“Yo diría que el Universo tiene un propósito. No está ahí simplemente por casualidad”.
Roger Penrose, Nobel de Física 2020
Como ya hemos explicado en artículos anteriores, la soberbia humana no tiene límites; tanto es así que con frecuencia nos atrevemos a afirmar que el hombre puede conocer a Dios en profundidad.
El gran enigma que supone intentar entender el plan divino de la creación, y más concretamente el sentido de la creación del ser humano y su finalidad, está todavía fuera del alcance de la comprensión humana debido a nuestro limitado desarrollo y evolución de conciencia y elevación espiritual.
No obstante, esto no quiere decir que no podamos reflexionar, razonar e intentar comprender algunos aspectos del plan de la divinidad para con el hombre conforme vamos avanzando en mayor conocimiento de la divinidad a través de la comprensión de las leyes que ha creado, tanto las físicas como las espirituales o morales.
Estableciendo un paralelismo entre ambas leyes de la vida, las que afectan al mundo físico y las que corresponden al mundo moral, ambas forman parte de la creación divina y afectan al hombre por igual, aunque no las conozcamos en profundidad. Pero al igual que en lo referente a las leyes físicas que afectan al universo cognoscible por el hombre, Albert Einstein expresó su admiración al respecto cuando dijo : “lo maravilloso del universo es que sea comprensible”; en el campo de la filosofía, las leyes que afectan al desarrollo moral y espiritual del hombre también pueden ser conocidas “en parte” y con ello afirmar, no sólo la autoría del origen de su creador, sino la perfección de las mismas y el sentido profundo que muchas de ellas tienen para el futuro del alma humana.
No es por acaso que Allán Kardec, el codificador de la filosofía espiritista preguntó en el ít. nº 4 del L.E. (*): ¿Dónde podemos hallar la prueba de la existencia de Dios?, y la respuesta fue: En un axioma que aplicáis en vuestras ciencias: no hay efecto sin causa. Buscad la causa de todo aquello que no sea obra del hombre y vuestra razón os responderá.
Comprobamos de esta forma que a Dios lo podemos encontrar en todas partes, y a través de su obra (toda la naturaleza, la realidad física y la espiritual) podemos vislumbrar, razonar y comprender algunos aspectos breves y esporádicos del plan divino que se dejan translucir en la armonía, el orden, la perfección y el equilibrio que rigen en todas las partes del Universo por parte de las leyes físicas y espirituales que lo conducen, lo transforman y lo elevan permanentemente hacia formas más depuradas de perfeccionamiento y progreso.
Si el Universo está impregnado de este orden y equilibrio quiere decir que todo lo que en él se contiene presenta la misma cualidad, y por ello, el propio hombre, en aquello en lo que es inmortal y transcendente, que es su alma, tiene todos los atributos de la perfección, del orden y del equilibrio en forma latente, y va alcanzando el desarrollo de estos mediante la transformación interna que suponen para él los procesos de depuración, adelanto moral e intelectual y elevación espiritual. Estos procesos tienen una palabra definida que los caracteriza: Evolución.
Y en el caso que nos ocupa, el del ser humano, se trata de la evolución del alma inmortal, única parte del ser que sobrevive a la muerte del cuerpo físico y que posee en su interior la chispa divina que Dios colocó en él con los atributos latentes (como una semilla) que el hombre deberá desarrollar en ese viaje que llamamos progreso del alma hasta alcanzar la purificación y el grado de perfección relativa y dicha permanente que nos espera a todos.
Sin duda alguna, este es el plan de la divinidad para el hombre: “proveernos de los recursos latentes en nuestra conciencia para alcanzar, por nosotros mismos y bajo el libre albedrío de nuestras propias decisiones, un futuro de felicidad inenarrable”.
Sabemos que Dios crea el alma humana simple e ignorante, pretendiendo con ello que cada cual adquiera las experiencias por sí mismo, y decida bajo su libre albedrío el camino a tomar. Cuando el camino es acertado, el progreso se desenvuelve con rapidez y las experiencias son gratificantes, a pesar de que todo espíritu deberá enfrentar obstáculos para fortalecerse y prepararse para retos mayores. Una aproximación poética de este plan divino para el hombre, a título de sugerencia, podría ser el siguiente mandato divino:
“Id, recorred los desiertos, montañas y mares. Apoderaos de cada molécula viva que encontréis en el camino y creced, creced y creced y volver a mí convertidos constructores de mundos, en guías de humanidades”
Aunque el rumbo sea el correcto y el acertado, el camino no estará exento de pruebas, pues el crecimiento del espíritu se desenvuelve también ante los retos difíciles, que agudizan la razón, la intuición y la inteligencia, y que junto a ello procuran el avance de las sociedades. Por ello, los grandes espíritus que han reencarnado en la Tierra y han dado ejemplo con su vida, siendo referentes morales, intelectuales, culturales, científicos, etc.., todos han debido enfrentar grandes obstáculos, incomprensiones, críticas, algunos hasta persecuciones, calumnias, torturas o sacrificios de sus propias vidas.
Cuando encontramos espíritus de esa elevada condición capaces de sacrificarse por la humanidad a causa de un bien mayor, el género humano se revaloriza y su semejanza con el Creador adquiere parámetros de luz y autoridad moral que es venerada por millones de personas a las que su ejemplo les sirve de referencia.
Así pues, el plan de Dios para el hombre es que este sea capaz por sí mismo, con los recursos extraordinarios que ÉL colocó en la conciencia de cada uno, de ir superando las etapas de elevación de su propia conciencia, conquistando los atributos superiores del espíritu inmortal que siempre le van a acompañar, superando los obstáculos que le salgan al paso para fortalecerse ante las dificultades y ofreciéndose como ejemplo a sus semejantes una vez conquistado cierto grado de perfección y adelanto moral-intelectual que le permita ser una referencia y un ejemplo a seguir para los demás.
“La individualidad no es explicable en términos materiales. Sólo tiene un apoyo adecuado en la individualidad espiritual de Dios como Mente Absoluta”.
Dr. Stuart C. Hackett
Dios nos ha creado para ser sus colaboradores, pero primero hemos de conquistar esa categoría mediante nuestra propia ascensión en el camino del progreso y la elevación del alma. Y cuando esta última ha sido alcanzada, nos convertimos en los enviados del Creador en todo el Universo, y allá donde nos encontremos, somos los intérpretes de su pensamiento divino, los ejecutores de sus órdenes, recibiendo como mayor dádiva el acceso a la mayor fuerza que existe en el universo: la posibilidad de vibrar en el Amor Divino.
A partir de aquí ya el espíritu y su individualidad alcanza el reencuentro con su creador, y al igual que comenzó su andadura evolutiva partiendo de la Mente Divina en un acto de creación, ahora conoce en profundidad el plan divino, colabora y trabaja en él y pasa a formar parte de los millones y millones de espíritus que, atendiendo a los valores superiores de la divinidad, se dedican a ayudar a sus hermanos menores, en mundos más atrasados, confirmando así las leyes perfectas y universales que Dios creó: la de la fraternidad y la de la solidaridad entre los mundos y humanidades.
El plan y el propósito por: Antonio Lledó
2025 © Amor, Paz y Caridad
“Cuando nos enfrentamos a las maravillas de la vida y el Universo, uno debe preguntar ¿por qué?, no sólo ¿cómo? La única respuesta es espiritual… Existe una necesidad de Dios en el universo y para mi propia vida”.
Arthur Schalow, Premio Nobel de Física en 1981






