Inicio Las comunicaciones de Amalia EN EL ABISMO Y EN EL AIRE

EN EL ABISMO Y EN EL AIRE

0
22
En el abismo y en el aire

Un recluso de la Penitenciaría de San Juan de Puerto Rico me escribió hace pocos días, tristemente impresionado, contándome la muerte de un compañero de cautiverio que pasaba por idiota; tal era el abandono en que tenía su cuerpo y su inteligencia, que primero recluido en la enfermería del presidio, lo trasladaron después a un calabozo y allí lo encontraron muerto, sin que nadie se hubiese interesado por él; murió completamente solo, sin que la religión le concediera sus preces, ni los hombres una mirada de compasión; era un ser que hacía estorbo hasta en un penal, ¡en un penal!, donde caben todas las miserias y todos los dolores; y como si quisieran los acontecimientos impresionar por medio de los contrastes a mi exaltada imaginación, leyendo un periódico me fijé en el suelto siguiente:

UNA ASCENSIÓN TRÁGICA. Roma 21. —En el Parque militar aerostático de Pavía se preparaba ayer la ascensión de un globo cautivo destinado a experiencias de altura. Al subir a su barquilla un soldado de ingenieros para colocar un aparato, se rompió el cable y el globo se elevó hasta perderse de vista. El accidente consternó a cuantos lo presenciaron.

«El globo ha descendido esta tarde. En su barquilla venía el cadáver del soldado, rígido y desfigurado. Consultados los aparatos, se ha visto que el aerostato llegó a 22.000 metros de altura y se encontró en la horrible temperatura de 62 grados bajo cero».

¡Pobre soldado! Él también en la altura murió solo, sin que una voz consoladora resonara en su oído. Distinto ha sido el escenario donde se han desarrollado dos sucesos trágicos, pero la tragedia ha sido morir en la misma, ¡morir en la soledad!

Dices bien, me dice un espíritu, morir en la soledad es muy triste; abandonar la Tierra sin que una mano piadosa cierre nuestros ojos y una voz conmovida eleve una plegaria por nuestro descanso eterno, es morir como mueren la mayoría de los irracionales, y digo la mayoría, porque hay algunos animales que mueren acariciados por sus dueños; como les sucede a los buenos perros de caza y a los caballos de carrera.

Triste es no merecer una mirada compasiva en los últimos momentos de una existencia expiatoria, porque este abandono prueba lo mucho que se ha pecado anteriormente. Esos dos infelices, que el uno murió en un calabozo y el otro en el aire, los dos escribieron su sentencia sin saber ellos que la escribían; los dos eran grandes personajes; el que murió en el calabozo había ocupado altos puestos en el ejército, siendo para sus soldados un azote cruel; por la falta más leve, imponía a sus inferiores largos días de prisión y muchas veces emprendía nuevas marchas sin acordarse de los pobres soldados que dejaba sufriendo castigo, muriendo muchos de ellos de inanición. Y hoy ha muerto el autor de tantos crímenes solo y abandonado, que el que siembra horrores no puede recoger más que espinas.

Mas ¡ay!, que si no se procura endulzar la agonía de esos desgraciados, entran en el espacio lanzando maldiciones, odiando a la humanidad, y hay que evitar el acrecentamiento del odio, porque el odio es la base de todas las crueldades; y en cuanto al soldado que murió en el aire, no es espíritu de horrible historia, no; al contrario, ha empleado siempre su talento en beneficiar a la humanidad; perteneció en una existencia a la iglesia católica romana; era presidente del tribunal eclesiástico, y cuando firmaba la sentencia de muerte de un hereje, empleaba un procedimiento de su invención para hacerle morir en breves segundos; nunca empleó el fuego para sus víctimas; nunca gozó en los Autos de Fe; aceptaba la pena de muerte por mantener el prestigio y la grandeza de la religión, pero se identificaba con el dolor de los condenados y les evitaba muchas horas de agonía, y en su última existencia vino con el propósito de morir como había hecho morir a muchos herejes, que aunque su intención había sido buena, les había privado de la vida; quiso probar en sí mismo su invención y no tuvo agonía, y no la tuvo porque él había acortado la agonía de muchos condenados.

Rogad siempre y compadeced a todos los que mueren lejos de su hogar; porque la hora de la muerte debe respetarse y concederse a los que se van un momento de reposo y de meditación. Adiós…

Tiene mucha razón el espíritu. ¡Ay de aquellos que dejan la Tierra sin ver en torno de su lecho rostros amigos que le dicen con sus miradas: ¿Por qué te vas tan pronto?

 Para los solitarios, para los peregrinos sin hogar ni patria, tengamos siempre una mirada compasiva y una palabra de consuelo.

Procuremos hacerles menos amarga la hiel de su soledad, para que, al dejar la Tierra, no lleven en su mente un recuerdo de odio y de venganza, sino que, muy al contrario, al entrar en el espacio murmuren con melancolía: ¡Tarde ha sido, pero al fin me he visto amado!

En el abismo y en el aire por: Amalia Domingo Soler

Nota: En el abismo y en el aire. Reproducción del artículo publicado en el número 15 de “LA LUZ DEL PORVENIR”, publicado en Villena, 1 de agosto de 1907.
Publicidad solidaria gratuita

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies