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GUARDIANAS DEL HOGAR

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Guardianas del hogar

GUARDIANAS DEL HOGAR

En el Libro de los Espíritus, en los ítems que a continuación exponemos, nos explica la importancia que tiene el matrimonio dentro de la sociedad.

695. El matrimonio, esto es, la unión permanente de dos seres, ¿es contrario a la ley natural?

    – Es un progreso en la marcha de la humanidad.

696. ¿Qué efecto tendría sobre la sociedad humana la abolición del matrimonio?

    – El retorno a la vida de los animales.

“La unión libre y fortuita de los sexos es el estado natural. El matrimonio constituye uno de los primeros hechos de progreso registrados en las sociedades humanas, porque establece la solidaridad fraternal y se le encuentra en todos los pueblos, si bien en condiciones diversas. La abolición del matrimonio sería, pues, el retorno a la infancia de la humanidad, y colocaría al hombre por debajo incluso de ciertos animales, que le ofrecen el ejemplo de uniones constantes”.

El matrimonio es uno de los más importantes compromisos que se puede contraer, dentro del programa a realizar, cuando se encarna en la Tierra. Es un acuerdo que se adquiere voluntariamente entre dos espíritus que lo ven bueno para su desarrollo, en función de las necesidades que tienen. Estos acuerdos sirven para rectificar conductas inapropiadas en el pasado o para construir un porvenir mejor. También sirve para aumentar las capacidades positivas, para contribuir a la solidaridad real entre ellos y todos aquellos que se comprometieron a bajar en su círculo familiar.

El matrimonio debe ser la unión de dos almas, de sendos sexos, dispuestas a trabajar la una por la otra con generosidad y amor, consiguiendo que ese amor sea, en una de sus vertientes, una buena amistad, y en otra un sincero respeto, construyendo unas raíces fuertes que garanticen el éxito de la unión conyugal. De lo contrario, se puede transformar en indiferencia e insatisfacción,  abocándolo a la falta de comunicación y al fracaso.

 En el libro de Proverbios 14:1 nos encontramos: “La mujer sabia edifica su hogar; mas la necia con sus manos la derriba”.

Dentro del matrimonio, sin lugar a dudas el rol más complejo y difícil es el de la esposa, pues ella tiene la responsabilidad de cubrir todas las necesidades de los miembros de su familia, lo que supone en muchas ocasiones renunciar a sí misma para ayudar a su esposo e hijos, porque tiene la exigencia de estar infatigablemente  pendiente,  atenta  y  preocupada por  cada  aspecto  de  la  vida  familiar.

Esa entrega que generosamente ofrece la esposa hace que el engranaje de la familia funcione con suavidad y sin fisuras. Por lo tanto, el cometido de la esposa  es transitar con sabiduría creando un hogar íntimo en un ambiente de amor, respeto, comprensión, dialogo, de alicientes, aprobación y valorización al esposo.

Es responsabilidad de la esposa administrar el hogar en su actividad diaria, crear un ambiente de comodidad, refugio, serenidad y, sobre todo, estar pendiente de lo que necesitan los hijos, sin olvidarnos del marido. Es importante que él también sienta la protección y los cuidados de su mujer, dando a cada miembro de la familia el lugar que le corresponde dentro de la misma.

Tener siempre dispuestos pequeños gestos de dulzura y de amor que ayuden a que los lazos de unión entre sus miembros se fortalezcan. Entender que la armonía y felicidad del hogar precisa de la dedicación desinteresada de la mujer, a quien se le confía la dirección de esa pequeña sinfonía para que sus notas queden armonizadas.

«Una mujer que vive fiel y feliz dedicada a su propio hogar teje hilos de oro en el destino de sus hijos».

Von Leixener, escritor y  periodista, 1847-1907

Si la familia es la piedra angular de toda una sociedad, el matrimonio es el pilar de la familia; donde los hijos se deben desarrollar en un ambiente propicio para sacar lo mejor de sí. Es el punto de partida de una sociedad equilibrada, que tiene como tarea principal la transmisión de la vida. La pareja debe a esos hijos ayudarlos a crecer mediante la educación, la protección y sobre todo el amor. El futuro de la sociedad pasa a través de  la familia.

Con la entrada de la mujer en el mundo laboral y la llamada igualdad  de derechos, se han ido diluyendo las líneas que distinguían los derechos y deberes asignados a los hombres y las mujeres, a lo largo de la historia. Habiéndose borrado en la práctica esas líneas, siendo así que los deberes que antes eran de los hombres, la mujer los han hecho suyos con rapidez; no así los hombres, que no han querido aceptar en igual medida los deberes que tienen las mujeres.

Este desequilibrio provoca, en más ocasiones de las debidas, frustración, descontento y enfado entre los esposos, pues si no quedan aclarados los papeles de cada uno dentro de la pareja, la convivencia se puede volver áspera, incluso puede hacer naufragar el matrimonio. Por eso deben tener una comunicación clara y precisa para establecer los roles que deberán ser aceptados por los dos.

La mujer que trabaja fuera de casa, y más la que tiene ambición por ascender a puestos superiores, le tiene que dedicar muchas horas a su trabajo. Si el día tiene las horas que tiene, ¿cuánto tiempo le dedica a ser esposa y madre?, que son los trabajos intransferibles en la vida de una mujer. Puede darse el caso que haya convenido con su pareja de qué forma quedan cubiertos los huecos que ella deja. Pero tarde o temprano afectará al hogar el exceso de trabajo que abarca la mujer.

Con esto no quiero decir que la mujer deba quedarse en casa, sino que debe tener prioridades; debe saber equilibrar los diferentes papeles que desarrolla en la vida, y hay papeles que no se pueden delegar en su totalidad en los hombres, pues ellos no pueden ser Madres ni tienen las capacidades de la esposa; esos dos papeles son  inevitablemente de las mujeres, porque así lo dispuso la Providencia Divina.

Al bajar como mujer se nos dota de unas características concretas para poder hacer uso de ellas en cuanto las necesitemos; esas cualidades, entre otras, son: El amor, la afectividad, fijarse en los detalles, la paciencia, la perseverancia, la delicadeza, la intuición, la compasión, la disposición a ayudar, etc.

Todos esos atributos, cuando toma la decisión de compartir su vida con alguien y formar una familia, se despliegan sin esfuerzo, constantemente, siendo una ayuda muy útil para que prosperen las responsabilidades asumidas conscientemente.

Entre otras cosas debe adaptarse a los cambios que le vendrán, y no siempre serán buenos, ya que la vida nos presenta las situaciones que necesitamos para evolucionar, y que no suelen ser las que queremos; ante esto, mejor desarrollar la paciencia, saber controlarse. A cualquier esposa le viene bien mantener la calma si no quiere que su hogar, ante cualquier alteración que se le presente, pueda resentirse.

Usar la prudencia a la hora de hacerse respetar por los hijos, ya sea por medio de órdenes o negociando; esto último depende de la edad de los hijos, pues cuando se van haciendo mayores la flexibilidad, la confianza, la comunicación son cualidades muy  importantes. Un papel indispensable que debe fomentar es la de mediadora entre los integrantes de la familia cuando surge algún escollo entre ellos.

Es necesario que la mujer tenga confianza en sí misma y sepa desarrollar esas admirables cualidades morales de las que esta dotada, que entre otras particularidades son el olvido de sí misma, el sentimiento de los deberes y de las responsabilidades con las que se ha comprometido, que tanto le pueden ayudar en esa misión mediadora.

El mes que viene seguiremos reflexionando sobre la importancia de este rol dentro del matrimonio.

Guardianas del hogar por: Gloria Quel

© 2020 Amor, Paz y Caridad

AMOR FILIAL

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Amor filial

AMOR FILIAL

En el Evangelio según el Espiritismo, capítulo XIV, ítem 3, podemos leer:

El mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre», es una  consecuencia  de  una  ley  general  de  caridad  y  de  amor  al prójimo,  porque  no  se  puede  amar  al  prójimo  sin  amar  a  su padre y a su madre; pero la palabra honra encierra un deber más respecto  a  ellos:  el  de  la  piedad  filial.  Dios  ha  querido, manifestar con esto, que al amor es preciso añadir el respeto, las  consideraciones,  la  sumisión  y  la  condescendencia,  lo  que implica la obligación de cumplir respecto a ellos, de una manera aún más rigurosa, todo lo que la caridad manda con respecto al prójimo.  Este  deber  se  extiende  naturalmente  a  las  personas que están en lugar de padres, y que por ello tienen tanto más mérito cuanto menos obligatoria es su abnegación. Dios castiga siempre  de  un  modo  riguroso  toda  violación  de  este mandamiento.

Honrar a su padre y a su madre, no es solo respetarles, es también asistirles en sus necesidades, procurarles el descanso en  su  vejez;  rodearles  de  solicitud,  como  lo  han  hecho  con nosotros en nuestra infancia.

En cualquier situación o circunstancia que se pueda presentar, tanto si nuestros padres están todavía en plena madurez o ya han entrado en la llamada tercera edad, mantenernos cerca de ellos, amarlos, cuidarlos y cuando lo necesiten protegerlos, es un deber de hijos agradecidos. Ellos hicieron por nosotros lo mismo o más en los primeros años de nuestra vida. Una existencia material que tan generosamente nos brindaron para poder realizar los progresos necesarios en el camino de la evolución. Y también agradecidos por ofrecernos una oportunidad que perfectamente nos la podría  haber negado, en función del uso de su libre albedrío.

Este mandamiento de “Honrar a los padres” recuerda a los hijos los deberes y responsabilidades para con los progenitores. Es el amor que debemos sentir por ellos, aquel que atiende a su bienestar, con la responsabilidad de prestarles ayuda material y moral cuando sus fuerzas y sus recursos disminuyan; en los momentos de soledad o de abatimiento, y también compartiendo con ellos los momentos de felicidad y alegría.

El respeto a los padres y lo que representan para nosotros nunca se debe perder, independientemente de nuestra edad o circunstancias. El respeto también significa el saber aceptar sus consejos con humildad, ya que la experiencia de vida que ellos tienen nos puede ayudar en circunstancias difíciles o a tomar decisiones delicadas.

Cuando contemplamos a nuestros padres y estos están sanos y fuertes, la alegría, la satisfacción, el gozo se abren paso en nuestro interior y nos hacen sentir dichosos. Si, por el contrario, ellos se hallan enfermos, hemos de sentir la obligación, la responsabilidad como hijos, de cuidarles, de ocuparnos de ellos, de protegerlos, de asistirlos y darles el apoyo que necesitan. El mayor tesoro de piedad filial que se puede ofrecer a los padres es dedicarles el tiempo que necesitan y merecen.

En el Libro de los Espíritus, en el ítem  681, podemos leer:

¿La ley natural impone a los hijos la obligación de trabajar por sus padres?

Ciertamente, como los padres deben trabajar por sus hijos, y por esto Dios ha hecho del amor filial y del paternal un sentimiento natural, con el fin de que por medio de este afecto recíproco los miembros de una misma familia fuesen inducidos a ayudarse mutuamente, lo cual se olvida con frecuencia en vuestra actual sociedad.

Hay que recordar que los lazos de la sangre no constituyen obligatoriamente los lazos afectivos entre los espíritus, y que Dios permite, dentro de una misma familia, dos situaciones distintas: tanto encarnaciones de espíritus simpáticos unidos por una verdadera afinidad, con la satisfacción de estar juntos, pero también bajan espíritus antipáticos o extraños, que no se terminan de acomodar dentro de la familia carnal, creando conflictos más o menos graves. Esto último cumple con un doble objetivo, el de prueba para los unos y de avanzar aunque sea poco para los otros. La convivencia dentro de la familia les ayuda a mejorar el carácter, y los hábitos y las antipatías se van suavizando. Por lo tanto, la convivencia puede aportar las circunstancias necesarias para ir limando las imperfecciones con el cincel de la fraternidad que la dignifica. El comportamiento que reciben de sus padres ha de servirles de ejemplo para el futuro, para cuando ellos hayan envejecido.

Por otro lado, el problema de la ingratitud en las familias es una de las consecuencias más sobresalientes del egoísmo; indigna siempre a los corazones honestos; pero la de los hijos con respecto a sus padres tiene aun una naturaleza más detestable: es la ingratitud uno de los peores sentimientos que pueden demostrar a los padres, de los más graves errores que puede manifestar el espíritu en su marcha hacia la elevación.

Sobre todo en la etapa adolescente, por los conflictos de identidad que experimenta, olvida que tienen ciertas responsabilidades hacia sus padres, ignorando el cariño que recibe de la familia y sus atenciones permanentes. Aun así, hay ocasiones donde los choques generacionales y el sentirse incomprendido provocan la invisibilidad de ese amor que los padres sienten por él, pues en esas edades la visión que tienen de sí mismos les lleva a observar más aquello que consideran sus derechos, y, a la par, disminuyen o ignoran las responsabilidades y obligaciones para con los demás. Incluso algunos jóvenes, en esos momentos de rebeldía descontrolada, abandonan el calor familiar, para posteriormente, cuando se enfrentan a la cruda realidad y comprenden su desatino, vuelven al seno familiar.

Partiendo de la base de que ante todo los padres tienen que ser padres, se debe buscar con los hijos una relación de amistad fraterna para que la interrelación entre todos los miembros de la familia sea más fácil, evitando las incomprensiones producto de la diferencia generacional. Esto facilitará la confianza y el acercamiento entre los padres e hijos a la hora de solucionar problemas, adversidades, enfermedades… y dará paso también a la alegría, felicidad o dicha ante las buenas noticias, los éxitos, la culminación de algún logro, etc.

Por otro lado, la ayuda en las tareas de la casa paterna cuando se vive en ella, tanto si son mayores como pequeños, también debe ser una obligación moral. Hacerles comprender que el hogar y su mantenimiento espiritual, pero también físico, es tarea de todos. La repartición de tareas fomenta la cooperación y les hace comprender que las cosas no se organizan o se hacen solas. Es, en definitiva, una invitación a la responsabilidad y a pensar no solo en las propias necesidades sino también en las de los demás, de aquellos con quienes se comparte espacio y se necesita convivir armónicamente.

Por las exigencias que nos impone la sociedad actual, para los padres que tienen niños pequeños, es de agradecer que los abuelos ayuden y colaboren altruistamente para cubrir convenientemente todas las necesidades de la familia.

No obstante, hay que evitar el abuso que con frecuencia se observa cuando se sobrecarga en exceso a los abuelos; cuando por comodidad o ciertas tendencias materiales se les transfieren unas tareas que no les corresponden. Es ahí donde debe existir conciencia espiritual de la responsabilidad a la que nos comprometimos, evitando delegar en aquellas cosas que son intransferibles y que requieren de toda la atención, mucho más de los progenitores que de los abuelos. Porque esta delegación de tareas puede llevar a la tentación de abusar de la abnegación de los abuelos, y este abuso sí que puede tener consecuencias negativas en el futuro.

Como vamos viendo, y en función de la Ley del Amor que regula todas las relaciones, los hijos, cuando son mayores de edad, tienen deberes intransferibles para con los padres; no se les puede descuidar por el hecho de tener una vida muy ocupada. O abandonarles porque algunos padres olvidan sus deberes, sus responsabilidades, y no ejercen como tales ante sus  hijos. Pero es a Dios a quien corresponde castigarlos, no a los hijos; por tanto, no juzgar a los progenitores en su comportamiento, siendo el respeto y la gratitud una actitud que siempre hay que tener presente por la dichosa oportunidad obtenida de volver a la Tierra, y a la familia que necesitamos, para desarrollar los planes de evolución.

Hemos de tener en cuenta además que, en el transcurso de las pruebas, es la Ley de Afinidad la que favorece los reencuentros y los desencuentros en el círculo familiar, de acuerdo a los periodos evolutivos y a los grados de conciencia de los miembros que componen la familia.

Todos los actores que conforman el hogar, tanto hijos como padres, abuelos, etc., han de pasar y desempeñar los diferentes roles en algún momento de su vida, en el transcurso de las diferentes existencias evolutivas. Todos, absolutamente todos, tienen deberes y obligaciones. Nos compete asumir la responsabilidad del papel y el lugar que en este mismo momento nos corresponda asumir y desempeñar, desarrollando los valores imperecederos del espíritu: poniendo amor donde exista odio, comprensión donde exista intolerancia, afecto donde exista frialdad o distancia. Asumiendo, en pocas palabras, el fardo de las pruebas y circunstancias momentáneas que nos haya podido corresponder, sabiamente planificadas antes de encarnar por los mentores espirituales.

Para concluir, recordemos que “los hijos de ahora serán los padres del mañana, y corresponde a la reencarnación proporcionarles un futuro de acuerdo con la siembra del presente” (Constelación familiar, cap. IV, pág. 41, Divaldo F. por Joanna de Ângelis).

 

Amor filial por: Gloria Quel

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

EJEMPLO DE MADRE

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Ejemplo-de-madre
Continuación del artículo: Ser madre

EJEMPLO DE MADRE

Siguiendo con el tema del artículo del mes pasado, Ser madre, seguimos analizando la trascendencia que tienen en los hijos los sentimientos, pensamientos y actos de la madre.

Cuando se engendra un bebé se genera la materia con la que el espíritu se va a desenvolver en la Tierra, mientras que el espíritu (chispa divina) que va a dar vida a esa materia es creado por Dios. El hijo que llega a las manos de la madre se convierte en un compromiso para toda la existencia, y da la oportunidad de desarrollar en su interior una capacidad mayor de comprender, perdonar y amar. Si esa maternidad se lleva con dignidad y generosidad, será capaz de olvidar las situaciones negativas que pudieran surgir en el transcurso de la existencia y poner el amor siempre por delante.

El ser mamá no supone dejar a un lado el hecho de ser mujer; seguimos siéndolo, a pesar de las largas jornadas de trabajo fuera y dentro de casa, pues ya son mayoría las mamás que trabajan fuera del domicilio, teniendo que atender también las diferentes tareas que se presentan dentro del hogar.

Es importante ser conscientes de cuáles son las prioridades a la hora de repartir el tiempo entre el trabajo, la familia y para nosotras mismas, pues dedicarnos un poco de tiempo ayuda a desconectar, relajarnos y tener mejor ánimo; para eso, pequeños hobbies como la lectura, distraerse con una película, un baño, manualidades, nos favorecerá ese descanso… También el tiempo compartido con la familia como ir al cine, pequeños viajes, salir a comer… ayudará a fortalecer los lazos de unión entre los integrantes del núcleo familiar.

Toda esa labor que realiza la madre, ofreciendo ese ambiente sano y equilibrado que hace hogar, y la preocupación por que todos los miembros del núcleo familiar estén sanos y con todas sus necesidades cubiertas, crean dentro del hogar una armonía que ayuda a todos los integrantes de la familia a sentirse seguros y serenos. Esa estabilidad ayuda a profundizar en los lazos de amor que existen entre todos desde el pasado, ayudando incluso a aquel hijo cuya conducta no es del todo adecuada, ya que cada quien, por lo general, viene con tendencias completamente distintas a la de los padres, al igual que sus inclinaciones y gustos pueden ser opuestos por entero a los de ellos, creando en ocasiones fricciones que desestabilizan a la familia. Sin embargo, con calma y paciencia se puede conseguir minimizar los daños que puedan ocasionarse en algún momento puntual.

 “¡Madres! Abrazad pues al hijo que os causa tristeza, y decíos: Uno de nosotros dos es culpable. Mereced de goces divinos que Dios concede a la maternidad, enseñando a este niño que está en la tierra, para perfeccionarse, amar y bendecir”.

(El Evangelio según el Espiritismo, Cap.XIV- Pto 9)

El proceder para ser una buena madre tiene varias vertientes, como pueden ser la psicológica, la moral, la educativa… tenemos que procurar comprender a nuestros hijos, escuchando pacientemente lo que dicen; y que las respuestas a todas sus preguntas se realicen con sencillez y claridad, evitando situaciones ásperas en discusiones que no van a ninguna parte. Saber ser cariñosa y respetuosa con ellos, enseñándoles con el ejemplo cuál es la conducta que debe guiar su comportamiento.

Reflexionar sobre nuestra conducta como madres, y cuando seamos conscientes de haber cometido un error o falta, saber disculparnos o pedirles perdón. Este proceder será un ejemplo que les ayudará a tener mejor relación con los demás. Otra situación que debemos evitar es lastimar los sentimientos de los hijos, desde la delicadeza y el respeto, sin reírse de sus errores o recurrir al insulto y a la burla como medio de punición; o cuando el nivel de enfado sea tal que no habría equivalencia entre el castigo asignado y la falta cometida. Que sea la honestidad la que dirija los pasos y que todo lo que se diga y se haga sea su reflejo, enseñándoles que la integridad personal es fuente de felicidad.

Cuando la disposición sea de enfado o el malhumor aparezca, será conveniente moderar la reacción negativa que pueda sobrevenir, evitando situaciones incómodas ante los hijos, comprendiendo que ese es un buen momento para aprender a callar. Saber ver los errores de los hijos es importante, pues es la mejor manera de poder ayudarles, siempre desde el amor y el cariño; de la misma forma que también reconocer las cosas buenas que tienen permite apoyarles en todo lo que hacen. Y con el entendimiento que da el conocer a nuestros hijos, ayudarles a confiar en sí mismos; que piensen, sientan y actúen como ellos son y saber tratarlos con arreglo a su edad correspondiente, sin pedirles lo que no es acorde a su estado de madurez o circunstancias.

Saber darles los caprichos razonables, y poniendo límites a todos esos deseos que les harán daño y serían contraproducentes para el desarrollo material y espiritual del hijo; ya que el niño al que le permiten hacer todo lo que quiere se vuelve un déspota, un tirano para todos aquellos que le rodean.

Por otra parte, la maternidad también significa noches de insomnio e infinidad de preocupaciones, pues cada edad trae las suyas: cuidarlos en las enfermedades, tenderles la mano cuando se caen, abrazarlos y acompañarlos en momentos de sufrimiento, apoyarlos en los problemas y complicaciones por los que tengan que pasar… porque sabemos por experiencia propia que tropezamos mil veces con la misma piedra, sabiendo que esas derrotas que sufrirán los hijos serán las que forjarán su carácter, pasando por tormentas que les enseñaran a navegar en el mar embravecido de la vida, según vayan recorriendo el camino que se han marcado antes de encarnar, encarándose a obstáculos, vicisitudes  o pruebas que les fortalecerán en el futuro.

En el Libro de los Espíritus podemos leer en la pregunta 821: Las funciones a las que está destinada la mujer por la Naturaleza, ¿tienen tanta importancia como las reservadas al hombre?

–Sí, y mayores; ella es quien le da las primeras nociones de la vida.

Es en el hogar donde la mujer tiene una influencia significativa, y es la encargada de enseñar los valores morales y principios a sus vástagos, que aprenden observando su conducta y que les servirán de ejemplo para ir moldeando o formando su carácter, e ir eliminando hábitos negativos que les perjudicarán en el futuro; los educa, les enseña cómo relacionarse con su prójimo sin ningún tipo de trabas. La educación recibida les ayudará en las decisiones que tomen fuera de las paredes benefactoras del hogar.

«Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo…, en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado».

Madre Teresa de Calcuta

En muchas ocasiones, esos roces, altercados o animadversión que surgen con o entre los hijos, vienen del pasado, siendo reajustes emocionales de espíritus antipáticos de relaciones no resueltas en las diferentes encarnaciones ya vividas que aparecen en el presente, dentro del núcleo familiar, para poder resolverlos. A la vez que existen estas relaciones ásperas encontramos espíritus que traen esos sentimientos de amor, y en la relación familiar los fijan y los amplían. Por eso es necesaria por parte de los padres, y más concretamente de la madre, ser generosos en amor, vigilancia y sacrificio para llevar a buen puerto la convivencia familiar.

Los hijos son compromisos, pero también son bendiciones que llegan a nuestras vidas. Consiguen recuperar relaciones del pasado, ya que junto a los hijos se apagan los odios, se sublima el amor y se concilian las almas para el resto de la eternidad. Y es con la educación como se les prepara para adquirir las experiencias que tienen que vivir, siendo así mayor su aprendizaje.

Al mismo tiempo, es bueno que se respete a los hijos su libre albedrío, siempre con discernimiento; sabiendo educar con amor sin imponer nada, con flexibilidad. Sin tener el freno de la madre, podrán desarrollarse psicológicamente con normalidad y podrán asumir las responsabilidades que les puedan llegar en un futuro. Al no agrietar su personalidad imponiendo los criterios maternales, podrán penetrar con más facilidad en su autoconocimiento, necesario para su transformación moral. En el compromiso del amor surge el compañerismo, el diálogo sincero, la fidelidad, la indulgencia y el valor moral que necesitan los hijos en el largo proceso de la adquisición de los valores éticos, espirituales, intelectuales y sociales.

Por lo tanto, si se educa siempre pensando en los demás, el desarrollo interior de los hijos les llevarán a conseguir cualidades que les convertirá en buenas personas, con capacidad para cumplir con los compromisos traídos cuando encarnaron. Entender que la educación en la libertad les enseña que el deber de la responsabilidad nunca debe ser pospuesto, que los actos tienen sus consecuencias y estas pueden ser buenas o malas, y que aprender a discernir desde bien jóvenes entre lo que se debe hacer, lo que conviene hacer y lo que se va a realizar, enseñan hábitos saludables en los hijos para el futuro.

Ejemplo de madre por: Gloria Quel

©2019, Amor, Paz y Caridad

SER MADRE

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Ser Madre

Ser Madre

Los hijos son un préstamo que los Planos Superiores ofrecen por medio de la consanguinidad,  siendo la tarea principal de los padres inculcarles los valores de la educación. Las consecuencias pueden ser funestas si dejamos sin realizar esos deberes.

 La sabiduría divina sabe lo que necesitamos, y es el ser humano quien más tarda en alcanzar el desarrollo corporal y madurativo. Esto es así  porque el Espíritu asume, poco a poco, el control de la propia materia que le ha de servir para su proceso evolutivo, resultando más fácil las posibilidades de afianzamiento del aprendizaje y la consecución de los hábitos que lo guiarán durante toda la existencia planetaria.

La maternidad es saber constituir con el alma, mente y corazón, determinado número de obligaciones elevadas, deberes y responsabilidades con grandeza de sentimientos, acentuado amor, humildad testimoniada, renuncia constructiva y misión educadora.

(Walter Barcelos,  anuario espírita 2015 -Pág. 65).

En el Libro de los Espíritus podemos leer en la pregunta 890:

El amor materno ¿es una virtud o un sentimiento instintivo, común a los seres humanos y a los animales?

– Lo uno y lo otro. La Naturaleza ha dado a la madre el amor hacia sus hijos en interés de su conservación. Pero en el animal ese amor se limita a la atención de las necesidades materiales y cesa cuando los cuidados de la madre se tornan inútiles. En el ser humano, en cambio, persiste toda la vida y lleva consigo una dedicación y una abnegación que son virtud. Incluso sobrevive a la muerte y sigue al hijo más allá del sepulcro. Bien podéis ver que hay en él algo más que entre los animales.

Cuando se tienen hijos, una de las decisiones que se debe tomar, siempre que las circunstancias lo permitan, es la de quedarse en casa para cuidarlos, o por el contrario elegir la vida profesional. Será una reflexión meditada la que conducirá a tomar la decisión más adecuada.

Si finalmente decide quedarse en casa, los hijos tendrán a la madre con ellos en todo momento para aquello que necesiten; esto servirá para ir profundizando en un vínculo afectivo insustituible con grandes beneficios para los hijos. Esa cercanía les da seguridad y les permite desarrollarse emocionalmente con más facilidad, lo que le posibilita a la madre, por su parte, conocer a la perfección a sus hijos y saber lo que necesitan en todo momento. Un conocimiento de sus retoños que le ayudará a captar el estado de ánimo en el que se encuentran solo con mirarlos, lo que le facultará para darles ese apoyo emocional que puedan necesitar en cada oportunidad.

También por medio de la educación y formación de los hijos se ayuda a que la sociedad se construya en valores de convivencia, en el desarrollo de un clima necesario de respeto, tolerancia y libertad.

En una ocasión le preguntaron a Katherine Ellison, autora del libro Inteligencia maternal, sobre la afirmación de que las mujeres que tienen educación universitaria y no trabajan fuera de casa, defraudan a la sociedad; ella contestó: “Se podría decir también que las mujeres que tienen una educación superior e ignoran a sus hijos están haciendo daño a la sociedad”.

Ser madre significa transformar totalmente la propia  vida, es decir,  el tiempo y la forma de pensar desde el momento en que se tienen los hijos. También supone renuncias y sacrificios que se hacen gratamente, porque el corazón está puesto en ellos y se dedican las fuerzas de cada día para sacarlos adelante, educarlos  y enseñarles a vivir. Las madres conocen mejor que nadie a sus hijos y saben de sus defectos y virtudes; reconociendo sus limitaciones es como mejor pueden ayudarlos.

 Desde el momento del nacimiento de un hijo, la madre es conducida a un cambio en sus objetivos de vida. Porque en ese momento del nacimiento, la responsabilidad para con el hijo recién nacido se vuelve fundamental. Sus cuidados modifican completamente los hábitos que se tienen hasta ese momento. Precisa de un cambio en la conducta y actividades hasta entonces realizadas, y es en ese momento cuando aparece la renuncia personal por el bien del ser desprotegido y frágil que necesita de todo tipo de cuidados; un ser que empieza a desarrollarse, en espera del cuidado, la protección, la educación, el apoyo y la orientación de su madre junto con su padre.

El gozo que produce cuidarlo y darle la asistencia que en cada momento pueda necesitar, ya sea material, emocional o moral, llena de satisfacción y alegría a los padres, aunque sea un deber ocasionado por la responsabilidad recibida. La madurez psicológica se muestra ante la conciencia del deber adquirido, y siendo honesto y coherente con uno mismo, proporcionando a la descendencia el equilibrio y seguridad que les proporcionará una auténtica relación afectiva.

El amor de una madre es un amor sincero que perdura a lo largo del tiempo; es sacrificado, pues siempre antepone las necesidades del hijo a las propias; es perenne y se manifiesta en la forma de relacionarse con sus retoños, pues su compromiso le lleva a ser los brazos que les cobija, les protege, y que sigue sus pasos desde su más tierna edad, hasta incluso cuando tienen que marchar del hogar para seguir su camino.

“Como Dios no podía estar en todas partes, tuvo que inventar a las madres”.

Proverbio judío.

Se debería tener presente que antes de encarnar se desarrolla una planificación, con asistencia de generosos y sabios mentores que nos sugieren, teniendo en cuenta los errores y aciertos en vidas pasadas, los hijos que deberían bajar en un plazo preestablecido a nuestro hogar; reencuentro beneficioso espiritualmente para todos los que integran el núcleo familiar. Pero en ocasiones, algunas mujeres, estando en la Tierra se olvidan de los compromisos y responsabilidades contraídas, decidiendo poner obstáculos y limitaciones a la maternidad.

La renuncia personal a la maternidad es en muchas ocasiones un obstáculo espiritual a salvar. A lo largo de la vida se le presenta a la mujer la opción entre el amor incondicional, proyectado hacia los demás, o el amor “condicional”, focalizado en torno a la vida profesional y personal, circunstancia que les lleva, en ocasiones, a la renuncia de los hijos.

En muchas situaciones son la precariedad laboral y la necesidad económica las que actúan como elementos disuasorios. Hoy en día, en esta sociedad desarrollada pero materializada, consumista y egoísta, es donde surgen mujeres que simplemente quieren una vida agradable, donde la libertad e  independencia sin ningún tipo de ataduras están arriba en su lista de prioridades. Mujeres que piensan que su tiempo no lo quieren emplear en hijos y en las dificultades que eso conlleva, sino en disfrutar de compañía de amigos, de su pareja; en viajar, en hobbies

Otra aspecto que también se presenta en la sociedad hoy en día, generando grandes dificultades, es ese movimiento feminista radical que ha eclosionado de forma espectacular en poco tiempo, en el que se pretende masculinizar a la mujer. Movimiento guiado por numerosos orientadores del feminismo, los cuales engañan y confunden a las mujeres en cuanto a sus obligaciones en el seno de la colectividad, creando una rivalidad ficticia entre hombres y mujeres que destruye el buen entendimiento que debe existir entre ambos sexos, necesario para que la sociedad crezca en oportunidades para todos, desarrollando cada uno el papel que le corresponde; convivencia solidaria y no excluyente.

Otra cuestión importante es el problema del aborto. Esta es una práctica que hoy es largamente aceptada en muchos países, con respaldo de la ley. La mayoría de las mujeres que lo hacen no son conscientes de su significado real. Por lo que una mujer que se queda embarazada, y no entra en sus planes tener un hijo o tiene grandes dificultades para criarlo, hacen uso del aborto, sin ser conscientes de las repercusiones psicológicas y espirituales que en el futuro tendrán. Es un acto terrible porque se deshace de él; y lo realiza la persona en la que más debe confiar, su madre.

El aborto jamás resuelve o suprime los errores cometidos por imprevisión, puesto que da lugar al  crimen del niño por nacer, que agrava el proceso evolutivo de aquel que lo comete.

En el Libro de los Espíritus podemos leer en estas dos preguntas:

  1. El aborto provocado ¿constituye un crimen, sea cual fuere el grado de desarrollo del proceso de gestación?

 – Siempre hay crimen, desde que trasgredís la ley de Dios. La madre, o cualquier otra persona, cometerán en todos los casos un crimen al quitar la vida al niño antes de su nacimiento, porque ello equivale a impedir al alma que afronte las pruebas cuyo instrumento debía ser el cuerpo.

  1. En los casos en que la vida de la madre corre peligro si el niño nace, ¿es un crimen sacrificar a este último para salvar a aquélla?

  – Resulta preferible sacrificar al ser que no existe y no al ser que existe

El médico, ante el dilema de salvar a la madre en peligro de muerte o al hijo no nacido, debe decantarse por mantener a la madre con vida,  porque en el caso de tener ya hijos, éstos no se quedan huérfanos, y en el caso de querer tener más hijos, puede darse el caso de que repita con la misma madre. Además, la madre podrá cumplir con los compromisos que trajo al encarnar. Siempre se tiene que optar por la vida que existe antes que por la que no ha comenzado.

Seguiremos analizando la importancia de ser madre en el próximo artículo.

Ser Madre por: Gloria Quel

© 2019 Amor, Paz y Caridad.

Continua en el artículo: Ejemplo de madre

NOS HIZO HOMBRE Y MUJER II

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Dios nos hizo hombre y mujer II
Viene de: Nos hizo hombre y mujer

Siguiendo con el tema del artículo del mes pasado, “Nos hizo Hombre y Mujer”, continuamos analizando la sabiduría con la que fuimos creados y las razones por las que nos diferenció en masculino y femenino.

 A nivel psicológico, cada sexo tiene características distintas, como pueden ser:

En los hombres: Protectores, familiares, son más racionales, ocultan sus emociones, prácticos, más orientados hacia la acción, autosuficientes…

En las mujeres: Más intuitivas, más realistas, expresan sus emociones, soportan mejor el dolor y el sufrimiento, son más reflexivas, tienen una mejor memoria emocional, son detallistas…

María Dolores Vila-Coro (Licenciada en Filosofía y doctora en Derecho)  afirma: “… el varón y la mujer se complementan y constituyen una unidad de orden superior: la pareja. Cada uno de ambos miembros genera una energía que, cuando es armónica, cuando está orientada en un mismo sentido, se potencia. Complementariedad significa emprender una tarea común, inseparablemente fundidos en un solo proyecto, en el cual ninguno es propiamente sin el otro”.

El intercambio se expresa en las múltiples situaciones que se presentan a lo largo de la vida, en una variedad enriquecedora de relaciones interpersonales, como las de la maternidad, la paternidad, la fraternidad, la amistad, y tantas otras que afectan a nivel interno en cada individuo.  Sin olvidar que cada una de las personas de diferente sexo tiene algo en particular que aportar a la vida social, ya que la sociedad progresa con la unión de ambos sexos.

Casi desde el principio de los tiempos hasta la edad contemporánea, la organización de las distintas sociedades siempre ha sido el patriarcado o hegemonía masculina el que se ha impuesto. Es decir, desde siempre el hombre ha utilizado su fuerza para tener el poder y el dominio de la comunidad. Dos sociedades patriarcales por excelencia en el mundo antiguo son la griega y la romana.

Platón, en su obra Timeo, ya describía el valor que se le atribuía a la mujer en aquella época. “Entre los hombres, que recibieron la existencia, los que fueron cobardes y pasaron su vida en la injusticia, fueron, según todas las probabilidades, metamorfoseados en mujeres en su segundo nacimiento”.

En las religiones también encontramos el patriarcado como forma de organización. Sin embargo, en todas las épocas ha habido mujeres que han sabido manifestar unas cualidades que el hombre difícilmente era capaz, como por ejemplo, el sentimiento de amor y de renuncia que las sustentan y las mueve para servir a los demás.

El catolicismo tampoco se libra del papel secundario que le ha otorgado históricamente a la mujer, destacando su rol de ama de casa y de sus deberes de sumisión en relación al hombre, sin darse cuenta de que ese papel aparentemente secundario es el más importante, pues ellas son las que se encargan del cuidado del hogar y de las personas más vulnerables.

No obstante, el modo de actuar de Cristo, tanto por sus obras como por sus palabras, demuestra el respeto que les tiene, pues las considera iguales y corrige con sus actos a los que ofenden la dignidad de la mujer. Jesús de Nazaret trata a la mujer como mujer. Ni privilegia su trato ni lo rechaza. Ve en ella el destello generoso del amor del Padre; está llamada a la alta vocación de madre, de esposa, de hija. Cristo muestra a todos los hombres un excelente ejemplo del trato que merece la mujer; su amabilidad, su respeto, su delicadeza, su prudencia, su amor desinteresado; el comportamiento idóneo que el hombre debe adoptar con la mujer.

El Papa Francisco declara: “Pensemos un poco en lo que acontecería si no hubiese religiosas en los hospitales, en las misiones, o en las escuelas”.

En el protestantismo, aunque la mujer seguía teniendo esa imagen devaluada, propia de la época, no se asustó ante las discriminaciones y persecuciones que sufría, y siempre tuvieron y mantuvieron un lugar destacado dentro de la Reforma, en su papel social.

Por otro lado, mejor que cualquier otra religión o doctrina filosófica, el Espiritismo puede y debe restablecer a la mujer en el lugar que le corresponde, porque nos prueba que el alma, en lo que piensa y siente, no tiene sexo, y que, por tanto, desde el punto de vista espiritual, el hombre y la mujer son iguales.

Pero el hecho es que varón y mujer sienten el mundo de forma diferente, resuelven las tareas de manera dispar; piensan y reaccionan de forma distinta, esto es fácilmente observable. El hombre y la mujer se complementan en su correspondiente y específica naturaleza corporal, psíquica y espiritual. Ambos poseen valiosas cualidades que les son inherentes, y cada uno en su propio espacio es donde pueden sacar lo mejor de sí mismos. En el punto de vista de la acción social, son equivalentes e inseparables

Por lo tanto, la mujer fue creada para ser la parte del sentimiento, del binomio hombre-mujer. Se mueve guiada por el sentimiento, como recordaba ya hace algún tiempo José María Pemán, «el amor es en la mujer como la expresión total de su ser y el ejercicio fundamental de su vida […]. La mujer es, por definición, una “criatura de amor”.»

Sin embargo, hoy día, y como consecuencia de la confusión social y la alteración de valores, se pretende que deje su valioso papel en la sociedad para adoptar el rol masculino, creyendo que así se igualan. Se trata inicialmente de una reivindicación legítima de igualdad de derechos, de respeto y valoración social de sus aptitudes, pero llevado al extremo pretenden eliminar todos los roles e igualarse con los hombres. Aspiraciones que nunca deberían convertirse en un anhelo de igualdad ciega al varón: asumiendo muchas veces un comportamiento que, si lo hacen ellos es rechazable, pero si lo asumen las mujeres, se convierte en una forma de obrar aceptable, convirtiéndose en copias idénticas de las actitudes machistas. Esta manera de actuar y de ver las cosas bajo ningún concepto podría considerarse como una victoria sino más bien un perjuicio para la mujer, otra forma de perder la identidad y los valores inherentes a ellas.

Resumiendo, el principal trabajo de la mujer es ser madre, y esta condición natural deriva en ser EDUCADORA. Ella es la que da la vida, es la que enseña las primeras nociones de vida al nuevo ser. Su capacidad para sentir, comprender, tolerar, perdonar y amar le ayuda a mantener unida a la familia y enseñar, sobre todo con el ejemplo, los valores morales que enriquecen a la sociedad. El mundo de la mujer equilibrada es más íntimo, sereno, donde la paz y la calma la envuelven; actitud que si se trasladara a la sociedad se convertiría en un lugar donde la vida sería más agradable.

Hay que dar sentido al hecho de nacer mujer, desarrollar todos los valores y características que trae, allá donde pueda encontrarse, tanto si es una ejecutiva como una ama de casa. Todas han nacido con el compromiso de aportar algo muy importante; de ser el faro que conduce a la familia por el sendero de los valores morales.

Bajando al plano físico nos sumergimos en la escuela donde trabajamos para corregir el pasado que hemos vivido incorrectamente, repitiendo las lecciones necesarias para nuestro reajuste espiritual, donde tenemos que aprovechar la oportunidad que se nos ofrece para nuestro beneficio. Toda conquista del espíritu exige esfuerzo, lucha, perseverancia, trabajo, y siempre sufrimiento… Toda virtud exige siempre un precio para conquistarla.

Si el espíritu encarna como mujer, sabemos que el trabajo se fundamenta en el amor, el cuidado y la protección; en conservar los valores íntimos, en sus actuaciones con prudencia y realismo; en sus deberes de hermana, hija, compañera y madre.

En una ocasión le preguntaron a la Madre Teresa: ¿Por qué nos hizo Dios a unos hombres y a otras mujeres?

“No entiendo por qué algunas personas dicen que la mujer y el hombre son exactamente lo mismo y niegan las bellas diferencias entre hombres y mujeres. Todos los dones de Dios son buenos, pero no todos son iguales… Dios ha creado cada uno de nosotros, cada ser humano, para cosas muy grandes, para amar y para ser amado. Pero ¿por qué Dios nos hizo a algunos hombres y a otras mujeres? Porque el amor de la mujer es una imagen del amor de Dios. Y el amor del hombre es otra imagen del amor de Dios. Ambos son creados para amar, pero cada uno de una manera diferente. Mujer y hombre se completan mutuamente, y juntos muestran el amor de Dios más plenamente que cualquiera de los dos puede hacerlo solo”.  (Madre Teresa de Calcuta).

Nos hizo hombre y mujer II por: Gloria Quel

© 2019 Amor, Paz y Caridad.

NOS HIZO HOMBRE Y MUJER…

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Nos hizo hombre y mujer...

Nos hizo hombre y mujer…

Este mes empezamos una nueva sección en la que repasaremos cuál es el papel de la mujer en sus diversas vertientes dentro de la sociedad. En estos tiempos tan convulsos es fácil confundir la verdadera función de la mujer dentro del engranaje social en el que hoy nos encontramos. Empezaremos reflexionando por qué eligió únicamente dos sexos para crear la humanidad. ¿Por qué Dios ha hecho al ser humano como varón y mujer?

…Y Dios vio que era buena toda la creación realizada por Él, creando al hombre para que mandara sobre ella, y creó al hombre a su imagen, y los creó macho y hembra. Dios formó, pues, al hombre del lodo de la tierra y a la mujer de una costilla del hombre (Gn.1:26-27).

La mujer formada de una costilla de Adán es una alegoría, aparentemente pueril si se la toma al pie de la letra, aunque profunda en cuanto al sentido. Tiene por finalidad mostrar que la mujer es de la misma naturaleza que el hombre y, por consiguiente, es igual a este ante Dios, y no una criatura aparte, hecha para ser sojuzgada y tratada como un ilota. Al considerarla salida de la propia carne del hombre, la imagen de igualdad es más significativa que si hubiera sido formada por separado del mismo lodo. Equivale a decirle al hombre que ella es su igual y no su esclava, que él debe amarla como a una parte de sí mismo (La Génesis, Cap. XII, ítem 11).

Desde el principio de la creación Dios formó dos humanos iguales pero distintos. ¿Y por qué quiso Dios que el ser humano se expresase de dos modos distintos y complementarios? Para que se apoyaran en sus características diferentes. Esto significa que, aunque el comportamiento de ambos pueda ser igual, la forma de entender la vida es distinta, por lo que se complementan y la mujer ayuda al hombre en sus carencias, al igual que el hombre ayuda a la mujer en las suyas. Por lo cual están destinados a vivir el uno para el otro, solidariamente. Tienen la misma naturaleza, pero la manifiestan de modos distintos y recíprocos.

En el Libro de los Espíritus podemos leer:

  1. ¿Tienen sexo los Espíritus?

 – No, en el sentido en que vosotros lo entendéis, por cuanto los sexos dependen del organismo. Hay entre ellos amor y simpatía, pero basados en la afinidad de sentimientos.

La sexualidad humana, en cambio, significa una indudable predisposición hacia el otro. Y se manifiesta en las relaciones que se establecen entre los hombres y mujeres, dando sentido a la vida del ser humano. Hemos sido creados para dar y recibir Amor. Y ese amor también difiere en la forma en que se da: el varón se muestra hacia el exterior, hacia fuera, siendo su mundo el social, mientras que la mujer se descubre a los demás hacia dentro, siendo su mundo el familiar, por lo que es mucho más profundo y se basa en la aceptación. Por lo tanto, la manera femenina de darse es diferente a la del varón y a la vez complementaria, pues cobija al varón en su amor.

822. Dado que los hombres son iguales ante la ley de Dios, ¿deben serlo también ante la ley de los hombres? (Libro de los Espíritus).

“Es el primer principio de la justicia: no hagáis a los otros lo que no querríais que os hicieran”.

[822a]   – Según esto, para que una legislación sea perfectamente justa, ¿debe consagrar la igualdad de derechos del hombre y la mujer?

“De derechos, sí. De funciones, no. Es necesario que cada uno tenga un lugar determinado. Ocúpese el hombre de lo exterior y la mujer de lo interior, cada cual según sus aptitudes. La ley humana, para ser equitativa, debe consagrar la igualdad de derechos del hombre y la mujer. Todo privilegio concedido a uno solamente, es contrario a la justicia. La emancipación de la mujer es acorde al progreso de la civilización.  Su esclavitud va a la par de la barbarie. Por otra parte, los sexos solo existen en la organización física. Dado que los Espíritus pueden adoptar uno u otro sexo, no hay diferencia entre ellos en ese aspecto y, por consiguiente, deben gozar de los mismos derechos”.

  1. Cuando se es Espíritu ¿se prefiere encarnar en el cuerpo de un hombre o en el de una mujer? (Libro de los Espíritus).

 – Esto importa poco al Espíritu. Depende de las pruebas por las que tenga que pasar.

Los Espíritus encarnan en hombres o mujeres, pues no poseen sexo. Como deben progresar en todos sentidos, cada sexo, así como cada posición social, les ofrece pruebas y deberes particulares y la ocasión de cosechar experiencias. El que hubiera sido siempre hombre solo sabría lo que saben los hombres.

Sabemos que los espíritus no tienen sexo, Dios los crea sencillos e ignorantes, y para llegar a ser perfectos tienen que progresar en todo, por lo que encarnar en uno u otro género les permite pasar por pruebas y deberes que son concretos y particulares de cada sexo. Todo ello les ayuda a perfeccionarse y esto se consigue con la asimilación de las pruebas que se van viviendo en las sucesivas encarnaciones; creados con las mismas cualidades para trabajar, aprender, estudiar, desarrollar, perfeccionarse y progresar tanto en inteligencia como en sentimientos. Puesto que si siempre se naciera en un sexo de los dos, se desconocería toda la riqueza de experiencias y sabiduría que podría proporcionar el otro sexo. Esto supondría no llegar nunca a la perfección.

Desde el principio de los tiempos, el hombre necesitó desarrollar la fuerza y el vigor para dominar el ambiente hostil que le rodeaba, por lo que tuvo que desarrollar la inteligencia para poder sacar los recursos necesarios que le permitieran sobrevivir y, en consecuencia, mantener y proteger a los suyos. El desarrollo de la inteligencia colaboró en el surgimiento de la razón, y esta es la que siempre nos acompañará para distinguir lo que está bien de lo que está mal.

Las diferencias sexuales comprenden puntos fuertes y débiles que se han manifestado de diversas formas a lo largo de la Historia. La superioridad de la fuerza física ha provocado con frecuencia la prepotencia del varón y la infravaloración de la mujer.

Durante las primeras encarnaciones como mujer vive las experiencias iniciales teniendo una materia para albergar la creación de la vida; con el instinto de conservación que le proporciona la maternidad evita que la nueva vida que trae al mundo se frustre, lo que le permite ir desarrollando en su interior el sentimiento del amor y todos los valores que conlleva: fortaleza, ternura, comprensión, intuición… Por tanto, el encarnar como mujer la predispone al desarrollo de determinadas cualidades relacionadas con la generación de vida, de protección y conservación; le permite crecer a través del sentimiento.

En el Libro de los Espíritus encontramos respuesta a las diferencias existentes entre hombre y mujer.

  1. ¿Con qué objetivo la mujer es físicamente más débil que el hombre?

“Para asignarle funciones particulares. El hombre es para los trabajos rudos, porque es más fuerte. La mujer, para los trabajos delicados. Y ambos lo son para ayudarse mutuamente a superar las pruebas de una vida llena de amarguras”.

También en las obras de Chico Xavier nos encontramos con lo siguiente:

“…sabemos que la feminidad y la masculinidad constituyen características de las almas acentuadamente pasivas o francamente activas. Comprendemos, de esta manera, que en la variación de nuestras experiencias, adquirimos, gradualmente, cualidades divinas, como son la voluntad y la ternura, la fortaleza y la humildad, el poder y la delicadeza, la inteligencia y el sentimiento, la iniciativa y la intuición, la sabiduría y el amor, hasta que logremos el supremo equilibrio en Dios”. (En el Mundo Mayor, André Luiz, Francisco Cândido Xavier, Capítulo 11: Sexo).

El ir desarrollando todos esos valores marca la diferencia entre la sexualidad del hombre y de la mujer, pero no solo en el plano físico, sino sobre todo en el psicológico, capacitándolos de forma especial para la ejecución de variados trabajos en la vida familiar y social que los condiciona por lo que son; de manifestarse, de comunicarse con los que le rodean, de sentir y vivir el amor. Si fueran iguales en todo perderían su singularidad y el verdadero sentido complementario de uno para con el otro.

 El mes que viene seguiremos analizando este tema de permanente actualidad.

Nos hizo hombre y mujer…por: Gloria Quel

© 2019 Amor, Paz y Caridad

 

Continua en: Nos hizo hombre y mujer II

 

LA PERSEVERANCIA AYUDA AL COMPROMISO

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La perseverancia ayuda al compromiso

La perseverancia ayuda al compromiso

Vivimos con un importante déficit de sentido del rumbo y de coherencia sobre cuáles son las prioridades en la vida diaria. Pongamos un ejemplo: esta sociedad de consumo en la que vivimos inmersos alienta a usar y tirar aquello que no resulta útil; las modas evolucionan rápidamente a fin de propiciar un mayor consumo y estar, así, sustituyendo continuamente aquellas cosas que ya se posee. Apenas se reflexiona respecto a las razones para dicho cambio, simplemente se hace por continuar la dinámica marcada por las modas transitorias. Se cae, una y otra vez, en la trampa de la publicidad, sin que se determine si resulta, o no, necesario. Es fácil dejarse arrastrar cuando faltan los objetivos trascendentes de la vida. Evidentemente, resulta preferible recibirlo todo ya realizado, volverse permeable a los atractivos externos sin filtrarlos. El pensamiento voluble es el detonante para estar modificando las metas y esto es observable a través de un deseo de inmediatez y escaso esfuerzo.

En el otro extremo de la balanza nos encontramos con la perseverancia, que  es el aliento o la fuerza interior que permite marcarse objetivos edificantes, sin dejarse arrastrar, y llevar a término las cosas que se acometen. Da la capacidad necesaria para mantener el entusiasmo indispensable para conseguir, al fin, alcanzarlos. Esta energía permite superar cualquier barrera u obstáculo que se presente, como pueden ser las dificultades, desánimo, desilusión y el deseo de abandonar el propósito de conseguir los objetivos, cuando estos de forma natural se complican.

La perseverancia es una herramienta muy útil que ayuda a mantener la atención en lo que se quiere conseguir, aunque el avance no sea fácil. En la vida se cae innumerables veces, pero la constancia por mejorar hace que se aprenda de las caídas y reiteremos tantas veces como se necesite para conseguir las metas propuestas. Todo cambio de hábito, sobre todo aquel que está más enraizado y que supone un obstáculo, requiere de un trabajo riguroso, tenaz, en donde los sacrificios personales se hacen imprescindibles para proseguir en la tarea.

“Muchos quieren aquello que tú tienes, pero van a desistir en cuanto sepan el precio que tuviste que pagar”.

Diremos que la perseverancia es continuar siempre adelante, es dedicar tiempo y esfuerzos a las metas propuestas, una vez que se he emprendido la marcha y puesto en acción todos los medios disponibles. No obstante en ese empeño, siempre aparecerán límites que busquen bloquear toda acción; provocados, generalmente, por el miedo o la inseguridad del propio individuo, por sus miedos a no alcanzar el objetivo marcado. No obstante, superando esas limitaciones y viéndolo desde otro ángulo diferente, otro ángulo más positivo, ese miedo disminuirá o llegará a desaparecer. Como bien decía el Maestro Jesús de Nazareth: “La fe mueve montañas”; las montañas de las limitaciones personales, de los pensamientos que lastran toda obra edificante, de aquella obra relevante y significativa que requiere un dilatado esfuerzo.

Es también una capacidad basada en una decisión personal. Por lo tanto, cualquiera que se fije un objetivo superior y luche para conseguirlo tendrá lo necesario para alcanzar el éxito. Pero no siempre es así, pues no todos traen la cualidad de la constancia desarrollada, por lo cual hay que ir adquiriéndola, y eso se consigue ante todo teniendo una actitud positiva y decidida, motor que ayudará a poseer más posibilidades de éxito en todo aquello que uno se proponga.

“El Padre da ciento por uno”; pero ese “uno” hay que ponerlo. O también podemos verlo reflejado en esta otra máxima: “Ayúdate y el Cielo te ayudará”. ¡Cuántos de nosotros desearíamos conseguir resultados sin poner apenas nada de nuestra parte! Sin embargo, esto es imposible. Si observamos las dos máximas anteriores, comprenderemos que hace falta poner la voluntad al servicio de la causa que se persigue; apenas nos piden un esfuerzo, un trabajo para que se vea recompensado por la ayuda espiritual venida de lo Alto.

La perseverancia también potencia el coraje, que es esa fuerza interna que motiva a seguir adelante con los objetivos cuando se complican las circunstancias y no corre el viento a favor… Es un atributo que se va desarrollando a través de cada prueba, incluso de cada equivocación que vivimos a lo largo de la existencia material. Desarrolla la energía interior, la inteligencia, puesto que nos obliga a discernir y tomar decisiones entre escoger lo fácil y cómodo o aquello otro que quizás sea un poco más complicado, aunque prioritario, y que puede suponer un esfuerzo.

Por lo tanto, cuando se está en la línea correcta, no puede existir espacio para la queja; los problemas se han de observar como oportunidades, y la confianza en Dios ha de ser constante y permanente.

Venimos al mundo para aprender, rescatar deudas del pasado y reeducarnos en aquello que fallamos o no tuvimos la suficiente voluntad en otras existencias. Este es un hecho que no podemos ignorar. Desde el momento en que nacemos traemos un programa, un proyecto espiritual a desarrollar; interiormente lo conocemos y así nos comprometimos, lo que ocurre es que, cuando tomamos contacto con la materia, hacemos caso omiso, nos dejamos arrastrar por nuestras tendencias del pasado, y esa convicción interior, esa voz de la conciencia, la acallamos con distracciones o con argumentos en contra de las realizaciones edificantes.

Son aquellas cosas que nos decimos a nosotros mismos, culpabilizando a la sociedad, al entorno o a las circunstancias, delegando o posponiendo para un mañana mejor. Como si ese mañana no dependiera de los esfuerzos actuales, sino más bien del azar o de lo que construyan o trabajen otros. ¡Ilusión y verdadera utopía! Olvidamos que los auténticos cambios parten de uno mismo; o dicho de otro modo, las tareas que nos competen son intransferibles, cada quien ha de cumplir con su parte si desea alcanzar la plenitud y la felicidad.

Por lo tanto, una persona perseverante, que tiene claro cuáles son sus objetivos, no teme al fracaso. Sabe que cualquier intento errado es sólo un tropezón en el camino y una nueva lección que aprender. Además, la lucha contra su inferioridad se gana cuando no se desiste, porque las metas al final se conquistan si se permanece y se pone voluntad en ello. La capacidad de lucha resulta muy útil cuando se trata de defender principios o resistir adversidades.

“La tentación de rendirse será mucho más fuerte justo antes de la victoria”.

Lo opuesto a la perseverancia es la pereza, esa debilidad que disminuye la atención y atenúa la voluntad. La falta de motivación hace indolentes ante el trabajo a las personas que viven inmersas en este hábito negativo; es hermana de la dejadez, la apatía, la flojedad, la pasividad, el desinterés, factores que les impiden incluso ponerse metas, por pequeñas que sean, pues todo lo dejan para mañana. Les empujan a buscar siempre lo fácil y tomar atajos en cuanto pueden, haciéndoles perder el interés con facilidad; ante la más mínima dificultad, abandonan.

La falsa perseverancia se puede presentar con otras caras no tan positivas, como puede ser la obstinación, cuando nos empeñamos en transitar por caminos que no conducen a nada positivo y que incluso pueden llegar a ser perjudiciales. Esa ceguera, producto muchas veces del orgullo y del egoísmo, impide tomar el rumbo correcto, perdiendo un tiempo precioso, e incluso, en casos más extremos, provocar el fracaso de los objetivos. Es la carencia de humildad la que impide escuchar otras opiniones, otros puntos de vista, demostrando también una falta de flexibilidad para variar el rumbo si fuese necesario. Por lo que podríamos decir que la terquedad es sorda.

La perseverancia es una virtud a cuya merced todas las demás virtudes dan fruto. (A. Graf)

Todos venimos a la Tierra con un proyecto de vida a desarrollar, y no todos somos conscientes de ello; pero cuando encontramos el camino, cuando conseguimos encontrar el sentido de la vida, es cuando verdaderamente ponemos todos nuestros recursos internos en marcha. Tanto los pensamientos como los sentimientos los dirigimos para conseguir los objetivos propuestos.

“…la índole de una empresa es evaluada por la profundidad de su contenido, por el bien que esparce y por la firmeza con que soporta todas las fuerzas opositoras…”. (Joanna de Ângelis)

Resulta conveniente mantener una actitud de cambio, sentir que si se propone, pronto aparecerá la capacidad y los recursos para conseguir el cambio, la mejora personal. Si las intenciones son sinceras y encaminadas hacia el progreso íntimo, aparecerá, entonces, la ayuda de ese ángel cautelar que siempre acompaña a todo individuo, y que no es otro que el guía espiritual, aquel que marcará el rumbo y los pasos a dar. Nadie mejor que él conoce nuestro pasado y los compromisos adoptados antes de encarnar.

 “Si se siembra la semilla con fe y se cuida con perseverancia, sólo será cuestión de tiempo  recoger sus frutos”. Thomas Carlyle

La perseverancia ayuda al compromiso por:  Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2019

LA SENCILLEZ GANA CORAZONES

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La sencillez gana corazones

La cultura de hoy nos quiere hacer creer que valemos en función de lo que tenemos, porque somos influencers, porque nuestra posición social nos capacita para sobresalir, o porque tenemos mucho dinero. Pero precisamente toda esa cultura o corriente es el síntoma del gran vacío interior que marca el desarrollo de nuestra sociedad. El tener es lo que hace que destaques en la sociedad, independientemente de cómo se es.

Las pruebas de la vida nos pueden colocar en una tesitura de llegar a creernos importantes por tener una determinada posición social, o por vivir en una situación económica muy desahogada, o quizás porque formamos parte de ese grupo de personas, cada vez más numerosas, cuya opinión o forma de vida, reflejada en las redes sociales, crean tendencias… Esta coyuntura, así como la necesidad de exhibirse, puede provocar la pérdida de espontaneidad y naturalidad, cayendo en la tentación de ofrecer una imagen que no se corresponde con la realidad, tomando protagonismo la soberbia, la vanidad, la fútil apariencia. Esta forma de ver las cosas y de comportarse artificialmente suele provocar rechazo más que atracción.

Epicteto, en su manual de vida, dice: «Los siguientes razonamientos no se condicen: «Soy más rico que tú, por lo tanto soy mejor»; «soy más elocuente que tú, por lo tanto soy mejor». Lo que se condice es más bien lo siguiente: «Soy más rico que tú, por lo tanto mis propiedades son mayores que las tuyas»; «soy más elocuente que tú, por lo tanto mi estilo es mejor que el tuyo». Sin embargo, después de todo, tú no eres ni una propiedad ni un estilo».

Lo que significa que nos proyectamos en lo que tenemos; mientras más tenemos más nos creemos que somos, y de esta forma alimentamos los defectos del orgullo, vanidad, arrogancia… cuando sabemos que todo lo que nos rodea y de lo que disponemos nos lo facilita el plano superior, como una prueba y responsabilidad, para poder cumplir con los compromisos que firmamos antes de encarnar. Algo efímero y que podemos perder en cualquier momento.

El ser humano está provisto de inteligencia, valores y cualidades. Entonces ¿para qué estar viviendo siempre comparándonos, o lo que es peor, compitiendo con los demás? Situación ésta que lo único que nos produce es tensión, amargura, volviéndonos artificiales y desconfiados.

Donde tenemos que poner la atención y es lo verdaderamente importante es en nuestro progreso interno, en aquello que merece la pena y nos ayuda a crecer espiritualmente.  Si depositamos la confianza en el Creador, en sus leyes sabias y justas, aceptaremos de buen grado todas aquellas experiencias que hasta nosotros vengan. La naturalidad y la sencillez son dos maravillosas virtudes humanas que hacen al hombre capaz de llegar al corazón del que tiene al lado, ya que se muestra muy respetuoso consigo mismo y con los demás. Se acepta y, por lo tanto, acepta a los demás tal y como son.

La persona sencilla es espontánea, sin adornos ni artificios; no necesita exhibir su estatus social ni tampoco una apariencia de virtudes que no posee, porque su comportamiento hacia los demás surge de forma natural y de una manera clara.

Son personas fundamentalmente amables y asequibles, muy cercanas, que contagian su alegría con su actitud positiva ante la vida. También son personas poco susceptibles, que no le dan demasiada importancia a las posibles ofensas o injusticias cometidas por los demás. Igualmente, saben levantarse ante las caídas que sufren, bien sean provocadas por otros, sabiendo perdonar, o las propias, causadas por sus limitaciones, buscando la manera de resolverlas. En su pensamiento reflexivo procura buscar antes los ‘para qué’ que los ‘porqués’ de las situaciones. Por encima de todo, teniendo la confianza en el Creador y en sus leyes sabias y justas, comprende que los errores, así como las experiencias, preparan un futuro mejor lleno de sabiduría y de paz.

La sencillez de corazón, en definitiva, nos muestra el camino, quiénes somos y lo que podemos llegar a alcanzar.

Una mente sencilla sabe expresarse con naturalidad, no necesita poner ningún adorno a sus conocimientos pues no necesita demostrar nada; tiene confianza en sí mismo y en sus capacidades, y por tanto se expresa de forma clara y elocuente, sin aderezos innecesarios, sin pretender mostrar una cultura que quizás no tenga ni exhibir la clase social a la que pertenece; con moderación y mesura en el uso de la palabra para evitar molestar con quien conversa, siendo su lenguaje adecuado al interlocutor que tiene delante. La sencillez hace que manifestemos lo que pensamos de forma espontánea y directa. El pensamiento al que antes nos referimos, el que no se adereza ni se enmaraña, sino que consigue ver la realidad con una mirada objetiva y clara, es el pensamiento al que generalmente llamamos “sentido común”.

Así mismo, la sencillez mental facilita la comprensión cuando hay que mirar bajo otro prisma nuestra manera de ver las cosas. Esta cualidad hace más tolerantes a las personas, al comprobar que nadie tiene la verdad absoluta; este es un axioma que abre las puertas a los demás, aceptando y comprendiendo mejor la diversidad, evitando discusiones estériles, o tratando de imponer un criterio sobre otras formas de entender los desafíos o los problemas de la vida.


“En carácter, en comportamiento, en estilo, en todas las cosas, la suprema excelencia es la sencillez”.

(Henry W. Longfellow)

Sencillez es limpieza interior, espontaneidad; evita la especulación o el ser calculadores en nuestros actos. Da lugar a la naturalidad, a tener una conducta sincera que da confianza cuando se relaciona con los demás. Otra de las características que marcan su forma de ser es la igualdad que da tanto a las personas poderosas como a las personas más humildes. No cambia su forma de actuar ni de tratar a los demás, en función de quien tenga delante. Se alegra por los triunfos de los otros, de sus logros, y se compadece de corazón por las tristezas que puedan sentir. La solidaridad, el altruismo, el desinterés… son intrínsecos en ellos.

La pureza de corazón es inseparable de la sencillez y de la humildad, excluye todo pensamiento de egoísmo y orgullo; por esto Jesús toma la infancia como emblema de esa pureza, como la tomó también por el de la humildad.

(Cap. 8, Ítem 3, El Evangelio según el Espiritismo)

Es la virtud característica de los niños, que se presentan sin especulaciones y tal como son, espontáneos. No tienen filtros para decir lo que piensan y sienten, se manifiestan con la naturalidad propia de la inocencia, de la buena fe y de la ingenuidad, de quien no ha sido manipulado todavía.

La persona sencilla no se realza ni menosprecia a nadie; aprecia a las personas por lo que son, lo cual permite que surja la amistad sincera y generosa desarrollando conversaciones amables y constructivas. Todo lo que tiene lo pone a disposición de los demás.

La sencillez es hermana de la humildad, por cuanto el orgulloso tiene dificultades para ser sencillo, porque es una cualidad que ahoga en cierto modo a su ego y la necesidad de darse importancia; no le deja exhibirse ni hacerse tanto de notar; puede simularla, pero al final siempre se descubre su petulancia.

Conseguir la virtud de la sencillez nos ayuda a superar el deseo excesivo de sentirnos admirados por lo que representamos exteriormente. Nos impulsa a florecer todos los valores que llevamos en nuestro interior, conseguidos a lo largo de cientos de años durante nuestras diversas encarnaciones anteriores. Lo que verdaderamente cuenta es conseguir ser esa persona sencilla que va ganando los corazones de sus semejantes.

La sencillez gana corazones por:Gloria Quel

   © Amor, Paz y Caridad, 2019

LA GRATITUD FUENTE DE ALEGRÍA

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La gratitud fuente de alegría

En el Libro de los Espíritus podemos leer:

937– Los desengaños que nos hacen experimentar la ingratitud y la fragilidad de los lazos de la amistad, ¿no son también para el hombre de corazón origen de amargura?

Sí; pero nosotros os enseñamos que sintáis lástima por los ingratos y a los amigos infieles, porque serán más desgraciados que vosotros. La ingratitud es hija del egoísmo, y el egoísta  ha de encontrar más tarde corazones insensibles, como él mismo lo fue. Pensad en todos aquellos que realizaron más suma de bien que vosotros, que más que vosotros valieron y a quienes se pagó con el desagradecimiento. Pensad que Jesús mismo en la tierra fue escarnecido y despreciado, tratado de embaucador e impostor, y no os  asombréis que os suceda lo propio. Que el bien que habéis hecho sea vuestra recompensa en el mundo, y no toméis en consideración lo que digan de él, quienes lo recibieron. La ingratitud representa una prueba para vuestra persistencia en realizar el bien. Se os tendrá en cuenta y los que os han negado serán castigados, tanto más, cuanto mayor haya sido su desagradecimiento.

El Libro de los Espíritus

La ingratitud, hija del egoísmo, junto al orgullo y la envidia, forman una nube que impide ver todo lo que el Padre, en su infinito amor, pone a nuestra disposición. Además, olvida o ignora con facilidad las acciones de buena voluntad y de ayuda que se le ofrecen, mostrando no solo indiferencia sino una actitud de autosuficiencia que puede herir la sensibilidad de los demás. Tampoco es capaz de ponerse en el lugar del otro, pues carece de la necesaria empatía. Las expresiones “por favor”, “gracias” o “perdón”, no viven dentro de su vocabulario.

Esta conducta nociva desprecia todo el mérito de las acciones ajenas, ya que demuestra que solo se piensa en las necesidades personales y en uno mismo, sin prestar atención a lo que se recibe, incapaces de ser agradecidos ante un acto solidario, un buen consejo o una corrección fraterna que puedan recibir. Es más, no solo no aprecian lo que se hace por ellos, sino todo lo contrario, pueden llegar a creer que es su derecho.

Esa ingratitud hace incluso olvidar el origen de los parabienes recibidos, sean en forma de sugerencias, colaboraciones o soluciones a conflictos, adueñándose de todo el mérito. El ingrato piensa que merece toda la ayuda recibida.

Además, como somos seres imperfectos, cualquier ofensa o menoscabo que nos pudieran hacer es más fácil que se nos queden grabados a fuego, y que este recuerdo nos influya en el comportamiento hacia aquellos que nos lo infringieron; por el contrario, cualquier acto de ayuda o apoyo que nos puedan brindar nos resulta muy fácil apartarlo de nuestro pensamiento. Por eso Lope de Vega decía: “El bien que se escribe en agua y el mal que se talla en piedra”.

También en la educación queda plasmado en ocasiones el exceso de amor propio que muchos padres llevan en su interior. Educan a sus hijos con un exceso de premios, de alabanzas, sin poner en valor aquello que reciben los pequeños o jóvenes, a veces ganado con mucho esfuerzo. Les inculcan erróneamente que todo lo que se les brinda es un derecho natural, y que les corresponde por ser quienes son, eliminando toda posibilidad de valorización y agradecimiento.

Estas actitudes de desapego, queja, indiferencia, altanería… muestran un espíritu con poco amor que dar. Consiguen que cada vez su corazón se vaya helando, creando una barrera infranqueable hacia los demás. Pero el transcurrir del tiempo y la experiencia le irán mostrando que ese no es el camino, y esa barrera que levantó tendrá que ir derrumbándola poco a poco.

Así irá apareciendo la gratitud, que es un sentimiento que no nace de repente, requiere un trabajo interior diario; será la consecuencia del desarrollo de un conjunto de valores éticos que rigen nuestros comportamientos, que nos enseñan a discernir el bien del mal.

La gratitud carga de sentido a los verbos dar y recibir.

El diccionario define agradecer como el sentimiento de estima y reconocimiento que una persona tiene hacia quien le ha hecho un favor o prestado un servicio, por el cual desea corresponderle. Y esa gratitud la podemos manifestar tanto a las personas como a la Divinidad.

Mientras más desarrollemos esta virtud, más nos acercaremos a cualidades como la alegría, esperanza, bondad, generosidad, indulgencia… por lo tanto, el egoísmo, así como el orgullo, teniendo mucho o poco, irán debilitándose hasta desaparecer.


“La gratitud no solo es la más grande de las virtudes, sino que engendra todas las demás”
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Cicerón

Los seres humanos nos necesitamos los unos de los otros para poder realizarnos como personas. Nos enfrentamos a multitud de pruebas y obstáculos, y en esas vicisitudes generalmente necesitamos apoyarnos en alguien, una mano amiga que nos asista, y en esos actos sientes el valor incalculable de la ayuda prestada de forma desinteresada.

No somos autosuficientes, en absoluto. Precisamos de las relaciones de colaboración mutua, y en ese marco de solidaridad va surgiendo la gratitud, alejando, por el contrario, actitudes de enfrentamiento que tanto daño pueden hacer. Este sentimiento permite también captar lo mejor de la otra persona, valorarla y apoyarla.

El alma agradecida te hace ver las cosas con optimismo, actitud que nos ayuda a mantener y fortalecer las relaciones establecidas y nos estimula para crear otras nuevas que nos enriquecerán igualmente. También impulsa la fuerza del pensamiento positivo, que permite desarrollar la ilusión y la confianza en nosotros y en el porvenir.

También nos desarrolla la capacidad del trabajo, volviéndonos más perceptivos a las necesidades de nuestro prójimo, como por ejemplo, hacernos entender de qué forma podemos honrar a nuestros padres. Esa cualidad hace que, cuando ellos se hagan mayores, no los sintamos como una carga sino como un deber llevado con alegría.

Nos permite entender que las personas que nos aman se han preocupado por nosotros, han hecho sacrificios y esfuerzos para darnos en cada momento lo que necesitábamos, sin pedir nada a cambio, tan solo por la alegría de vernos bien.

Si aprendemos de los que nos aman y llevamos esa enseñanza a la acción, nos volvemos útiles a la sociedad, y si lo hacemos un hábito en nuestro día a día, conseguiremos ser más optimistas, lo que nos llevará a alejar de nosotros el estrés, la ansiedad, la depresión… y conseguiremos el equilibrio necesario para conseguir la alegría y la felicidad.

Todas las pruebas de la vida tienen un porqué y un para qué, en nuestro adelantamiento moral, la mayoría de las cuales fueron programadas antes de nacer y las aceptamos  libremente. Debemos agradecer todo el bien y el mal que nos ocurre. Cuando nos enfrentamos a las dificultades y entendemos que detrás del sufrimiento, del dolor, hay una enseñanza, nos sensibilizamos y nos hacen ser mejores personas, volviéndonos más comprensivos con el sufrimiento ajeno y consiguiendo encontrar, en toda situación mala, lo bueno que tiene.

Es bajo la amarra de la adversidad como surge la causa más profunda que nos enseña a agradecer lo bueno y lo malo que vivimos; es cuando verdaderamente nos acordamos de Aquél que realmente nos puede ayudar, poniéndonos en sus manos y orando para que nos llegue su ayuda.

Porque el verdadero daño que nos podemos hacer es despreciar las oportunidades de crecimiento y no querer ser conscientes de por qué nos ocurre. Seamos dóciles ante las adversidades y no dejemos que la incomprensión o la rebeldía nos vuelva ingratos, pues estas taras no nos dejan ver la realidad y nos vuelven egoístas.

El conocimiento espiritual y la exploración de nuestro interior nos puede ayudar a situarnos mejor en el concierto social que nos ha tocado vivir. Nos necesitamos los unos a los otros, y hemos de saber descubrir nuestras potencialidades, pero desde el reconocimiento de la grandeza que también existe en los demás.

Por eso, si el agradecimiento es propio del conocimiento de quien ha vivido mucho, ¡qué bueno es acabar el día agradeciendo todo lo que recibimos!

“La gratitud se da cuando la memoria se almacena en el corazón y no en la mente”.

Lionel Hampton

 

 

La gratitud fuente de alegría por:  Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

LA CONFIANZA CRECE CON EL AUTOCONOCIMIENTO

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La confianza crece con el autoconocimiento

La idea de que debemos tener un conocimiento profundo de nosotros mismos viene desde lejos. Prácticamente en todas las culturas y religiones la reflexión sobre lo que hemos venido a hacer en este mundo ha estado presente siempre. Las explicaciones e interpretaciones de la realidad, obviamente, han sido distintas y muy variadas; sin embargo, una idea subyace siempre y es la del autoconocimiento.

Ya Sócrates (S. V a C.), con el lema “conócete a ti mismo’’, decía: “De los que se conocen saben lo que les es útil, disciernen qué es lo que pueden hacer y lo que no, y haciendo lo que son capaces de hacer se procuran lo necesario y viven felices y, absteniéndose de lo que está por encima de sus fuerzas, no caen en faltas y evitan los fracaso”.

Como dice el sabio griego, es conociéndonos la mejor manera de ir adquiriendo confianza en nosotros mismos, pues al saber hasta dónde puedo llegar, cuáles son mis talentos verdaderos  y cuáles son los hábitos negativos que me frenan, es como vamos tomando conciencia de lo que podemos conseguir en nuestro crecimiento espiritual.

Tener autoconfianza nos da la capacidad para centrarnos en los objetivos que tenemos que conseguir, nos da fuerzas para seguir adelante, nos da seguridad, eliminando excusas superfluas o ficticias que nos pudieran detener. Nos aporta la capacidad para analizar con calma cuál es la actuación en cada caso, convirtiendo esas experiencias en algo valioso, además de aumentar nuestro bagaje de conocimientos que enriquecen el espíritu y nos llenan de sabiduría.

El egoísmo en sus múltiples formas es un gran escollo que impide adquirir verdadera confianza interior. Siempre es una rémora que todos tenemos en mayor o menor medida en nuestra naturaleza humana. Si no conseguimos controlarlo, nos hacemos responsables de todos los males que realizamos dejándonos llevar por él.

Una de sus consecuencias es que ahoga otros valores que ennoblecen al espíritu, llevándonos por senderos asociados al sensualismo en sus múltiples expresiones; también orientándonos hacia las conquistas materiales que proporcionan lucro y notoriedad en la sociedad, ilusiones perecederas que se quedarán en la Tierra una vez dejemos el cuerpo físico. Toda esta situación, en muchas ocasiones, lo que esconde es un verdadero conflicto interior entre lo que el espíritu reclama y lo que la parte ilusoria material propone, lo cual llega a generar gran inseguridad. Esto, de alguna forma afecta al ser, tapándolo con, por ejemplo, relaciones personales vacías, sin conseguir amar ni tampoco llegar a sentirse amado, y muchas veces proyectando aquello que a uno le falta pero que reclama a los demás. Esto le puede llevar, incluso, a actitudes de agresividad y violencia, en ocasiones de forma descontrolada.

Una de sus consecuencias principales es la pérdida de confianza interior, lo que genera malestar, sospecha, recelo, generando distanciamiento entre las personas. Y nos pueden llegar a surgir ideas, tales como: solos vivimos mejor y no necesitamos de los demás para poder vivir.

Sin confianza ni claridad de ideas podemos caer en el error de plantearnos que todo lo malo que nos ocurre es porque los demás nos quieren hacer daño, por mil razones que generalmente solo tenemos en nuestros pensamientos, atrayendo tristeza a nuestro ánimo, apareciendo la amargura en el corazón; ese mismo vacío interior del que hablábamos que aleja la alegría de vivir. ¿Para qué relacionarnos con los demás, si nos   pueden hacer daño?, es una reflexión que nos puede asaltar cuando hemos tenido malas experiencias y no hemos sabido hacer la lectura correcta a los acontecimientos vividos. Si damos cabida a este pensamiento nuestra vida empezará a estar vacía, pues somos seres sociables y necesitamos relacionarnos unos con otros para poder tener una vida plena.

Si, por el contrario, somos personas equilibradas que tenemos confianza en nuestras posibilidades y, en algún caso, alguien nos ataca sin motivo aparente (porque son las imperfecciones quienes andan detrás de esos ataques), la respuesta más adecuada será mantener la calma, permanecer serenos ante las personas que nos dañan, aprendiendo a disculparlas, sabiendo que serán ellos quienes reciban en el futuro las consecuencias de su acción.

Recordemos que la confianza es el fundamento sobre la que cimentamos la amistad, las  relaciones personales y, sobre todo, el amor.

Por lo tanto, para tener un desarrollo normal en las relaciones interpersonales es necesaria la confianza, pues sin ella no podemos establecer una relación de amistad auténtica y sincera. Si dudamos sin un verdadero fundamento de la persona que tenemos delante, nunca podrá establecerse una verdadera amistad. Bien es cierto que esta ha de tener una correspondencia mutua para que exista un equilibrio, para evitar desengaños y decepciones. En cualquier circunstancia siempre ha de existir honestidad y limpieza de intenciones por nuestra parte.

Las posiciones de confianza se pueden establecer en distintos planos según la relación: de amistad, amorosa, de trabajo, social, etc., y todas llevan implícitos unos compromisos a cumplir. Unas pueden interesarnos menos y pasamos más de puntillas, pero otras sí que nos pueden interesar mucho. No obstante, todas ellas se deben basar en unos principios comunes a aplicar siempre, como por ejemplo saber pedir perdón ante cualquier situación negativa provocada por nosotros, ser indulgentes ante los errores cometidos por las personas cercanas y, sobre todo, crear puentes de segunda oportunidad ante actuaciones que nos pueden provocar dudas de confianza.

La confianza nos ayuda a mantenernos tranquilos, alegres, felices; entre otras razones porque sabemos sacar el máximo rendimiento allá donde estemos, nos guste más o nos guste menos. También las experiencias nos aportan una gran enseñanza; si además sumamos los valores ganados a través del trabajo íntimo, podremos seguir con nuestro progreso espiritual con seguridad.

 “Un pájaro posado en un árbol nunca tiene miedo de que la rama se rompa, porque su confianza no está en la rama sino en sus propias alas”.     Proverbio

El trabajo que nos proponemos cada día para ser un poco mejores nos ayuda a ver la realidad y aceptarnos tal y como somos; nos da seguridad, y de esta manera disminuye la preocupación de pensar cómo nos verán los demás o qué nivel social hemos conseguido. Este ejercicio de superación nos hace crecer y nos aporta equilibrio emocional, nos refuerza como personas, facilitándonos la consecución de los objetivos que nos hemos propuesto alcanzar.

Si vamos descubriendo y somos conscientes de las dificultades y deficiencias que traemos, ese conocimiento nos posibilitará superar los conflictos que nuestros límites nos provocan, siendo conscientes de nuestra propia fragilidad. Y esas victorias y derrotas se convertirán en experiencias, indicándonos el sendero por donde se puede ir y por dónde no.

Sabemos que no existe la casualidad, que a lo largo de nuestra vida nos van poniendo delante aquello que necesitamos vivir, y es la Sabiduría Divina la que nos coloca en el lugar adecuado para enriquecernos de experiencias y desarrollar unos valores, unas aptitudes.

La autoconfianza, por tanto, nos ayuda a adaptarnos a cualquier situación que se nos pueda presentar. Hemos de recordar que nos encontramos en un punto evolutivo, en una existencia física que es consecuencia del pasado, con un programa a realizar en la actualidad. Hemos de ser conscientes de nuestras potencialidades y de que venimos con todas las posibilidades de éxito si ponemos el empeño en ello.

Seamos nosotros mismos personas dignas de confianza por la rectitud de nuestra vida, capaces de contagiar a otros de optimismo por el buen cumplimiento de nuestras obligaciones.

 

La confianza crece con el autoconocimiento por:  Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

LA RENUNCIA NOS ENGRANDECE

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La renuncia nos engrandece

Cuántas veces hemos pensado ante la visión de un objeto en el escaparate de una tienda: ¡Esto lo necesito! Tengo que comprarlo porque es bonito, o porque pienso que me podría ser útil.

No nos paramos a reflexionar si esto en lo que nos hemos fijado es verdaderamente necesario, o por el contrario resulta superfluo. Cuántas veces hacemos objeto de deseo a algo que sinceramente no nos hace falta.

Efectivamente, el dejarse llevar por los deseos o la falta de discernimiento entre lo necesario y lo trivial, es lo que en muchas ocasiones nos entorpece para tomar decisiones, pues a veces tomamos lo superfluo como imprescindible, sin darnos cuenta que esa pseudo-necesidad obstaculiza el cumplimiento de nuestros objetivos espirituales, desviando la atención hacia la acumulación de posesiones materiales; aunque sean de poca valía.

Sin pretender ser meticulosos o excesivamente perfeccionistas, no podemos pasar por alto la posibilidad, el riesgo de desaprovechar el tiempo y el dinero; algo muy valioso de lo que tendremos que rendir cuentas el día de mañana.

En el libro de los espíritus nos explican la diferencia.

  1. Al dar Dios al hombre la necesidad de vivir, ¿le ha provisto siempre de los medios? – Sí, y si no los encuentra es por falta de comprensión. Dios no ha podido dar al hombre la necesidad de vivir sin proporcionarle los medios para ello, de ahí que haga Él producir a la tierra aquello que provea de lo necesario a todos sus habitantes; porque únicamente lo necesario es útil, al paso que lo superfluo nunca lo es.

Por tanto, unas de las tareas que tenemos que aprender cuando estamos encarnados es saber renunciar a lo superfluo, dando importancia a lo que realmente lo tiene, ya que será esto lo verdaderamente útil para progresar.

Uno de los defectos que más nos impide ver esa diferenciación es el egoísmo, que nos inclina, si no lo controlamos bien, a quererlo todo. Con esa aparente necesidad material la renuncia se hace más difícil, pero no imposible.

En el momento que entendamos que el amor en nuestro corazón es el que nos da sentido a la vida, podremos ir abandonando lo prescindible. Porque el amor nos habilita para ir desprendiéndonos de todo aquello que no necesitamos, pues las relaciones que se establecen con auténtico amor son las verdaderas posesiones que nos enriquecen, y son las que nos van a evitar inseguridades, vacío interior, miedos, desequilibrios internos… consiguiendo soltar los hilos que nos atan a lo material.

Es importante saber controlar los placeres mundanos porque son engañosos y porque, aunque sus estímulos son inmediatos, a largo plazo nos pueden provocan sufrimiento, insatisfacción y amargura. El rechazo a lo trivial en esta vida material, con todas las dificultades con las que nos encontramos, nos permite que aprendamos a resistirnos ante los espejismos que van surgiendo a nuestro paso y darle importancia a lo que verdaderamente la tiene, que es trabajar en los valores imperecederos, en aprovechar el tiempo en acciones edificantes, sin abusar del ocio, o del exceso de comodidad; situaciones que facilitan el despertar de deseos vanos e innecesarios; generando un vacío que tratamos de llenar con más estímulos materiales y mayor afán por poseer.

En el momento que empezamos a pensar en dejar de ceder ante los estímulos exteriores que nos van asaltando y empezamos a decir no, dejando de llevar una vida sin freno, sin límites, sin ambiciones desmesuradas, comenzaremos un trabajo de renuncia, de ir poco a poco dominando los instintos, abandonando esas actitudes que enfangan más nuestro espíritu, y para lograr lentamente esa fuerza moral que nos hace aceptar otra clase de vida menos superficial y más auténtica.

La renuncia tiene dos caras; una la del miedo, dejamos de actuar por miedo a varios fantasmas: al fracaso, a equivocarnos, a que nos hagan daño… Los temores, las preocupaciones, la zozobra, nos limitan y optamos por no dar ese paso adelante que nos ayudaría a progresar. La otra cara  es la del amor, que significa desinterés, desprendimiento, desapego, etc. Es ir negándonos a nosotros mismos para darnos a los demás; entonces, esta cualidad toma otra dimensión que no es otra más que la del verdadero amor en sus diferentes vertientes: generosidad, caridad, entrega…

Cuando ese comportamiento lo realizamos en miras a los demás, para ayudarlos, esa actitud nos abre la puerta de la caridad, la cual nos ayudará a nosotros también, pues desarrollando la caridad iremos arrancando el egoísmo de nuestro corazón. Siempre y cuando no sea un acto de cara a la galería; tendremos que saber ceder diariamente en nuestras opiniones, en nuestros  prejuicios, en nuestros hábitos…

Por tanto, la caridad mayor será siempre la de nuestra propia renuncia; que nuestros actos no dañen o perjudiquen la libertad, la alegría, la serenidad, la estima, la esperanza, …  de nuestro prójimo.

En  función del esfuerzo que nos cueste el acto de desprendimiento, así serán los méritos que consigamos, pues si renunciamos sin que no cueste nada dicha acción, seguirá siendo un acto positivo pero no será tan meritorio.

En la pregunta 646 de El libro de los espíritus nos encontramos con la siguiente cuestión: El mérito del bien que se realiza ¿está subordinado a ciertas condiciones? Dicho de otro modo, ¿hay diversos grados en el mérito del bien? –  El mérito del bien reside en la dificultad. No lo hay cuando se practica el bien sin trabajo y sin que cueste nada. Dios tiene más en cuenta al pobre que comparte su único mendrugo, que al rico que sólo da lo que le sobra. Jesús lo dijo, a propósito del óbolo de la viuda.

Como hemos dicho en otras ocasiones, es fundamental conocerse a sí mismo. Mientras más profundo sea ese conocimiento, mejor, pues nos ayudará a saber dónde nos aprietan esas  debilidades para saber atajarlas. Mientras más serios nos pongamos con ese trabajo antes las podremos minimizar, aprendiendo que con la renuncia, al contrario de lo que podría parecer, crecemos en plenitud, en valores.

La renuncia de nosotros mismos la podemos realizar en cualquier acto cotidiano por pequeño que sea,  quejarnos ante cualquier contratiempo, criticar cualquier situación que nos disgusta, querer ser el centro de atención en donde estemos, anteponer nuestros gustos a los de los demás, enojarnos ante las correcciones que puedan darnos… Son el egoísmo y el orgullo los que nos ofrecen toda clase de situaciones que nos pueden parecer hasta normales, y tenemos que saber hasta qué grado nos afectan para ser conscientes de cómo poder atajarlos, a fuerza de ir cediendo en esos hábitos malsanos que nos ciegan para poder ir renovándonos interiormente

Según nos dice el Evangelio Según el Espiritismo: “La obediencia es el consentimiento de la razón y la resignación es el consentimiento del corazón”.

Es el consentimiento lo que nos permite la renuncia, el anteponer a los demás antes que a nosotros mismos, sin que ello signifique que tengamos que rechazar nuestros ideales, evitando pensar “ya me saldré con la mía en la próxima oportunidad”, porque este tipo de pensamientos dejan posos de revancha y no cicatrizan bien, y en cuanto surge dicha situación se producen nuevos vaivenes de resentimiento. Por tanto, es bueno aceptar que nadie está obligado a pensar como nosotros; este comportamiento ayudará a crear un ambiente de paz y serenidad.

Todos tenemos que recoger la cosecha, y esta será de grande en función de cómo haya sido nuestro devenir en la vida material. Está en nuestro libre albedrío tener un comportamiento guiado por nuestros defectos, sembrando la discordia, o por el contrario conducirnos por el camino de las luchas personales que nos hace ganar batallas, consiguiendo empequeñecer las imperfecciones y engrandeciendo nuestro corazón.

Todos tenemos valores dentro de nosotros que, si los sacamos en los momentos correctos, nos ayudan a que los ambientes no se enturbien y nuestro enojo no vaya a mayores; como todos esos valores los pusiéramos en acción, además de ir trabajando en nuestras carencias internas, manifestaríamos verdadero amor a todos aquellos que se cruzaran en nuestro camino: familia, amigos, compañeros…, dando aliento, calma, esperanza y fe.

Por lo cual, el renunciamiento beneficia más al que lo practica, ya que renunciar a la propia voluntad en atención a los demás es un acto que nos engrandece y nos abre la puerta a la plenitud espiritual, aquella que nos hace ver el amor de Dios y su reflejo en todas sus criaturas.

La renuncia nos engrandece por:  Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018

EL MIEDO, ESE GRAN ENEMIGO

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El miedo, ese gran enemigo

La etimología de la palabra miedo proviene del latín metus (miedo). Se trata de una alteración del ánimo o emoción que produce angustia ante un peligro o un ocasional perjuicio, que puede ser real o figurado.

Se trata de una emoción, y como todas ellas, la encontramos a nivel orgánico en la amígdala cerebral, que es el principal núcleo de control de las emociones y sentimientos, y que controla asimismo las respuestas de satisfacción o miedo. Su principal función es integrar las emociones con los patrones de respuesta correspondientes a estas.

El miedo en sí mismo es positivo, nos ayuda a alejarnos de los peligros o de aquello que no podemos dominar o controlar, o también de un suceso para el cual todavía no estamos preparados. Además, cumple un papel fundamental: la supervivencia.

Todos lo hemos sentido. En más de una ocasión hemos sufrido esa perturbación de nuestro ánimo que nos altera. Sea el peligro real o imaginario, este nos obliga a parar; en ocasiones nos hace desistir de lo que estamos o queremos  realizar; también nos puede hacer retroceder cuando debemos y tenemos que afirmarnos en nuestros principios y realidad.

El miedo tiene varias vertientes, y entre ellas están:

Biológico: constituye un mecanismo de supervivencia y de defensa. Es una de las primeras emociones que se sienten, colaborando así con la supervivencia de la especie.

 Psicológico: es un estado emocional, necesario para la correcta adaptación del organismo al medio. Reside en evitar un daño personal que lesione la autoestima.

Social y Cultural: el miedo puede formar parte del carácter de la persona. Se relaciona de manera compleja con otros sentimientos (miedo al miedo, miedo al amor, miedo a la muerte, miedo al ridículo) y guarda estrecha relación con los distintos elementos de la cultura.

El miedo puede llegar a ser un enemigo malsano que nos puede debilitar, si dejamos que esté continuamente presente en nuestra vida. Existen casos de personas para las cuales el miedo que experimentan es tan fuerte que las incapacita para hacer muchísimas cosas, y miran con envidia cómo otros consiguen hacerlas. Por lo tanto, tenemos que controlarlo con naturalidad, usando la razón y la lógica.

En muchas ocasiones nos deja encerrados en una zona de confort, de la cual no queremos salir por la inseguridad que nos provoca lo exterior. En este tipo de casos, el miedo no es un mecanismo de defensa, sino un impedimento para vivir plenamente.

Nos encontramos en una sociedad intrínsecamente materialista donde nos mueve más el tener que el ser, lo que nos vuelve más frágiles, ya que el luchar por tener, sin importarnos adquirir unos principios que nos hagan fuertes ante tanto vaivén, nos vuelve emocionalmente débiles como individuos y ante la sociedad, que termina superándonos. Porque cada vez nos volvemos más quebradizos, no queriendo coger ni responsabilidades ni obligaciones que nos aten por largo tiempo.

El exceso de tecnología nos vuelve insolidarios, nos hace más individualistas. El egoísmo se va apoderando de la sociedad, lo que consigue que vaya perdiendo la esencia de lo que supone vivir en ella, que no es otra cosa que preocuparnos por el prójimo, ayudándolo en lo que podamos.

Por lo tanto, el miedo puede sobrevenirnos por nuestra inseguridad, por las dudas que nos surgen ante el futuro lleno de obstáculos y pruebas por las que tenemos que pasar a lo largo de la vida. La falta de fe en Dios nos hace creer que el futuro caduca con la muerte. Por eso tanta gente le tiene miedo a la muerte, porque ignora la realidad espiritual; qué hay detrás de ella,  y se queda con la inclinación material de lo que vive.

La ansiedad, la angustia, el miedo, suelen aparecer cuando no existe coherencia entre lo que se piensa y como se actúa. Cuando en nuestra vida solo cabe el mundo material y nos apartamos de todo lo que nos pueda acercar a nobles aspiraciones espirituales, ante acontecimientos de sufrimiento y dolor (como puede ser problemas económicos, enfermedades, disputas familiares…), nos pueden surgir desequilibrios, pues la falta de fe nos puede posicionar ante pensamientos negativos que nos producen zozobra, pues no nos da respuesta al por qué tenemos que pasar por esas situaciones amargas que nada aportan.

También, hoy, la sociedad está estructurada de forma que el individuo importa poco. Son las grandes corporaciones o lobbies económicos los que mandan en el mundo. Algunos gobiernos, mirando más por sus intereses y esquivando las responsabilidades ante los ciudadanos, provocan guerras, miseria, pobreza, hambre, lo que obliga a sus pobladores a tener que migrar como única puerta a la esperanza; es el miedo que moviliza al ser humano ante unas perspectivas tan aciagas. Ante tanto acontecimiento negativo que existe hoy en día, no debemos dejarnos dominar por la ansiedad, no tenemos que consentir que el miedo nos detenga y que la angustia nos oprima.

En la parábola de los talentos encontramos un claro ejemplo de cómo el miedo puede afectar a nuestras vidas. Un señor repartió sus bienes entre sus siervos; mientras que al primer siervo le dio 5 talentos, al segundo dio 2 talentos y al tercero le dio únicamente un talento, quien, ante el temor de fracasar, lo enterró sin dar opción a multiplicarlo, ya que consideró que no tenía las actitudes necesarias para poder cumplir con lo esperado y tuvo miedo a actuar, a trabajar, a servir, a fallar, a hacer amigos, a tener familia…

Todos tenemos talentos, sean cuales fueran, conseguidos por nuestros méritos a lo largo de nuestras encarnaciones; por eso es importante no tener miedo a la hora de actuar por las consecuencias que se puedan obtener, porque en muchas ocasiones son en situaciones ásperas o de tensión donde aparecen capacidades desconocidas guardadas en la profundidad del ser, que solo sacamos cuando algún acontecimiento nos apremia.

Nuestra felicidad y bienestar depende de las decisiones que tomamos en nuestra vida y de cómo interpretamos lo que ocurre. Tenemos que entender que cada paso que damos supone  experiencias nuevas, que pueden ser positivas o negativas, y ambas nos van a ayudar a continuar hacia adelante por el camino del progreso. No titubeemos ante la elección tomada, pues será la que nosotros decidamos; y de ese modo, viviéndolas, vamos escribiendo el camino que queremos recorrer. Siempre de todo lo que elegimos vamos a aprender algo. Hay que dar ese paso adelante sin que aparezca el miedo a cometer errores, pues estamos en un mundo de enseñanza, y es en esos aciertos o equivocaciones donde vamos a encontrar las verdaderas lecciones. El miedo nos ayuda a regular cómo de grandes deben ser nuestros pasos en cada momento… es una especie de guía prudente.

Todo lo que conseguimos y tenemos es gracias a la Providencia Divina que, conociéndonos, nos da lo que más necesitamos para nuestro recorrido espiritual. Ya que la reencarnación es un procedimiento para que el espíritu aprenda, actúe, se eduque, y cuando se equivoca reparar su acción negativa, si no queremos aprovechar la oportunidad que nos dan dejándonos llevar por la pereza, la mala voluntad, la dejadez… escudándonos en el miedo,  tendremos que  expiar las oportunidades desaprovechadas en futuras reencarnaciones.

El miedo es el gran enemigo al que debemos enfrentarnos cuando no está justificado. Tenemos que razonar cuáles son los motivos que hacen que se manifieste en nosotros. Además, no debemos ni negarlo ni ignorarlo, sino reconocerlo y aceptarlo; esta es la mejor forma de luchar contra él, haciendo lo que tenemos que hacer aunque sintamos el miedo en nuestro fuero interno, pero no dejando que sea él quien actúe, sino dominando su impulso.

La fe en que el Padre nos reconfortará, y también el saber que siempre tendremos hermanos espirituales a nuestro lado, que nos asistirán si les pedimos ayuda de corazón. Son ellos los que nos inspiran, sostienen y fortalecen ante los infortunios, sufrimientos e incertidumbres de la vida. Confiemos pero desde el esfuerzo, la fe y el coraje, puesto que todo pasa, y la vida está repleta de sabias lecciones que nos ayudan a crecer y madurar en dirección al infinito.

“Donde hay caridad y sabiduría, no hay miedo ni ignorancia”. Francisco de Asís. El miedo, ese gran enemigo

 

El miedo, ese gran enemigo por: Gloria Quel

© Amor, Paz y Caridad, 2018