“En el crisol del dolor es donde se forjan las almas grandes”.
El dolor, ese algo indeseable que no nos gusta, está cotidianamente conviviendo con nosotros. A veces es como si se tratara de una entidad viva que nos persigue y que nos busca, siempre al acecho para impactarnos en nuestras fibras más sensibles, endureciendo nuestra vida. ¿Por qué no ocurre lo mismo con la dicha y la felicidad?
A veces pensamos que el sufrimiento viene solo, y la felicidad aun queriéndola muchas veces no la encontramos. Las cosas no ocurren porque sí, ni por casualidad. Siempre hay una razón para que ciertas circunstancias y experiencias sucedan precisamente como acontecen y no de otra forma. La naturaleza es sabia, como lo son las leyes que la rigen, por tanto siempre hay un porqué en el modo en que por naturaleza suceden las cosas. En nuestro interés está hallar la razón, y hacer que el destino con todas las circunstancias que nos sobrevengan gire a nuestro favor.
No hay una mala estrella. No hay duendes malditos que quieran nuestro mal a priori. No hay dioses coléricos y vengativos. Hay determinismo de causas. Hay causas y efectos. Pero por encima de todo esto hay un Padre Amoroso, Justo y Comprensivo, que quiere que cada lección que la vida nos presenta sea bien aprovechada, comprendida y aceptada, para nuestro bien, y el de nuestros semejantes.
Si no hallamos la felicidad es sencillamente porque no la buscamos donde ésta se encuentra, y en cada tropiezo que damos nos salpica un latigazo que se vuelve contra nosotros. Como dice César Cantú: “el dolor tiene un gran poder educativo; nos hace mejores, más misericordiosos, nos vuelve hacia nosotros mismos y nos persuade que esta vida no es un juego, sino un deber”.
¿Somos felices o desdichados? ¿Acaso no hay término medio? Difícilmente. En otras palabras, o nos aceptamos tal como somos y nos hacemos conscientes de nuestras limitaciones y de los objetivos que podemos y debemos alcanzar, o nos rebelamos inútilmente haciendo culpables a los demás de nuestras desdichas. Ese término medio es una especie de pausa que se nos da para coger nuevas fuerzas, para sentir de nuevo el ansia de felicidad, o el hastío de la desdicha, de no sentirnos útiles, de no vernos realizados, para que renazca en nuestro fuero interno la conciencia espiritual que siempre espera encauzarnos por los senderos de nobleza y rectitud.
Nuestro objeto en la vida es sentirnos felices, aunque sólo sea aquella felicidad de sentir la paz de la conciencia tranquila, la del deber cumplido, porque esta es una parte de la felicidad, la base diría yo para una vida dichosa y digna de un ser humano, y hasta que no lo logremos no descansaremos, no cejaremos en nuestro empeño. Para esto pone Dios, por medio de sus leyes, todas las oportunidades que necesitemos para adquirir las cualidades y el perfeccionamiento que nos coloquen en ese estado de evolución que nos eleve por encima de las miserias morales y limitaciones materiales que son la causa de nuestros males. Pero para que no se nos olvide este objetivo tenemos que pagar un alto precio, el coste del dolor por cada desavenencia contra las leyes naturales, de amor, de evolución, etc., con las que hemos nacido marcados, y para que reconozcamos que estamos alejándonos de nuestra meta tenemos el resorte del dolor como mejor maestro y amigo para reconducirnos al camino indicado.
El dolor no es negativo, es positivo, y algo que necesitamos en los estadios inferiores de evolución como es el nuestro. Es la señal de aviso que nos anuncia algún error que estamos cometiendo. Si perseveramos en él, mayor será la señal de aviso, para que nos paremos y reconsideremos los hechos.
La conciencia es otra señal a nuestra disposición, es una invitación a hacer las cosas “por las buenas”, a menudo desoída y despreciada. Entonces comenzamos a sembrar pero como el aviso se nos dio a tiempo, más adelante nos veremos obligados a recoger la cosecha, ya será tarde para lamentaciones y aunque no nos guste lo que estamos recogiendo tendremos que vivirlo hasta el último segundo. Este es el caso excepcional de los destinos desgraciados que no se pueden evitar, porque son el pago de deudas atrasadas que ya no tienen prórroga, por haberlas consumido, y a veces son los casos de obstinación y rebeldía por no aceptar los sufrimientos que nos corresponden, maldiciendo todo lo que le pasa a uno, pues no se sabe por qué se sufre, pero es inútil, es necesario pasar los sufrimientos para poder empezar de nuevo en una existencia, con una lección dura en nuestra conciencia de que todo mal se paga.
A veces confundimos la felicidad con el placer material, y aunque éste de por sí no es malo, si abusamos, si centramos en él todas nuestras metas y aspiraciones de felicidad, también hemos de pagar por ello, para que no nos conformemos con aquello, creyendo que allí está toda la dicha y el bien que podemos alcanzar. Aprenderemos una vez más que los excesos se pagan, y que la felicidad que nos reservan nuestras capacidades espirituales son mucho más grandes que las humanas y por ellas hemos de luchar y trabajar.
En realidad no escapamos a nada, estamos unidos a nuestras obras por ser sus autores originales, tanto si se trata de buenas o de malas acciones somos sus dueños y sus consecuencias nos acompañarán a donde quiera que vayamos. Lástima que todavía seamos parcos en dar salida a tantos valores nobles y elevados como tenemos en potencia, esperando a que los activemos, y dejemos por otro lado sin control a esa parte oscura, material, egoísta y desagradecida que nos sume en el dolor, la infelicidad y la desgracia.
Por eso hemos de ver en el dolor el mejor de nuestros aliados, aceptarlo como un medio para librarnos del error, haciéndonos cada día más conscientes de lo que nos conviene o no nos conviene para nuestro progreso, sabiendo que nuestro dolor es eso, nuestro, y de nadie más, y que por lo tanto no es justo que por nosotros sufran otros también.
No gustándonos el dolor y comprendiendo ya que hemos sido creados para todo lo contrario, hemos de poner todas nuestras fuerzas para soportarlo, siempre que no haya otro remedio, lo mejor posible, así nos molestará menos, reconvertirá nuestros recursos internos en mecanismo de defensa y de aceptación haciéndolo más llevadero y podremos dar gracias a Dios por darnos la oportunidad de saldar nuestras deudas, de hacernos más sensibles y de ofrecernos otra existencia para “empezar de nuevo”.






