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GUÍA CON DESTINO UNIVERSAL

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Guia con destino universal

“Vivir no es existir. La Vida es una y única. La existencia es eterna y en dos estados, el plano físico y el espiritual, y consta de muchas reencarnaciones hasta llegar a Dios

Con frecuencia argumentamos el error de concepto al contraponer la vida y la muerte. Efectivamente, ambos no son contrapuestos, pues la muerte física tiene como contrapunto el nacimiento, no la vida. Ya que la vida está por todas partes, en todo el universo y en los diferentes seres vivos que lo pueblan en distintos planetas del cosmos.

El nacimiento y la muerte son la entrada y salida de la vida física, así como la muerte y un nuevo nacimiento son la entrada al mundo espiritual y la salida de este hacia nuevas experiencias en la carne.

El espíritu es creado por Dios sencillo e ignorante, pero con las capacidades y recursos latentes para llegar a la perfección y la dicha a través del inmenso recorrido milenario de las experiencias humanas y espirituales que proporciona la reencarnación del alma inmortal. La principal característica que Dios concede al espíritu cuando lo crea no es el pensamiento, ni la inteligencia, ni la voluntad. Cuando el espíritu es creado por Dios, este le concede el mayor de los atributos a partir de ese momento:“la eternidad”.

Y aunque el concepto de eternidad incluya la comprensión de algo que no ha tenido principio, nos vale entender en el ser humano el concepto de eternidad como sinónimo de inmortalidad, ya que el principio del alma humana es un acto del logos divino, el soplo del que hablan los libros sagrados, cuando a una “chispa divina” emanada del propio creador, este le concede semejante atributo con una finalidad concreta.

En el proceso para alcanzar la finalidad de la perfección y la comunión con Dios, lo que sería el concepto “religare” (volver a Él), se establece un recorrido que tiene como fin último e inevitable la dicha y la unión con el pensamiento y el amor divino sin perder la individualidad adquirida.

Qué mayor sentido de la justicia, la autorrealización, la identidad y la sublimación de un ser vivo el poder decidir por el mismo y en primer lugar su destino. Pues esto es, ni más ni menos, lo que contempla la ley divina al otorgarnos libre albedrío para elegir cuándo queremos caminar conscientemente hacia nuestra liberación y crecimiento inmortal a lo largo de las eras.

Pero también esto mismo, que nos ayuda a auto-realizarnos, no nos deja exentos del esfuerzo y el trabajo por conquistar la felicidad, la paz y la inmensa alegría que supone sublimar nuestra alma inmortal con las inefables sensaciones que trae consigo la elevación espiritual que nos acerca al amor divino, vibrando en sus registros en mayor medida al tiempo que nos vamos acercando a la depuración y el adelanto moral.

Además, todo ello significa otra dádiva que el Creador concede al espíritu al permitirle sublimarse de forma individual, única, excepcional y de ninguna forma igual a la de ninguna otra alma, encarnada o desencarnada. Esto supone que, aunque el camino, las reglas y las leyes que rigen el proceso evolutivo del alma son iguales para todos y se aplican con total justicia y equidad contemplando todos los supuestos, sin embargo, la forma en cómo las potenciamos y ajustamos a cada caso en particular son distintas.

Lo que quiere decir que, aunque las leyes son iguales para todos, cada cual, como espíritu individual y único, como chispa divina emanada de la divinidad creadora, realiza su trayectoria personalizada en base a sus experiencias y capacidades particulares, llegando a las etapas de integración con el pensamiento y el amor divino con sus peculiaridades y características únicas que le diferencian como un ser individual, perfectible para siempre, y sobre todo con el trabajo realizado en su propia depuración hasta llegar al grado “angélico” (espíritu puro) que le dota de una singularidad propia ante Dios.

Esto elimina de raíz el panteísmo, pues el espíritu puro, depurado, con un grado de perfección elevado no solo mantiene su individualidad, sino que son precisamente las cualidades que la adornan las que lo distinguen de los demás, poniendo en valor la diversidad de sus virtudes conquistadas en mayor o menor grado. Así, por ejemplo, tenemos espíritus puros caracterizados por una mayor sabiduría, otros por un mayor grado de amor, etc.

Esto no quiere decir que, para llegar a esos estados de perfección y adelanto, todos ellos no hayan debido conquistar previamente un grado mínimo de esos dos atributos que constituyen “las dos alas del ángel”: Amor y Sabiduría. Ese grado mínimo de elevación en estas dos cualidades exige la depuración de las imperfecciones morales y la superación de las experiencias que los mundos físicos ofrecen al alma para examinarla en su adelanto evolutivo.

Podemos entonces comprobar la importancia de la ley de la reencarnación en los primeros milenios de proceso evolutivo del alma humana. Pues es precisamente la reencarnación, la guía que nos permite el crecimiento espiritual en todas las facetas que conforman nuestro ser y temperamento. A través de las vidas múltiples pasamos de la animalidad a la racionalidad y de esta última a la etapa de la conciencia.

Y justamente en cada una de esas etapas adquirimos los recursos, hábitos y patrones necesarios para crecer intelectual y moralmente, que es lo mismo que decir que vamos aprendiendo la sabiduría y el amor que la vida nos enseña, unas veces a través del sufrimiento y otras a través del amor.

Es la herramienta de progreso que el creador estipuló mediante sus leyes perfectas para que el alma creada simple e ignorante recorra el camino hacia la conciencia plena, donde integradas las virtudes latentes que porta en su interior y plenamente desarrolladas convierten al ser humano en el heredero universal de la obra divina. Le permiten así poder ir comprendiendo mejor la creación, y con ello a su creador, pues nuestras mentes, todavía infantiles en cuanto al desarrollo espiritual, como reflejo de la Mente Divina que las ha creado, son capaces de entrever los destellos de esa mente superior al reconocer en nosotros mismos las capacidades y los atributos incipientes de la divinidad.

La guía que todo eso lo hace posible, en los primeros milenios de evolución no es otra que la ley de la reencarnación. Por ello es tan importante la comprensión de lo que esta significa para el desarrollo y evolución del alma, al entender la oportunidad de volver a la Tierra una y otra vez para corregir errores enfocándonos en el auténtico sentido de la vida y la existencia, que no es otro que el progreso espiritual que nos acerca a Dios permitiéndonos vivir cada vez más una existencia plena, completa y auto-consciente de nuestro sentido último: la búsqueda de Dios y su encuentro con él a través del desarrollo de muchas de las cualidades que le adornan y que el colocó en nuestro interior de manera latente para su desarrollo.

“Las experiencias en vidas pasadas son numerosas y es obvio que marca mucho saber que uno es inmortal, que va a renacer una y otra vez”.

Dr. Brian Weis, Jefe Psiquiatría Hospital Monte Sinaí.

Transitando de un estado a otro, de las reencarnaciones en las vidas físicas a los intervalos en el mundo espiritual, la vida del espíritu sigue siendo la misma, caracterizada por nuestra posición propia y particular derivada del progreso moral e intelectual alcanzado.

Porque al igual que se experimenta en la carne, también se adelanta en el espacio, en los periodos entre vidas físicas, donde aprendemos y nos preparamos en todos los sentidos para seguir recorriendo el camino que nos conduce al destino inevitable de la dicha y la perfección espiritual relativa que nos aguarda, simplemente por ser las criaturas del universo señaladas por Dios para conocerle y heredar de Él las dádivas inmarcesibles de su Amor Universal que vitaliza e impulsa con su fuerza toda la creación.

Esa fuerza universal que todo lo transforma y está inmanente en toda la realidad física y espiritual se llama“Deotropismo”, y en el capítulo de este mismo mes, en la sección Enigma Desvelado, encontrarán más información sobre este concepto.

Para finalizar, si la guía en el mundo físico que nos permite la experiencia y el adelanto es la reencarnación, en el mundo espiritual la fuerza que todo lo determina es el grado de iluminación alcanzado por el alma, que en todo momento permite al espíritu inmortal tomar las decisiones adecuadas para conquistar, antes o después, el destino universal que a todos nos aguarda.

Guia con destino universal por: Redacción

2026, Amor, Paz y Caridad

P: ¿Es limitado el número de existencias corporales o bien el espíritu se reencarna de manera perpetua?

R: “En cada nueva existencia, el espíritu da un paso más en el camino del progreso, y cuando se despoja de todas sus impurezas, no necesita ya las pruebas de la vida corporal”. Allán Kardec, El Libro de los Espíritus, ít.16

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