piensa antes de hablar, el primer objetivo será parar esa crítica en el pensamiento, antes de darle voz, aprendiendo a silenciarla. Y aunque en cualquier momento tenga esos pensamientos negativos y el deseo de manifestarlos, debo imponerme la disciplina de pensar dos veces lo que voy a decir antes de hacerlo, callando si los pensamientos van en  la dirección equivocada.

Si aprendo a controlarme, poco a poco, con el tiempo, conseguiré cambiar mi forma de ser, conduciendo mi vida desde la insatisfacción hacia la satisfacción. Si es eso lo que estoy buscando y la realidad me demuestra continuamente que depende de mí mismo vivir en la pena o en la dicha, ¿a qué estoy esperando, si nadie va a realizar esa transformación por mí?

Por último, vamos a abordar una parte de este tema que no va hacia nosotros directamente sino hacia una de las grandes responsabilidades que tenemos los padres: La educación de los hijos.

Cuanto más temprana sea la edad de la persona para aprender aspectos importantes de su vida, haciendo frente a sus propias dificultades, mejor le va a ir el día de mañana. La educación de los hijos es una de las cuestiones más difíciles que tenemos los padres, y es por eso que debemos dedicarle la máxima atención que podamos para un mayor beneficio de todos. Somos los responsables de su educación desde el afecto y la confianza. No olvidemos que los niños quieren que se les respete y, de la misma forma, debemos pedirles respeto a ellos para enseñarles que no pueden hacer todo lo que quieran y que aprendan a convivir.

Uno de los grandes logros a conseguir es ayudarles a ser personas disciplinadas, tanto en casa como en el colegio o lugares que frecuenten, pues esto depende en gran parte de nosotros. Tienen poca edad pero son muy inteligentes y se fijan más en lo que hacemos que en lo que les decimos, luego la mejor forma de enseñarles a ser disciplinados es viendo nuestra propia disciplina. Aunque no lo parezca y no lo creamos, son suficientemente astutos como para que les engañemos pidiéndoles que hagan algo que nosotros no hacemos. En cierto modo, los padres somos héroes para ellos; aprovechemos esta ventaja tan grande que nos dan.

Desde que nacen necesitan de nuestra orientación para aprender. Darles la base de una disciplina proactiva en la que vayan participando ellos mismos con ilusión y un enfoque positivo previene muchos problemas de conducta. Además, estos refuerzos fomentan el buen comportamiento, incentivándoles hacia las buenas relaciones entre unos y otros.

La disciplina como canalizador de cambio por: Antonio Gómez Sánchez

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

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EL INCONSCIENTE: FORTALEZA OCULTA

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El inconsciente: fortaleza oculta

El inconsciente: fortaleza oculta

Ya hemos visto que nuestra mente es un instrumento de progreso tan extraordinario y complejo como necesario. Nuestro interés no es la definición específica de sus distintos niveles (consciente, inconsciente, supra consciente) sino la búsqueda de apoyos que nos ayuden a mejorar nuestra vida, por lo que no vamos a entrar en aspectos demasiado técnicos para hacer el tema lo más sencillo posible y orientado hacia lo más transcendente.

El inconsciente es una parte de nuestra mente que vamos a definir como esa zona que está por debajo del nivel de la consciencia, que nos resulta más desconocida porque permanece más oculta. Imaginemos que entramos a una habitación donde podemos observar claramente una serie de objetos, pero hay una parte cubierta por una cortina que impide ver el resto de la misma. Podríamos decir que nuestro consciente es la parte visible y esa que permanece oculta es el equivalente a nuestro inconsciente, donde se encuentran las fuerzas más primitivas de nuestra personalidad.

Todo lo que vivimos y experimentamos en un primer momento se vive de forma consciente, pero con el tiempo tiende a desaparecer pasando a nuestro inconsciente, quedando archivado con sus recuerdos y sensaciones correspondientes. Mientras nuestra parte consciente tiende a olvidarlas, nuestro inconsciente las guarda con la tendencia a sacarlas con posterioridad, bien en casos de necesidad para apoyarnos en experiencias pasadas, por similitud con algo parecido que ya hemos experimentado, o por la necesidad de comprender algunos procesos o vivencias que no quedaron suficientemente aclarados en su momento.

Podemos resaltar que todo aquello que no hemos comprendido suficientemente, o aquello que ha producido determinados recuerdos negativos o traumas, estará empujando por salir para ser aclarado o superado conscientemente. Por poner un ejemplo, vamos a imaginar una persona que durante su infancia sufrió la agresión de un perro; aunque con el tiempo lo irá olvidando, siempre que vea algún can automáticamente saldrán las reminiscencias y sensaciones de su agresión como mecanismo de autodefensa, pero también con recuerdos de sensación desagradable. Surge lo que hay guardado en el inconsciente tal como se archivó.

Si en este caso le quedó un trauma que desea solucionar, en psicología se suele tratar a la persona haciéndole que hable sobre lo ocurrido, cómo se sintió, cómo se siente ahora, etcétera, porque a medida que se comenta lo sucedido se va observando con menor desagrado, y cuando se vuelve a archivar el recuerdo, este suele ser mejor que el anterior, con lo que poco a poco el trauma tiende a perder peso e importancia. Es una forma de entrar a ese nivel que está por debajo de la consciencia.

El intento de olvido de algo desagradable nunca ha sido una buena solución porque no deja totalmente zanjado ese asunto. Quedará guardado en nuestro inconsciente esperando el momento de su solución definitiva, por lo que estará presionando para salir y ser comprendido. Es preferible solucionar las cosas cuando suceden, porque las represiones no aportan nada positivo.

Aunque no lo parezca, nuestro inconsciente tiene más fortaleza que nuestra parte consciente. Si en un momento de nuestra vida nos vamos a vivir de una ciudad a otra, para ir al trabajo necesitamos estar atentos a las calles por las que transitamos por primera vez, pero transcurrido cierto tiempo ya lo hacemos de forma inconsciente, no vamos pendientes de cualquier movimiento, ni siquiera del lugar exacto en el que estamos. Es más, si todos los días hacemos el mismo itinerario sin explorar otros posibles y en un momento determinado cortan al tráfico una sola calle para realizar obras, vuelve a ser necesario que prestemos toda nuestra atención a los cambios que necesitamos hacer en nuestro itinerario.

Y si profundizamos más, nos daremos cuenta de que los primeros días tenderemos a seguir realizando el recorrido de siempre, y posiblemente volvamos a llegar hasta la calle cortada. Esto nos demuestra esa mayor fuerza del inconsciente porque se hace de forma automatizada. Es más, durante las 24 horas del día, el porcentaje de actos inconscientes gana abrumadoramente a las acciones que realizamos conscientemente, porque para ello necesitaríamos estar atentos y concentrados en lo que hacemos, lo que ocurre con poca frecuencia. Y esta es una de las causas que dificultan tanto nuestros cambios de mejora personales.

En los aspectos que venimos analizando esto tiene gran transcendencia, porque estamos aprendiendo que en nosotros existen factores que desconocemos pero que influencian nuestra conducta, y algunos de ellos tienen su origen en nuestro inconsciente. Si una persona tiene sentimientos hostiles hacia otra, habrá momentos en los que conscientemente realice un esfuerzo y exprese sentimiento de amabilidad, pero como su tendencia inconsciente es la que prevalece, tenderá a criticarla con más frecuencia, especialmente cuando esté hablando sin el control de la reflexión, porque esté más distraída o alterada.

Esto nos da a entender que, si bien es un sector de nuestra mente que tiene por función apoyarnos en nuestro desarrollo personal, también opone las resistencias de esas actitudes y comportamientos que nosotros mismos hemos venido forjando y arrastrando con nuestro proceder en el pasado. Por eso se dice que, al final, todos terminamos recogiendo la cosecha de lo que hemos venido sembrando, porque todas las causas están en nosotros y terminamos recibiendo las consecuencias de nuestro propio comportamiento al estar guardadas en nuestro inconsciente. Esto quiere decir que solo podemos modificarlo desde ese mismo interior. Y es una realidad inalterable aunque nos cueste verlo, máxime cuando para realizar un análisis detallado y objetivo no tenemos en cuenta todos los factores que intervienen, como por ejemplo las leyes que rigen la vida en sus aspectos más transcendentes.

A ese deseo que podamos tener de cambiar algún aspecto de nuestro carácter, que conscientemente hemos comprendido es más perjudicial que beneficioso, continuamente se estarán oponiendo los contenidos grabados en nuestro inconsciente con pensamientos y actitudes que han formado parte de nosotros hasta ahora, y es por ello que cuesta tanto cambiar algunas de esas tendencias.

Esto explica las dificultades que tenemos para cambiar cualquier aspecto de nuestra personalidad, con continuas indecisiones, ideas de rechazo o abandonos, que restan fuerzas a nuestra parte consciente, dándoselas a la inconsciente. Si comprendemos este aspecto debemos dar por bueno todo el trabajo que se realiza y no caer en la desgana ni la desilusión, comprendiendo que todo paso hacia adelante siempre es muy positivo.

Como todo antes o después tiene su solución, vamos a ver qué podemos hacer cada uno de nosotros para modificar esos condicionantes, para que los resultados que vayamos obteniendo cada vez sean mejores y más satisfactorios.

Siempre tenemos el poder y la capacidad de modificar y mejorar los contenidos de nuestro inconsciente; es más, necesitamos hacerlo para que nuestra vida mejore. ¿Es sencillo acceder a el? ¿Se pueden modificar sus estructuras?

De lo que se trata es de aprovechar en nuestro favor ese tremendo caudal de energía, contenidos emocionales e ideas que tiene nuestro inconsciente, asentadas en nosotros durante largo tiempo. Limpiarlo de contenidos incompletos por experiencias incomprendidas y ordenarlo bien es importante para cada persona. Como desde el plano consciente van pasando al inconsciente, es en este primero sobre el que podemos actuar para mejorar aquello que deseamos y poder dirigir la fuerza del inconsciente hacia nuestras necesidades. Si conseguimos que toda esa fuerza instintiva se alinee con nuestro consciente y trabaje a nuestro favor, tendremos un valioso aliado, comprendiendo que cualquier mejora que queramos realizar siempre se hará de forma continuada pero sin cambios radicales.

El deseo y la convicción de cualquier cosa que quiera hacer debe interiorizarse en las capas más profundas de nuestra personalidad. Difícilmente podré realizar cambios en mi carácter si en mi inconsciente tengo contradicciones mediante ideas que me están diciendo que no está claro, que no puedo o no es correcto hacerlo, porque todo ello terminará dificultando aquello que quiero cambiar. ¿Estoy abocado al fracaso antes de comenzar? ¿Qué puedo hacer entonces?

El primer paso es trasladar ese cambio a nuestro inconsciente a través de la mejor forma en que puede penetrar: el sentimiento. Para llegar a lo más profundo de nuestro ser necesitamos sentir con profundidad. Es por eso que el sentimiento es el mejor modo de conseguir las cosas.

Si soy una persona impaciente y quiero transformar mis pensamientos y forma de ser hacia otros de paciencia y paz interior, en mi inconsciente todavía seguirán estando y contraponiéndose esos estados de impaciencia, el deseo de hacerlo ya, la ansiedad por conseguir algo, por lo que terminará aflorando, generando dudas y poniendo dificultades hacia el estado de paciencia que deseo conseguir. Y esto seguirá ocurriendo, en mayor o menor grado, hasta que consiga por mi parte una vivencia real y un sentimiento auténtico de paciencia, dejando que ese proceso de cambio se realice con verdaderos pensamientos y actos de tranquilidad y sosiego, siempre de forma consciente y prolongada en el tiempo. Al final conseguiré penetrar tanto en las capas de mi personalidad, que en el inconsciente quedará definitivamente guardado ese sentir la paciencia.

Con un sentimiento verdadero y auténtico de lo que deseo conseguir, todo mi ser trabajará en esa misma línea y la paciencia será una cualidad desarrollada hasta los límites en que haya sido capaz de introducirla en mi forma de ser y de actuar. Necesito comprender y asimilar verdaderamente este cambio para conquistar la cualidad, en este caso, la paciencia. De igual modo sucede con cualquier conquista que desee realizar, sea cual sea esta.

El inconsciente: fortaleza oculta por: Antonio Gómez Sánchez

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

 

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LOS BLOQUEOS MENTALES Y EMOCIONALES

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Los bloqueos mentales y emocionales

Los bloqueos mentales y emocionales

Es conveniente aprender a gestionar adecuadamente nuestros problemas y preocupaciones cotidianos, con el conveniente conocimiento y la adecuada comprensión de los mismos, teniendo en cuenta que si nos bloqueamos emocionalmente, al mismo tiempo nos estamos anulando intelectualmente, y viceversa. La forma de pensar de los individuos es la que los limita y paraliza en muchos momentos, restándoles esa lucidez mental necesaria para afrontar las dificultades que surgen.

Estos bloqueos, que son la causa de muchos de los actuales males, suelen producirse de forma inconsciente, por lo que no son fáciles de identificar, como tampoco lo son de solucionar. Son barreras psicológicas que el individuo se impone y que le impiden ver las cosas con la claridad necesaria. Las emociones tienen mucha más influencia de lo que se podría creer a la hora de tomar decisiones; de ahí la importancia de evitar esos bloqueos que terminan obstruyendo la capacidad de entendimiento y de reacción. Pero, a poco que prestemos algo más de atención a los mismos, nos vamos a sorprender de la mayor facilidad con que se podrán enfocar y solucionar, que es lo se busca.

Analizaremos durante unos instantes cuál es la forma de proceder ante una situación difícil que pueda resultar incómoda, así como la actitud ante lo que nos desagrade. En primer lugar aparece el rechazo; a continuación se percibe un estado de ausencia de paz interior que desarmoniza y, por último, el hecho de tener que afrontar las realidades y el esfuerzo que requiere. Aparece entonces el deseo de huir de esa situación. Todo ello termina creando cierto estado de inquietud y disconformidad interna, de conflicto, que hace colapsar las capacidades, bloqueándolas. Ante esa situación, el estado mental permanecerá rígido, sin ofrecer claridad de ideas, y esa obstrucción impedirá que aparezca la creatividad necesaria para la búsqueda de soluciones. La disposición afectiva también quedará afectada por esa generación de inquietudes y el conflicto interno en que se vive. Y sin el apoyo de esas cualidades necesarias para afrontar la situación, resultará muy difícil poder comprenderla y solucionarla. Si a ello se añade la circunstancia de que esa actitud suele estar apoyada por otra negativa, que viene a añadir mayor dificultad, el resultado resulta fácilmente predecible.

Para tener una idea más clara todo de lo expuesto, vamos a analizar simplemente algunos de ellos. No interesa entrar tanto en su definición como en el perjuicio que pueden  causar y sus posibles soluciones.

Las ideas negativas se enquistan profundamente en la mente, bloquean los pensamientos, oprimen los sentimientos, configuran las actitudes y restringen excesivamente las verdaderas cualidades y potencial. El resultado es que se paraliza y enturbia toda actividad. Y estas ideas se combaten con ideas positivas que generen ilusión, satisfacción. Experimentar la alegría de los mejores momentos infunde ánimos renovadores. Si toda idea negativa daña y las positivas benefician, evitemos las primeras para abrazar las segundas.

Los pensamientos cristalizados y los traumas. Son ideas fijas que impiden la libertad del pensamiento, porque lo dejan anclado a determinados acontecimientos o vivencias que han podido crear cierto trauma que hace que pensamientos y sentimientos permanezcan viviendo continuamente la misma situación. Si resultase posible, lo conveniente sería evitar el sufrimiento. Fuera cual fuere el resultado, lo que sí es necesario es pasar página para tener otras vivencias que mejoren el estado. Los pensamientos limitadores resultan muy perjudiciales, ya que impiden la circulación de otros más creativos.

También se puede observar con claridad el daño que originan los fanatismos, dogmas, radicalismos y un largo etcétera. ¿Qué son sino pensamientos que embotan la mente, que se cristalizan en ella, que impiden la entrada de otros más renovadores? Dar libertad al pensamiento para iluminarlo con nuevas ideas, más formativas, así como dar libertad también al sentimiento para vivir experiencias más positivas, conforman el camino para escapar de la cárcel mental y emocional que hemos construido a nuestro alrededor. Y para ser libres del pasado, proporciona la energía necesaria para vivir mejor el presente. ¿Por qué, para qué obstinarse en lo que causa daño?

Miedos e inseguridades. Son bloqueos bastante frecuentes. Lo curioso del caso es que no suelen tener un fundamento consistente ni estar basados en certezas. Son meras (simples-sensaciones sensaciones que impiden el crecimiento interior, porque distorsionan la realidad, anulando la fortaleza para afrontar los acontecimientos. El ser humano tiene mucho más potencial interior y más cualidades de las que podría imaginar. Prueba de ello es poder observar cómo, en el momento en que las circunstancias de la vida se complican realmente, acaban surgiendo fuerzas desconocidas hasta entonces, y cómo, gracias a ellas, se superan esas dificultades. Entonces, confiemos más en nosotros; no suframos por algo que no ha sucedido todavía, y que casi con total seguridad nunca va a suceder. Si el ser humano se observase más y se conociese mejor, la mayoría de esos miedos e inseguridades desaparecerían. Los miedos se van cuando se les observa frente a frente, y las inseguridades desaparecen también cuando se eleva la autoestima y se aprende a auto-valorarse objetivamente.

Las represiones son el freno que el individuo pone a aquellos impulsos o sentimientos que considera inconvenientes, aunque esa no es la solución. Resultan muy perjudiciales, pues lo que se reprime sucede por falta de comprensión, ya que no se guarda con un enfoque positivo y de ahí la confusión. Quedará entonces presionando constantemente al inconsciente, buscando finalizar; en suma, alcanzar la solución. Con el paso del tiempo sucede, simplemente, que terminan saliendo mal, a destiempo y fuera de lugar. El hecho de asimilar bien las sensaciones  evita esas represiones y las desarmonías internas que generan. El hecho de no hacer algo, resulta inapropiado, pues ese algo debe hacerse desde la comprensión para evitar mantener interiormente energías desarmonizadas, que dificultarán y obstaculizarán la capacidad de enfrentar la lucha.

Y ello obligará al individuo a reprimir muchas emociones y por diferentes causas: “no llores”, “has de ser fuerte”, “no estés triste”. Evidentemente, esa no es la solución, porque se reprimen a causa de una presión exterior, ignorada las más de las veces, pues el deseo momentáneo no es otro que realizar esa determinada expresión. Hay que dejar, pues, que se manifiesten sin que lleguen a perjudicar ni dañar. Llorar en determinados momentos no es un acto inconveniente ni hace al individuo más débil. Ahora bien, el hecho de permanecer todo el día llorando sí debería ser una actitud preocupante. Estar triste durante un corto espacio de tiempo, porque ha ocurrido un acontecimiento que nos ha afectado, es algo muy normal; pero mantenerse en un estado continuo de tristeza sí requiere buscar soluciones. No buscamos crear temáticas dañinas, pues estas, si son perjudiciales, lo hacemos sobre cuestiones simples que carecen de impacto en sus manifestaciones, pero que con una intervención represiva convertimos en actos perjudiciales en nuestra vida.

La clave de todo es no reprimir esas energías; energías que son neutras por su propia naturaleza, aunque sí se debe evitar que se prolonguen demasiado en el tiempo. La diferencia es que si se hace reprimiendo su manifestación, esas resistencias se quedan bloqueando las emociones; pero si se hace porque se llega a comprender que se han convertido en negativas e improcedentes, todo quedará resuelto y terminará pasando al inconsciente como una experiencia asimilada.

Si a un niño de dos años que, a consecuencia de un tropezón se cae y se pone a llorar, alterando su estado nervioso, le consolamos y explicamos que resulta normal que llore a causa del dolor que sufre para que se vaya tranquilizando, comprobaremos cómo, poco a poco, a medida que lo ocurrido pierde importancia, el niño se irá tranquilizando. Lo normal es que en poco tiempo se ponga a reír ante cualquier pequeña broma. Como no ha reprimido ningún sentimiento, no ha quedado en él ningún tipo de bloqueo. Pero si la reacción por parte del padre o la madre es reñirle, si están molestos con él, el niño se va a debatir entre dos situaciones: o bien mantener su impulso de rabia y llanto por lo sucedido, o bien obedecer aquella orden de quien le cuida por el temor a dejar de ser cuidado y a las consecuencias de su desobediencia. Este es un caso muy propicio para que quede cierta represión, porque ni ha terminado de expresar sus sentimientos ni ha comprendido la prohibición, sencillamente porque no entenderá haber actuado mal a causa de su llanto o su malestar ante el dolor sufrido.

La dependencia y el apego: Estos son situaciones que conllevan mayores problemas sociales. Por un lado, la dependencia excesiva se convierte en una adicción que puede llegar a ser muy dañina. Observemos simplemente cómo, a consecuencia del desarrollo de las redes sociales −en principio muy útiles y positivas−, se ha creado una gran dependencia en multitud de personas que permanecen demasiadas horas ante el ordenador o el teléfono móvil. Este aislamiento está llevando hacia una falta de relación personal y convivencia que conlleva aspectos muy perjudiciales. Está dañando la afectividad, porque impide vivir y manifestarse con naturalidad. Las personas se hacen más inexpresivas, menos afectivas y comprensibles ante los aspectos de la vida y, especialmente, en las relaciones humanas. Altera la convivencia, haciendo al individuo más solitario e individualista y haciéndole olvidar que todas las personas necesitan de esa afectividad, porque el ser humano es, en esencia, sentimiento. En todos estos casos (la drogadicción, el alcoholismo, la vigorexia, etcétera) aparecen bloqueos importantes, muy perjudiciales; bloqueos que anclan a las personas en esa única idea e impiden el resto de expresiones, necesarias para una vida sana y feliz.

Es todos estos casos, buscar la compañía de familiares y amigos, expresar los sentimientos para mejorar las relaciones y encarar otras experiencias abren nuevos horizontes de ilusión y esperanza más satisfactorios todavía y, por descontado, menos dolorosos. Y esta es una labor conjunta entre la persona afectada y quienes conviven más directamente con ella.

Por otro lado, hay ocasiones en las que se tiene un exceso de apego hacia las cosas materiales, hacia otras personas e incluso hacia determinadas emociones. Es necesario trabajar el rechazo hacia todo aquello a lo que podamos aferramos en exceso, para conseguir y saber ofrecer esa misma libertad. Todo aquello que pase de un apoyo para convertirse en una necesidad deja de ser positivo y se convierte en un lastre emocional. Gestionar bien estas situaciones resulta fundamental y decisivo.

Estos simples ejemplos pueden servir para comprender que, cuando los sentimientos y las emociones se bloquean, surge la apatía y la indiferencia. En esos momentos es necesario exteriorizar y expandir dichos pensamientos; sentimientos y emociones en niveles positivos para conseguir la fortaleza interior. Evidentemente, existen muchos más casos, como la depresión, el estrés y un largo etcétera, que no abordaremos en este capítulo por la necesidad de extendernos mucho más para mejorar así su comprensión.

Hay estados mentales impropios que van fijando cada vez más sus ideas, y con el transcurso del tiempo se tornan en verdaderas obsesiones, difíciles de subsanar. Lo que en un principio puede ser normal, acaba siendo irreal por el abuso y la persistencia de ciertas actitudes. Por tato, debemos estar muy atentos, manteniendo siempre un estado de ánimo positivo y apoyarnos todo lo posible en él, pues influye mucho en el hombre.

Eliminar esos bloqueos, implica romper la monotonía y el hastío para que la nuestra vida sea más rica en oportunidades, más plena de ilusiones y con mayor variedad de experiencias, desarrollando esas características que pueden ampliar las oportunidades de mejorar ese estado.

Los bloqueos mentales y emocionales por: Antonio Gómez Sánchez

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SINTONÍA ENTRE PENSAMIENTO Y SENTIMIENTO

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Sintonía entre pensamiento y sentimiento

SINTONÍA ENTRE PENSAMIENTO Y SENTIMIENTO

En los dos capítulos anteriores hemos profundizado en algunas de las características, desarrollo y consecuencias de nuestros pensamientos (la cualidad de la mente) y nuestros sentimientos (la expresión del alma) lo suficiente como para comprenderlos a un nivel que nos permita trabajar para conseguir una orientación lo más positiva posible en la vida. En este vamos a adentrarnos en la extraordinaria interrelación que tienen los unos con los otros, así como en esas etapas en que parece que no tengan esa conexión tan alta para comprender su porqué.

Los pensamientos pueden ser constructivos o destructivos, altruistas o egoístas, optimistas o pesimistas, pacíficos o bélicos; tienen tan amplio abanico como tendencias emocionales tenemos cada uno, porque van íntimamente unidos a nuestra emotividad. La calidad de los mismos y de los sentimientos condiciona nuestras realidades porque el efecto combinado de ambos nos impulsa con más fuerza a tener actuaciones de su misma naturaleza, y ya hemos visto que nuestro comportamiento es decisivo en cuanto al resultado beneficioso o perjudicial que obtendremos en nuestra vida.

La persona que tiene un sentimiento de fracaso a lo largo del día, tendrá numerosos pensamientos como: “Esto no lo voy a conseguir”, “qué tontería hacer algo que no va a dar resultado”, “seguro que me sale mal”, “para qué voy a ir a esa entrevista de trabajo si no me van a seleccionar… Y un largo etcétera. Podríamos decir que entra en un bucle donde pensamiento y sentimiento se alimentan entre sí y se autocondicionan a esa sintonía de vida, negativa en este caso, impregnando todo cuanto hacemos de sensaciones de desarmonía y abatimiento.

Los pensamientos positivos movilizan sentimientos positivos, al igual que los sentimientos negativos generan pensamientos negativos, y viceversa en ambos casos. Están tan íntimamente unidos que los unos condicionan y fortalecen a los otros. Este que parece un aspecto trivial es más decisivo de lo que parece en nuestra vida, y demuestra el porqué nuestra naturaleza interior tiene tanta energía y predomina sobre las primeras intenciones de cambiar nuestras actitudes y comportamientos. Recordemos que lo que hay en nuestro interior es lo que empuja continuamente para salir reflejándose en nuestro hacer diario, y ese interior está compuesto por pensamientos y sentimientos que con el tiempo se alinean en una misma naturaleza, fortaleciendo nuestros deseos y tendencias.

Si esta tónica general permaneciera inalterable significaría que los cambios de ideas,  carácter, comportamiento, etcétera, se mantendrían sin cambios en el tiempo, pues viene a ser como la pescadilla que se muerde la cola: nunca puede cambiar de rumbo. Pero como la vida es una continua evolución, los acontecimientos, experiencias, pensamientos, sensaciones y demás circunstancias que vivimos representan momentos coyunturales de cambio personal que tardamos más o menos en aprovechar, según la predisposición de cada uno, cuando se presentan.

Cómo cambiar esa sintonía.

Hay etapas de nuestra vida en las que pensamientos y sentimientos tienden a separarse, especialmente cuando interviene un elemento muy importante de nuestra personalidad que es la CONCIENCIA, ya que ésta es una realidad activa que interviene para reorientar algunos conceptos y comportamientos. Esto suele ocurrir cuando la persona ha alcanzado una determinada madurez interna, porque esa mayor sensibilidad interior que experimenta hacia determinados aspectos de la vida tiende a una necesidad más profunda de reconocimientos y vivencias, de más amplios aspectos espirituales, porque comienza a mirar mucho más hacia dentro que hacia afuera. Y es precisamente en esta circunstancia en la que nos vamos a centrar para aprovechar su inercia en nuestro beneficio.

Esa mirada hacia nuestro interior suele marcar un antes y un después en nuestra vida, ya que desde el mismo momento en que comienza esa introspección, la mente experimenta un ligero cambio de sintonía, teniendo cada vez más pensamientos de autocrítica hacia determinados sentimientos y deseos, tendiendo a ordenar algunas conductas que comienzan a verse como inadecuadas e incorrectas. También se razona sobre determinadas emociones y tendencias que comienzan a dejar sensaciones de insatisfacción cuando antes no ocurría, pues manteníamos mayor inconsciencia sobre nuestros actos y sus consecuencias en la vida.

Son instantes en que los pensamientos comienzan a distanciarse de nuestras tendencias  habituales, porque esa fuerza interior ha comenzado una batalla para modificar la naturaleza de los sentimientos que la conciencia ve como negativos y perjudiciales, ya que conduce a actos que, al comenzar a verse desde otra perspectiva, generan cierto malestar interno.

Este es uno de los momentos en que se tiende a romper esa sintonía de forma muy clara, porque no es positiva para nosotros y nos genera innumerables situaciones de desagrado. Cuando se es consciente de que debemos cambiar algún sentimiento, los pensamientos comienzan a distanciarse de él, alimentados por la mayor claridad y calidad que tiene y está manifestando nuestra conciencia. Son etapas de la vida que conviene saber aprovechar muy bien porque, en caso de saber encauzarse adecuadamente, pueden representar grandes impulsos de mejora para quien los experimenta. Estos son momentos en los que podemos apoyarnos de forma decisiva en la meditación consciente y acertada por las numerosas ventajas que hemos visto puede aportarnos, máxime en instantes de sensaciones, emociones y pensamientos que tienden a hacernos ver la necesidad de introducir cambios en nuestro diario vivir.

Aunque estas dos estructuras de la personalidad vayan tan íntimamente unidas, en todas las personas suele haber un mayor predominio hacia un lado u otro, dependiendo de que haya desarrollado más el pensamiento o la emotividad. Hay quien tiende más a razonarlo todo y quien antepone el sentimiento al intelecto. Dentro de esta normalidad, esa irrupción de nuestra conciencia siempre irá más dirigida hacia el factor que más desarrollado tiene cada persona, porque es con el que le resulta más fácil conectar; de aquí que en unos casos sean los pensamientos los que comiencen a distanciarse de los sentimientos o viceversa, comenzando la ruptura de esa sintonía. Esta circunstancia lo que persigue es elevar nuestra vibración interna para lograr unas mejores condiciones de vida.

Todo cambio que implique la modificación de cualquier aspecto negativo por uno positivo es un paso hacia adelante muy beneficioso. Son momentos en los que se experimentan nuevas sensaciones que hay que saber apreciar y valorar. Nunca sentiremos la misma emoción con pensamientos y sentimientos de rencor que de conciliación, ni de egoísmo que de altruismo. Todo es diferente en ellos. Si pasamos de sentimientos y pensamientos de rencillas hacia una persona, a pensar en cómo resolver ese malestar con un sentimiento de unión, nuestras percepciones y nuestras vivencias serán muy distintas, pudiendo entonces apreciar, en primer lugar, la esencia más pura y limpia de ese sentimiento, más expansivo, beneficioso, feliz, etcétera, así como todas las evocaciones más alegres y satisfactorias.

La conectividad de la vida

 Nuestras aspiraciones y esfuerzo han de ir orientados a que pensamientos y sentimientos tengan una naturaleza y afinidad positivas porque estaremos en la mejor de las situaciones para desarrollar una existencia plena y feliz. Hay sentimientos que son una verdadera bendición para  la vida y nuestra mayor aspiración ha de ir dirigida hacia su vivencia.

 Poner nuestros pensamientos y sentimientos en la sintonía adecuada y necesaria para conseguir los logros deseados es esencial. Cuando esa armonía se mantiene en el tiempo crea un automatismo, y es este el que activa todos nuestros sentidos, haciendo que estos trabajen a favor de la exigencia que se les hace.

Toda nuestra energía estará dirigida hacia el equilibrio y la elevación de nuestro comportamiento, lo que eleva a su vez nuestra vibración personal hacia la satisfacción, la plenitud y la felicidad. Por otro lado, esa sintonía es la que hace que, por afinidad, captemos vibraciones de esa misma índole, uniéndonos a la armonía del propio Universo, lo que a su vez atrae esas energías positivas que están vivas y presentes a nuestro alrededor, apoyándonos con más energía porque existe una conectividad total entre la vida visible y la invisible que nos rodea.

La vida es mucho más de lo que observamos o lo que podemos percibir en primera instancia. Hay muchos aspectos que nos pasan desapercibidos y que nos son desconocidos, lo que no quiere decir que no existan, no estén presentes ni nos afecten de forma importante, unas veces para mal y otras para bien. Si no solemos conocer los verdaderos beneficios o perjuicios de aquello que hacemos y podemos observar, ¿cómo podemos comprender el alcance de aquello que permanece invisible a nuestras habituales percepciones? ¿Conocemos todo lo que nos influye y afecta en la vida?

El Universo está lleno de vida, es energía en constante evolución; lleno de fuerzas inconmensurables e indescriptibles con las que podemos conectar cuando somos capaces de transcender el “yo”, el “ego” material, y vivir el “yo” superior. Esto se consigue cuando pensamientos, sentimientos y comportamiento están alineados en un sentido positivo, pues este estado amplia todas nuestras capacidades, expandiendo nuestra conciencia para conectar con esas fuerzas y energías ocultas que tienen gran influencia en el devenir de nuestro desarrollo personal. Podremos vivir momentos sorprendentes para nuestro limitado pensamiento, instantes de emancipación del alma, donde los sentimientos aportan energías internas inimaginables hasta entonces.

Conectar con esas energías elevadas que conforman y armonizan el Universo es como encender una luz en la oscuridad, canalizar conocimientos capaces de orientarnos en los momentos más difíciles y generar más fortaleza en nuestro ánimo, engrandeciendo las posibilidades de triunfo en cualquiera de los aspectos o facetas que lo necesitemos.

Sintonía entre pensamiento y sentimiento por: Antonio Gómez Sánchez

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