Para que toda relación prospere, ha de existir un diálogo fluido y un intercambio de opiniones, una comunicación natural y flexible en la que cada individuo pueda expresarse libremente, sin ser coartado, condicionado, limitado, y en otro sentido no menos importante, sin ser menospreciado, desoído o rechazado.
El diálogo, como norma natural de conducta, es portador de paz y de esclarecimiento de las cuestiones, las dudas, los problemas, es fuente de enriquecimiento en lo personal y lo cultural, es una base de experiencias, ayuda a una sólida formación de nuestra personalidad por todos los matices que nos aporta y la oportunidad de contrastar y conocer otras opiniones, nos ayuda también al mismo tiempo de conocer a otras personas, a conocernos también mejor a nosotros mismos. Y es además el mejor aliado para ser capaces de establecer objetivos, aunar criterios, crear iniciativas, estimular nuestros valores, nuestra fuerza, contribuye en fin a un entendimiento general que desvanece toda suerte de obstáculos y entorpecimientos.
Ahora bien, reconociendo la falta de diálogo que lamentablemente existe en todo tipo de relaciones, y en todos los pueblos y sociedades, parece que más acentuada en los países más industrializados, debemos saber por qué existe esa falta de comunicación que engloba las relaciones de matrimonios, de padres a hijos, entre hermanos, compañeros, amigos, viéndose tan sólo que se conversa nada más que en lo superficial, pero no en los problemas, intimidades y en las cosas importantes que hacen que la convivencia y las relaciones puedan ser más auténticas, fraternas y de verdaderos sentimientos de bien y de afecto hacia el prójimo.
Si en efecto el diálogo es un medio muy bueno que tenemos para entendernos, para hacernos comprender, el diálogo no lo es todo, sino que va precedido de nuestro comportamiento, y seguido igualmente de la autenticidad y veracidad de todo cuanto decimos.
Por ello hablar, comunicar-nos sin ese requisito primordial que es la nobleza, el ser verídicos en todo, la fidelidad, ser hombres de palabra -como los de antes- puede resultar inútil y hasta perjudicial, pues se echa tierra a su propio tejado, y cuanto más hable peor, si quien nos está transmitiendo una idea no lleva parejo a él su ejemplo.
Por esta razón tanto el diálogo, como el ser escuchados por los demás tiene unos condicionamientos previos, que son los que pueden dar lugar a que se produzca, en efecto, el momento tan positivo en que se alumbra una conversación tranquila y sosegada, sin apasionamiento, franca y sincera, receptiva por parte de todos los contertulios, y de ella se puedan extraer un buen puñado de reflexiones y conclusiones constructivas.
Todo apunta a que cuando entre dos o más personas, ya sea en la familia, etc., no se produce, con natural espontaneidad y a menudo, la con-versación, el diálogo, el cambio de opiniones, es porque entre ellos existen serias diferencias, de carácter, principalmente, y de opinión, en segundo término por generalizar la cuestión, y por parte de uno o del resto de los componentes no se quiere cambiar y corregir, o someter a examen las situaciones, siendo muy difícil que se produzca el diálogo, o sí por lo menos el entendimiento que favorece la armonía en la relación.
También es cierto que cuando existe de por sí una buena relación sostenida por la amistad, el cariño, el afecto, etc., las palabras se quedan parcas y muchas veces ni tan siquiera son necesarias, ya que el sentimiento y la bondad que se manifiestan van por delante siempre de las palabras; aunque lo normal y preferible es que sí las hubiera, palabras de estímulo, de agradecimiento, de felicitación, etc..
Es por tanto necesario que nos planteemos esto, si deseamos llegar a un diálogo espontáneo y sincero, si vemos que lo necesitamos en más de una situación, o con alguien en particular observemos primero qué es lo que puede estar impidiendo a la otra persona que se acerque a nosotros para establecer un diálogo. Veamos si puede estar en nosotros la causa de dicho inconveniente antes de nada. Esto como método da muy buen resultado. Tratar de observar en nosotros los posibles fallos, para comenzar a subsanarlos y entonces observar si por sí solo comienza a remitir el problema, y si no es así, entonces debe-remos analizar y buscar otras causas y otras soluciones.
Cuando por el ejemplo los hechos confirman nuestras palabras, nuestra persona adquiere una fuerza moral que hace que seamos no sólo escuchados con atención, sino que además causamos una natural atracción de los demás, que se sienten a gusto y confiados con nosotros, sintiéndose a salvo de fraudes, engaños y decepciones.
Sin embargo, si por naturaleza, por estar dotados de un don especial en nuestro modo de hablar y manifestanos, para atraer a los demás, y por contra nos traicionan después nuestra conductas, valores negativos; si somos hipócritas y mentirosos, si sólo nos interesa granjearnos la amistad de los demás para intereses particulares, de poco nos servirá nuestro don, excepto para adquirir una gran responsabilidad al no utilizar para bien común y para nuestro progreso en especial esa cualidad con la que el Padre nos ha permitido bajar a la Tierra.
Hay que acompañarse antes de otros valores si queremos que el don de la palabra y el diálogo den sus frutos, si deseamos estar rodeamos de una buena compañía que nos aprecie y que nos admita en su círculo de amistad, éstas pueden ser algunas de las caraterísticas que debemos incorporar en muestro diario vivir para lograr dicho objetivo:
- Respetar por encima de todo otras actitudes y criterios.
- Propiciar un dialogo interesado en los otros más que en uno mismo.
- Disposición de reconocer y de aprender de cuanto se nos sugiera o aluda a nuestra persona.
- Desechar por completo el “ordeno y mando”.
- Llevar el diálogo por vías de razonamiento y educación.
- Escuchar con atención es mejor que hablar.
- Reflexionar antes de hablar, esto demuestra que prestamos atención a la conversación.
No se puede propiciar un diálogo natural si a priori menospreciamos a los demás. Si nuestro comportamiento normal nos indica que estamos interesados sinceramente en nuestros semejantes, de alguna manera tenemos que hacer notar nuestro deseo de conllevar una relación algo más que llevadera y superficial. Comencemos por una actitud de respeto y tolerancia, de admisión de que otras personas compongan nuestra atmósfera social, saliendo así del yo a que estamos acostumbrados sin que nadie nos incomode o interfiera nuestra vida, porque eso es un error, no nos ha colocado Dios en una isla para vivir, sino en una sociedad global para aprender a convivir y progresar en común, no nos encerremos pues nosotros en una isla que nos impida incluso la comunicación con los seres más cercanos a nosotros.
Dar afecto, cordialidad, gentileza, pero no sólo por educación sino porque nos sale de dentro, porque así lo deseamos. Mostrarnos sinceros, sin esconder nada ¿a quién escondemos nuestra personalidad, si demostrado está que cuanto más queremos esconder más “se nos ve el plumero”? Éste ha de ser el caldo de cultivo para comenzar una buena relación, que repercutirá en que pueda propiciarse la comunicación, la cual hará engrandecer la amistad sembrada antes, embellecerla y profundizar en esa relación más y más, sin miedo a que cada persona se manifieste con su propia idiosincrasia, tal cual es, seguro de que es aceptado así, con sus virtudes y defectos, pero eso sí: con el deseo y la vigilancia para que tales defectos estén siempre bajo control y no molesten ni hagan daño a nadie.
Sin el deseo sincero de amistad como antesala y un interés exteriorizado por los demás, de poco puede servir el diálogo que se pueda producir, sino para conducir al hastío y la dejadez, a que cada cual tire para su lado y perdure el desentendimiento, no dispuestos a ceder, a tolerar, a comprender, a apartar las cosas insignificantes pero que por los defectos se convierten en columnas gigantes que impiden la relación fraterna, el diálogo y…
Diálogo por: Fermín Hernández Hernández
La actitud defensiva frente a la opinión de los demás convierte el diálogo en un diálogo de sordos.






