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SOBRE EL SILENCIO

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Sobre el silencio

    Comenzaré este artículo con una cita anónima:

     Dice el sabio:

«Defiéndete con la sonrisa, ataca con el silencio y vence con la indiferencia».

Defiéndete con la sonrisa. Una buena forma de «no entrar al trapo», como reza el popular adagio, cuando alguien nos ataca verbalmente. Dejar que el oponente suelte por su boca todo lo que quiera y devolver el agravio sonriendo, sin responder atacando, sin rebajarte a su nivel, lo suele dejar desarmado. Y después, más tranquilamente, meditar sobre sus palabras, pues quizá podamos sacar algo útil de ellas. Por ejemplo: si uno de sus insultos no se ajusta a la realidad, dejarlo estar, porque yo sé que no soy tal cosa y eso me debiera bastar. Pero a lo mejor, si adolezco de otro que no he visto (o no he querido ver anteriormente) en mí mismo, el hecho de que me llame tal o cual cosa puede valerme para abrirme los ojos sobre ese defecto y ponerle remedio. Por tanto, cabría incluso el agradecimiento al abrirme el camino de mi mejoría moral.

Ataca con el silencio. Se puede considerar esta frase como respuesta a ese adjetivo negativo que se me achaca y yo sé que no tengo. Que el otro diga lo que quiera; que me llame (y es solo un ejemplo) egoísta o insolidario no me afecta, porque estoy dando parte de mi tiempo y mi trabajo en alguna ONG; yo lo sé, y es suficiente.

Vence con la indiferencia. Aquí voy a echar mano del refranero: No hay mejor desprecio que no hacer aprecio. Hablando claro, los improperios recibidos que me entren por un oído y me salgan por el otro. El oponente quedará desarmado, como ya dije, al obtener de uno una respuesta que no esperaba, cual es la también comentada de no entrarle al trapo. Dejar que se desahogue y rezar por él, porque debido a su bajo estado moral ignora que él va a ser el mayor perjudicado por sus ataques. Las palabras y los actos proferidos regresan como un bumerán, tal cual nos explica la Ley de Causa y Efecto. Y esto no solo vale para lo malo, también para lo bueno; no lo olvidemos.

Una vez apuntada mi modesta opinión al respecto, voy a repasar lo que algunos seres extraordinarios encarnados en la Tierra consideran sobre esta cuestión. Y es muy interesante, porque le dan la vuelta al adagio del sabio anónimo.

Gandhi apunta dos cosas opuestas sobre el silencio. En primer lugar, nos dice que el silencio es parte de la disciplina espiritual del seguidor de la Verdad. Lo que decía antes, saber callar es un signo de adelanto. Pero ¡cuidado! El silencio, como cualquier otra herramienta, se puede usar mal, y Gandhi así nos lo advierte: El silencio se convierte en cobardía cuando la ocasión demanda decir toda la verdad y actuar acorde a ella. Hay situaciones en la vida que exigen no callar. Por ejemplo, ante una flagrante injusticia hay que levantar la voz y denunciar, pues en caso contrario nos convertimos en cómplices de los agresores. Así lo hizo el propio Gandhi ante la injusta situación de su pueblo: habló y dijo lo que había que decir, pero sin violencia, calibrando las palabras y actuando en consecuencia. Siempre por la vía pacífica. No fue un cobarde, y el resultado de su valentía ya lo conocemos todos.

Martin Luther King recoge el mismo ideario en esta frase, aplicado al conjunto de la sociedad: La verdadera tragedia de los pueblos no consiste en el grito de un gobierno autoritario, sino en el silencio de la gente. Si el pueblo no levanta la voz contra el autoritarismo, este perdurará sine die; es necesario alzar la voz y actuar. En muchas ocasiones, estos levantamientos se han saldado con víctimas mortales, pues en nuestro atrasado planeta la violencia sobrepuja claramente al pacifismo. Sin embargo, ha habido algún caso en el que el grito del pueblo contra la injusticia se ha llevado a efecto con actos no violentos, con víctimas mortales mínimas, como sucedió en Portugal con la Revolución de los Claveles. Signos evidentes de que la evolución moral del planeta da pasos hacia adelante, aunque todavía sean pasos cortos. Es algo inevitable.

Para terminar, me gustaría despedirme con un curioso comentario que la gente suele hacer en una circunstancia concreta. Cuando hay varias personas reunidas en agradable compañía charlando, comentando cuestiones de la vida cotidiana, a veces se produce un silencio. Todos los asistentes a la reunión coinciden en no decir nada durante unos momentos. Acabado ese instante, a alguien se le ocurre comentar: «Ha pasado un ángel». ¿Acaso fue realmente así? ¿Quizá un espíritu elevado pasó para recordarnos la importancia del silencio?

Sobre el silencio por: Jesús Fernández Escrich

Guardamar, 4 de diciembre de 2023.

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