En nuestra época, una de las pasiones dominantes de los hombres pensadores es la lectura; vivir sin leer sería vivir sin aire, sin luz, sin cielo, sin ese alimento del alma que ya Jesús juzgaba necesario cuando dijo que no sólo de pan se alimenta el hombre.
Lecturas filosóficas atrajeron nuestra atención, y en ellas encontró nuestro Espíritu un lenitivo a su profunda pena, un calmante de su dolorosa ansiedad, una razón, una causa justificada de su infortunio, de su abandono, de su tristísima soledad.
Especialmente en las obras de Allan Kardec encontramos el agua de la salud; en ellas nuestra alma calmó su sed; y mucho es encontrar en la Tierra el manantial purísimo de la verdad. Pero no hemos tenido bastante con la lectura de las obras espiritistas, leemos diariamente dos o tres periódicos políticos, porque los periódicos forman parte del alimento que necesita el alma. Confesamos ingenuamente que, si después del desayuno no leemos los periódicos, nos parece que no nos hemos alimentado; a pesar de que la mayor parte de los días, al terminar nuestra lectura, decimos con profundo desaliento:
̶ ¡Cuántos horrores! ¡Qué triste es habitar en este mundo! ¿Cuándo saldremos de él? ¿Cuándo nuestro progreso nos permitirá vivir en otro planeta donde las expiaciones no sean tan horribles? Donde no haya espíritus merecedores de sufrir torturas tan espantosas, que sólo al pensar en ellas se estremece nuestro ser, sintiendo una sensación inexplicable, indefinible; sólo podemos decir que es inmensamente doloroso; porque nos conmueven, no son imaginarios como los de las novelas; son reales, efectivos, y ante la verdad nuestro temor aumenta; porque no sólo nos preocupan y nos lastiman los efectos que vemos, nos espantan mucho más aún las causas que los deben haber producido; y ante una humanidad tan miserable se subleva nuestro Espíritu, y después… después cae en el abatimiento más profundo; porque recordamos el antiguo adagio: dime con quién andas, y te diré quién eres.
Cuando aún estamos entre ellos, cuando nuestra existencia actual ha sido tan pobre, tan intensamente triste, cuando miramos al pasado y sólo vemos una lucha incesante entre nuestro Espíritu y la fatalidad de nuestra expiación, contemplamos el presente y nos consideramos como un ser que vive fuera de su centro, sin familia, sin poseer un átomo de tierra, faltándole en gran parte uno de los dones más preciosos que embellecen la existencia en este planeta: ¡La vista! Cuando miramos al porvenir, si no nos espanta, tampoco nos alegra, decimos con triste ironía: preguntamos qué habrán sido esos desgraciados que tanto han tenido que sufrir en esta encarnación, y nosotros ¿qué habremos sido? Cuántos hogares habremos abandonado, cuando la soledad del alma ha sido nuestro patrimonio.
Hablándonos, decimos a los espíritus: descorred el velo que oculta nuestro pasado. Pero no, no; callaos, por piedad; si sufrimos cuando recordamos los desaciertos cometidos en esta existencia, si cuando en nuestros sueños contemplamos confusamente algo de nuestro ayer y leemos a medias una página de nuestro pasado, nos despertamos abatidos, humillados, avergonzados de nosotros mismos: ¿Qué sería si leyéramos en el libro de nuestra historia algunos capítulos? ¡Ah! No, nos basta por ahora con deducir lo que fue el pasado, por las amarguras del presente; y para olvidarnos de nosotros mismos pensamos en los demás, estudiamos en otras historias, vivimos consagrados al estudio de las miserias humanas.
No hay desgracia que no tenga su historia; no hay crimen sin castigo; no hay ambición desmedida sin humillación y pobreza; no hay burla que no atraiga sobre sí el ridículo, ni buen deseo sin recompensa de gran valía, ni sacrificio que no sea tenido en cuenta, ni leal consejo que no sea pagado con prudentes advertencias.
La vida no es otra cosa que sembrar, cultivar y recoger; si se siembran malas intenciones y se cultivan crímenes, ¿qué cosecha se recogerá? El castigo, la condena de cierto número de años o de siglos según el tiempo que se haya cultivado la heredad de la infamia; en cambio, el que siembra buenos deseos, el que cultiva el árbol del progreso, el que verdaderamente ama a la humanidad, ¿qué frutos recogerá? El agradecimiento de los humildes, la admiración de los sabios y el cariño de todos aquellos que se interesan por sus semejantes.
¡Ah! Si no hubiera sido por la comunicación de los espíritus hubiéramos sido tan desgraciados; pero hablando con ellos, estando en relación con los seres de ultratumba, leemos, estudiamos, comentamos y preguntamos la causa de esas expiaciones tan horrorosas que tanto nos impresionan. El dolor indudablemente es el libro de texto de la humanidad; en sus múltiples hojas se aprende más que en todas las bibliotecas de este mundo.
Últimamente hemos leído la breve descripción de un suicidio, de una causa criminal y de un alumbramiento, y en los tres sucesos hemos hallado circunstancias tan agravantes y datos tan dignos de ser profundamente estudiados, que después de leerlos cien veces hemos dicho a los espíritus que más nos inspiran y ayudan en nuestro trabajo:
̶ Amigos y compañeros invisibles, vosotros que veis nuestra sana intención, que no es otra que demostrar con hechos palpables lo malo que es ser malo y lo bueno que es ser bueno, dadnos alguna explicación más o menos concreta, más o menos explícita de las causas que han producido los dolorosos efectos que tan tristemente nos han impresionado; escuchad la relación de un suicidio ocurrido en París cuyos detalles horrorizan.
El suicida era un anciano de ochenta y dos años. Para llevar a cabo su desesperado propósito se colocó delante de la chimenea de su habitación, se desnudó completamente y se abrió el vientre con un cuchillo; verificada esta terrible operación, introdujo el cuchillo en la herida, cortó parte de las entrañas y las arrojó al fuego. Dejó escrita una carta con lápiz, que se halló sobre la mesa, concebida en estos términos: “El comisario de policía encontrará en mi casa seis mil francos. Pido perdón a Dios”.
¿No es verdad que es horrible ese modo de morir? La miseria no le atormentaba, que es uno de los motivos más desesperantes que inducen al hombre a terminar sus días; su edad avanzada no era la más a propósito para tomar semejante determinación, más propia del ardimiento de la edad viril que del decaimiento de un octogenario. ¿Qué móvil tan poderoso pudo armar su brazo? “El estricto cumplimiento de una ley justa”, nos dice un Espíritu. El que merece ser castigado, cuando nadie le castiga, se castiga él mismo.
“Ese desgraciado, que tuvo él mismo que arrancarse parte de sus entrañas, se ha complacido durante muchos siglos en descuartizar a sus siervos, embreando a sus esclavos para que les sirvieran de antorchas en sus desenfrenadas saturnales; y necesario era que él mismo se atormentara algunos segundos, ya que su actual progreso le había salvado de las garras de la justicia”. “Habéis puesto buen epígrafe a vuestro escrito. ¡Cuántos horrores!… decís con doloroso estupor. ¡Ah! No lo sabéis bien; del horroroso incendio no veis más que las muertas cenizas, pasó la tempestad, y sólo las brisas primaverales mueven las frondas de vuestro bosque; seguid preguntando y os iremos respondiendo”.
Gracias, buen Espíritu, deseamos que nos digas algo sobre la terrible obsesión, o sea, el poder que ejercéis sobre algunos seres; prueba de ello el hecho siguiente: “Una envenenadora. –Los tribunales belgas emprenden un proceso cuya trágica criminal heroína merece ser conocida. Trátase de una joven de veintiún años, a quien se sigue procesando por envenenadora. En los primeros interrogatorios negó los crímenes que se le imputaban; pero después ha confesado que ha envenenado a su padre, a su madre y a dos hermanos. Al preguntar el presidente del tribunal por qué envenenaba, dijo la acusada: porque no puedo evitarlo. Oigo voces en mi alma que me dicen que envenene. Algo hay dentro de mí que me obliga a hacer esto. Yo adoraba a mi madre, y cuando la veía sufría; día y noche me perseguía la misma voz diciéndome sin cesar: haz que duerma en paz; en la sepultura se descansa.
Busqué veneno y se lo mezclé en los alimentos en cantidades pequeñas, hasta que murió. Creí morirme de pena por la muerte de mi madre, porque la adoraba, menos cuando esas voces interiores me hablaban. Por razones idénticas envenené a mi padre, que no se encontraba bien tampoco, y después esa implacable voz de mi Espíritu me dijo que envenenara a mis hermanos, y los envenené”.
Buen caso para los médicos aficionados a los estudios frenopáticos dice el periodista que escribió el suelto anterior, y buena ocasión decimos nosotros para que un espiritista entendido visitara a aquella joven y hablara con el terrible enemigo que la llevará hasta el patíbulo o a una reclusión por toda su vida. ¿Qué nos dice a esto, buen amigo invisible, puede la obsesión dominarnos en absoluto?
«Cuando uno se quiere dejar dominar sí; cuando le agrada el compañero que se le ha unido, cuando no es uno refractario al ser que le inspira, porque no debéis olvidar que si durante la vigilia el Espíritu encarnado tiene una venda que le ciega, cuando el sueño deja en reposo la materia, el Espíritu libre de su pesada envoltura ve claramente el abismo en que se encuentra, y no le faltan fieles amigos que le adviertan del peligro en que se halla, y le indiquen los medios para huir del precipicio.
»El Espíritu nunca está solo, nunca está abandonado a merced de su adversidad; tiene su libre albedrío para elegir el camino ancho y el sendero estrecho, buscando como es lógico su centro de atracción. Los espíritus obsesores no imponen su voluntad sino sobre aquellos que se complacen en obedecerles; y aun cuando aquellos no estén predispuestos para cometer maldades, las ejecutan sin violencia, porque constituyen su modo de ser; y tened entendido que las malas costumbres echan raíces más profundas que las virtudes en los espíritus ignorantes, viciosos, dóciles instrumentos de horribles venganzas, siendo su docilidad un vicio de los más repugnantes; son dóciles porque son perezosos, porque no quieren andar más camino que el que están acostumbrados a recorrer; estos son los seres que se dejan obsesar, los que se alegran de tener quien piense por ellos, los que desconocen en absoluto el precioso e inestimable tesoro que llevan en su mente, ¡la razón!
»Los que se estacionan sin valorar el valor del tiempo, esos son los que se convierten en juguetes de otras voluntades, los que no quieren rechazarlas, los que viven en ese centro bajo perniciosas influencias». «La obsesión es un hecho indudable, muchos asesinos levantan el arma homicida obedeciendo a invisibles mandatos; pero cuando hay fuerza de voluntad, cuando el Espíritu dice: quiero ser libre, llega a serlo; porque Dios no crea esclavos, no crea inteligencias para que sean instrumentos del mal. Tenedlo bien entendido, si vosotros no queréis, nosotros no podemos obligaros a ejecutar nuestros deseos.
»Hay historias horribles en vuestro planeta; los crímenes se enlazan y se eslabonan sin que eso que llamáis casualidad tome parte en ello. Compadeced a los obsesados porque son muy infelices, persistiendo con su obediencia en seguir las huellas de sus crímenes anteriores».
Estamos muy conformes con la opinión de este Espíritu; siempre hemos creído que las fuerzas de nuestra voluntad y el razonamiento de nuestra inteligencia eran bastante para rechazar todas las malas influencias que se encuentren en el Universo; de no ser así, Dios sería injusto, habiendo creado un alma más débil que las demás, expuesta a caer en el abismo de la culpa, impulsada por el mismo Dios que la desheredó al nacer.
Otro suceso horrible llama nuestra atención: Hace algún tiempo que murió, cerca de Varsovia, una campesina de veintisiete años que se hallaba encinta de seis meses. La muerte llegó inesperadamente sin que la precediera síntoma alguno de enfermedad. Sin embargo, como la difunta había sido a menudo maltratada por su marido, se sospechaba que este la había asesinado. Este rumor llegó a oídos de la autoridad, que inmediatamente hizo exhumar el cadáver. Pero ¡cuál sería la sorpresa de la comisión judicial y de todas las personas que asistieron a la exhumación cuando al abrir el ataúd hallaron a los pies del cadáver de la mujer un niño muerto al nacer! Este niño había llegado a su completo desarrollo y venido al mundo en la tumba. En cuanto a la madre, se ha probado que había sido enterrada viva, habiendo sólo perdido el conocimiento, y que al despertar había dado a luz a su hijo en medio de sufrimientos atroces.
¡Qué sufrimiento tan horrible! ¿Qué causa pudo producir ese efecto? «Fácil es de adivinar (nos dice un ser de ultratumba), nadie sufre dolores y angustias de ese género sin haberlas hecho sufrir a otros. ¿Qué castigo merece la abadesa de un convento, rígida y tiránica, hasta llegar a la crueldad más inconcebible, que habiendo entrado en un monasterio tropas enemigas, abusando estas de las esposas del Señor, algunas de ellas obedeciendo a las leyes naturales llegaron a ser madres y la abadesa, antes de que dieran a luz, las emparedase y las alimentase con pan y agua hasta que dieran a luz, dejándolas después morir de hambre en castigo de su liviandad a ellas y sus hijos ¿No es justo que sufra los mismos dolores la que fue tan inhumana? Sí; por eso lo sufrió la campesina de Varsovia, porque abusó de su poder, porque martirizó sin piedad cuando era dueña y señora de muchas infelices alucinadas, que creyendo encontrar en un convento la paz de los ángeles hallaron las torturas más horribles que se pueden soñar, el odio implacable de una mujer celosa.
Apartad vuestra vista de esas escenas terribles, dejad a los muertos en su podredumbre y buscad más ancho espacio para tender vuestro vuelo. Vivid convencidos de que no hay culpa sin castigo. ¡Ay de los culpables!».
Es verdad; desgraciado de aquel que en las páginas de la historia se encuentra hechos que merezcan reprobación, porque tienen suspendida sobre su cabeza la espada que Damocles vio sobre la suya al ocupar el trono de Dionisio el Antiguo. Por eso, nuestro afán no debe ser otro que procurar nuestra regeneración para quedar exentos de pecado, y entonces será nuestra vida dulce y reposada, tranquila y sonriente, sin recuerdos desgarradores ni presentimientos horribles.
¡Oh!, dulce paz del alma ¡Oh!, tesoro inapreciable, ¡tú eres la única riqueza que ambicionamos! El día que lleguemos a poseerte nos conceptuaremos completamente felices, pues aunque en la actualidad nuestro sueño es tranquilo y en esta existencia no hemos cometido ninguno de esos crímenes que horrorizan su recuerdo, y que atraen sobre el culpable el castigo de la ley, nuestra profunda tristeza, la soledad íntima en que hemos vivido (y vivimos aún), las innumerables contrariedades que nos han atormentado, todo en fin, indica, que somos uno de los muchos espíritus que no le han concedido valor al tiempo, que han perdido muchos siglos en frivolidades, y ahora se encuentran pobres en ciencia y en virtud.
Somos muy pobres, sí; no se nos oculta nuestra pequeñez moral e intelectual; pero hemos despertado de nuestro sueño y con verdadera decisión queremos recuperar el tiempo perdido. Queremos ser grandes, sabios y buenos; ¿llegaremos a serlo? Sí; porque querer es poder.
Cuántos horrores por: Amalia Domingo Soler






