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MIEDO A AMAR

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Miedo a amar

Miedo a amar

Se conoce como filofobia el miedo irracional a amar y/o a enamorarse de alguien. El miedo es intenso y pone en marcha varios mecanismos de defensa para evitar ese sentimiento tan hermoso.

Desconocen que el amor es un sentimiento que libera a la persona mostrándose tal cual es. Y este sentimiento está presente en muchas de las relaciones en las que estamos inmersos, como pueden ser la existente entre padres e hijos, amigos, hermanos…

El amor resume toda la doctrina de Jesús, porque es el sentimiento por excelencia, y los sentimientos son los instintos elevados a la altura del progreso realizado… ¡Feliz aquel que ama, porque no conoce la miseria del alma ni la del cuerpo; sus pies son livianos, y vive como transportado fuera de sí mismo!… El amor es de esencia divina, y desde el primero hasta el último poseéis en el fondo del corazón la chispa de ese fuego sagrado”. Evangelio según el Espiritismo (Cap. XI, pto. 8-9)

Ese sentimiento, en casi todas las personas, las llena de ilusión, felicidad, alegría… pero en aquellos con conductas alteradas por los recelos, desconfianzas, por el egoísmo o la autoestima baja, puede provocar miedo la posibilidad de amar, pues tendrían que despojarse de las distintas capas donde esconden la debilidad afectiva que resguardan con profundo cuidado.

Es decir, todos nacemos con la capacidad de amar, pero hay personas que, por situaciones de sufrimiento vividas en su infancia, por recuerdos de culpa que están impresos en el alma o la autoestima que la tienen bajo mínimos, tienen miedo a amar y, por consecuencia, tienden a huir de todo aquello que les asusta, incluso cuando se trata de este noble sentimiento.

Ese miedo a amar o desamor puede tener varias causas. Una de ellas podría ser la herencia de culpa que lleva escrita en el fondo del alma por actos reprobables del pasado; esas reminiscencias de temor impresas en el ser también pueden darse, bien por inmadurez psicológica, bien por sufrimientos causados por un uso incorrecto del amor. Este miedo lleva al individuo que lo sufre a aislarse, y no se permite la posibilidad de recibir de los demás cariño, amor, ternura, etc.

Otro motivo por el cual no se ama es debido a los dos defectos que son los padres de todas las demás fallas, siendo estos el orgullo y el egoísmo, que capitanean todas las acciones delictivas llevadas a cabo. Una vez se produce la desencarnación y consigue ser consciente del mal realizado, el espíritu siente un gran tormento y sufrimiento que le impide sentirse querido porque el sentimiento de culpa no se lo permite.

Este miedo también puede aparecer en la niñez porque se han sufrido numerosas carencias afectivas, con infancias difíciles, en las cuales los padres no han cumplido con su papel correctamente en cuanto a protección, amor, cariño, afecto… Se dan también cuando se han tenido graves carencias durante el desarrollo de la personalidad, de forma que su afecto jamás ha sido recompensado, y todo eso va calando en el subconsciente, generando el miedo a amar y a la entrega. También el miedo a ser abandonado por alguno de sus progenitores les puede dejar una huella que tardará en superar.

Hay otro miedo que también impide a ciertas personas continuar su vida de relación con normalidad; son aquellas que, tras pasar por una ruptura difícil de pareja, donde han sentido mucho sufrimiento y dolor, se cierran a la posibilidad de una nueva relación. No confían en el afecto y las atenciones de los demás, por lo que levantan un muro y se aferran, intensamente, a su independencia.

Hay pensamientos que pueden surgir a la hora de tener una relación que le impide comenzarla, como pueden ser: Me dejará, va a esperar mucho de mí, me va a decepcionar, me va a controlar, perderé a mis amigos, etc., por lo que la persona considera los sentimientos como algo sumamente peligroso, que conducen sin duda al sufrimiento y prefiere abstenerse de amar. También después de haber pasado por la mala experiencia de un matrimonio infeliz, donde el desamor, el sufrimiento, el abandono físico o emocional hacen acto de presencia… o donde aparece la falta de atención, la apatía y la frialdad, actitudes estas que pueden llegar a destruir cualquier relación.

Las experiencias adversas hacen que se tenga una actitud de reserva o cuanto menos de precaución. No obstante, nuestra fatalidad consiste en volver una y otra vez al plano físico para superar las limitaciones, las malas inclinaciones que permiten despejar el camino para dar paso a las manifestaciones del verdadero amor; incluso, llegados a un determinado punto de madurez espiritual, a la manifestación del amor incondicional.

Sin duda, venimos con el objetivo de amar y ser amados, y son las experiencias positivas las que fomentan los sentimientos de afecto y cariño.

Nadie hay en el mundo que no posea la capacidad de amar y ser amado; somos creados por el amor de Dios, y somos nosotros los que debemos desarrollar ese sentimiento tan profundo y generoso, cada quién en función de sus posibilidades.

Todos los que venimos a la Tierra pasamos por la experiencia del amor, ya sea de forma fugaz o duradera; depende de nosotros abrirse a él, con la confianza de que nos hará vivir momentos felices, pero sin olvidar que también pueden llegar momentos dolorosos. No obstante, en muchos casos se le cierra la puerta debido a las carencias, dejando de experimentar sensaciones y emociones que solo el amor puede proporcionar.

El amor verdadero no conoce el miedo; el amor llega y se instala de forma natural, es la esencia de la vida; o dicho con otras palabras, temer al amor es temer a la vida. Si aparece el miedo es porque hemos abierto la puerta al lado negativo que todos tenemos, y no hemos querido trabajar para hacerlo desaparecer.

Nadie puede pasar por la existencia terrena sin que experimente la presencia del amor, ya sea fugaz o duradera, lo que dependerá de su propio comportamiento

«Es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado».

Lord Alfred Tennyson, poeta inglés.

Siempre es mejor amar aunque, no sea recíproca la respuesta, que no haber amado nunca. Porque invariablemente es mejor vivir la experiencia del amor, aunque los resultados no fueran los esperados, que quedarse con la incertidumbre de cómo pudo haber sido.

Cuando se ama, se disipan los fantasmas del pasado y dejan de surgir los miedos respecto al futuro.

Ama y haz lo que quieras.

Si callas, callarás con amor;

si gritas, gritarás con amor;

si corriges, corregirás con amor,

si perdonas, perdonarás con amor.

(Tácito).

 

Gloria Quel

© 2022, Amor, Paz y Caridad.

MIEDO A ENVEJECER

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Miedo a envejecer

Miedo a envejecer

El miedo irracional y persistente a envejecer se denomina técnicamente “gerascofobia”; son personas que aspiran a ser “eternamente jóvenes”. En algunas ocasiones va asociada al temor irracional hacia las personas de más edad, incluso con sus coetáneos; a este miedo se le denomina  “gerontofobia”.

Generalmente, la vejez se enfoca de manera negativa; a menudo es injustamente asociada con la dependencia, las enfermedades y el deterioro físico y psíquico. Aun siendo verdad en muchos casos, la ausencia de vigor físico y mental no es problema únicamente de la vejez, existen otros factores que se pueden encontrar en muchos individuos jóvenes con una existencia problemática, como son los rebeldes, los que abusan de los placeres disponibles (drogas, alcohol, sexolatría, etc.); o a los materialistas ambiciosos. Estas existencias pueden conducir hacia desequilibrios físicos y psíquicos.

Marco Tulio Cicerón, el elocuente orador y filósofo romano que vivió entre 103-43 a. C., afirmaba que había cuatro razones por la que muchos encontraban la vejez detestable:

  1. A) Distanciamiento de la vida activa.
  2. B) Debilidad de las fuerzas orgánicas.
  3. C) Privación de los provocantes placeres.
  4. D) Proximidad de la muerte.

Ahora bien, no solamente la vejez hace frente a estos acontecimientos; aun cuando son situaciones que se dan más frecuentemente en la última fase de la vida orgánica, es también cierto que en cualquier momento de la vida se pueden presentar enfermedades, accidentes, conflictos, problemas económicos y sociales agotadores que producen las mismas consecuencias.

Es en la vejez donde se ve con suma claridad el fenómeno biológico inevitable del deterioro orgánico que se lleva a cabo en todos los seres vivos. Es una etapa donde empiezan a fallar las energías. También pueden aparecer en este periodo las enfermedades degenerativas que pueden desembocar en una perturbación emocional, generando desequilibrios familiares y de relación con el entorno; se deja de percibir la sensación de utilidad hacia los semejantes, sobre todo hacia los seres más queridos. Son razones en torno del envejecimiento que provocan que muchas de las personas que van llegando a esa edad les resulte un periodo de sufrimiento y amargura; entonces muchos individuos pasan a temer el avance de la vejez, porque también se aproximan a la muerte, como si esta no pudiese aparecer en cualquier fase de la existencia.

Son muchas las personas que, llegadas a una edad avanzada, tienen miedo de seguir viviendo, ya que sienten que no les interesa lo que viven, bien sea porque han perdido sus alicientes, que ya no se sienten útiles o protagonistas, o por la pérdida progresiva de personas queridas; todo ello son golpes y sensaciones que minan poco a poco la alegría de vivir. Otro de los motivos puede ser también porque aparece la fragilidad de las energías que incluso impiden la actividad intelectual, el olvido progresivo vital -esta última por cierto, es la que más rechazo y miedo produce-; por tanto, sienten que dejan de ser útiles en su entorno familiar y social, y que cada vez son más dependientes.

El miedo al envejecimiento también tiene otras consecuencias evidentes, como son la sensación de no haber hecho todo lo que se quería, de pérdida de tiempo y oportunidades que ya no van a volver, además de una visión idealizada de la juventud; también la dependencia y falta de recursos propios que garanticen la autonomía y la toma de decisiones, o la influencia cada vez mayor de los recuerdos del pasado, más allá de lo que aún queda por vivir.

No cabe duda de que todos estos motivos tienen argumentos a favor y en contra. Evidentemente, cuando uno se hace mayor corre el riesgo de empezar a perder la memoria, la marcha natural de los hijos del hogar, empiezan a aparecer las arrugas y el deterioro físico, las energías se van perdiendo. Sin embargo, no debemos relacionar la vejez solo con aspectos negativos, ya que no se pierde la experiencia y la sabiduría que la persona puede aportar a los demás, y eso va a depender de la óptica que se utilice para encaminar la propia vida.

La tercera edad, que es como se llama también a la vejez, debe representar la máxima expresión de sabiduría del individuo, fruto del conocimiento acumulado a través de las experiencias; por lo tanto, tiene que ser un periodo para el sosiego y la paz de espíritu.

Otro motivo de este miedo puede ser los mensajes que transmiten los medios de comunicación, especialmente las empresas publicitarias, sobrevalorando la belleza y la juventud y arrinconando la madurez, ensombreciéndola o ignorándola.

El envejecimiento muchas veces va unido a una soledad no deseada, que puede generar problemas de salud psicológica. Sería de ciegos no comprender que es un periodo que puede llegar a ser difícil, porque la dependencia física, emocional y afectiva se hace necesaria en muchas personas que llegan a ciertas edades muy avanzadas.

Por otro lado, es común relacionar el mal humor a la vejez, como si fueran ellos los únicos que fueran mal humorados. Cuántas veces a lo largo de la vida se pueden encontrar personas de todas las edades que en sus diferentes épocas existenciales están rebeldes, son antipáticos o tienen mal carácter; siendo que en muchas ocasiones son los propios familiares quienes proyectan su mal humor hacia ellos, porque se sienten cansados de tenerlos, llegando a menospreciarlos, incluso con adjetivos lamentables e injustos; esta actitud de desprecio y agresividad hace que los ancianos se vean empujados a reaccionar de forma negativa para defenderse, mostrando su mal humor.

Sin duda, existe la paradoja de que muchos hombres y mujeres en edad avanzada siguen trabajando en pro de ellos mismos y de la sociedad, mientras que jóvenes hastiados ya de la vida son incapaces de trabajar para ellos mismos y mucho menos aportar algo a la misma sociedad. Por lo tanto no se trata de edad, sino de la disposición de tener una vida interior rica, tener ganas de vivir y de involucrarse en los retos que se presentan continuamente en la vida; y esto se consigue teniendo una alimentación sana, pensando siempre en positivo, con lecturas enriquecedoras, con actividades saludables y en pro del prójimo; todo esto ayuda a llegar a la vejez y vivirla con ilusión y ganas de seguir adelante.

Por lo tanto, en cualquier periodo de la existencia hay motivos para enseñar, para compartir y ayudar con la experiencia acumulada con los años; también para seguir aprendiendo, sintiendo curiosidad sana por descubrir y hacer nuevas cosas que quizás la vida laboral y familiar no lo haya permitido hasta ese momento.

Por todo ello, llegar a la ancianidad es algo inevitable pero hermoso. Debe sentirse afortunado el que lo logra, habiendo pasado por arduas batallas a lo largo de la vida y por experiencias más o menos difíciles; de solventar dificultades, de resolver desafíos, en batallas ganadas que han aportado sabiduría y crecimiento humano y espiritual.

La vejez suele ser el resultado de como se ha vivido, de la conducta a lo largo de los años, la naturaleza de los pensamientos y sentimientos alimentados, la mayor o menor proyección hacia los demás; todo ello conforman los recuerdos y condicionan la última etapa de la vida, preludio de la siguiente etapa, la más importante, el retorno al mundo espiritual de donde procedemos.

Saber envejecer es la obra maestra de la vida, y una de las cosas más difíciles en el arte dificilísimo de la vida”. (Henri-Frédéric Amiel)

Miedo a envejecer por: Gloria Quel

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

MIEDO AL FUTURO

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Miedo al futuro

Miedo al futuro

Seguimos hablando de los diferentes miedos que pueden presentarse a lo largo de la vida, y en este artículo hablaremos del miedo al futuro. En otras palabras, a las posibles consecuencias negativas que se pueden derivar de las decisiones que tomamos. Y cuando este temor se convierte en fobia, se le denomina “cronofobia”. Es posible que la incertidumbre (sensación de falta de control acerca de lo que ocurrirá en el futuro) sea una de las emociones más complicadas de gestionar; es el miedo al futuro, el temor al qué sucederá en poco tiempo.

Muchas personas ven con cierta prevención el futuro y procuran adoptar las mejores decisiones en el presente para que el futuro sea como ellos han planeado. No obstante, en repetidas ocasiones ese temor se vuelve desmesurado, llegando a provocar en quien lo sufre una profunda inquietud y múltiples efectos en los diversos ámbitos de su vida. Puede alcanzar incluso el punto de bloquear su vida totalmente por temor a sufrir consecuencias no deseadas, o por la angustia de tomar decisiones ignorando las consecuencias derivadas de las mismas.

Este miedo al futuro se supedita a la necesidad de saber; sin embargo, la incertidumbre es parte de la vida. Dado que es imposible estar al cien por cien seguros de algo, probablemente la búsqueda de certeza te lleva a más preocupación. El estar establecido económica y socialmente provoca que muchas personas lleguen a padecer este miedo.

La vida es un cambio constante y tomar decisiones es necesario, y no siempre acertamos con ellas; unas veces son adecuadas, en cambio, otras no dan el resultado deseado. Por mucho que reflexionemos, pensemos o valoremos las situaciones, siempre hay un porcentaje de equivocaciones que tenemos que tolerar, sin que cause frustración, asumiendo ese riesgo, porque si las evitamos no avanzaremos y permaneceremos estancados. Son las personas con poca tolerancia a la incertidumbre, a las que les resulta muy difícil aceptar una decepción por pequeña que sea; también son aquellas que tienen la necesidad de encontrar la aprobación ajena para sentirse seguros de que la decisión tomada ha sido la correcta.

En ocasiones, este temor al futuro se desarrolla dentro de las personas porque lo han aprendido dentro del ambiente familiar; quizá porque algún pariente o conocido haya tenido un cambio drástico o inesperado de fortuna o salud, que le ha hecho saltar por los aires su serenidad emocional, como puede ser una pérdida de un trabajo, una enfermedad, la pérdida de un ser querido o cualquier otro tipo de alteración inesperada que rompe por completo esa vida agradable que ha construido poco a poco.

Estas experiencias ajenas, en lugar de ayudarle a reforzar su manera de ver la vida, tomando las decisiones adecuadas, le refuerzan el foco en el miedo a la incertidumbre, sin pararse a pensar que cada caso es un mundo, y no tiene por qué repetirse en uno mismo si se toman las providencias adecuadas.

Pensar en las diferentes opciones que ofrece la vida, como pueden ser los estudios, elegir un trabajo, comprar una casa, tener pareja, casarse, quedarse embarazada, recaer en una enfermedad ya superada, etc. La incertidumbre del resultado que se obtendrá, sin duda alguna, le hará permanecer en una vida anodina, cerrándose muchas puertas, ahogando cualquier motivación por los riegos que implican. Esta circunstancia puede ocasionar un bloqueo en la vida de la persona, eludiendo valiosas oportunidades de crecimiento, de realización personal.

Resulta más cómoda la inacción. Se confunde también con una falsa prudencia, para justificarse y evitar realizaciones, muchas veces convenientes y necesarias. El resultado de dicha inacción es el vacío existencial; el miedo paraliza y elimina el entusiasmo y las ganas de vivir.

Además, la persona que no cree que la vida siga después de dejar la materia y vive únicamente la vida corporal, ignorando la espiritual, solo experimentará las penas y dichas materiales. Y asimismo su felicidad se fundamentará en la satisfacción efímera de sus deseos. Esta idea de que solo existe lo que se ve le hace pensar en la muerte como en un final en el que después existe la nada, es decir, desaparecerán sus afectos, sus esperanzas… todo desaparecerá como en un mal sueño. Sin embargo, algo en su interior, algo inexplicable a simple vista, le dice que no es así, aunque trate de ahogarlo con sus ideas preconcebidas o quiera justificarlo con una actitud orgullosa. Este también es un conflicto interno que le puede generar también desasosiego y ansiedad, el miedo a la muerte del que hablamos en un artículo anterior.

Por otro lado, estar continuamente estresado por el futuro puede ocasionar problemas en la salud física, como el síndrome del intestino irritable o problemas cardíacos. La ansiedad tiene efectos sobre nuestro cuerpo como lo podría tener cualquier otra enfermedad, y pueden ser tanto psicológicos como físicos. El cuerpo se prepara para el conflicto interno: Ritmo cardíaco acelerado, respiración rápida, falta de concentración, bloqueo mental, rigidez muscular… eso depende de la complexión física de la persona.

Este miedo, en los casos más extremos, puede llegar a socavar las relaciones familiares, sociales y laborables, pues estar en compañía de una persona que de lo único que hablan es de su preocupación por el mañana y la zozobra que le produce, ya que se pueden pasan el día entero dándole vueltas a las cosas sin llegar a una conclusión adecuada, ocasiona a los demás tal incomodidad que les puede hacer tomar la decisión de alejarse de ella.

Realmente, tomar decisiones y equivocarse es siempre mejor que no tomar ninguna decisión y no hacer nada, ya que con los errores se aprende. Además, el hecho de no tomar decisiones puede acarrear una consecuencia negativa y es que sean otros los que las tomen, perdiendo así el mando de nuestra vida. Asimismo es fundamental que sepamos, cada uno de nosotros, dirigir nuestro barco en el agitado mar de la vida, hacia la felicidad.

Somos espíritus inmortales que necesitamos vivir las experiencias en la materia para seguir evolucionando. Si somos conscientes de que ese progreso es muy lento, también entenderemos que los asuntos que no hemos solucionado y los traumas que traemos de las vidas anteriores necesitan una solución más pronto o más tarde, y eso se realiza gracias a la comprensión que conseguimos por medio del autoconocimiento y a los recursos que vamos desarrollando.

El miedo es uno de los peores enemigos del ser, porque se ancla en el interior del alma, asaltando las fuerzas más profundas. Dejemos de sentirnos atrapados por el miedo que nos provoca la incertidumbre en nuestra vida, que daña nuestros pensamientos y emociones, trabajando diariamente para aceptarlas o ponerles freno, y conseguir alcanzar las riendas de nuestra vida y sentirnos nuevamente libres.

Por lo tanto, el miedo puede sobrevenirnos por nuestra inseguridad, por las dudas que nos surgen ante el futuro lleno de obstáculos y pruebas por las que tenemos que pasar a lo largo de la vida. La falta de fe en Dios nos hace creer que el futuro caduca con la muerte.

Pero es esa fe la que nos da seguridad, esa fe en que el Padre nos reconfortará, y también el saber que siempre tendremos hermanos espirituales a nuestro lado que nos asistirán si les pedimos ayuda de corazón. Son ellos los que nos inspiran, sostienen y fortalecen ante los infortunios, sufrimientos e incertidumbres de la vida. Confiemos, pero desde el esfuerzo, la fe y el coraje, puesto que todo pasa, y la vida está repleta de sabias lecciones que nos ayudan a crecer y madurar en dirección al infinito.

El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no solo al amor, el miedo expulsa también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y solo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma. Aldous Huxley (1894-1963), novelista, ensayista y poeta inglés.

Miedo al futuro por: Gloria Quel

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

MIEDO A LA SOLEDAD

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Miedo a la soledad

Como vamos viendo en los anteriores artículos, existen diferentes tipos de miedos. En esta ocasión vamos a hablar sobre el miedo a la soledad, y en el extremo de ese temor se encuentra la eremofobia, que se define como el miedo excesivo o irracional hacia la soledad, el miedo a estar solo. Es un tipo de fobia social porque la persona tiene miedo de quedarse sola o de socializar con personas fuera de su grupo.

Según la Dra. Elisabeth Lukas, la noble discípula del psiquiatra austriaco Viktor Frankl, la sociedad actual perdió las tradiciones, abandonó los mitos y desorganizó la familia, viniendo a padecer las dolorosas circunstancias psicológicas del vacío existencial (Viktor E. Frankl. El sentido de la vida por Elisabeth Lukas)

Las personas que sienten la soledad internamente no tienen ni interés ni deseo por nada, solo piensan en el aquí y ahora; muchos se dejan guiar por los instintos que les conducen a comer, dormir y cubrir sus necesidades biológicas. No tienen aspiraciones de ningún tipo, tampoco tienen fuerzas que les permitan elevarse espiritualmente, lo que les ayudaría a salir del bucle en donde se encuentran.

Estamos en una época de consumismo e individualismo exagerados que plantea ante todo el tener, olvidándose del ser. Y es primordial que el ser humano llene su vacío existencial, volviendo a los orígenes espirituales de donde procede y, al mismo tiempo, consiga establecer reglas de comportamiento saludable en todas las vertientes de la propia vida.

Para alcanzar la vida tranquila y con salud se necesitan poseer valores éticos, proceder con actividades que mejoran la existencia. Para llevar a cabo y conseguir el bienestar es necesario dar amor, sin preocuparse por ser amado.

La soledad puede llegar a ser una terrible emoción, la cual es sufrida por muchas personas, puesto que son tantas y tantas las que sienten ese profundo vacío interior, sin saber cómo ponerle solución; también personas mayores, esas mismas personas que han llegado a una edad avanzada y se encuentran solas, pues los suyos, sus familiares, continúan sus vidas lejos del hogar paterno, no quedando otra posibilidad más que la tenaz y triste soledad.

Por otro lado, las hay también que estando rodeadas de gente, incluso dentro de su círculo familiar, se sienten intensamente solas. Siendo como es la soledad algo simplemente mental, es capaz de hacernos tanto daño que nos puede incluso llevar al suicidio; así ese último acto solo acarrea más sufrimiento, más dolor.

Por lo general, el miedo en sí a la soledad es un temor irracional. La seguridad en sí mismo, la confianza en las aptitudes individuales y el desarrollo personal, sobre todo conocer los propios valores, ayudarían a vencer cualquier obstáculo que se presentara en cualquier momento de la vida, evitando la semilla que puede llevar a una soledad no deseada.

La célebre escritora y filósofa Elsa Punset considera que «la soledad podría ya considerarse como una epidemia del siglo XXI».

No debemos olvidar que la soledad, según los estudios clínicos, afecta también a la salud humana.

La soledad, o siendo más concretos, la soledad que va acompañada de un sentimiento de abandono, causa debilidad en el sistema inmunitario. Algo que a su vez permite que la presión arterial se eleve, propiciando que el nivel de hormonas relacionadas con el estrés aumente. Los efectos físicos pueden ampliarse y favorecer la aparición de obesidad excesiva, y puede derivar también en algún tipo de drogadicción, trastornos del sueño, etc.

También hay diferentes factores en el mundo actual que provocan que las personas poco a poco se vayan aislando. Pueden ser variados los motivos que provoquen el aislamiento, por ejemplo, no tener el necesario contacto con la familia, bien por viajes de estudios o laborales; sentirse a disgusto con la gente que le rodea, o la persona tiene algún tipo de patología médica que lo limita y no quiere mostrar… pero si hay uno que resalta sobre los demás es la tecnología, las llamadas redes sociales.

Ahí encontraremos gran número de “amigos” que compartirán-exhibirán con nosotros vivencias, momentos, experiencias… pero desde la distancia, conectados a un bombardeo constante de información, muchas veces seducidos por aquello que se les ocurre y desean mostrar a los demás, desconectando de las personas que tienen alrededor. Perdiendo incluso espacios y momentos para dedicarlos a los amigos de verdad, amigos íntimos, aquellos que nos permiten compartir confidencias de todo tipo, nuestros miedos, anhelos, problemas, proyectos… que en ocasiones es necesario desahogar o contar. Son estos amigos sinceros los que hacen sentirse a uno querido y comprendido.

Sin duda, somos seres sociales, necesitamos de los demás para desarrollarnos adecuadamente. Sin embargo, desde nuestra más tierna infancia nos enseñan que tenemos que procurar triunfos, metas, ideales externos; valorar todo lo que ganamos materialmente. En el colegio nos enseñan a sumar, leer, idiomas… algo necesario para desarrollarse personalmente; por ello existe una importante carencia, la necesidad de una buena educación emocional. Conocernos para aprender a gestionar adecuadamente nuestras emociones y comprender mejor a los demás. Esto ayudaría a mirarnos desde dentro, lo que  facilitaría cultivar una mente equilibrada y la autoconfianza.

Otra de las equivocaciones consiste en pensar, cuando se siente la soledad, que si se tuviera una relación, se podría ser feliz. Identificar vivir en pareja con la felicidad es un error. Muchas veces forzar esas relaciones, más pronto o más tarde se vuelven vacías, sin sentido; aumentan en todo caso la sensación de soledad.

En los que no creen en Dios ni en la espiritualidad, y piensan que después de la muerte no hay nada, que solo queda el vacío, la soledad se va intensificando cuanto más cerca de ellos sienten el final. Al no creer en la vida después de la muerte, esa soledad se torna más angustiosa en la medida en que no es compensada por un consuelo que le dote de un sentido a la vida.

Por eso, los que confían en Dios se sienten acompañados, saben que nunca estarán desasistidos, por ello no perciben la soledad, siempre tienen argumentos para sentirse acompañados, pues sienten que forman parte de la sociedad a la que pertenecen. Se mire por donde se mire, estamos rodeados por gentes de los dos planos, es decir, tanto encarnados como desencarnados; por lo tanto, quien quiere sentirse acompañado lo puede estar. A este respecto, facilita las buenas relaciones el ser abierto de carácter, tener un comportamiento agradable, honesto, integro.

En consecuencia, la soledad es algo que vamos cultivando a lo largo del tiempo sin darnos cuenta, pues muchas veces es nuestra personalidad, con sus carencias y defectos, la autora del aislamiento de los demás. Se trata de algo que nos empuja, sin darnos cuenta, a apartarnos de la gente, a una soledad no deseada, compañera amarga que nos puede colorear de gris oscuro este maravilloso viaje que es la vida.

Seamos pues siempre honestos, trabajemos para nuestra transformación íntima, seamos obreros del bien y permanezcamos seguros en Dios, siguiendo con paso firme el camino que nos dejó marcado el Divino Maestro. Solamente así nos podremos dar cuenta de que la soledad es solo una emoción negativa provocada por nosotros mismos.

Si en algún momento alguien cree sentirse solo, reflexione sobre su conducta presente y pasada, considerando si él mismo provocó lo que ahora tanto le asusta, lo que ha creado. Hay que pensar que siempre tenemos tiempo para cambiar el rumbo de nuestras vidas; y cuando percibamos que la soledad comienza a instalarse en nuestras vidas, cambiemos nuestra forma de ser, salgamos de donde nos encontremos y veamos a los demás como amigos, compañeros de viaje, y poco a poco esa soledad ira desapareciendo de nuestro corazón, haciendo brotar del interior esos valores que todos tenemos para que la solidaridad, la amistad incondicional y la fraternidad nos acerquen a todos nuestros semejantes.

Jesús, el Maestro de Nazaret, expresó en un mandamiento la mejor manera de evitar sentir la soledad, y este fue “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37–39). Nos invita a amarnos, a que nos conozcamos y sepamos de nuestros valores teniendo confianza en ellos, a trabajar en nuestra transformación interior para agrandar esos tesoros que todos poseemos. Consecuentemente, poder ayudar a los demás, interesarnos por ellos, es decir, poner ese amor en acción; o lo que es lo mismo, tener Caridad, ese amor que no pide contraprestaciones, que da las gracias por la oportunidad de poder servir y, sin embargo, te llena el corazón de alegría.

Este AMOR en mayúsculas nos facilita la paz íntima, nos da el sentido a la vida, nos refuerza la fe y la esperanza en el futuro; nos da la herramienta necesaria para poder salir del armazón que nos construye el egoísmo o la ambición, y para poder relacionarnos saludablemente con nuestro prójimo.

Por lo expuesto anteriormente podemos decir que la soledad no es real, es un estado interno pasajero creado por nosotros mismos. Dios, que todo lo ve y sabe, no puede permitir, en base a sus leyes justas y sabias, el aislamiento. Somos seres sociables, nos necesitamos los unos a los otros para ayudarnos, apoyarnos y, de ese modo, ascender juntos en el proceso de evolución en el que todos estamos inmersos. Esta es una verdad incuestionable que todos debemos meditar de vez en cuando, comprendiendo la grandeza de quien nos creó, y que “Nunca estamos solos”. Dios nos ama profundamente y hay seres, entre ellos los guías espirituales y otros espíritus simpáticos, que siempre se encuentran apoyándonos en los momentos difíciles y dolorosos; este es un consuelo que sin duda nunca nos debe faltar y una convicción que todos debemos llevar siempre en nuestro corazón.

 

Miedo a la soledad por: Gloria Quel

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

MIEDO A ENFERMAR

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Miedo a enfermar

Miedo a enfermar

El miedo a enfermar es una reacción normal y racional en nuestra vida, ya que sigue al instinto de supervivencia, puesto que la falta de salud reduce nuestra calidad de vida, impidiéndonos alcanzar nuestros objetivos marcados. Es más, el instinto de conservación es un instrumento de protección que previene la exposición a situaciones peligrosas o factores que pueden afectarnos de manera negativa, siendo otra de las razones no querer sentir dolor. El problema viene cuando ese instinto natural se convierte en un miedo por completo injustificado o excesivo. Estas personas no comprenden que su visión de la realidad se ha visto alterada por alguna causa que puede desembocar en un trastorno emocional grave.

Siendo el miedo una reacción natural, llevada al extremo nos puede conducir a un miedo fóbico que se caracteriza por ser irracional, por no saber a qué se debe; e incluso reconociéndolo, no se es capaz de enfrentarlo.

Este miedo también se caracteriza porque es totalmente desmedido ante el peligro de una patología real. No obstante, es cierto que siempre hay probabilidades de desarrollar una enfermedad mortal; ahora bien, el temor desmesurado que sienten algunas personas está fuera de su control y no pueden evitar que aparezcan las sensaciones y sentimientos de ansiedad, con pensamientos negativos que interfieren en el normal desenvolvimiento de su organismo.

Por eso se dice que el miedo a enfermar, enferma. Estas personas dirigen completamente la atención sobre su cuerpo, quizás por situaciones desagradables vividas en el pasado en relación a la salud. Y dentro de ese proceso, y con el transcurrir del tiempo, consiguen que sus imaginaciones obsesivas se hagan reales. Porque sin darse cuenta han creado todas las condiciones necesarias para hacer de su salud una contienda sin pausa.

Dentro de la escala del miedo a enfermar nos encontramos con:

La hipocondría es un síntoma que se expresa como convicción de padecer una o varias enfermedades sin que existan realmente. La persona asimila con facilidad las dolencias de las que oye hablar, y en su malestar íntimo y ansioso pasa a sufrir los síntomas que caracterizan  dicha dolencia, además de que son personas muy sugestionables. Un hipocondríaco permanece atento a todos los indicios de su cuerpo y los convierte en prueba de alguna patología. Y este interés permanente por las señales corporales se convierte en la idea central de sus pensamientos y preocupaciones.

La fobia a enfermar es un tipo de trastorno de ansiedad que se parece a la hipocondría, pero no es lo mismo. La fobia es, en realidad, un temor fuerte e irracional de algo que representa poco o ningún peligro real. Existen distintos tipos de fobia, pero el relacionado con la salud le hace pensar que cualquier clase de enfermedad es terrible, lo que les produce una conducta obsesiva por protegerse. En este caso, la persona es incapaz de encontrar un fundamento o base lógica al temor que experimenta e, incluso, puede llegar aceptar ese sinsentido, esa contradicción, sin capacidad para deshacer dicho conflicto.

La nosofobia es el miedo llevado al extremo ante la posibilidad de contraer una enfermedad  mortal que no quiere, que suele ser concreta, y cualquier síntoma que noten es para ellos indicio de la enfermedad, pero se niegan a ir al médico ante la posibilidad que le confirmen el diagnóstico. Por lo que prefieren no saberlo.

Es necesario recordar que toda persona está formada por un cuerpo físico, vehículo material para vivir en la Tierra; un espíritu, principio inteligente e individualizado, que sobrevive al óbito de la materia (muerte); y el periespíritu, el lazo que une la materia con el espíritu y permite a este interrelacionarse con el mundo en el que reside. Conocemos a través de la doctrina espírita que ese cuerpo semimaterial es el encargado de trasmitir todas las sensaciones e impresiones materiales al espíritu, y viceversa; es decir, cuando el espíritu quiere, el periespíritu transmite y el cuerpo ejecuta.

Por lo tanto,  el periespíritu es el encargado de guardar los registros de nuestras diferentes experiencias y vivencias, pasadas y presentes, dejando en muchas ocasiones un lastre de huellas y cicatrices profundas (miedos, fobias, rencores, odios, problemas de conciencia, etc.) que repercutirán en la salud en caso de no ser enfrentados y resueltos, no solo en la existencia actual, sino también en futuras encarnaciones.

Después de la muerte, el espíritu almacena el recuerdo de las vicisitudes terrestres; el periespíritu no se destruye como el cuerpo físico, por consiguiente en él existe la memoria y quedan impresas las huellas de un traumatismo, una enfermedad, un acto delictivo… sufridos durante una vida anterior. Cuando no han sido debidamente superados pueden reaparecer, lo cual explica ciertos miedos y fobias aparentemente injustificados.

La presencia del miedo que aparece en la persona tiene dos vertientes, que son la endógena y la exógena. La primera surge de los comportamientos inoportunos y poco adecuados de reencarnaciones anteriores o reencarnaciones malogradas, de cuyos efectos el espíritu aún no consiguió liberarse, pues quedan ancladas en la envoltura periespiritual en lo más profundo de nuestro ser, moldeando el temor. En el inconsciente de cada persona quedan forjadas las culpas o miedos pasados, o quizás ambos, que en el presente se puede transformar en trastornos de la personalidad, en emociones negativas que tarde o temprano terminan por aparecer.

La segunda se debe al modelo educacional en la familia y sus relaciones violentas o agresivas; la falta de respeto que reciben los niños, los relatos de terror que narran a sus hijos para que pasen miedo, disfrutando de la situación… También puede darse el caso de alguna mala experiencia, es decir, que alguien haya sido atacado por un animal o picado por un insecto y entonces comenzó a tenerles miedo.

La fobia a enfermar también puede ser una manifestación de traumas o de estrés postraumático. Quienes han experimentado enfermedades cruentas o dolorosas, o incluso agresiones por personas cercanas a ellas, les han podido dejar alguna profunda huella. En tales circunstancias, si no son capaces de superar esas situaciones por sí mismos, deberán pedir ayuda profesional para que sean ayudados a superarlas.

En relación a este tema existe una antigua fábula que puede ser muy esclarecedora, titulada “El Rey y la Peste”: Un rey árabe que atravesaba el desierto se encontró con la peste. El rey, le preguntó, inquieto: “Peste, ¿a dónde vas?” La peste respondió: “Voy a Bagdad por 500 personas”… Semanas después, volvieron a encontrarse en el desierto, y el rey, muy enojado, le increpó: “¡Peste mentirosa, me dijiste que ibas por 500 personas y acabaste con 5 mil!”. La peste contestó: “Efectivamente, yo fui por 500. Las demás murieron de miedo”.

Por miedo a enfermarse hay quienes dejan sus deberes, renunciando a sus responsabilidades con sus círculos familiares, sociales, y dejando de auxiliar a todo aquel que se le acerca pidiendo ayuda.

Dicho todo esto, citaremos a Joanna de Ângelis, que nos proporciona una reflexión que puede ayudarnos a saber la forma de conducirse por la encarnación presente, y de ese modo evitar pesadas mochilas, llenas de obstáculos que puede oscurecer y dificultar la siguiente encarnación.

El ser humano es el resultado de todo aquello que elabora, cultiva y realiza”.

(Joanna de Ângelis)

Sepamos navegar en armonía y en paz por los cauces de esta encarnación, y mientras más sepamos darnos a los demás, menos miedos tendremos a lo que nos pueda ocurrir, puesto que nos olvidaremos de nosotros mismos, sintiendo la libertad de actuar en pro del bien, sin distracciones negativas que nos puedan paralizar.

Miedo a enfermar por: Gloria Quel

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

MIEDO A SER RECHAZADO

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Miedo al rechazo

Miedo a ser rechazado

Rechazar significa resistir, despreciar o denegar, lo que podemos traducir en “no querer” algo o a alguien.

Somos seres sociables, y para tener un desarrollo equilibrado necesitamos vivir dentro de la comunidad, estableciendo toda clase de relaciones interpersonales, ya sean en la familia, en el trabajo o en el ámbito social, y necesitamos ser aceptados y estar integrados para que a través de éstas relaciones vayamos forjando nuestra personalidad. Ese proceso de concesiones mutuas, a nivel psicológico, es beneficioso y refuerza la autoestima. Por eso, cuando ocurre lo contrario, es decir, cuando aparece el rechazo social, se vive de manera particularmente intensa y provoca fuertes reacciones emocionales que pueden ir desde la ira hasta la desesperanza, porque sentirse rechazado o excluido del grupo genera un profundo sufrimiento en aquellos que lo experimentan.

A lo largo de la vida se van sucediendo claros y oscuros. La existencia humana es una enorme escuela que nos enseña tanto cuando vivimos las cosas buenas y alegres, llegando a alcanzar una relativa felicidad, como también cuando aparece el sufrimiento, el dolor o el abatimiento.

El sentimiento o la sensación de rechazo, a quien alcanza, se presenta como uno de los mayores daños emocionales que se puede experimentar, porque afecta a la confianza en nuestras propias capacidades. También pensamos que nadie podrá valorarnos, tememos no estar a la altura de lo que esperan o quedarnos solos.

La persona que le teme al rechazo no piensa en lo que realmente quiere o necesita, sino que cede a los criterios de los otros y procurará hacer todo lo que esté en su mano para conseguir su aprobación. Sin duda alguna, a medida que pasa el tiempo estas conductas suelen llevar a una profunda insatisfacción.

Es una emoción que suele desarrollarse en la infancia, en los niños que son abandonados por alguno de sus padres, que son excluidos por los compañeros del colegio o criticados en todo lo que hacen. Puede darse el caso de que, cuando se es adulto, en ocasiones esa marginación también aparezca en el trabajo.

Ese rechazo que el niño puede sentir por parte de sus padres o sus compañeros del colegio puede desencadenar comportamientos como nerviosismo, apatía, miedo, también desobediencia, agresividad… Son esos traumas que se han ido incubando desde la infancia, periodo muy importante donde se forja gran parte de la personalidad. El rechazo provoca la baja autoestima, el pensar que todos valen más que uno, por lo que necesitamos el reconocimiento de todos los que nos rodean. Y lo que más duele es pensar que no tenemos el reconocimiento de las personas que más nos importan o valoramos.

No solo en la etapa de la niñez se puede presentar ese miedo al rechazo, pues depende del grado de fragilidad que tenga esa persona en su autoestima. Tal vez haya vivido en algún momento de su vida una experiencia en la que se haya sentido rechazada, incluso aunque no haya sido real ese rechazo, sino que ha sido una interpretación subjetiva de tal comportamiento. Porque cada uno ve el mundo por aquello que percibe dentro de sí, y se desenvuelve conforme a su propia experiencia. Recordemos que la mente es siempre el principal instrumento para producir energías positivas o negativas, que está vinculado a nuestros pensamientos y sentimientos.

Hay heridas que, cuando se abren en nuestra alma, se quedan ancladas profundamente, y tenemos que compartir nuestra existencia con ellas. Estas, sobre todo, son heridas emocionales, signos que marcan nuestros problemas vivenciados, tanto en nuestra niñez como en la adolescencia, y que serán determinantes para nuestra calidad de vida en el futuro.

Como estamos comentando a lo largo de este artículo, una de las heridas más profundas que podemos sentir es la del rechazo, pues nos alcanza de pleno en nuestro interior, donde todas las emociones se tambalean, ya que asumimos el rechazo como cosa natural, siendo una de sus características más importantes la falta de confianza en uno mismo, y esta creencia nos hace traducir todo lo que vivimos a través del filtro que nos proporciona la herida, y sentimos el rechazo incluso donde no lo hay.

Esto nos lleva a asumir que es más importante lo que otros piensan que la opinión que tengamos de nosotros mismos, y esta es una perspectiva equivocada, que condiciona negativamente la vida. Esta situación puede ocasionar ceguera al no ver la cantidad de gente que tenemos en nuestro entorno y que nos acoge tal como somos, anclando nuestra fijación en las personas que no nos quieren.

Siendo la baja autoestima una de las características básicas de este sentimiento, también el orgullo junto a las inseguridades que podamos tener en nuestro interior nos pueden originar esta herida emocional que, en muchas ocasiones, incluso sin ser conscientes de ello, nos imposibilita observar las cosas con objetividad para poder perdonarnos cuando nos equivocamos, pues no aceptamos esas situaciones que nos podrían ayudar a crecer interiormente, y tampoco sabemos perdonar lo que nos hacen los demás a causa de la frustración o marginación que sufrimos.

Sin embargo, esta llaga que nos provoca el rechazo la podemos cuidar y reparar si nos preocupamos más de la confianza en nosotros mismos y menos de lo que los demás piensen. Creernos que podemos conseguir lo que nos proponemos, tener presente lo que valemos, de manera que podamos tirar la barrera que impide desarrollar nuestras capacidades, tanto de relación como de crecimiento personal; mostrándonos al mundo tal y como somos, manifestando nuestra personalidad. Para poder llevar a cabo este trabajo necesitamos de mucho amor a nosotros mismos, porque queriéndonos iremos soltando las amarras que nos atan a emociones que nos encarcelan, pudiendo conseguir la anhelada felicidad.

Cada uno de nosotros es único, pues Dios nos crea sencillos e ignorantes, y somos nosotros a lo largo de todas las encarnaciones quienes nos volvemos extraordinariamente singulares por todas las vivencias que pasamos, siendo el resultado no solo de los errores cometidos sino también de los éxitos conseguidos. Por lo tanto, considerarnos personas capaces de llegar hasta donde nos propongamos nos ayudará a eliminar ese temor al rechazo y a considerarnos apreciados por todas las personas que nos rodean.

Es necesario dar más importancia a la parte espiritual cuando estamos encarnados, y esto solo se puede conseguir cuando se logra dominar la materia. Tenemos que comprender que todo lo que hacemos, bueno o malo, lo hacemos para nosotros mismos, y que somos los únicos responsables de escoger este o aquel camino y de las consecuencias que conlleva. Comprender que nuestros límites están en nuestra cabeza y esos límites son, en definitiva, las creencias o prejuicios que tenemos.

Es la madurez la que nos da una perspectiva nueva sobre la posibilidad de ser diferentes; salirse de vez en cuando de lo políticamente correcto sienta bien, aunque te encuentres solo defendiendo una opinión ante los demás que consideramos correcta, sin renunciar por ello a pertenecer al grupo social que hayamos escogido.

“…soy el amo de mi destino: Soy el capitán de mi alma”

William Henley  (Gloucester, 1849-1903)

Miedo a ser rechazado por: Gloria Quel

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

MIEDO AL FRACASO

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Miedo al fracaso

Miedo al fracaso

Actualmente existe en la sociedad una gran presión por obtener éxito y no equivocarse o fallar. Todas las personas hemos tenido alguna vez la preocupación por evitar cometer errores en los diferentes ámbitos de nuestra vida, pero a veces ese temor es capaz de conseguir que no sepamos mostrar toda nuestra capacidad, evitando ciertas situaciones por miedo a no tener el resultado deseado. Ese temor a fallar es casi siempre irracional, y suele aparecer cuando tenemos que abordar nuevos desafíos y decisiones en la vida, haciéndonos salir de nuestra zona de confort.

Ante la inquietud que nos provoca la posibilidad de errar, la reacción emocional que aparece en algunas ocasiones es la negativa a la hora de dedicarse y aspirar a conseguir los objetivos o propósitos proyectados. Nunca hay que tener miedo al error, pues bien aprovechado nos ayuda a progresar, ni tampoco miedo a intentarlo. Pero en ocasiones esa ansiedad hace que la puerta se cierre antes de intentarlo, no dándose la posibilidad de descubrir si somos capaces. Y si finalmente no se consigue dicho objetivo, comprender que el fracaso no indica que somos inferiores; simplemente que no somos aptos todavía, o que quizás necesitamos más experiencia.

Frente a un resultado no esperado hay que pensar si ha sido fruto de un error o ha sido un fracaso. ¿O es quizás lo mismo? Una experiencia, aunque no resulte como se esperaba, nunca es un fracaso. Cada ocasión enseña algo diferente y es una oportunidad para aprender de ella y salir fortalecido. Hay que darse permiso para la equivocación, de lo contrario el estrés, la ansiedad, el bloqueo nos pueden llevar en último extremo a enfermar.

Este temor al fracaso se puede dar en todos los ámbitos de la vida: Laboral, escolar, amoroso, familiar; por ejemplo, el abandono de la pareja, suspender una oposición, la soledad, etc… Ante todas estas circunstancias, ¿cuál es la mejor postura ante el fracaso? La resiliencia.

La resiliencia es la capacidad que tiene el ser humano para afrontar la adversidad y lograr adaptarse bien a las dificultades; también durante el proceso de sufrimiento, y de ese modo, seguir evolucionando y creciendo.

El fracaso produce disgusto, frustración, sensación de incapacidad, desilusión en el corazón; sin embargo, los fracasos no son una vergüenza, sino una experiencia que nos lleva a tener resultados distintos de los que habíamos planificado o imaginado previamente.

Pensemos que el fracaso es un foco que muestra dónde tenemos que mejorar; si fracasamos no nos enfademos y, sobre todo, no nos abandonemos, y evitaremos dejar dormidos nuestros sueños si nos damos por vencidos antes de tiempo. Es mejor reflexionar y hacer las modificaciones adecuadas para seguir adelante, aprovechando ese fallo para coger experiencia y enriquecernos interiormente, pues nos conoceremos un poco mejor al darnos cuenta de todos nuestros recursos particulares.

Algunas derrotas pueden ser más dolorosas que otras, y Dios las permite para que nos sirva de ayuda y lección. De ayuda, porque nos brinda la posibilidad de repetir la experiencia con más sabiduría; y de lección, porque nos enseña a corregir la manera de actuar.

Por todo ello, debemos reflexionar y preguntarnos: ¿Qué nivel de importancia le doy al fracaso? Plantearnos si esa caída la llevamos al ‘debe’ o al ‘haber’ de nuestra vida. Si lo asumimos como un “no sirvo para esto”, o bien lo transformamos en aprendizaje, adquiriendo seguridad para afrontar nuevos objetivos, nuevos retos. La capacidad de empezar de nuevo mide el crecimiento de quien aspira a ir superándose en los desempeños que realiza.

Puede ser que salga mal una situación no esperada o nos sobrevenga un desastre repentino, momento en el que lo mejor que podemos hacer es asumirlo y abordarlo con calma y, ante todo, que nuestro comportamiento no se vea afectado por un sentimiento de incapacidad o desamparo, manteniendo el aplomo, ya que todo pasa, y en ocasiones más deprisa de lo que pensamos. Esa es una situación que nos puede servir para meditar que hay escenarios que se nos presentan como lecciones para aprender, pues hay fracasos o desastres en la vida que no se pueden prevenir o evitar.

Lo mejor que se puede hacer ante tales situaciones es no detenerse, es ver dónde se ha fallado y aprender la lección que conlleva, reflexionando los diferentes aspectos que lo provocaron para mejorar y que no se vuelva a repetir, y si se repite volver a intentarlo una y otra vez hasta que llegue el éxito. La guerra se gana a base de ir venciendo pequeñas batallas que nos enseñan a ser mejores; pero si, por el contrario, nos rebelamos a la primeras de cambio y rechazamos volver a intentarlo, porque perdemos el interés por la agitación interior que nos genera, por la derrota sufrida… entonces sí estaremos ante un auténtico FRACASO.

Los maestros de Oriente dicen que cada flecha que da en la diana es el resultado de cien flechas erradas.

A lo largo de la vida nos vemos abocados a tomar miles de decisiones, incluso hasta en las situaciones más pueriles. Ante estas últimas los errores casi ni se notan, porque se pueden enmendar con facilidad, o simplemente no afectan para nada en el futuro. Sin embargo, en ocasiones hay decisiones que sí serán importantes para el desarrollo de nuestras vidas, hasta incluso pueden llegar a cambiarlas.

La vida está diseñada de preciosas lecciones que se repiten hasta aprenderlas correctamente.

Son en estas decisiones cuando tenemos que reflexionar y pensar cuál es la elección adecuada, pero en el caso de equivocarnos en la alternativa escogida, debemos tener una actitud positiva y el firme propósito de aprender de ellas. Una derrota significa que hemos perdido tan solo una batalla, descubriendo que el aprendizaje no se acaba, Por tanto, cuando se presente un fallo, no se nos debe pasar por la cabeza la retirada sino esforzarnos más, trabajar con más tesón. Pues quien rechaza volver a retomar el trabajo por el fracaso obtenido no podrá optar al éxito final. Y muchas veces no es que el fracaso sea grande o pequeño, es la emoción negativa que se nos despierta, desde nuestro punto de vista subjetivo, sobre la experiencia vivida. La podemos tener presente tanto tiempo como deseemos darle vueltas en la cabeza, y eso se puede eternizar todo lo que queramos.

Otro aspecto del miedo es la vergüenza; se trata de un sentimiento que aparece en ocasiones frente al fracaso, y eso hace que escondamos y silenciemos nuestros errores, cargándolos a la espalda. Ante esta situación es bueno tener amigos en los que la confianza nos permita compartir y hablar con sinceridad de nuestras bondades, pero también de nuestras fragilidades, apoyándonos en ellos. También nos ayuda cuando somos capaces de analizar la situación desde otro prisma diferente, viendo el escenario de manera distinta y generando de nuevo la ilusión por seguir insistiendo; y aunque tardemos un poco más de lo deseado, al final alcanzaremos las metas trazadas; y que no hemos perdido nuestra vida en sueños, sino todo lo contrario, que estos son posibles y la esperanza nos ayuda a empezar de nuevo.

“Nadie logra respuestas felices, sin las tentativas del fracaso”.

Vida felizJoanna de Angelis, Divaldo P. Franco

Miedo al fracaso por: Gloria Quel

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

MIEDO A LA MUERTE

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Miedo a la muerte

Miedo a la muerte

Este mes empezamos una nueva sección en la que repasaremos brevemente las diferentes situaciones en la que el miedo, emoción básica y primaria, nos ayuda en la supervivencia diaria. También cuando este deja de ser sano para transformarse en enfermizo, convirtiéndose en su principal enemigo, como pueden ser las fobias o terror ante determinadas situaciones, paralizando y frenando las capacidades del ser. Se trata de un miedo con efectos funestos para el que lo siente.

En el Libro de los Espíritus, Allan Kardec hace la siguiente pregunta:

  1. El temor a la muerte es para muchas personas una causa de perplejidad. ¿A qué se debe ese temor, dado que tienen ante ellas el porvenir?

“Ese temor no tiene ninguna razón de ser. No obstante, ¡qué pretendes! Cuando son jóvenes se intenta persuadirlas de que existe un Infierno y un Paraíso, pero se les dice que es casi seguro que irán al Infierno, porque lo que está en la naturaleza es un pecado mortal para el alma. Entonces, cuando llegan a ser adultas, si tienen un poco de juicio no pueden admitir una cosa semejante, y se vuelven ateas o materialistas. Así es como se las induce a creer que fuera de la vida presente no hay nada más».

Hay que vencer el miedo a la muerte apreciando la vida. Sintiéndola, olvidando el hecho de que la muerte es inevitable y que a todos nos tendrá que alcanzar algún día; además hay una evidencia, y es el instinto de conservación que impone de forma sabia y natural la manera de preservar la vida.

Si se sabe que la alegría, la dicha, la felicidad pueden surgir en cualquier momento a lo largo de la vida y pueden darse en pequeños periodos o en largas temporadas, es lógico que no se quiera pensar en el final de la existencia física. Se trata de una constante búsqueda para que esos sentimientos agradables aparezcan las más de las veces en el transcurrir de la vida; y justamente eso provoca una mayor atención en ella y miedo a que se interrumpa esa búsqueda natural y legítima de esa dicha que todo ser humano anhela encontrar para luego mantener.

Vivamos como si cada día fuese el primero y el último, con intensidad, como un regalo que se recibe cada mañana de la divinidad. ¡Qué bonito es ir por la vida con la sonrisa en los labios y contagiar esa alegría a quienes nos rodean!

El buen uso que hagamos de la vida nos llenará de dicha, de alegría. No hace falta mencionar que la vida es pasajera, y que esa felicidad no es auténtica si no reside en lo íntimo el auténtico amor espiritual, ese que a todos llega, que inunda al ser de sentimientos bellos, teniendo la necesidad de compartirlos con todos… Esta forma de entender la vida nos ayudará cuando llegue el momento del desprendimiento de los lazos terrenales.

El espíritu encarnado se siente más vinculado a la vida corporal, pues nota las penas y goces materiales, sintiéndose preocupado e influido por las vicisitudes de la vida; la muerte le asusta porque no tiene claro qué se puede encontrar al cruzar de plano, dejando en la Tierra todo lo que quiere y conoce.

Somos seres espirituales viviendo una experiencia humana. Esta experiencia tiene la finalidad de librar batallas personales para la conquista de los valores éticos y el desarrollo intelectual. Por lo tanto es necesaria, en un momento determinado, la muerte material para valorar el trabajo realizado, pues ya sin las barreras de la materia, teniendo todas las facultades despiertas, se puede entender mejor lo vivido. Por lo tanto, el óbito es la puerta a la vida y no a la nada.

La vida futura no es más que la continuación de la vida presente, y con los méritos ganados en esta, las condiciones que se tendrán en el futuro, serán mejores. Cuando la vida en la materia se ha dedicado a mejorar y a darse a los demás, no hay ni obstáculos, ni restricciones, ni miedos, y la vida espiritual se aguarda con la misma convicción con que se espera la salida del sol después de una noche tempestuosa.

La certeza de que la muerte llega desde el momento que nacemos es un hecho cierto, y hay que dejarla que llegue cuando deba, y no prestarle más atención que la justa y necesaria (siempre que la circunstancia así lo demande).

Es la doctrina espírita la que nos enseña que, dentro de la vida infinita, la reencarnación nos ayuda en las sucesivas etapas, nos da la certeza del avance en el camino del progreso en dirección a la perfección. Por el contrario si la vida solo se circunscribiera al tiempo que va de la cuna a la sepultura, todos los trabajos, esfuerzos, así como decisiones perderían su valor, puesto que no habría posibilidad de continuidad, perdiéndose en el vacío.

De ese modo, la idea de la pluralidad de existencias, de nuevas oportunidades para el espíritu en proceso de evolución, nos ayuda a comprender y aceptar la muerte con naturalidad, como un fenómeno inevitable y hasta necesario. A partir de ahí el miedo se desvanece como nos indica el propio Codificador:

“Así, ese miedo es provocado por el secreto deseo de la supervivencia del alma, velado todavía por la incertidumbre.

El miedo decrece a medida que la certeza va en aumento, y desaparece cuando la certeza es absoluta… Como ya no se admite la duda acerca del porvenir, el miedo a la muerte pierde su razón de ser”.

El Cielo y el Infierno, Allan Kardec (primera parte, Capítulo II, págs. 27 y 32)

Miedo a la muerte por: Gloria Quel

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

EL DAÑO DE LA INGRATITUD

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El daño de la ingratitud

El daño de la ingratitud

En algún artículo anterior he tocado la conducta de la ingratitud; en este he procurado profundizar un poco más en ese vicio, pues representa la falta de amor en el corazón.

Ingratitud: Falta de agradecimiento o reconocimiento hacia las demás personas.

El ingrato es aquel que devuelve mal por el bien recibido, la tacañería por la generosidad, la antipatía por el cariño… es siempre un angustiado que disemina insatisfacción, atormentando a cuantos lo acogen y prestan ayuda. Tiene sus inicios en el egoísmo, y se presenta de forma incontrolada bajo cualquier pretexto, produciendo malestar allá donde se presenta.

Hoy en día gran parte de la sociedad, por desgracia, ha llegado a un nivel de falta de respeto e indiferencia hacia el bien realmente grande, causados por el materialismo y el utilitarismo, donde las personas se complacen en permanecer distantes de la solidaridad, de la compasión y del espíritu fraternal. Circunstancia por la cual los favores se pagan, y  cuando alguien hace un favor se queda pendiente de cobro, pues se entiende que los favores no son gratuitos, hay que devolverlos, es decir, son moneda de cambio.

Hay otros, sin embargo, que cuando reciben la asistencia sienten amargura, se sienten humillados, afectados, aun sin tener la obligación de devolver nada. El sentimiento que les envuelve es de malestar por el bien recibido; son personas orgullosas que no saben agradecer, que se olvidan de los favores recibidos. Es más, consideran que el bien recibido es algo que se merecen, porque piensan que no son atenciones generosas, sino que son obligaciones o tareas que se les deben realizar hacia su persona.

Por ejemplo: El sultán Bayaceto II dio la muerte a su visir Acomath, que le había asegurado en el trono y aumentado considerablemente su imperio, porque se hallaba imposibilitado de recompensar dignamente los servicios que Acomath le había hecho. Por igual razón Calígula dio muerte a Macrón, a quien le debía el imperio. (1)

Según palabras de Ramón y Cajal: “Hay tres clases de ingratos: los que se callan el favor, los que lo cobran y los que lo vengan. Y, por el contrario, el que sabe corresponder a un favor recibido, es un amigo que no tiene precio”.

Hay que tener presente que este sentimiento negativo de la ingratitud no es específico de un marco determinado de las relaciones entre los seres humanos, sino que se da en todas las áreas y actividades donde se encuentren.

El evangelio también nos muestra la ingratitud en los humanos, donde encontramos un hecho (Lucas 17:11-19) que narra cuando Jesús sanó a diez leprosos, y relata que, de los diez, solamente uno regresó a darle las gracias. Jesús lo puso por ejemplo y se entristeció por los otros nueve.

Pero de todas las ingratitudes, la peor y más dañina, tanto a nivel material como sobre todo a nivel espiritual, es la ingratitud de los hijos con los padres.

La familia es la escuela donde se recibe la educación moral y espiritual, donde se mejoran los caracteres, donde se combinan los sentimientos de todos, superando con esfuerzo los momentos de asperezas que la convivencia provoca, donde se ayudan los unos a los otros para fortalecer los lazos que les unen y cumplir con los compromisos adquiridos.

Es a los padres a quienes corresponden siempre los deberes ineludibles de amar y atender hasta el sacrificio a los hijos, que son recibidos por las vías de la reencarnación; educándoles y formándoles para el futuro, dándoles principios morales superiores para encaminar su vida hacia el bien. Les corresponderá a ellos, como consecuencia del nivel moral de cada uno, la elección del camino a seguir, tanto si es el de la felicidad como el del sufrimiento.

En ocasiones podemos ver hijos ingratos con su padre o con su madre, pues les llenan la vida de sufrimientos; algunos se vuelven déspotas con ellos o, por el contrario, se olvidan de sus obligaciones filiales, y una vez que se va de casa, ya no quieren saber nada de quienes le dieron la vida.

Podemos pensar que quien es un ingrato con él que le dio la oportunidad de tener un cuerpo físico, no puede ser agradecido con los extraños. Sin embargo, sí son agradecidos con los desconocidos, y reconocen que el sentimiento que les suscita su madre o su padre es un sentimiento negativo. Esta situación la puede explicar perfectamente la perspectiva reencarnacionista, que nos aclara que en, ocasiones, los hijos y los padres son espíritus adversarios del pasado. Espíritus que tuvieron experiencias no muy felices en otras existencias y que, por eso, cuando llegan al mismo hogar, bajo del mismo techo, tienen esos choques de carácter y animosidad.

El mundo superior es conocedor de tales discrepancias y quiere que estén juntos en la misma familia para poder superar aquellos procesos de antipatía, de irritación recíproca, que forman una niebla negativa alrededor de la familia, y de ese modo poder ir superando esos abismos que les separan. Es una de las razones poderosas por las que existe el olvido del pasado en la nueva vida: para tener la posibilidad de limar asperezas.

Por otro lado, es la mujer, poseedora de sentimientos elevados, y más sensible al sacrificio, quien asume las responsabilidades del hogar, aun cuando desde el primer momento  esté  desestructurado. Pero existen situaciones en la vida en las que la mujer no puede hacerse cargo del niño que va a nacer y lo abandona. Es aquella madre que, aunque  le invada un gran sufrimiento al desprenderse de un hijo, se sacrifica para darle la posibilidad de tener la seguridad y bienestar económico, dándolo a otra familia a través de la adopción.

Hay diversas causas que pueden obligar a una madre a desprenderse de sus retoños; se puede dar el caso de una mujer en cuyos planes no entra el ser madre, y lo rechaza. Los más, suelen darse porque los padres son adolescentes, por inmadurez emocional de la futura madre; también puede ser por consumición drogas, por conducta delictiva, porque se quedan embarazadas a causa de una agresión sexual, etc.

Podemos incluir dentro del abandono de los hijos el aspecto emocional, que hace tanto o más daño al niño, porque teniendo a su padre o madre al lado, no le hacen caso porque son adictos al trabajo o tienen conflictos en la pareja. También puede estar provocado por el fallecimiento de uno de los dos padres… al no poder proporcionar el contacto físico que necesita su hijo para que pueda crecer psicológicamente y emocionalmente sano.

Con todo, debería quedar en un segundo plano la naturaleza moral y psicológica de los progenitores, bien sean complacientes, egoístas, déspotas, indiferentes, cariñosos, protectores… o incluso si solo los traen por función biológica (abandonándolos después). En todos los casos siempre hay que estar agradecido, aunque sea mínimamente, por el hecho de la oportunidad que se le ha brindado de poder tener envoltura carnal y seguir avanzando espiritualmente.

Los hijos tienen el cometido de amar a sus padres, aunque estos sean negligentes o irresponsables, es el código de la Ley de la vida que es la Ley de Dios.

 La gratitud ni humilla ni somete, simplemente es la memoria del alma. Es grandeza de espíritu, es generosidad. Entre la persona que da y la que recibe se establece una corriente de afecto que vincula y enriquece a las personas. Recordando la sentencia: “Si das, olvídalo; si recibes, recuérdalo”.

Luis XI decía que los grandes beneficios hacían grandes ingratos.

El daño de la ingratitud por: Gloria Quel

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

CONCLUSIONES FINALES

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Conclusiones finales

CONCLUSIONES FINALES

No quiero acabar esta sección sin hacer antes un pequeño resumen, unas conclusiones finales de las ideas que hemos tratado de desarrollar a lo largo de los últimos meses.

Sabemos que los espíritus no tienen sexo, Dios los crea sencillos e ignorantes. Para llegar a ser perfectos tienen que progresar en todos los ámbitos de la vida, tanto en lo ético, moral, psicológico, intelectual, afectivo…  desarrollando de este modo el amor en todas sus vertientes, lo que se consigue vistiendo el ropaje de ambos sexos en las diferentes encarnaciones que tengan. En consecuencia, van viviendo distintas experiencias para así ir adquiriendo todo el abanico de conocimientos, de sentimientos, de emociones que les ayuden a evolucionar. Si estos fueran idénticos perderían su singularidad y el verdadero sentido complementario de uno para con el otro.

LOS HIJOS

Al reencarnar, el espíritu elige el sexo que resultará idóneo para vivir la experiencia corporal que necesita para su crecimiento espiritual. El primer estado que adquiere al nacer es el de hijo, gracias al amor de los progenitores, que serán los responsables del cuidado, protección y educación dedicando gran parte de su vida. Por esa misma razón, es importante que los hijos respeten el esfuerzo que realizan con los padres, cumpliendo así con uno de los mandamientos naturales, y código Superior de la Vida, que Dios nos dio, “Honrarás a tu padre y a tu madre”.

Este mandamiento les recuerda a los hijos los deberes y responsabilidades que tienen con los progenitores. El respeto que se debe tener a los padres por todo lo que significan, aunque esto, hay que reconocerlo, que se valora según los hijos crecen y van haciéndose mayores, tomando conciencia del valor incalculable que han tenido en su vida.

Ante el hijo ingrato, que supone merecerlo todo y no contribuir en nada, hay que tener compasión y paciencia con él, y dale más amor evita que en la familia se instale la ingratitud como consecuencia de su egoísmo, puesto que los problemas en las relaciones familiares no se harán esperar. No hay comportamiento más terrible que ese, sobre todo si ese sentimiento va dirigido a los padres, ya que conduce a sentimientos de soledad y tristeza, siendo uno de los errores más graves que se pueden manifestar en un espíritu en su marcha hacia el crecimiento espiritual.

LA MATERNIDAD

Por otro lado, el estatus por excelencia de la mujer es la de la maternidad, función principal que delegó el Padre en ella. La mujer es la que da la existencia, la que enseña las primeras nociones de vida al nuevo ser, inculcándoles lecciones desde la cuna que se quedan grabadas indeleblemente en el corazón.

A veces una mujer no consigue tener hijos biológicos, pero al tener que hacerse cargo de sobrinos, hermanos, adoptando o acogiendo en sus casas a niños con necesidades, se convierten en madres. Esto se debe a que toda mujer tiene instinto maternal y capacidad para sentir, comprender, tolerar, perdonar y amar, enseñando, principalmente con el ejemplo, los valores morales que enriquecerán a la sociedad.

EDUCACIÓN DE LOS HIJOS

Esta condición de educadora tiene dos vertientes. La primera, formar y educar a los hijos, y la segunda, ayudar a que la sociedad se construya en valores de convivencia, creando un ámbito donde se asienten valores como el respeto, la tolerancia y la libertad. Esto se consigue con la integridad de las madres en todos los ámbitos, sirviendo de ejemplo y enseñando así que la decencia personal es fuente de felicidad, para que los hijos dirijan sus pasos en esta dirección. Por eso, siempre hay que tener presente el trabajo de transformación interior, porque tal como sea la mujer, así será el niño/a que se convertirá en el hombre o la mujer del mañana.

Por lo tanto, si se educa siempre pensando en los demás, el desarrollo interior de los hijos les ayudará a conseguir cualidades que finalmente les convertirán en buenas personas. La educación en libertad les enseña que el deber de la responsabilidad nunca debe ser pospuesto, que todos los actos tienen sus consecuencias y estas pueden ser positivas o negativas. También los hijos aprenden a discernir desde bien jóvenes entre hacer las cosas bien o mal, pautas que les enseñarán hábitos saludables para el futuro.

MATRIMONIO

Otro de los compromisos que más aporta al espíritu cuando encarna es el matrimonio. En este, la pareja tiene que desplegar todas sus capacidades dentro del nido doméstico, en un ambiente de confianza donde no tiene que representar ningún papel. Esta situación puede ser una navaja de doble filo, puesto que puede aprovechar esa circunstancia para superarse y dar lo mejor de sí, o dejarse llevar por la comodidad; también lo puede convertir en un lugar de estancia, porque todo lo que le importa y ambiciona está fuera del mismo.

Si nos fijamos, dentro de ese ámbito pequeño encontramos todo tipo de situaciones, experiencias, obstáculos, sinsabores y alegrías, donde el espíritu puede engrandecerse, y entre los dos espíritus encarnados, el que viene como mujer es el que puede avanzar con mayor rapidez. Esta adquiere la responsabilidad de hacerse cargo del círculo familiar, y no porque el hombre no lo haga; pero, como hemos ido explicando a lo largo de esta sección, son las cualidades intrínsecas del sexo femenino las que pueden aplicar la psicología e intuición que la hacen portadora de la misión negociadora y aglutinadora de su núcleo familiar, para conseguir la unión de la misma. La renuncia de sí misma es la capacidad principal que le da fuerza y valor, mostrando respeto por todos para demostrar de ese modo el amor que les tiene, además de conseguir un hogar de armonía y bienestar que sirva como ejemplo a seguir.

Somos seres inteligentes y, como tales, capaces de pensar y discernir entre lo que podemos hacer, debemos hacer y hacemos. Es nuestra decisión actuar de forma egoísta o hacer el bien, ayudar a los demás y ser de utilidad en la sociedad donde vivimos, sin ser ajenos a todo lo que nos rodea, sujetos a la Ley de Acción y Reacción que dentro de la sociedad funcionan con exactitud.

LA MUJER Y EL TRABAJO EN EQUIPO

Las capacidades que tiene la mujer le ayudan a desenvolverse trabajando en equipo y dando a cada quien su espacio y responsabilidad, sin mirar si es mujer u hombre quien la acompaña en su viaje, porque aprovecha la aportación de las cualidades innatas de cada sexo en el trabajo. Cuando la mujer es capaz de poner sus propios valores y capacidades naturales al servicio de la sociedad, el mundo cambia a mejor. Forma parte importante de su naturaleza el formar, desarrollar e impulsar. Además, hay que tener presente que vivir en sociedad muchas veces implica realizar renuncias personales para estar en paz y armonía.

LAS MUJERES Y EL LIDERAZGO

En estos tiempos donde la pandemia por Covid-19 ha golpeado con dureza al planeta, algunos países han actuado con prontitud y acierto; entre esos países, siete están gobernados por mujeres; son gobiernos que han respondido con presteza y objetividad ante esta enfermedad. Estos son: Taiwán, Nueva Zelanda, Islandia, Alemania, Dinamarca, Noruega y Finlandia. Cada uno ha utilizado diferentes instrumentos con el objetivo de cortar con rapidez las epidemias en sus propios países. Se pusieron a trabajar para facilitar la vida a sus compatriotas con diferentes estrategias de actuación, pero todas utilizaron herramientas que tenían en común, como son la empatía, la intuición y, sobre todo, el sentido común, anteponiendo sus conciudadanos a su proyecto político.

Son estos los valores y cualidades que todos llevamos dentro, esperando ser descubiertos y desarrollados, lo que facilitaría al planeta el equilibrio natural donde se podría establecer la armonía y serenidad con el objeto de asentar una sociedad de fraternidad.

Conclusiones finales por: Gloria Quel

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

 

“La fuerza no viene de la capacidad física, sino de la voluntad indomable”.

(Indira Gandhi).

 

LA MUJER DENTRO DE LA SOCIEDAD

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La mujer dentro de la sociedad

LA MUJER DENTRO DE LA SOCIEDAD

766.- ¿La vida social es natural? (Libro de los Espíritus)

  – Indudablemente. Dios ha hecho al hombre para vivir en sociedad, y no le ha dado inútilmente la palabra y todas las otras facultades necesarias a la vida de relación.

817.- ¿El hombre y  la  mujer  son  iguales  ante  Dios,  y  tienen  los  mismos derechos?  (Libro de los Espíritus)

       -¿No ha dado Dios a ambos la inteligencia del bien y del mal y la facultad de progresar?

Es una obligación moral de cualquier ser humano capaz de pensar y discernir, hacer el bien, ayudar a otros y convertirse en una gran contribución para esta sociedad. En el caso de las mujeres su aportación puede ser considerable, porque asumen una enorme responsabilidad como transmisoras de valores; como educadoras, integradoras y defensoras de los suyos; olvidándose muchas veces de sí mismas para entregarse a los demás.

Es relevante visibilizar el papel de la mujer en lo social o en la familia, puesto que siempre puede aportar la ternura y el amor que solo ella es capaz de dar, sobre todo a los más indefensos y necesitados.

 Dios ha dado la inteligencia al ser humano para distinguir el bien del mal, del mismo modo que también para comprender el lugar que le corresponde a cada uno, el papel que cada persona, en base a sus características y sexo, debe desarrollar en beneficio propio y de sus semejantes.

Somos seres racionales y disfrutamos de libre albedrío, y debemos ser capaces de transformar nuestro hogar, que es la Tierra, para hacerla un lugar acogedor donde todos quepamos, con nuestras diferencias y semejanzas. Por lo tanto el ser humano, ya sea hombre o mujer, tiene desde el principio de la creación la misma responsabilidad y los mismos derechos. Además hemos sido creados para asumir diferentes roles, pero dentro de la actividad social o laboral somos iguales.

ROL FEMENINO

Los valores asociados al rol femenino han sido tradicionalmente los de afecto, compasión, sensibilidad, cuidado… desplegándolos en su círculo más cercano. Su base se fundamenta en la sensibilidad, en el dominio de sí mismas y su capacidad para mostrar afabilidad, una actitud sensible ante los demás. Estos valores entran muchas veces en conflicto con las nuevas funciones y tareas que las mujeres llevan a cabo desde que entraron de pleno derecho en el mundo laboral.

Por otro lado, respetar al otro en su papel dignifica a la persona y refleja los valores éticos que se tienen. Si la familia es la célula de la sociedad, y es ahí donde se aprenden y asumen los principios éticos y morales que luego se desarrollan dentro de la misma, es necesario construirla dentro de unos valores como son la tolerancia, la solidaridad, la  justicia, la firmeza… siendo el paradigma del desarrollo ético. Es también la fraternidad una cualidad que ayuda a eliminar las dificultades que generan agresividad y asperezas en las relaciones.

ROLES DE GÉNERO

En la actualidad, la mujer vive en un mundo especialmente inestable condicionado por la  necesidad de llegar a todo, la inseguridad laboral y los clichés que hoy en día presentan, para ser aceptados por ellas. Gracias al progreso social, al desarrollo de sensibilidades y a la educación se ha avanzado bastante en materia de igualdad, pero no se ha conseguido la conciliación real entre ambos sexos. La existencia de una marea confusa y materialista empuja hacia lo que se denomina como lo políticamente correcto, imponiendo sin debate sano ni discusión unos principios basados en unos roles de género que solo atienden a una parte, creando en muchas personas un conflicto entre sus principios morales naturales y lo que los grupos de presión les demandan. Es una exigencia que ataca la libertad individual de cada persona y a la libertad de conciencia.

Esta desviación contranatural, sin reflexión serena y profunda,  sin un afán conciliador, empuja a la mujer a desviar su atención en el desarrollo de sus verdaderas potencialidades y en ver la forma de adaptarlas a los desafíos de nuestros días. En lugar de eso, la empujan a fijarse en unos valores y características masculinas que no le corresponden. Cuando la mujer es capaz de poner sus propios valores y capacidades naturales al servicio de la sociedad, el mundo cambia a mejor. Ahí es donde todos hemos de poner nuestras fuerzas y el empeño diario, sin distracciones ni desviaciones vanas que lo único que consiguen son enfrentamientos, debates estériles que nos apartan del verdadero camino de progreso común.

Como sabemos, el espíritu no tiene sexo y utiliza el cuerpo de hombre o de mujer en función de las necesidades espirituales que posee, siendo consciente de que tiene que pasar por todas las pruebas y experiencias que los dos roles presentan, el masculino y el femenino, para desarrollar todas las potencialidades posibles. Por lo tanto, venir con la materia de un sexo determinado, en la mayoría de los casos, se trata de un ejercicio de voluntad y libre albedrío, ya que este proceso no depende de un determinismo biológico como muchos pueden pensar, sino de las necesidades espirituales, como hemos dicho.

MACHISMO

De lo cual, podemos deducir fácilmente que el machismo es un sentimiento de superioridad mal entendido ante el sexo femenino; de una actitud equivocada, más propia de pueblos atrasados, faltos de ética, consecuencia del desconocimiento de los motivos que nos traen a reencarnar en la Tierra. Por lo tanto, pobre de aquel que, creyéndose superior, abusa, ofende o desprecia a una mujer, porque volverá a la tierra como mujer obligado por la Ley, pero en ambientes atrasados, donde sufrirá todo aquello que ocasiono a sus semejantes.

No podemos olvidar que somos libres para sembrar, pero la cosecha es obligatoria. La ley de consecuencias se encarga de que cada uno reciba de vuelta todo aquello que ha dado.

Estamos en el siglo XXI y la mujer ha de tener la libertad y la educación, como desde el principio de los tiempos, para traer hijos al mundo si es su deseo, verlos crecer con salud, amarlos y educarlos para el futuro. El progreso tecnológico y laboral no puede eliminar una de las funciones fundamentales de la mujer.

MADRES TRABAJADORAS

Por lo tanto, las mujeres, como madres, siguen siendo las primeras educadoras de la personalidad de los niños, que a su vez serán el día de mañana las personas que asumirán responsabilidades importantes en el tejido productivo y social de los países, bien sea en empresas, gobiernos, etc. Forma parte importante de su naturaleza el formar, desarrollar, impulsar.

No obstante, existen muchas mujeres que, aunque tienen hijos, trabajan fuera de casa por necesidad, lo cual no les exime de la necesidad de sentirse consideradas y valoradas en su ámbito laboral. También buscando el equilibrio entre las obligaciones familiares y laborales, para lo que las autoridades tienen la obligación moral de facilitarles la conciliación de ambas actividades esenciales para el ser humano. En el caso de las mujeres cuya posición profesional sea de cierta desventaja respecto a los hombres, o en el de aquellas otras sin hijos, deben saber priorizar aquello que sea mejor para ellas mismas y para sus familias, y esto se consigue procediendo a una conciliación familiar plena.

Por todo ello, la mujer, por las cualidades de que está dotada, puede ser capaz de superar todos los obstáculos que se le presenten en la vida. Se desarrolla mejor trabajando en equipo, haciendo partícipe a todos, sin rivalidades de sexo, con la capacidad de trabajar en una sintonía conjunta y colaborando en lo que cada uno puede aportar en función de sus cualidades innatas de género, que son totalmente diferentes pero complementarias como dos manos que se entrelazan; tanto por su habilidad de llegar a consensos, de cooperar, de mirar la realidad en su conjunto.

Por la mayor sensibilidad que ha podido suscitar el hecho de ser madre, la mujer puede tener un papel singular en el establecimiento de la paz, la armonía, la tranquilidad, siendo estos valores cualidades que pueden ser desarrollados por todos, para poder devolver al mundo un poco de equilibrio vital.

LA MUJER EN LA HISTORIA

La historia nos ha dado infinidad de ejemplos de mujeres que, integradas en el mundo social y laboral, aportaron concordia y avances a pesar de los obstáculos que le puso la sociedad marcada por los hombres; entre ellas están: de Juana de Arco (1412-1431) a Isabel de Portugal (1503-1539); de la Madre Teresa (1910-1997) a Zahra Abdelnaieem; desde la premio Nobel Marie Curie (1867-1934) a Rosalind Franklin (1920–1958); de Rigoberta Menchú (Premio Nobel de la Paz en 1992 y Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional en 1998) a Malala Yousafzai (premio nobel de la Paz 2014); y un largo etcétera.

FEMINISMO

La sociedad en que vivimos enfrenta muchos desafíos. Por ello, la incorporación íntegra de la mujer a la vida social, política y económica significa estar en igualdad de condiciones con el hombre para trabajar en colaboración, en pos de un mundo mejor para todos. Por lo tanto, los planteamientos que enfrentan y están relacionados con los movimientos de emancipación de las mujeres o con posturas extremas del empoderamiento femenino no deben tener cabida. El movimiento feminista en su aspecto más extremo infravalora el verdadero papel de la mujer y tiende a rechazarlo lejos de su camino natural. Estamos en una sociedad donde más de la mitad de la humanidad son mujeres, por lo cual, trabajar en un ambiente de igualdad entre todos significaría una sociedad unida, justa y próspera.

La mujer dentro de la sociedad por: Gloria Quel

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

 

 “Una mujer con imaginación es una mujer que no solo sabe proyectar la vida de una familia y la de una sociedad, sino también el futuro de un milenio” (Rigoberta Menchú).

GUARDIANAS DEL HOGAR II

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Guardianas del hogar II

GUARDIANAS DEL HOGAR II

Continuando con el tema del mes pasado, iremos analizando cuáles son los aspectos que una esposa debe cuidar para hacer de su hogar un refugio de bienestar.

Seguiremos con otra vertiente dentro del matrimonio que es el cuidado que hay que tener en la comunicación entre ambos cónyuges; este debe discurrir con fluidez compartiendo inquietudes, pensamientos, experiencias y todo aquello que preocupa del diario vivir. Entre los esposos, por lo general, no hay tema o acontecimiento que debiera estar fuera de los límites.

Ante los diversos problemas o diferencias que van apareciendo dentro del matrimonio, el encararlos con seriedad, con reflexión, con disposición para superarlos por medio de una comunicación franca, sincera; y sobre todo, dedicarles el tiempo que sea necesario para aclarar las posturas, y de ese modo resolver de la mejor forma posible cualquier  contratiempo que aparezca en la relación. No nos olvidemos que, si hay discordia y no se ataja a tiempo, nacerán todos los males posibles; mientras que si hay concordia el resultado será la felicidad, la satisfacción interior de la familia.

 En el caso que nos ocupa, la esposa está para ayudar y apoyar al esposo en todas las circunstancias, ya sea en lo privado, social o laboral.

Siendo una mitad de la pareja debe alegrarse de los triunfos de él, pues son parte suya también. Además, aunque se diera la circunstancia de pensar que no tiene la autoridad de la pareja, siempre ha de tener la competencia para guiarla. Nunca debe renunciar a sus responsabilidades y cualidades naturales como son la inteligencia, la intuición o la tolerancia, pues el matrimonio se podría tambalear, incluso acabar por romperse.

La paciencia siempre tiene que estar presente, pues aunque la pareja se elige, viéndose revestida con muchas cualidades en un primer momento, también tiene defectos, y es en la convivencia diaria cuando aparecen, y alguno puede tener más presencia de lo esperado.

Sin duda, compartir la vida con otra persona es un acto voluntario, siendo el amor el que intervino para tomar esa decisión, dando la confianza y moviendo la voluntad para que, en el transcurrir del tiempo, se acepten ambos cónyuges tal y como son.

Trabajo mutuo es fijarse en lo que entorpece la relación de pareja para poder ir eliminándolo poco a poco; de esta forma irá aumentando, entre otras cosas, el respeto, pues amor sin respeto no es verdadero amor.

No solo es respeto lo que debe sentir por el marido, sino una verdadera valoración de sus cualidades, evitando, por ejemplo, desautorizarlo delante de los hijos. También el marido no debe desautorizar a la mujer, apoyándola en sus decisiones, ya que si se sienten respaldados mutuamente, sin reproches futuros o recriminaciones por los posibles errores cometidos, la percepción de armonía, coherencia y equilibrio que van a percibir los hijos ayudarán sobremanera en una educación eficiente, contribuyendo a un desarrollo familiar armónico y feliz.

Por otro lado, muchos de los fracasos de pareja son por causa del egoísmo que desequilibra la armonía del hogar. Este se puede presentar de mil formas diferentes; está presente en los detalles o actuaciones de los esposos, y no hay cosa que desgaste más a un matrimonio que las quejas continuas.

La persona que continuamente se está quejando produce desagrado, y suele provocar también distanciamiento. Nadie quiere estar al lado de una persona negativa, porque genera tensión y llega a producir discusiones que con frecuencia finalizan en ofensas por situaciones anteriores, que van más allá del asunto de la queja, provocando una onda expansiva que descompone la relación, apareciendo actitudes nada deseadas, como pueden ser la falta de respeto, la desconsideración, la indiferencia, etc.

Hay que prestar mucha atención, porque en ese estado negativo se exageran las quejas, los reproches, dejando a un lado la comprensión, la empatía, la tolerancia; olvidando las circunstancias del otro. Por lo tanto, quejarse, criticar o desdeñar no son formas adecuadas para comunicarse, ya que no ayudan a entenderse sino todo lo contrario, provoca dolor, angustia, tristeza; en pocas palabras: la ruptura de los compromisos espirituales libremente adquiridos.

Por eso debemos tener cuidado de no caer en la crítica destructiva, sino que los comentarios han de ser siempre constructivos y alentadores, que motiven para hacer las cosas mejor. Esto hará que aparezca la gratitud por la ayuda y apoyo recibido.

La reflexión de la propia conducta y actitudes dentro del matrimonio es imprescindible para poder evitar esos momentos de irritación donde se actúa de forma áspera, sin pensar en las consecuencias posteriores que pueden afectar seriamente a la relación.

Otra vertiente del egoísmo puede ser también el no querer tener hijos. Un matrimonio que opta exclusivamente por llenar su vida conyugal de necesidades materiales, muchas de ellas superfluas, jamás podrá sustituir el gozo y la satisfacción que genera el traer unos hijos al mundo, es decir, espíritus necesitados de progreso espiritual en un nuevo cuerpo físico.

El amor, por el contrario, es generosidad, es también darse al otro; con lo cual, si el egoísmo entra en un matrimonio y se establece en el hogar, este tiende a descomponerse y termina quebrando la relación de pareja, pues es como la hiedra que todo lo devora. Es la causa de enfrentamientos que, en ocasiones, llegan a convertirse en auténticos obstáculos insalvables, generando sufrimiento en todo el círculo familiar, en particular, a los hijos, si los tuviesen.

Otro atributo que se le da a la mujer es el sexto sentido, que según el Libro de los Espíritus, es solo una premonición enviada por el espíritu protector. O también la voz del instinto. Este instinto les permite tomar ventaja para percibir las necesidades ajenas, especialmente del entorno familiar y afectivo. Esta última cualidad tan intangible, cuando se usa correctamente, es una herramienta muy eficaz para hacer el bien a los demás, pero si hace un mal uso de esa intuición para satisfacer su propio interés egoísta, para confundir y arrastrar a otros en su beneficio, le supone un entorpecimiento muy grande, perjudicándole sobremanera en su progreso espiritual.

Otra herramienta que alguna mujer puede usar para conseguir que el esposo haga lo que ella quiera es el sexo, que lo utiliza de forma inadecuada para ilusionar al marido y tener al hombre donde quiere; sin saber que las consecuencias espirituales de ese comportamiento antinatural e interesado es nefasto. El sexo es un complemento necesario para que el amor entre la pareja sea perfecto. Por regla general su empleo se debe de hacer de forma digna, teniendo siempre en cuenta el respeto al compañero, para que la unión entre la pareja crezca. Pero si a esa relación se le ponen artimañas solapadas, tarde o temprano la convivencia se irá resquebrajando.

Por tanto, la mujer, mejor que nadie, puede aplicar la psicología e intuición que posee para conseguir la unión familiar. Sin renunciar a su personalidad y a la firmeza de carácter, puede al mismo tiempo adoptar una postura de saber ceder o callar cuando la ocasión lo requiera, evitando un protagonismo que en múltiples ocasiones no necesita; ahí reside su principal fuerza y valor. También, en algunos casos, utilizar esa sabiduría tan particular, consecuencia de su amor incondicional para colocarse en un segundo plano, y de ese modo, poner en valor el trabajo de su cónyuge; al mismo tiempo el hombre tiene la obligación de saber reconocer el papel y el trabajo de ella.

Un matrimonio compenetrado y sostenido gracias a la comunicación, el respeto, la honestidad y sobre todo por el amor, es un matrimonio feliz, y en gran medida ese éxito es gracias a la mujer, si sabe colaborar, unir, mediar y, sobre todo, usar la intuición, la inteligencia y el corazón.

 

Guardianas del Hogar II por: Gloria Quel

© 2020, Amor, Paz y Caridad.

La esposa debe de ser sumisa a su compromiso moral y espiritual dentro del matrimonio… no al hombre por ser hombre. El esposo, de la misma forma, debe ser fiel y sumiso a su compromiso con la esposa ¡Esa es, en realidad, la más sublime y bella manifestación del amor conyugal!