Las flores han sido el encanto de toda mi vida. Lo primero que yo quise en este mundo fue a una planta de florecillas azules; sus ramas altas y delgadas, sumamente flexibles, se inclinaban al impulso del viento, y allí eran mis apuros y mis congojas siempre con la maceta a cuestas, para resguardarla del aire, hasta que una mañana, algún gato juguetón o alguna ráfaga de viento huracanado hizo caer mi tesoro desde el pretil al suelo, y al ver mis flores queridas mustias y marchitas, con sus raíces al descubierto, porque la maceta estaba rota en varios pedazos y la tierra esparcida por el suelo, lloré amargamente; entonces tendría yo nueve años y fue la primera pena que torturó mi corazón.
Como si yo entonces adivinara que muchas penalidades habían de envenenar mi existencia, no quise voluntariamente proporcionarme más disgustos, y no tuve ninguna flor predilecta hasta después de haber cumplido veinte años; entonces me enamoré, puede decirse así, de unas «cañas de Indias», planta lozana de grandes hojas que nunca echaban flor, pero que me habían asegurado las producía muy parecidas a la madreselva.
Efectivamente, después de esperar tres años, las cañas echaron flor de un blanco amarillento, exhalando el más delicado perfume. Al segundo año de florecer las cañas murió mi madre, y entonces, con harto sentimiento mío, tuve que desprenderme de mis plantas favoritas. Tres grandes macetones donde crecían nueve cañas que formaban un pequeño bosque y que embellecían el patio de mi casa, las vi desaparecer con tan profunda pena, que yo misma me asombraba de sentir tanto la desaparición de aquellas plantas.
Vi transcurrir más de cuarenta años, y cuarenta mil vicisitudes han torturado mi corazón; pero, en medio de tantos azares, no he perdido mi afición a las flores, y tan importante papel han desempeñado estas en mi vida que, por una coincidencia extraña, cuando he sufrido los horrores de la miseria, ni una flor ha exhalado su aroma en mi gabinete de trabajo, y cuando me han regalado algún ramo de flores, en el mismo día o al siguiente he recibido algún dinero o carta anunciadora de buenas nuevas.
Cuando conocí el Espiritismo, a pesar de mi carácter impaciente, no tuve la menor impaciencia para obtener manifestaciones de los espíritus. He sabido esperar.
Hace algunos años que, habiendo concluido una poesía dedicada a las flores, que terminaba diciendo: «Si existen flores, hay Dios», y en ocasión de hallarme completamente sola en mi casa, sentí claramente la voz de mi madre que me decía: «Amalia, Amalia». Me levanté apresuradamente, abrí la puerta de mi gabinete y no vi a nadie; pero comprendí perfectamente que mi madre estaba allí: sentía que su aliento acariciaba mi frente, y en aquel momento llamaron a la puerta. Abrí y me encontré al cartero, que me entregó varias cartas, y me dijo: «Como he oído decir que le gustan mucho las flores, he cogido del jardín de la Administración de Correos esta flor para usted», y me presentó una rosa de las llamadas de «cien hojas», hermosísima; no he visto ninguna tan grande ni de color tan encendido. Tan sorprendida me quedé, que ni las gracias le di al cartero; cogí la rosa con avidez y dije en mí: «¡Gracias, madre mía! Esta flor me la envías tú; el cartero no me trata; jamás ha pasado el dintel de la puerta; no puede ser él por sí solo el que haya pensado en ofrecerme una flor». Y días después supe, por el espíritu del Padre Germán, que, efectivamente, había sido mi madre la que me había dado tan agradable sorpresa.
Pasaron muchos años, quizás veinte, cuando un día sentí vivísimos deseos de visitar a una familia amiga, a la cual no visitaba sino muy de tarde en tarde, pues se me pasaban años enteros sin verla, a pesar de que nos unía un cariño verdadero; y de pronto, sin poderme explicar la causa, me sentí impulsada y dije, muy decidida: «De hoy no pasa». Y, a pesar de estar en la convalecencia de una grave enfermedad, salí y me presenté en casa de mis antiguos amigos. Estos, al verme, lanzaron una exclamación de agradable sorpresa y me recibieron con palmas y olivos; y como sabían lo que me gustaban las flores, enseguida me llevaron a un jardín que lo tenían muy florido y muy bien cuidado. De pronto lancé un grito de inmensa alegría, porque vi ante mí una caña de Indias con un gran penacho de perfumadas flores.
Hacía más de cuarenta años que no había visto mi planta favorita. Aquellas hojas anchas y lozanas me parecían las hojas del libro de mi vida, porque vi mi casita de Sevilla con su patio lleno de flores y a mi madre entre ellas. ¡Toda mi juventud! ¡Toda la primera parte de mi historia! No sabía separarme de aquella planta, para mí tan simbólica, y mis amigos fueron tan buenos, que cortaron parte de la caña para que sus flores embalsamaran mi estancia, y me dijeron con su perfume: «Tu madre te llevó al lugar donde nos has encontrado; por segunda vez se comunica contigo; las flores son sus palabras; ama su recuerdo, que ella nunca te olvida».
¡Madre mía! Tengo la completa certidumbre de que te has comunicado conmigo; miraba las hojas de la caña, verdes y lustrosas, sintiendo un placer inexplicable, porque ellas me decían que tú no me olvidabas, que me seguías en mi larga y penosa peregrinación.
Cuando mucho se siente es cuando peor se habla o se escribe, porque el sentimiento del alma no tiene lenguaje apropiado. Siempre he amado las flores; siempre he creído que con ellas escribía Dios sus Memorias en la superficie de los mundos; pero, al convencerme de que ellas han sido las mensajeras de mi madre, las quiero más, mucho más que antes.
Yo creo que, si fuera posible que en todos los parajes de la Tierra brotaran flores, los presidios estarían vacíos, no habría criminales, porque las flores hablarían a todas las inteligencias y los odios se extinguirían y se amarían los unos a los otros por necesidad de amarse.
¡Flores, encanto de mi vida, mensajeras de mi madre, benditas seáis!
Las flores por: Amalia Domingo Soler






