“La razón nos dice que el universo no ha podido auto-crearse, y puesto que no puede ser obra del azar, debe serlo de Dios”
Allán Kardec, L.E., ít. 37
En capítulos anteriores pusimos en valor el “argumento cosmológico Kalam” como una evidencia aceptada por la ciencia sobre el principio del Universo en contra del postulado anterior a la confirmación del Big Bang en 1968 por los premios nobel Wilson y Penzias, al descubrir la radiación de fondo cosmico y con ello el principio del universo que conocemos, hace ahora 13.700 millones de años. Posteriormente, el envío al espacio del telescopio Hubble y recientemente el del telescopio James Web, el 21 de diciembre de 2021, descubriendo la datación de las galaxias más tempranas, no hizo más que confirmar el “amanecer del universo” que conocemos.
Aunque el argumento filosófico era conocido desde hace siglos, hasta que no llegó la evidencia empírica mencionada arriba y después algunas otras que han ido confirmando así mismo la expansión acelerada del cosmos en contra de un universo eterno y estacionario, la ciencia no modificó sus bases al respecto. Hoy, ningún científico que se precie de serlo niega que el Universo tuvo un principio, y como tal tendrá igualmente un final. Y esto no hace más que confirmar la máxima de Parménides: “De la nada, nada puede surgir”, lo que equivale a decir que el Universo ha tenido una causa y por lo tanto hablamos de un Cosmos Contingente, que ha sido creado u originado en un momento determinado y no puede ser fruto del azar.
Confirmando lo anterior, este Universo que conocemos no ha podido auto-crearse, pues contradice el principio de razón suficiente expresado por Leibniz hace ya varios siglos. Este principio afirma:“todo debe tener una razón o una causa, y por lo tanto tiene una explicación suficiente”. Dicho de otro modo, nada existe o es verdadero sin una explicación suficiente que determine por qué es así y no de otra manera; con ello se niega la existencia del azar y de hechos inexplicables. Y aunque desconozcamos la causa, todo tiene una razón de ser, confirmando así la inteligibilidad del Universo.
Einstein, el gran físico del siglo XX, confirmó la tesis de Leibniz al afirmar los siguiente: “Lo más incomprensible del Universo es que este sea comprensible”. Con ello afirmaba su admiración y sorpresa por poder conocer y penetrar a través de la inteligencia humana en los secretos del Universo y de sus leyes.
Y son precisamente esas leyes, que rigen de manera perfecta todo el cosmos conocido mediante un orden y una regulación tan precisa, las que nos confirman que el Universo procede de una causa externa y ajena, pues ninguna de esas leyes ha podido surgir por azar, casualidad o auto-creación propia. Todo apunta y sugiere hacia una Mente Superior, perfecta e inmutable de la que surge la mente humana inferior, y esto último le permite al ser humano comprender algunas cosas de ese vasto conglomerado de realidad, vida y naturaleza que es el cosmos, así como de las leyes que lo hacen funcionar.
«El conocimiento de las leyes de la naturaleza significa nada menos que el conocimiento de la mente de Dios expresado en ella.»
William Thomson – Físico y matemático
Una de las evidencias incontestables sobre lo que acabamos de afirmar la encontramos en las propias leyes que rigen el cosmos, las veinte constantes universales de la física (*), que permiten el principio, funcionamiento y evolución de la vida, los planetas y la naturaleza en general y que se fundamentan en una veintena de valores numéricos determinados desde el primer instante de su aparición. Valores matemáticos invariables e inmutables en el tiempo y en el espacio.
¿Cómo es esto posible? ¿De dónde surgen estos números y para qué sirven? Es precisamente este el aspecto que asombraba a Einstein; la capacidad de descubrir el funcionamiento del misterioso Universo a través de las leyes que lo permiten. De ahí que admitiera la existencia de “un espíritu superior que ha originado el Universo y ante el cual debemos ser humildes…”, según sus propias palabras.
Esos números confirman el principio de razón suficiente de Leibniz al ofrecernos la respuesta de que todo tiene una explicación, y una razón para existir, aunque no la conozcamos, y no obstante, en la época de Leibniz no se conocía ninguna de las constantes universales.
¿Cómo sería el Universo si algunos de estos valores numéricos hubieran sido un poco diferentes? La respuesta a esta pregunta tiene que ver con lo que se conoce como el “ajuste fino” de las constantes universales, y esto nos confirma que una mínima variación, infinitesimal, en cualquiera de esos veinte valores matemáticos no hubiera permitido la aparición de la vida o del Universo tal y como lo conocemos, y ninguno estaríamos aquí ahora mismo.
“El ajuste fino de las condiciones iniciales del Universo es un elemento indispensable de la existencia del mundo… a través de su descubrimiento los científicos nos encontramos con el Logos Divino”
John Polkinghorne, matemático y físico
Esto no hace más que confirmar la realidad del Universo Contingente, dependiente de una causa primera, una mente suprema, una conciencia cósmica, exenta de las cualidades propias del Universo que ha creado, ajena a los criterios de materia, espacio y tiempo que condicionan las variables del universo conocido. Esa causa primera no es más que “un ser necesario”, que existe por sí mismo, sin ninguna necesidad de nada ni nadie para existir, es lo contrario a todo lo contingente.
Hablamos así del Demiurgo Platónico, del Primer Motor de Aristóteles, de la Causa Incausada de Tomás de Aquino, y de la Causa Primera e Inteligencia Suprema de Kardec, que forzosamente debe ser atemporal y eterna, sin ubicación en el espacio y que no es contingente sino necesaria, pues su característica principal es la eternidad; es decir, haber existido siempre: “Yo Soy el que Soy”, “El que siempre ha existido”, “El que ES y no ha necesitado de nada ni nadie para SER”.
Ser necesario y universo contingente: Antonio Lledó Flor
2026, Amor, Paz y Caridad
“Considero improbable el orden universal como surgido del caos. Debe existir un principio de organización. Dios es un misterio, pero es la explicación al milagro de la existencia, a saber: porqué hay algo en lugar de nada.”
Allan Sandage, astrónomo, Premio Cradford (Nóbel de Astronomía)
(*) Fuerza de Gravedad, Electromagnetismo, Fuerza Nuclear fuerte y débil, Velocidad de la Luz, Constante de Plankc, Carga del Protón, Neutrón y Electrón, Densidad Masa-Energía del Universo, Velocidad de Expansión del Universo, Constante Cosmológica, etc..






