“Tienen que comprender que la moral es otra cosa; está por encima de las religiones. La moral es el resultado de aceptar la verdad y la justicia en todas partes del mundo. Porque la verdad y la justicia no tienen fronteras…»
Josefina Aldecoa – (1926-2011), pedagoga
En artículos anteriores abordamos la aparición de la conciencia moral del hombre y los distintos niveles de conciencia que puede alcanzar. Hoy nos toca plantearnos cómo es y en qué consiste la evolución moral humana.
Si hablamos de moral social, está claro que esta va ligada a las costumbres y tradiciones culturales, sociológicas y locales de cada grupo humano, sea sociedad, país, comunidad religiosa o de otra índole. Tanto es así que, con frecuencia, se cree que esta es la única moral que existe en el contexto humano y bajo la cual ha de regirse el hombre, ya que le condiciona el lugar donde nace y vive, así como la educación que recibe a consecuencia de ello.
Sin embargo, hay una serie de excepciones a este contexto, pues como vimos en el artículo del mes pasado, además de la moral social existe otra serie de normas morales que parten de las creencias o los principios que la persona asume como propios, y precisamente estos son los que a la postre condicionan en mayor medida las decisiones y acciones del comportamiento humano, dando lugar al nivel moral específico de cada persona.
La libertad y la voluntad juegan un papel predominante, pues con cuánta frecuencia nos preguntamos: ¿me dicen qué debo hacer y cómo he de actuar para seguir las normas establecidas, pero mi conciencia y mi voluntad comparten esos principios? Al final, siempre podemos elegir el camino que deseamos tomar, pues en eso consiste la libertad de elección y con ello abordamos el tema de la libertad de pensamiento y de conciencia que cualquier ser humano, que se precie de serlo, debe tener como estandarte si no quiere ser manipulado y desea ser realmente dueño de sus propias decisiones.
La forma en cómo enfrentamos la ética de las costumbres y la moral de las normas establecidas para distinguir el bien del mal no sólo se refleja en nuestro comportamiento, dando lugar con el tiempo a forjar nuestro carácter particular, sino que dice mucho de nuestra condición espiritual.
“El objetivo de la sabiduría debe ser poder distinguir el bien del mal”
Cicerón – Político y Filósofo Romano – S. I a. C.
La conciencia ética y la evolución moral, lejos de ser estudiadas por disciplinas que tienen que ver con la naturaleza humana, son principalmente abordadas como “fenómenos sociales”, y como tales son tratadas por disciplinas que abarcan un enfoque exterior del individuo y no interior. Sin duda, las actitudes ético-morales de los individuos están fuertemente influenciadas por el entorno, pero principalmente es el interior de la persona el que tiene adquiridos los hábitos y automatismos morales que más le condicionan.
El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, en su trilogía de la personalidad psicológica del ser humano estableció que el súper-yo es el aspecto del inconsciente que trata de la conciencia moral del individuo, marcando claramente las reglas por las que debe regirse. De la lucha entre los deseos inconscientes de la persona (el ello) y lo que es correcto realizar según las normas ético-morales (súper-yo) surgen los conflictos que deben ser tratados y superados por el ego (la realidad, lo consciente, lo externo). Aunque Freud no consideraba que el inconsciente formara parte de un ente trascendente o superior llamado alma, sin duda el análisis de la estructura psicológica de la personalidad humana logró explicar multitud de fenómenos y reacciones inconscientes desconocidas hasta la fecha.
Los conocimientos espirituales confirman que el inconsciente no es otra cosa que el archivo del alma, que nos acompaña de forma milenaria vida tras vida, y en su lugar más profundo no sólo encontramos los hábitos y automatismos de nuestras formas de pensar, sentir y actuar, sino que las actitudes morales que adoptamos frente a los acontecimientos que vivimos quedan indeleblemente marcadas y son la base de condicionamientos futuros, forjando así los cimientos de nuestro propio destino. Los contenidos de ese inconsciente personal de la vida actual formarán el inconsciente colectivo de una próxima existencia. Este último, según Carl Jung, no es otra cosa que la herencia de la humanidad.
Así pues, la naturaleza de los actos (buenos o malos) que realizamos y los pensamientos y sentimientos que albergamos son el sustrato de nuestra evolución moral, y quedan fuertemente impresos en lo profundo de nuestra conciencia (alma), alcanzando niveles de progreso mayores conforme vamos viviendo, sintiendo y experimentando.
“La buena conciencia es la mejor almohada para dormir”
Sócrates – Filósofo s. V a. C.
Es por ello que, a mayor capacidad de discernimiento entre el bien y el mal, la conciencia moral del hombre evoluciona más, progresa más y alcanza mayores niveles de perfeccionamiento y elevación. Podríamos afirmar que la conciencia moral encaminada hacia el bien tiene su relación íntima con la virtud del individuo. Esta afirmación se basa en sólidos principios conocidos desde antiguo, cuando un famoso sabio de la antigüedad equiparó ambos conceptos diciendo: “el hombre sabio es el hombre virtuoso”.
Como podemos comprobar, la evolución moral del individuo tiene mucho que ver con su aspecto espiritual, pues no es menos cierto que el alma trascendente e inmortal tiene como objetivo principal acercarse al bien y la virtud, valores superiores del espíritu que le encaminan a su creador, soberanamente justo y bueno.
Es la huella de Dios en la conciencia del hombre para permitirle seguir avanzando hacia estadios de felicidad y plenitud. Conforme el hombre modifica su condición ético-moral y se dirige a la consecución de estos valores superiores de los que hablamos, su alma se sutiliza, su percepción consciente de la realidad es mayor, su evolución espiritual crece y su expansión en inteligencia y amor se va desarrollando paralelamente hacia estados más virtuosos.
Sin duda, la evolución ético-moral, o lo que es lo mismo, la manera en que nuestra naturaleza enfrenta las situaciones de la vida, hacia el bien o hacia el mal, condiciona nuestra vida presente y futura. La evolución humana no está exenta de tropiezos y avances, pero es esa misma experiencia que adquirimos en nuestras vivencias milenarias en diferentes lugares y sociedades, en distintas etapas históricas y sociales, la que va forjando nuestro acervo particular, lo que determina nuestra categoría individual, nuestra identificación como un espíritu trascendente, único, sin igual a otro, con nuestra propia idiosincrasia ética y moral.
Evolución Moral y conciencia por: Antonio Lledó
2019, Amor, Paz y Caridad
“Con la moral corregimos los errores de nuestros instintos, y con el amor los errores de nuestra moral.”
José Ortega y Gasset (1883-1955) – Filósofo Español






