ARQUETIPO
Las mitologías de las civilizaciones y las religiones antiguas nos han venido hablando de la existencia de seres especiales, algunos de ellos “enviados de los dioses” (este es el significado de la palabra Ángel=Mensajero). En la etimología griega de la que deviene la palabra Ángel, así como en otras acepciones de las religiones, viene a significar el enviado de la divinidad para advertir, ayudar o guiar al hombre.
Otra de las acepciones de la palabra Ángel es sinónimo de virtud y perfección; de ahí que muchos, cuando hacen referencia a estos seres, hablen de los mayores ejemplos que podemos tener para llegar a la iluminación y la felicidad. Las cualidades especiales del Ángel son esencialmente dos: la sabiduría y el amor. Y estas dos cualidades representan sus “dos alas” que le elevan hacia Dios y le permiten conectar con el pensamiento divino, interpretarlo y ofrecerlo a los hombres para que lo pongan en práctica y lo sigan en su propio beneficio.
El Ángel, lejos de ser una entidad privilegiada por Dios, ha llegado a su estatus gracias a su propio esfuerzo, adelanto moral y sacrificio personal. Todo ángel ha llegado a su estado siendo antes un ser humano común y corriente, insertado en el proceso evolutivo y viviendo y experimentando las vicisitudes que todos los espíritus creados por Dios han de enfrentar.
La frase “del átomo al Ángel” es el paradigma de la evolución espiritual que comienza en los reinos inferiores de la naturaleza con el principio espiritual, para luego llegar al principio inteligente (el hombre actual) y terminar en la fase angélica caracterizada por la perfección relativa y la liberación de las reencarnaciones en los planetas debido a la superación de las pruebas que puedan darse en los mundos cuando se tiene un cuerpo físico.
Es decir, Dios no privilegia a nadie, y el estatus angélico es debido únicamente al esfuerzo y éxito del alma humana inmortal que en la búsqueda de su propia iluminación y felicidad, alcanza el estado angélico por sus propios méritos a lo largo de miles de años.
Cuando se comprende que este destino es el único posible para el hombre, entendemos que la fase angélica es la llegada a la meta del ser inmortal que se libera del sufrimiento y la desdicha, al haber alcanzado la iluminación, el grado de perfección y de amor que se exige para alcanzar ese estatus.
En el desarrollo de esas dos cualidades principales, el Amor y la Sabiduría, el alma humana aprende, experimenta y comprueba la misericordia divina, la grandeza de la creación, la fuerza del amor divino y las luces inmortales de dicha y felicidad inenarrables que le aguardan por ser el heredero de la obra divina, tal y como Dios lo ha planificado.
Intentar encontrar ejemplos o arquetipos de ángeles fuera de las leyendas, las tradiciones o los libros inspirados, no es fácil. Pues el hombre necesita de ejemplos y modelos en los que fijarse a la hora de avanzar en los caminos que la evolución del alma le propone. Sin embargo, la divinidad, en todo tiempo y lugar, ha venido enviando a los hombres mensajeros y enviados para ayudar a la humanidad a su progreso y adelanto moral.
Muchos profetas, fundadores de religiones, avatares y conductores de pueblos o guías de civilizaciones han tenido esta condición de enviados, aunque sus límites no hayan llegado a esta frontera de la perfección angélica, espiritualmente hablando.
No obstante, tenemos un ejemplo sobresaliente del Ángel perfecto que encarna las dos alas de su grandeza espiritual como un modelo y arquetipo inigualable en la historia de la humanidad. Jesús de Nazareth representa las dos alas del ángel como ningún otro espíritu que haya pasado por la Tierra.
En el ala del amor, el ejemplo del Maestro de Galilea es la expresión más sublime del amor de Dios en la Tierra, pues toda su vida estuvo guiada por un intenso deseo de bien y amor al prójimo por encima de cualquier otra cosa. Ello lo culminó con la máxima expresión del perdón hacia aquellos que lo torturaron y masacraron cuando afirmó: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. El perdón es la expresión más genuina del amor sin medida, capaz no sólo de perdonar sino de “amar a vuestros enemigos como a vosotros mismos”.
En el ala de la sabiduría, Jesús representa el guía y psicoterapeuta superior, el “médico del alma” capaz de conocer mejor que nadie cuáles son las rutas y caminos que conducen más rápidamente a Dios, y por ende, a la felicidad y la dicha a la que todos aspiramos. Su sabiduría nos habló de la necesidad de buscar el “Reino de Dios” en nuestro interior, conociéndonos a nosotros mismos y luchando por ser mejores día a día, eliminando las imperfecciones para alcanzar las virtudes de la caridad (empatía, perdón, tolerancia, paciencia, comprensión, compasión). Y poniéndose él mismo como ejemplo cuando afirmó: “Nadie va al Padre si no es a través de mí”.
No sólo era el médico del alma sino el guía de la humanidad que nos indicaba dónde encontrar los recursos que necesitamos para apartarnos de la ignorancia: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Él afirmaba con frecuencia: “todo lo que yo hago, vosotros también lo podéis hacer”, resaltando así el poder, los recursos y las potencialidades del alma inmortal capaz de llegar al estado angélico por sí misma cuando se encuentra consigo misma e inicia el camino consciente de su purificación e iluminación personal.
Las dos alas de este Ángel enviado por Dios hace ahora dos mil años son el auténtico modelo y arquetipo espiritual que toda alma encarnada en la Tierra necesita para alcanzar la paz y serenidad interior ya mismo, en ruta directa hacia la felicidad que nos espera y que Dios, nuestro padre, ha delimitado como el punto de inflexión desde el que iniciar por nosotros mismos la capacidad de colaborar con Él en la creación y formación de los mundos físicos y espirituales, convirtiéndonos en arquitectos de la obra divina, ejecutando así su pensamiento con la fuerza del amor universal que Él impregna en toda su obra.
Las alas del ángel por: Benet De Canfield
Psicografiado por Antonio Lledó
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