En innumerables ocasiones existe una relación directa entre nuestro estado de ánimo y nuestra forma de tratar a los demás. Sin duda, ello es debido a que un buen estado de equilibrio da a la persona satisfacción y paz interiores y esos mismos sentimientos tienden a compartirse con otras personas.
Todos hemos conocido a personas que manifiestan antipatía o vibran frecuentemente en estados cercanos al pesimismo o a la depresión (hasta incluso podemos ser nosotros mismos los que hayamos pasado por esas circunstancias o corramos el riesgo de pasarlas), y coincidiremos en afirmar que el trato con aquellos que sufren esos desequilibrios es bastante complejo y podríamos decir que dificultoso, pues cuando se está afectado por esos aspectos el individuo tiende a interiorizarse en exceso, a hacerse egoísta y colocar barreras ante los demás, de forma que no se deja ayudar y se distancia voluntariamente, evitando toda oportunidad que le incentive a salir de si mismo y relacionarse con el mundo exterior.
La consecuencia lógica de lo anterior es que por propio beneficio hay que evitar esos estados negativos para facilitar un correcto intercambio en cuanto al trato con los demás se refiere. De otro modo si no nos encontramos vigilantes y atentos ante cualquier cambio de humor que nos sobrevenga, podremos empañar nuestras relaciones con los demás, impulsados por ese malestar que estamos sintiendo.
En razón de lo expuesto, podríamos pensar que es preciso alcanzar un equilibrio interior tanto en pensamientos como en sentimientos para seguidamente comenzar a fomentar nuestra vida de relación con el prójimo; sin embargo ello no es así, debemos realizar un trabajo continuo con nuestro aspecto interior (en esa permanente búsqueda del equilibrio y el auto-perfeccionamiento) y nuestra vida social, procurando a la vez que esta última mejore ofreciendo lo mejor de nosotros mismos.
Por supuesto que no es fácil mostrar a nuestros semejantes las facetas positivas que podamos tener de forma continuada, es lógico que en algunas circunstancias el desánimo, la depresión, enfados, discusiones, y un largo etcétera de aspectos desarmonizantes hagan su aparición, pero los demás no tienen la culpa y no debemos modificar nuestro comportamiento con ellos por encontrarnos mal con nosotros mismos.
Recordemos que no es nada positivo desequilibrarse cuando surgen los problemas o no hay entendimiento entre las personas, contamos con otras posibilidades, sobre todo aquellas que nos acercan al diálogo, al respeto y a la tolerancia entre las personas, de otro modo si permitimos que sentimientos de rebeldía, rencor, odio, malquerencias, etc. se apoderen de nosotros, en vez de solucionar nuestro problema o superar esa desavenencia con la otra persona, empeoramos todavía más la situación.
Si deseamos prodigar a nuestros semejantes con el mejor de los tratos, y actuaciones, es preciso que por nuestra parte sepamos establecer una cierta correlación entre nuestros gustos/aspiraciones y el trabajo/ayuda que se ha de ofrecer a los demás. No seria lógico que interiormente creamos en lo positivo de una determinada idea y que después, por comodidad o desgana, no la llevemos a efecto en nuestra vida diaria. Esta anterior situación provocará una continua insatisfacción personal por no desarrollar a nivel práctico aquello que anhelamos y sentimos.
En este sentido, el equilibrio personal tiene mucho que ver con la tranquilidad de conciencia. Si esta nos avisa de algo que no funciona, hay que prestarle atención y analizar cuáles son las causas que han puesto en alerta esa voz interna, para seguidamente solucionarlas sin dilación. No olvidemos que una buena parte de las depresiones tienen su raíz en el descontento que la persona siente consigo misma al no encontrarse satisfecha con sus propias actuaciones.
Son muchas las personas que saben que han de enfrentarse a infinidad de problemas o situaciones que les afectan, y sin embargo prefieren hacer caso omiso a esa sensación que le invita al trabajo, retardando voluntariamente su solución. Son personas que prefieren acomodarse y vivir sin complicaciones, y con su comportamiento van ahogando a esa voz que les está indicando el camino que deben escoger para ir encontrándose a si mismos y solucionar cuantas situaciones erróneas o problemas les vayan apareciendo. Quien así actúa no puede encontrar satisfacción alguna consigo mismo, más bien si es sincero observará la gran contradicción interna que está provocando y causándole estados de nerviosismo, irritación y disconformidad que de una forma o de otra afectarán su vida de relación con los demás.
Si el individua no se encuentra feliz consigo mismo (lo que quiere decir medianamente satisfecho de sus actuaciones y forma de ser), nunca podrá repercutir al exterior esa felicidad interior; es más, resulta casi necesario que nos aceptemos, cada uno individualmente, tal y como somos, con nuestras cualidades y errores, para ser capaces de aceptar a los demás; caso contrario es muy difícil que podamos transmitir sentimientos de tolerancia, perdón, comprensión, etc., si sentimos otra cosa.
La célebre frase «Ayúdate y el cielo te ayudará«, tiene aquí una nueva dimensión, es preciso trabajar uno mismo para ser capaces de captar lo que desde el exterior se nos envía (bien sea la Providencia o las personas que tenemos a nuestro lado). Si una persona derrocha simpatía y felicidad no tardará en atraer hacia si aquello que ha ofrecido a los demás. Está claro que hemos de dar nosotros el primer paso para comenzar a fomentar ese buen clima que más pronto o más tarde repercutirá en nosotros.
Mantener una actitud mental positiva influye muy directamente en la forma de comportarnos con nuestros congéneres, de igual modo si vibramos en pensamientos de naturaleza pesimista nuestras acciones se verán en cierta medida condicionadas por esa carencia de ánimo. Recordemos qué interiormente podremos encontrarnos mal, pero los demás no tienen la culpa de nuestro estado y ni mucho menos se merecen que les tratemos negativamente si no controlamos nuestra desarmonía. La mejor forma de recuperar el equilibrio perdido es comenzar a preocuparse por los demás antes que por nosotros mismos, porque en la misma medida que dejemos de fijarnos excesivamente en el propio interior, podremos recuperar ese entusiasmo que intervendrá en la solución de los propios problemas y en la mejora de nuestras relaciones.
El nuestro es un trabajo doble y complementario, por un lado reflexionar continuamente para lograr un bienestar interno y poder transmitir esa satisfacción a nuestro alrededor, y por otro cuando nuestro trato con los demás se nos hace agradable, internamente nos sentimos predispuestos a admitir los mejores pensamientos y sentimientos.
Buscando el equilibrio interior por: J.M.B.






