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¿DORMIDOS O DESPIERTOS?

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¿Dormidos o despiertos?

“Cada mañana, al despertar, resucitamos; porque al dormir morimos unas horas en que, libres del cuerpo, recobramos la vida espiritual que antes tuvimos cuando aún no habitábamos la carne que ahora nos define y nos limita, y éramos, sin ser, misterio puro en el ritmo total del Universo”.

Elias Nandino, poeta mejicano

En los últimos años, quizás por el ajetreado nivel de vida al que las sociedades modernas empujan al ser humano, la prisa, la angustia, el estrés y otras situaciones similares a estas han llevado a gran número de personas a episodios patológicos de diverso orden. Esto ha hecho reflexionar a los investigadores, buscando alternativas para paliar las consecuencias del ritmo de vida moderno. 

Entre ellas encontramos la meditación, las prácticas de introspección, la sofrología, la psicología transpersonal y otras muchas soluciones que ayudan mediante terapias psicológicas o de otro tipo a encontrar la quietud y la calma interior que externamente es difícil de alcanzar cuando las circunstancias profesionales, personales y familiares nos empujan hacia la marea imperante.

Estas prácticas y soluciones han permitido a muchos descubrir su naturaleza interior, despertando a la realidad espiritual que hasta ese momento ignoraban. Como consecuencia de ello, muchas personas se han interesado por las filosofías espirituales y los métodos y reflexiones que les llevan a vivir una vida más acorde con las leyes de la naturaleza, del equilibrio mental y emocional, de la armonía interior que supone saberse algo más que una materia conformada por varios trillones de células únicamente.

En este despertar a lo espiritual, muchos descubren con asombro el tiempo perdido que les hubiera ayudado a encontrar la tranquilidad y la paz que añoran y que están intentando alcanzar con el nuevo rumbo que dan a sus vidas. También se percatan que lo importante en la vida del hombre radica en el interior del mismo y no en las situaciones externas que sólo pueden afectarnos negativamente si se lo permitimos. 

El planteamiento de la filosofía estoica acerca de que lo único que podemos controlar es nuestra mente y nuestra forma de actuar, mientras que lo exterior queda fuera de nuestro alcance, ha hecho descubrir a muchos el extraordinario potencial y los recursos de los que dispone el alma humana. Y es en ese camino de descubrimiento cuando comenzamos a hacernos conscientes de la auténtica realidad que podemos manejar y controlar por nosotros mismos, sin depender de las contingencias que nos rodean: relaciones personales, circunstancias profesionales, condiciones socioeconómicas, etc…

El despertar a la auténtica realidad del espíritu hace que el “ser durmiente” que hasta ese momento éramos deje de tener la importancia que tenía a la hora de dejar que sean las circunstancias u otras personas las que marquen el ritmo y desarrollo de nuestra existencia. A partir de ese momento, podemos dirigir “conscientemente” nuestro propio destino en función de nuestro libre albedrío. Es en ese instante cuando somos capaces de percatarnos que sólo así somos realmente libres, cuando podemos elegir el rumbo que queremos dar a nuestras vidas.

De ahí que sea tan importante salir del “estado de sueño” para entrar en el “estado despierto” que significa pasar de un ser durmiente a un ser consciente de su autentica realidad. Pero no todos los que recurren a aquietar la mente mediante terapia, meditación u oración (en el caso de que sean creyentes de alguna religión) tienen la voluntad de ir más allá a la hora de preguntarse sobre la existencia que están llevando.

Muchos eluden el esfuerzo de preguntarse ¿por qué?, o ¿cuál es el motivo?, ya que intuyen en su interior que las respuestas que van a encontrar les obligarán en cierta manera a renunciar a hábitos, comportamientos o formas de pensar y actuar de las que no quieren prescindir. En muchas ocasiones, estas situaciones son precisamente aquellas relacionadas con el disfrute del placer inmediato, la ambición sin medida, el egoísmo exacerbado, la notoriedad social o simplemente el sentirse triunfador y por encima de aquellos que les sirven de referencia.

De ahí que el despertar a lo espiritual muchas veces enlaza con aspectos relacionados con el sufrimiento, las adversidades, las contrariedades que la vida presenta y que permiten a la persona que los sufre reflexionar sobre estas cuestiones, salvo que se decante por la rebeldía contra todo y contra todos, lo que los lleva inevitablemente a un desequilibrio e inestabilidad emocional que deriva en patologías graves que en los casos más extremos dirige a la persona a perder las ganas de vivir, abocándolo a decisiones extremas como el suicidio.

Sin duda, una buena orientación espiritual, el conocimiento de uno mismo y el abandono de la ignorancia cuando se conocen las leyes espirituales que rigen la vida del espíritu, puede ayudar notablemente a reequilibrar y afrontar los problemas y vicisitudes más graves que la vida presenta enfocando las cosas desde otra perspectiva más positiva, evaluando las contrariedades como oportunidades de crecimiento, fortalecimiento ante la adversidad (resiliencia), y progreso incuestionable del carácter que se forja en las dificultades mucho más que en la placidez de una “buena vida”.

Despertar a la realidad de la inmortalidad del alma nos ofrece un cúmulo de ventajas inigualables. En primer lugar nos permite comprender la justicia y las desigualdades humanas, descartando en nuestras desgracias la mala suerte, el azar, los otros o la intervención de un Dios que no nos ama. Todo esto queda desechado al comprender que “hoy somos y recogemos lo que sembramos en el pasado”. En un segundo término, nos hace conscientes de ser «los dueños de nuestro propio destino» mediante el libre albedrío del que disfrutamos para elegir el camino a recorrer. Por ello la justicia divina es perfecta y los contratiempos y contrariedades, o son pruebas para fortalecernos o expiaciones que debemos enfrentar para resarcir deudas con nuestra contabilidad moral pendientes de épocas pretéritas en vidas anteriores.

El saberse dentro de un Universo armonioso y en orden, regido por leyes perfectas que únicamente buscan nuestra felicidad en el largo plazo, aunque en el corto debamos sufrir las consecuencias de nuestros propios actos delictuosos, nos permite comprender mejor nuestra situación aquí y ahora. Entendemos las aparentes desigualdades que el mundo nos presenta, nos permite avanzar en la comprensión de quiénes somos, de donde venimos y hacia donde vamos. Este despertar del alma estando en la Tierra con un cuerpo físico supone un punto de inflexión de gran importancia en la trayectoria del ser. Desde ese momento, nada será igual.

Despertemos pues a la auténtica realidad de nuestro ser inmortal, aquel que nunca muere, que sigue viviendo, sintiendo, pensando y actuando después de la muerte. Aquel alma inmortal de la que las religiones nos hablaron y los maestros espirituales defendieron. Aquella alma inmortal que hoy la ciencia está ya investigando, con excelentes aproximaciones a la realidad de la misma mediante las evidencias de la reencarnación, la mediumnidad, las experiencias cercanas a la muerte y tantas otras que confirman la realidad del principio espiritual en el hombre que vive con un significado y un propósito individual concreto que todos traemos al venir a la Tierra.

Despertemos a la paz, la serenidad y la calma, patrimonio del ser inmortal que Dios concedió al hombre al crear su espíritu inmortal.

¿Dormidos o despiertos?, por: Redacción

2025 © Amor, Paz y Caridad

“Lo que nos sucede, positivo o negativo, alegría o drama, secretamente tiene un propósito: despertar nuestra conciencia, porque es solo donde nos convertimos plenamente en nosotros mismos”.

Laurent Gounelle, escritor francés

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