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ATEÍSMO Y CIENCIA

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Ateísmo y ciencia

Hoy, el eterno debate está llegando a un final no previsto, pues los reduccionistas científicos y “fisicalistas” que todo lo achacan al influjo de la materia se baten en retirada ante determinados avances y descubrimientos constatados por la ciencia de vanguardia. Uno de estos debates es sobre las evidencias de la existencia de Dios, donde el naturalismo derivado del darwinismo ha degenerado en “evolucionismo”, una teoría sin demostración, exenta de evidencias empíricas y abrazada desesperadamente por los neo-ateos.

Son aquellos científicos que antes que aceptar la existencia de una causa inteligente en el origen del Universo y de la Vida prefieren explicaciones peregrinas donde el azar y la nada son los cimientos sobre los que construyen sus hipótesis.

La evolución comenzó a invocarse en biología como un aparente sustituto de Dios. El término se tergiversó de tal modo que pasó de ser una hipótesis técnica a un principio metafísico ateo. Adornado fraudulentamente con el prestigio de la teoría de la evolución, el Evolucionismo se convirtió en una filosofía antirreligiosa en la cual la Evolución aparece como una deidad.

Donald Mckay, Investigador de redes neuronales

La abiogénesis propone que la vida surgió de la materia inanimada, pero la realidad es que no hay ninguna prueba de esto ni nada que pueda pretender serlo. En palabras del biólogo molecular Douglas Axe: “La cuestión es ¿cómo llegamos aquí?, y en esto reconocemos que NINGUNA hipótesis actual explica cómo surgió la vida. La ciencia no lo sabe y ni siquiera tiene una hipótesis plausible. Es una ignorancia que desafía al ateísmo”.     

Muchos de estos ateos parecen aceptar cualquier explicación, siempre que no tenga en cuenta a Dios. Entre los eminentes ateos que confunden espiritualidad con religión y que, para negar la causa primera atacan con virulencia a las falencias de la historia de la religión para justificar sus propuestas acientíficas, podemos destacar algunos notables profesores como Richard Dawkins, Chistopher Hitcken, Sam Harris o Michel Onfrey, entre otros.

“Para mí es impensable que un ateo real pueda ser un científico… nunca he conocido ningún hombre inteligente que no creyera en Dios”.

Robert Millikan, norteamericano, Nobel de Física 1923

Investigando los antecedentes de grandes investigadores y hombres de ciencia, es increíble cómo la propaganda neo-atea logra imponer su relato acerca de que los científicos son ateos. Es justamente lo contrario. En la gran mayoría de los casos, tanto en la historia reciente como en la de los grandes pro-hombres de la ciencia, la mayoría de los pensadores y sabios del pasado han sido creyentes convencidos acerca de la existencia de un creador que es el origen de todo lo que existe.

En el pasado, remontándonos a partir de la aparición de la ciencia moderna, podemos mencionar a Newton, Galileo, Pascal, Descartes, Kant, Leibniz, Darwin, Pasteur, Mendel, etc. En el presente podemos mencionar el estudio titulado “100 años de Premios Nobel” realizado sobre los premiados desde hace cien años hasta ahora (tiempo que lleva en marcha este prestigioso premio). En este trabajo se constata que el 90% de los premiados se identificaban con una religión (vinculados a 28 religiones diferentes), y dos tercios de ellos eran cristianos.

Otro aspecto significativo es el hecho de que el porcentaje de ateos se elevaría al 35% en el caso de los Nobel de Literatura, mientras que sólo un 10% de los Nobel de ciencias son ateos. Estas personalidades representan la élite mundial de la ciencia del siglo XX y XXI. Una conclusión de este estudio es la siguiente: “podemos concluir que, entre estas mentes notables, la ciencia sería más bien un factor de creencia y no de ausencia de creencia en Dios”.

Y ciertamente, en las manifestaciones y declaraciones de grandes científicos podemos entender cómo muchos de ellos, ateos o agnósticos declarados en sus principios, fueron adquiriendo la certeza de la existencia de una Mente Superior, una Inteligencia y Causa Primera, a raíz de sus propios descubrimientos.

En ese sentido es relevante la frase de una de las mentes de la ciencia más esclarecidas del último siglo. El físico Werner Heisenberg, premio Nobel, autor del “principio de incertidumbre” sobre la velocidad y localización de las partículas elementales, afirmaba: “El primer sorbo del vaso de la ciencia te convertirá en ateo, pero en el fondo del vaso Dios te está esperando”.   

Y como él, muchos otros como Francis Collins, el director del proyecto genoma, que vivió un proceso vital parecido desde el ateísmo a la creencia en Dios.Afirmando así:

Encontré que el ateísmo es la menos racional de las elecciones y la creencia en Dios era la elección disponible más racional. La evidencia científica pide a gritos un Creador. El Dios de la Biblia es también el Dios del genoma. Se le puede adorar en la catedral o en el laboratorio”.

Francis Collins – Director del Proyecto Genoma

Otra de las falacias interesadas que han permeado el pensamiento acientífico y que las mentes de los estudiantes de ciencias aceptan, sin reflexión alguna, es la idea de que la religión y la ciencia son incompatibles, e incluso opuestas.

Nada más lejos de la realidad; tanto la espiritualidad como la ciencia tienen el mismo origen. La primera nos habla de la intimidad del ser humano, su psique, su alma, sus percepciones, sus pensamientos y emociones, sus reflexiones, sus decisiones, su libre albedrío, su moral, etc.; nada de todo esto es biológico o de origen material, sino que pertenece al dominio de la mente, de la voluntad o de la inteligencia, y estas capacidades no tienen un origen biológico, no se originan en el cerebro sino en el alma, la mente o la conciencia del ser humano.

Estas capacidades humanas interiores y subjetivas son precisamente las que nos individualizan y caracterizan como personas únicas e irrepetibles. Dos gemelos univitelinos, genética y morfológicamente iguales, se diferencian como dos seres distintos por las cualidades innatas que tiene su alma y que les diferencian de cualquier otro ser, por mucho que sean iguales biológicamente. El exclusivismo materialista, el mecanicismo y el fisicalismo que todo lo reduce a la materia se encuentra en periodo de grave obsolescencia. El materialismo ya no es una explicación válida para la comprensión de la realidad, es insuficiente y además incompleto y erróneo. Y sin embargo, el paradigma mecanicista sigue todavía vigente en la formación de los científicos actuales, aunque ya debilitado y en entredicho.

“El Materialismo es falso”

Kurt Gödel, Matemático

La ciencia no puede obviar por más tiempo que por ella misma no es capaz de resolver los enigmas que afectan al ser humano y su más preciado tesoro: su individualidad. Ni el origen de la conciencia y de la mente encuentran explicación alguna por parte de la ciencia actual si se les desvincula de su aspecto espiritual. Y ni siquiera el origen de la vida y el paso de la materia inanimada a la vida orgánica están al alcance de la ciencia actual. Porque todo ello pertenece al dominio del espíritu, del alma, de la conciencia y de la mente, y todos estos atributos son inmateriales, trascendentes e imposibles de cuantificar o reproducir a voluntad en un laboratorio.

Por otro lado, así como la naturaleza tiene sus leyes inmutables y sus constantes que crean la realidad exterior que podemos observar, la propia intimidad del ser humano, su alma, no está exenta de leyes y normas que regulan su existencia, su desarrollo y evolución. Estas leyes son las leyes morales que ayudan a crecer al ser humano en el discernimiento del bien y del mal avanzando en el desenvolvimiento de los recursos internos que cada ser posee en su interior, en su propia conciencia.

“Una religión filosófica basada en la ciencia nos encaminará hacia Dios, porque la ciencia sin la religión está coja y la religión sin la ciencia es ciega».

Albert Einstein – Físico

Leyes físicas y leyes espirituales o morales son otra de las garantías de la inexistencia del ateísmo, pues ambas tienen el mismo origen: Dios. La Mente suprema, la inteligencia y causa primera que es el origen de todo lo que existe y de la cual la Mente humana no es más que su reflejo. Así pues, la guerra interesada que todavía hoy muchos desean mantener entre ciencia y religión o ciencia y espiritualidad es infructuosa, baldía y espuria, ya que tanto la ciencia como la fe son las dos fuerzas superiores que permiten avanzar a la especie humana en todas las épocas de la humanidad.

No existe contradicción, existe limitación humana, y esta última procede del grado de adelanto intelectual y de comprensión del universo que todavía tenemos. Para muchos, el grado de esta comprensión es absoluto y los niveles de tecnología alcanzados así lo atestiguan. No obstante, como así lo demuestra la historia de la propia ciencia, a un descubrimiento científico sigue otro mejor, más preciso, que amplía el anterior. Esto es la prueba de la evolución de nuestros conocimientos que todavía están en grados limitados y que seguirán ampliando nuestra comprensión sobre la realidad y la vida.

Así pues, la ciencia, por sí sola, nunca podrá abarcar el conocimiento completo de la realidad. Mientras que la religión, si no se despoja de los atavismos propios del dogmatismo, el exclusivismo y el fanatismo quedará igualmente limitada para la comprensión de la realidad integral.

Dios es el único ser NO contingente por su realidad Eterna, algo que no comparte con nada ni con nadie en su propia creación. El propio ser humano es contingente, pero no eterno, pues ha tenido un principio cuando Dios creó su alma y la colocó en el proceso evolutivo, dotándola de libre albedrío, voluntad e inmortalidad.

A partir de aquí, las leyes creadas para el orden, el progreso y la perfección del universo afectan al hombre en los dos aspectos, el físico y el espiritual.Desentendernos de cualquiera de los dos caminos nos lleva al estancamiento y la incapacidad de comprender de forma integral y holística la realidad última que nos rodea.

“Es forzoso admitir que existe una fuerza o poder incomprensible con una visión y conocimientos ilimitados que creó todo el universo en el origen”.

Christian Anfinsen, Bioquímico, Nobel de Química 1972

Ateísmo y ciencia por: Antonio Lledó flor

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