“¿Quien es tan tonto como para sentirse seguro, por muy joven que sea, de que estará vivo al anochecer?”
Cicerón, en boca de Catón, Libro: “De Senectute”
La vida es muy incierta, y el tema de una muerte inminente es siempre una experiencia amarga, y en ocasiones traumática, para los que la sufren y para aquellos que aman, aprecian o consideran a la persona afectada que está esperando el desenlace.
La “cultura de la muerte” que impera en nuestra sociedad occidental, lejos de servir de ayuda a los afectados y familiares, genera posturas y procesos que conspiran contra la salud de las personas y sus resistencias psicológicas y personales, siendo principalmente la angustia, la ansiedad y el miedo las emociones básicas que afectan a aquellos que se ven afectados directa o indirectamente.
El miedo a la muerte procede, en primer lugar, del instinto de supervivencia que posee todo ser vivo. Y también tiene mucho que ver con la incertidumbre al respecto del porvenir. Aquellos que no contemplan la inmortalidad del alma sienten una profunda inquietud cuando se acerca su momento, porque a pesar de creer que no existe nada, la duda les corroe y la incertidumbre les angustia.
“La muerte, o bien es despreciable, si extingue el alma por completo, o bien es incluso deseable si te lleva a donde has de existir para siempre. Entonces, ¿porqué debería tener miedo si estoy destinado a no ser desgraciado después de la muerte o incluso a ser feliz?”.
Cicerón, en boca de Catón, Libro: “De Senectute”
Por el contrario, los que aceptan la trascendencia e inmortalidad del alma saben que no hay que temer a la muerte porque la vida continúa y el proceso no es más que un tránsito de una dimensión física a otra espiritual. Esta convicción les ayuda en los momentos del tránsito a la otra vida, aportando una serenidad y confianza en el porvenir que les otorga la tranquilidad necesaria.
La aceptación de la muerte o la preparación para la misma son cuestiones ignoradas por principio en las sociedades excesivamente materializadas, cuyos individuos viven centrados en las sensaciones de la materia, los apegos a las cosas que les agradan y el egoísmo propio de aquel que ignora las necesidades principales de su yo espiritual para dar preferencia a las satisfacciones inmediatas de una “felicidad ficticia” sólo centrada en el Tener y no en el Ser.
Desde un punto de vista racional la muerte no es otra cosa que una “fatalidad biológica” por la que todos hemos de pasar, antes o después. De tal forma esto es así que desde que nacemos estamos descontando del calendario las hojas de nuestro trayecto vital con un cuerpo físico. Desde que nacemos estamos inevitablemente abocados a morir.
Con frecuencia tendemos a creer erróneamente que la muerte tiene su antítesis en la vida. Y no es exactamente lo mismo en función del enfoque que estudiemos. La muerte es antítesis del nacimiento, pero no de la vida. Así lo entendemos todos aquellos que sabemos de la inmortalidad del alma y de su trascendencia después de la muerte. Y bajo este planteamiento comprendemos que la Vida existe antes de nacer y después de morir. Pues la Vida está por todas partes, en todo el universo físico y espiritual.
Y el tránsito a una nueva dimensión en plenitud de nuestras facultades individuales, cognitivas, emocionales y personales nos permite seguir viviendo, intensamente, al tratarse de una dimensión de vida más plena, sin las restricciones de un cuerpo material formado por varios billones de células que restringen, adormecen y reducen las percepciones de nuestra conciencia inmortal.
Pues debemos saber que en el otro lado de la vida, en el espacio infinito donde los espíritus se reúnen, se sigue trabajando, amando, sintiendo, experimentando y progresando. La vida está más fuerte y presente que nunca en el otro plano de la vida, al no tener el alma el freno de “la cárcel de la materia” que supone para ella no poder expresarse en plenitud durante la vida física.
Es muy difícil explicar y, sobre todo consolar, a personas que no aceptan la vida después de la vida ni la inmoralidad del alma, pero es un acto de caridad excepcional divulgar la “esperanza y consuelo de la continuidad de la vida” y de que nada termina con la muerte. Muchas de ellas por ignorancia, y otras por concepciones equivocadas al respecto de la vida y los objetivos y significados de la misma, se enrocan en actitudes rebeldes que les provocan graves perjuicios de salud mental y emocional.
Cuando el pensamiento se eleva y es capaz de abstraerse de lo material visualizando la realidad desde una perspectiva distinta a los efímeros objetivos del egoísmo humano, nos encontramos con las respuestas a los grandes interrogantes acerca de la vida y la muerte. Podemos entonces responder cuestiones como ¿qué hacemos aquí?, ¿cuál es el objetivo de la vida en la Tierra?.
Y este cambio de perspectiva produce cambios profundos en la psique humana, entendiendo que somos seres inmortales en un proceso de evolución constante y permanente, infinito. Si queremos enunciarlo desde otro punto de vista podemos afirmar que somos “energía pensante”, y como tal, toda energía ni se crea ni se destruye, tan sólo se transforma.
Esto es lo que acontece con nuestra alma inmortal; energía purísima, que no tiene forma y que transita los mundos, las vidas y las experiencias sufriendo el proceso de ida y vuelta al plano espiritual del que procedemos para volver a reencarnar las veces que haga falta en nuevos cuerpos y personalidades que nos doten de experiencias y crecimiento intelecto-moral, ayudándonos así a conseguir mayores estados de felicidad y perfección a los que estamos destinados.
El proceso de entrada en la vida física se llama nacimiento, el de salida se llama muerte. Es más fácil salir que entrar, pues en el primer caso se deben dar una serie de circunstancias espirituales que lo permitan, mientras que en el proceso de salida, apenas unas horas o días son suficientes para pasar a estar plenamente conscientes de nuestra auténtica realidad inmortal, plena e individualmente activa.
El consuelo para la persona que se enfrenta a la muerte inminente viene por dos vías principales. La primera, el saber que aunque la muerte del cuerpo es una realidad la muerte no existe para el alma, pues esta se desprende del cuerpo cuando los órganos dejan de funcionar.
Somos inmortales y seguimos viviendo, progresando, amando y creando después de la muerte del cuerpo físico. El cuerpo es como el traje gastado que ya no nos sirve y que abandonamos hasta tener la nueva oportunidad de conseguir otro más perfecto, más bello, más adecuado a nuestras necesidades espirituales.
El conocimiento de la inmortalidad y su aceptación nos ofrece la esperanza del reencuentro con nuestros seres queridos que partieron antes que nosotros. Esta es la segunda vía de esperanza, alegría y consuelo para aquellos que se enfrentan a la muerte inmediata.
Desde Sócrates en adelante muchos sabios han recalcado la esperanza del reencuentro con aquellos a los que amamos en la Tierra, la alegría de volver a ver a nuestros abuelos, padres, tíos, hermanos, etc., aquellos que partieron al mundo espiritual y que, vinculados por lazos de afecto con nosotros, van a estar esperándonos cuando traspasemos la línea de la dimensión física a la espiritual. Veamos que dice Cicerón por boca de Catón a este respecto:
“Oh, glorioso día en que partiré para unirme a esa compañía de almas que fueron objeto de mi reverencia y afecto, entre ellas mi hijo Catón (*). Su cuerpo fue quemado por mí; su espíritu ha ido ciertamente adonde él vio que yo también debía ir. No obstante encontré mi consuelo en el pensamiento de que la despedida y separación entre nosotros no iba a ser por mucho tiempo”.
* El hijo de Catón, de su mismo nombre, murió antes que su padre.
Muchos grandes filósofos, fundadores de religiones, conductores de pueblos, eminentes hombres de ciencia, literatos, sabios y pensadores han insistido en la idea mencionada al principio de estas líneas: “la preparación para la muerte”. Algo que debería estar presente en el desarrollo de la vida ante la inminencia e incertidumbre de la propia vida, pues la muerte puede venir a visitarnos cuando menos lo esperamos, y de estar preparados para afrontarla a no estarlo, el tránsito y la turbación inevitable que la acompaña puede ser más largo o más corto.
La actitud del avestruz de esconder la cabeza ante problemas reales que a todos nos afectan ha sido tradicionalmente perniciosa a la hora de enfrentar este proceso que denominamos muerte física. Séneca, el gran filósofo estoico, decía: “enseñar a vivir es enseñar a morir”, reafirmando la necesidad de valorar y vivir la vida plenamente teniendo siempre presente la muerte y preparándose psicológicamente para ello.
Desde el punto de vista espiritual “la muerte no existe” porque el alma es pre-existente al nacimiento y trasciende la muerte física. Lo que quiere decir que “la Vida está por todas partes”, antes de nacer, durante la vida física y después de la misma. El gran maestro espiritual Allán Kardec afirmó: “Nacer, vivir, morir, renacer y progresar siempre. Esta es la Ley”. Confirmando la continuidad y perennidad de la vida para el alma humana, tal y como antes habían explicado los grandes avatares de la antigüedad: desde Krishna y Confucio, pasando por Buda y Jesús.
Hemos analizado algunos aspectos espirituales y filosóficos acerca de la vida y la muerte. Veamos ahora qué nos dice la ciencia de vanguardia al respecto.
Buda afirmaba: “El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”. Respecto a esta máxima podemos establecer el paralelismo con el pensamiento e investigación de unos de los mayores neurólogos del siglo XX, el psiquiatra Viktor Frankl, que abordando las causas existenciales de la vida humana destacaba la importancia de enfrentar el sufrimiento mediante el valor del mismo.
Frankl destacaba que la manera en como enfrentamos el sufrimiento nos permite minimizarlo y sobrellevarlo con dignidad. Y a este respecto otorgaba un valor importante al mismo en distintos aspectos de la psique y la personalidad humana. Al igual que Buda, para Frankl el dolor es inevitable pero el sufrimiento puede ser opcional y diluir sus efectos en la persona si se sabe comprender la causa del mismo, para qué sirve y qué beneficios puede comportar para aquel que lo sufre.
Añadamos a esto la mejor actitud que se puede tener al respecto por parte de la persona que enfrenta su partida al más allá y de aquellos que la rodean y que la quieren. La aceptación y la resignación dinámica del problema liberan el drama y evitan la rebeldía ante la situación. Este último punto es muy importante, pues una actitud de no aceptación del problema deriva en patologías como la depresión, el victimismo, la autodestrucción y otra serie de aspectos muy negativos para la persona que sufre el problema, agravando su estado mental-emocional en el transcurso del proceso. Y para los demás, familiares y amigos, es sin duda la peor de las opciones y actitudes a tomar, pues lejos de ayudar, no solamente les perjudica a ellas mismas sino que nada aporta de positivo a la persona que ha de partir y que precisa de paz, tranquilidad y serenidad.
Lo más correcto hacia la persona que está en ese trance es una actitud positiva, de apoyo psicológico y amparo, de cariño y protección, de demostración de afecto y de esperanza, a fin de que se sienta acompañada y querida, en un ambiente de serenidad y sin dramas. Si a esto añadimos una actitud de recogimiento y de oración, el círculo de protección hacia la persona que se marcha está completo, pues reclamamos para ella la ayuda de las fuerzas superiores que acudirán de inmediato.
Como vemos, el estudio de la mente humana por los especialistas nos abre la puerta a la comprensión de cómo enfrentar estos graves sucesos que la vida nos presenta de manera incierta. Pero no solamente la psiquiatría o la psicología nos advierten de cual es la mejor aptitud, sino que las investigaciones de la ciencia en multitud de estudios multidisciplinares en distintas instituciones y universidades están confirmando las evidencias de la inmortalidad del alma.
Son muchas las investigaciones en marcha, pero solamente nos centraremos en tres aspectos suficientemente significativos. La mayoría de las personas que no creen en la inmortalidad del alma siempre recurren a la misma pregunta: ¿quien ha venido del otro lado para contarlo después de la muerte?. Las respuestas a esta pregunta las ofrecen con claridad la multitud de investigaciones en curso sobre las evidencias de la supervivencia del alma después de la muerte, especialmente relevantes son tres de ellas.
En la primera nos referimos a las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM), donde personas clínicamente muertas, con electroencefalograma plano y sin actividad eléctrica, tienen experiencias de conciencia extraordinarias que posteriormente son probadas como evidencias ciertas de hechos que acontecen en el presente. Y la mayoría de ellas refieren su experiencia como el regreso a la vida después de experimentar la muerte.
Y no sólo salen de su cuerpo, sino que se reúnen con sus seres queridos del otro lado, experimentando sensaciones de paz y felicidad inenarrable, lo que a muchos les genera el deseo de no retornar a su cuerpo, a pesar de que son advertidos por los espíritus que les han recibido que no es su momento y deben regresar. Desde el Dr. Bruce Greyson, el Dr. Raymond Moody, el Cardiólogo Pin Van Lommel y otros muchos han certificado la realidad de estas experiencias como vivencias plenamente espirituales.
La segunda evidencia tiene que ver con la mediumnidad seria, educada y bien desarrollada. El contacto con el mundo espiritual es algo habitual en la historia de la humanidad (Profetas, Sibilas, Oráculos, Hierofantes, etc.), pero en el desarrollo de la mediumnidad moderna se presentan evidencias de la existencia de los espíritus después de la muerte física, donde se manifiestan con su personalidad integral y creativa, donde demuestran quienes dicen ser y aportan las pruebas necesarias para ello.
A pesar de que como en todos los campos puedan existir fraudes, existen grandes médiums honestos y dedicados que son y han sido referencias inexcusables y que han ofrecido consuelo a los familiares que perdieron un familiar cuando este ha podido contactar con sus seres queridos desde el otro lado de la vida. Aquí tenemos la segunda refutación a la pregunta que expresan aquellos que no creen en la inmortalidad del alma. El Psiquiatra Alexander Moreira Almeida, la Dra. Marianna Costa, el Ingeniero Hernani Guimaraes Andrade y multitud de científicos serios dan validez y veracidad a la mediumnidad como evidencia cierta de la inmortalidad del alma después de la muerte.
Y una tercera evidencia de inmortalidad del alma y preexistencia de la misma la constituyen los miles y miles de casos de reencarnación comprobada. Sobre todo en niños de corta edad que recuerdan con nitidez y claridad dónde vivieron, quiénes fueron sus padres, qué acontecimientos experimentaron, etc. Grandes investigadores como el Dr. Stvenson, el Investigador Jim Tucker y otros muchos especialistas en la Universidad de Virginia lo confirman.
Si alguien puede regresar de la muerte y afrontar una vida nueva en un nuevo cuerpo es una evidencia más que extraordinaria de que el alma antecede a la vida del cuerpo y sobrevive a la muerte del mismo.
Todo lo expuesto nos lleva simplemente afirmar que “La Muerte no Existe”, “El Alma es inmortal” y “La Esperanza del Reencuentro” con nuestros seres queridos es una realidad. También nos prepara para perder el miedo a la muerte, pues cuando sabemos lo que nos espera la tranquilidad y la confianza nos ayudan en el proceso.
Si todos tenemos que enfrentar el proceso del término de la vida física, reflexionemos sobre ello y preparemos ese momento viviendo la vida en plenitud, con alegría y actitud positiva, esparciendo confianza y esperanza a aquel que lo necesita pero sin olvidar que antes o después el regreso al otro lado de la vida autentica también nos llegará a nosotros, por lo que es preciso prepararse adquiriendo los conocimientos necesarios que nos ofrezcan serenidad, tranquilidad y esperanza en relación con nuestra naturaleza inmortal.
Y para terminar nuestra reflexión, cerramos con el pensamiento del gran poeta romano Quinto Ennio, el cual sostenía que la muerte no es motivo de luto cuando va seguida de inmortalidad. Así escribió:
“Nadie me agraciará con sus lágrimas, ni llorando en voz alta entristecerá mis exequias”
Ante la inminencia de la muerte por: Redacción
2025, Amor, Paz y Caridad






