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EXPERIENCIAS CERCANAS A LA MUERTE Y SUICIDIO

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Experiencias cercanas a la muerte y suicidio

Muchas personas, hombres y mujeres, que buscan liberarse del dolor y de los conflictos que la vida les presenta, llegan a considerar lo que perciben como el camino más fácil: poner fin a su propia vida. Desde esta perspectiva, creen que así todo terminará y que encontrarán la paz que anhelan.

En paralelo, cada día se documentan nuevos casos de experiencias cercanas a la muerte (ECM). Existen estudios que analizan miles de episodios, provocados principalmente por paros cardíacos y estados de muerte clínica. A estos les siguen causas como accidentes, ahogamientos, infecciones graves, eventos cerebrovasculares, entre otros. En este artículo centraremos la atención en un porcentaje reducido pero significativo de ECM que se producen en el contexto de intentos de suicidio.

Diversas fuentes académicas señalan que las experiencias cercanas a la muerte se presentan de forma relevante en personas que han intentado suicidarse, aportando datos tanto sobre su frecuencia como sobre sus características específicas:

  • Incidencia clínica: En un estudio realizado por el investigador Greyson, se identificó una incidencia del 26 % de ECM (16 casos de un total de 61 individuos) entre pacientes que ingresaron en un hospital tras un intento de suicidio.
  • Diferencias en el contenido de la experiencia: Según las investigaciones de Ring, la denominada “memoria panorámica” o revisión de la vida es menos frecuente en los casos de intento de suicidio (presente en un 16 %) en comparación con las víctimas de accidentes traumáticos, donde su frecuencia alcanza el 55 %.
  • Efecto terapéutico y preventivo: Se ha observado que vivir una ECM en estas circunstancias suele tener un potente efecto transformador. En muchos casos, se produce una reducción significativa de la ideación suicida posterior³. Las investigaciones indican que es la propia vivencia de la ECM —y no únicamente el hecho de haber estado cerca de la muerte— la que genera estos cambios positivos y una mayor valoración de la vida.
  • Recopilación de testimonios: Organizaciones como la NDERF (Near-Death Experience Research Foundation) han recopilado y publicado relatos de ECM asociadas a intentos de suicidio exclusivamente con fines de investigación, con el objetivo de estudiar cómo estos fenómenos influyen en la conciencia humana.

En general, las fuentes analizan estos casos desde una perspectiva clínica y estadística con el propósito de mostrar que la conciencia puede manifestarse de forma lúcida incluso en estados de muerte clínica o inconsciencia profunda, y de evaluar tanto el impacto psicológico de estas experiencias como la validez científica del fenómeno.

A continuación, presentamos un caso que ha sido debidamente anonimizado para proteger la identidad de las personas implicadas. Su inclusión tiene como único objetivo ofrecer un ejemplo ilustrativo que permita al lector extraer sus propias reflexiones y conclusiones.

«Han pasado treinta y cinco años y, aun así, el dolor, el terror y la conmoción de aquella noche decisiva de noviembre de 1964 continúan persiguiéndome. Más difícil de explicar que el sufrimiento mismo es el conocimiento de la misericordia infinita y del perdón de Dios que siguieron a mi intento de suicidio y que me han acompañado desde entonces. Lo que me dispongo a relatar no fue una alucinación ni un autoengaño. Narro lo que sucedió con la esperanza de que, en algún lugar, alguien pueda reconocer y acoger en su propia vida la presencia de Dios en un momento en el que la muerte parece el único escape.

Si hace treinta y cinco años alguien me hubiera dicho que caminaría por el traicionero sendero de una fe perdida hasta asomarme a las profundidades del infierno, me habría reído.

Me había casado en 1952 con una mujer hermosa llamada Elena. Yo me sentía privilegiado de haber conquistado su amor, fruto del cual tuvimos dos hermosas niñas. Mi trabajo como directivo de una importante empresa, mi situación sentimental y mi familia me hacían sentir bien.

Absorto en mis ambiciones profesionales y fascinado por el brillo superficial del éxito no advertía los nubarrones que se acumulaban en el horizonte. Con el paso de los años, mis esperanzas, mis sueños y mis prometedoras perspectivas comenzaron a desvanecerse.

Al principio, mi relación con el alcohol era esporádica y aparentemente controlada. Bebía de manera social, sin excesos, o al menos eso creía. Con el tiempo, casi sin advertirlo, la frecuencia aumentó y el límite se fue desdibujando. Cuando quise darme cuenta, había cruzado una frontera peligrosa. Mi día a día se transformó en una espiral de pérdida de fe, temor constante, sensación de impotencia y una autocompasión que lo impregnaba todo.

Quizás fuera esta la causa que empujó a mi esposa a serme infiel. Ese golpe me colocó en una profunda obsesión hacia el alcohol. No fui ajeno al deterioro de nuestra relación: cada vez que surgía una nueva aventura —fuera pasajera o prolongada— reaccionaba con reproches y palabras cargadas de resentimiento, intentando herirla y hacerla sentirse culpable. Sin embargo, fue durante una de esas ausencias, mientras ella estaba con otro hombre, cuando asumí que debía tomar una decisión frente a lo que, en aquel momento, percibía como una pérdida definitiva e irreversible.

Aquella noche, Elena no estaba en casa y probablemente no volvería hasta la mañana. Acosté a nuestras dos hijas y escuché las oraciones de mi hija mayor. En ese momento me parecieron vacías, carentes de sentido. Yo ya no encontraba consuelo ni esperanza en la oración. Me había convertido en un ateo convencido.

Cuando las niñas se durmieron, reuní los elementos de lo que consideraba mi “escape final”: dos frascos de somníferos y un frasco de tranquilizantes del botiquín, junto a varias botellas de alcohol. Recordaba perfectamente que el médico me había advertido que no mezclara aquellas pastillas con bebidas alcohólicas porque podía ser mortal. Curiosamente, entonces no deseaba morir; pero aquella advertencia había sembrado en mí la idea del suicidio.

Escribí una nota de despedida. Saqué unos tranquilizantes, mezclé la bebida y alcé mi vaso hacia la silla vacía de mi esposa.

“Brindo por nada”, dije, “por la nada”.

Las cápsulas descendieron por mi garganta sin dificultad y la falsa calidez del alcohol comenzó a invadirme. Ya estoy en camino, pensé. No había marcha atrás.

Con el segundo trago terminé los tranquilizantes. Sentí un hormigueo en los dedos de las manos y de los pies.

Quizá no funcione, me dije.

No me sentía ebrio, solo pesado y aturdido. El temor a fracasar, como había fracasado en todo lo que consideraba importante, me llevó a tomar otro puñado de somníferos. Aún con la mano firme, me serví el último vodka. Un ardor creciente me quemó el estómago.

Mi dependencia del alcohol era tan profunda que varios tragos diarios apenas lograban adormecer el dolor. No quería despertar con otra resaca, con los mismos problemas devorándome por dentro. No quería despertar nunca. Cuando consumí todo, una nube oscura pareció descender a través del techo de la cocina, envolviéndome por completo.

Sentí que me desplazaba a gran velocidad por un túnel. Al final había una luz. No sabía si estaba vivo o muerto, pero recuerdo haber mirado atrás y haberme visto tendido en el suelo de la cocina, inconsciente.

¿Es esto la muerte?, me pregunté.

—¡No! —respondió una voz.

Ante mí apareció un ser de una belleza indescriptible que irradiaba amor, compasión y calidez. Era una luz blanca y resplandeciente, atravesada por hilos plateados. Comprendí que leía mis pensamientos.

—No es la muerte —repitió—. Ven, te mostraré.

Flotamos sobre un abismo donde se extendía un paisaje desolado, sin vida ni belleza. Almas cabizbajas vagaban sin rumbo, chocando unas con otras, atrapadas en una tristeza resignada. El terror me invadió al pensar que ese sería mi destino.

—Este es un infierno creado por ti mismo —dijo la voz—. El suicidio no es una escapatoria.

Entonces se desplegó ante mí la panorámica de mi vida. Los años de alcoholismo fueron un dolor insoportable. Vi el daño causado a mis hijas, su tristeza, su futuro quebrado. Comprendí las consecuencias de mi abandono, el vacío que dejaría.

También se me mostró lo que ocurriría si continuaba por ese camino: mis hijas repitiendo mis errores, buscando refugio en el alcohol, arrastradas por relaciones destructivas y sufrimientos evitables. Fue una revelación brutal, como una bofetada de realidad.

Después vi otra posibilidad: si enmendaba mi vida, si asumía mi responsabilidad como padre, ellas podrían convertirse en adultos sanos, libres de la necesidad de escapar mediante conductas autodestructivas. Tendrían dificultades, sí, pero también la oportunidad de construir su propio camino.

El contraste fue aterrador. Comprendí que no quería ese futuro para ellas ni para mí. Lloré.

La voz, firme y a la vez paternal, habló de nuevo:

—Tu vida no te pertenece. No te diste la vida a ti mismo, ni puedes decidir la muerte. Aún no he terminado contigo. Regresa y cumple tu propósito.

Cuando desperté, lo primero que vi fue el rostro aliviado de mi hija Laura. Había luchado durante la noche por mantenerme con vida.

—Papá —dijo—, tenía tanto miedo de perderte…

En la cocina, la vida seguía su curso con una normalidad casi desconcertante. Yo estaba exhausto y hambriento, pero no sentía resaca ni dolor alguno. Al contrario: en mi interior permanecían intactas la paz, el amor y la serenidad que había experimentado la noche anterior.

La vida no se volvió perfecta. El divorcio fue doloroso, aunque me quedé con mis hijos. Dejé mi trabajo y emprendí una nueva etapa profesional marcada por la incertidumbre. Perdí estabilidad material, pero nunca perdí la paz interior que había descubierto al borde del abismo.

Hoy no temo a la muerte. Vivo con una profunda perspectiva espiritual y con la responsabilidad que nace de haber sido transformado: cuidar de mis hijos y estar al servicio de otros. Aquella experiencia permanece viva en mí, no como un recuerdo distante, sino como una enseñanza constante.

A veces, una experiencia cercana a la muerte no es un final, sino un comienzo. Si de ella puede nacer una vida nueva, entonces no ha sido en vano. Yo, hoy, estoy en paz».

Este texto es un testimonio basado en hechos reales. Los nombres, fechas y datos personales han sido modificados para preservar la privacidad de las personas implicadas. Cualquier coincidencia con personas reales es casual.

Experiencias cercanas a la muerte y suicidio por: Redacción

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