¿Por qué las lentas campanas claman dolientes a muerto, si del funéreo concierto las vibraciones son vanas? Cese en la región vacía, ese lamento profundo: desde el principio del mundo, nadie ha muerto todavía. Nadie, en tan larga jornada, sufrió tal misera suerte: no ha muerto más que la Muerte, no ha muerto más que esa nada. En la infinita Creación, cuanto muere resucita: en la Creación infinita, cuanto vive es mutación. Cuanto se va, vuelve y pasa: ¿por qué fatal despedida? Dios, el creador de la vida, en su creación no fracasa; no digáis a nada adiós, porque si posible fuere que algún átomo muriera, moriría el mismo Dios! Mirad con ojos serenos desde región de alegrías, todas las tumbas vacías, todos los espacios llenos. Ved en la altura del cielo, cómo flotando palpita la multitud infinita de los difuntos del suelo, y cómo sigue el problema de la existencia que es trama, bajo la luz que derrama la Inteligencia Suprema. Nuestra queja dolorida, en nada justo se funda: la Muerte es madre segunda que nos da segunda vida, y para el nuevo nacido que espera nueva fortuna, el ataúd es cual cuna abierta al cielo tendido, y de ella surge volando a vivir con mejor suerte, todo aquel ser que la Muerte meció en su cuna cantando. No contempléis el misterio de la muerte con espanto, ni reguéis con triste llanto el umbral del cementerio, pues en sus fúnebres salas de calabozos tan lieras, los cuerpos hallan cadenas, mas los espíritus alas y van a la inmensidad como la alondra que pía cantando al alba, y al día, cantando a la libertad. Por allí sube Julieta con su consorte Romeo, y al celestial himeneo con Rafael va Marieta. Por allí suben a un cielo de luz y música y cantos, todos los mártires santos muertos de amor en el suelo, y al ascender dos a dos a las alturas más hondas, llegan a mágicas frondas de un Paraíso, que es Dios. No lloréis más, mis hermanos los que encerrásteis un día cuando vuestra alma quería, en sepulcrales arcanos; no prolonguéis ese duelo por vuestros caros ausentes; decid, mirando fervientes las altitudes del cielo: «¡Muertos en tanto esplendor!... ¡Si es imposible que mueran!... ¿no los veis que nos esperan estremecidos de amor!» ¡Muertos!... ¡no hay muertos! ¡mas, sí; muertos hay: somos nosotros; ¿a qué llorar por los otros si estamos muertos aquí? Los que ocultamos la luz porque nos falta denuedo, los que miramos con miedo todo Calvario y su cruz, los que negamos las manos y el corazón a los yertos... ¡nosotros somos los muertos: ¡resucitemos, hermanos! Cantad alegres, campanas: pasó la noche sombría de los Difuntos, y el día muestra sus rosas y granas. Ved la áurea luz, la áurea hora: esta es la aurora divina de nuestra santa Doctrina, consolación del que llora. ¡Bronces, alzad la canción hasta el imperio celeste: Sábado de Gloria es este: Pascua de Resurrección! ¡Ya los ansiados ausentes, como serafino coro, de sus alcázares de oro bajan a hacerse presente, y su tiernísimo amor nos dice: ¡Muertos amados! vivid, ya estáis rescatados, ¡resucitó el Redentor! ¡Basta de acervos dolores! ya habéis bastante sufrido... y pues os han redimido, ¡resucitad redentores En la noche de difuntos por: Salvador Sellés Gosalbez
Poesía extraída de la revista Nosotros. Villena 29 de octubre 1922






