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CONCLUSIONES SOBRE LA EVOLUCIÓN DEL ESPÍRITU

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Conclusiones sobre la evolución del espíritu

No hay mayor viajero que el espíritu.

A lo largo de su periplo evolutivo, cuántos universos conocerá el espíritu. Cuántas vidas, cuántos pueblos, cuántos cuerpos encarnará, cuántos padres, madres, hijos, hermanos, amigos, cuántos, cuántos… qué viaje tan largo, tan intenso, tan sin parar, tan próspero y fructífero, tan glorioso; cuánta carga de deseos, de sentimientos, de emociones, de  dichas y desdichas, sufrimientos y gozos… y con todo puede. Qué fuerza tan irrefrenable nos da nuestro creador, cuánta vida, cuánta luz y cuánto todavía por emprender. Y es que el progreso es una ley universal, está implícitamente en nuestro ser y nadie lo puede parar….. Y  nos creíamos que con la muerte acababa todo.

Somos los beneficiarios de la obra de Dios, herederos de su amor y de su sabiduría; no obstante, mientras alcanzamos por nuestro trabajo, esfuerzos y méritos todo aquello que nos aguarda, somos también herederos de nuestros actos, de nuestro ayer, del pasado que nos rinde cuentas; para el debe o el haber, de todo cuanto sembramos y que irremediablemente dará su fruto, para el engrandecimiento de la conciencia y de nuestro ascenso hacia el perfeccionamiento espiritual.

Como creación suya que somos, herederos por derecho y beneficiaros de su obra, nuestro Padre no nos pone trampas en el camino, no se esconde para amedrentarnos; ya sabemos que no es un Dios justiciero, cruel, vengativo, irascible; es un Dios de amor, bondadoso e indulgente, pero no por ello nos lo da todo regalado. ¡No tendría sentido! No podríamos valorar aquello que no sabemos el coste que tiene, porque lo tenemos ahí disponible para disfrutarlo; no, Él es un Dios justo y quiere que seamos merecedores de la felicidad por derecho propio, no por privilegio o dádiva sin mérito.

Por ello, aunque tengamos que ganarnos a pulso, con el sudor de la frente, todo aquello que nos espera, Él quiere que lleguemos lo antes y lo mejor posible a su lado, que seamos parte integrante de su creación, como hijos suyos. Nunca seremos dioses, tal cual Él lo es, pero seremos participes y coprotagonistas de su obra, contribuyendo en la misma.

La Tierra no es un valle de lágrimas, la vida no es un suplicio irremediable para la mayoría y una gloria para unos pocos, “como solemos decir”; no. La Tierra es una escuela de aprendizaje y la vida es un don, es el mejor regalo que sí nos ofreció Dios. Como ocurre con todo, los novicios a veces pagan la consecuencia de su inocencia, cometiendo errores, pero se pueden reparar fácilmente, con buena voluntad y con buena conciencia. Pronto, los buenos estudiantes se dan cuenta de lo que tienen y no tienen que hacer. Pronto saben cuál es el método para adelantar más y más, para no tener que repetir asignaturas, desde el esfuerzo y el trabajo, con humildad y constancia; todo lo demás va llegando poco a poco en su momento.

Cuando comenzamos nuestro progreso, somos primerizos, novatos, alumnos sin experiencia, pero con el don del progreso en nuestro interior, aunque no lo sepamos, hemos sido creados para aprender, para progresar, para emprender un viaje sin retorno. Desde el más tierno principio ya somos capaces de escoger, aunque de forma muy rudimentaria; comenzamos a elaborar pensamientos,  comenzamos a construir un micro hogar, a esbozar una sociedad; eso es lo que nos distingue del resto de los seres vivos, la capacidad de pensar, de razonar, de aprender, de progresar más y más.

Todo lo tenemos que aprender, y la VIDA se encarga de eso, poniéndonos en el camino una serie de obstáculos, una serie de necesidades, primarias en principio, que se van ampliando en la misma medida que avanzamos; poseemos una serie de instintos heredados del psiquismo en la fase pre-humana, los instintos nos dotan de mecanismos que nos ayudan a sobrevivir, a defendernos de la dureza de la vida en las primeras fases primitivas, y junto a las cualidades del espíritu comenzamos la andadura hacia la búsqueda de la felicidad y la perfección. Como novicios nos equivocamos, pero como espíritus que somos comenzamos a maniobrar, a corregirnos; aprendemos sobre la marcha, constantemente, sin cesar, despacio pero sin pausas; la ley del progreso constantemente vibra dentro de nuestro ser. No tenemos por qué anclarnos una y mil veces a cometer los mismos errores. Salvo que por rebeldía u obstinación lo queramos así.

Las prisas no son buenas; querer conseguir las cosas sin esfuerzo es imposible; rebelarse ante el hecho de tener que hacer marcha atrás y corregir los errores no conduce tampoco a la consecución de la buena conciencia, de la paz, de la felicidad. Rebeldía y comodidad son dos grandísimos obstáculos para el progreso, son carencias que nosotros mismos nos creamos, fuerzas contrarias a la evolución y a los valores e instrumentos que Dios pone en nuestro espíritu para alcanzar las metas y los objetivos que nos corresponden en cada nueva existencia.

Todas las complicaciones y retrasos, padecimientos y sufrimientos que experimentamos en exceso, no son sino consecuencia de habernos desviado del camino del bien; ese que trazado está en la conciencia, y que todos los hombres de bien saben sentir y seguir, por ley natural. Cuando tomamos otros caminos, nos aventuramos a perdernos, a contraer riesgos y peligros innecesarios. No podemos violar las leyes universales sin consecuencias dañinas para nuestra propia evolución; ya es bastante con recorrer el camino superando las pruebas y todas aquellas experiencias que hemos de vivir continuamente, que ponen a prueba nuestros valores: la razón, la inteligencia, la fuerza de voluntad; experiencias que ponen aprueba nuestros instintos, los miedos, la desconfianza; tantos y tantos golpes que, a semejanza del metal, tenemos que asumir para forjarnos a nosotros mismos.

Este es el gran mérito, el gran trabajo, la gran odisea que representa el hacer frente, en cada momento, a las vicisitudes de la vida, sabiendo sufrir estoicamente todas y cada una de las inclemencias del vivir diario; no exentas de penalidades y de sometimiento de la materia en pos del espíritu; esta es la grandeza de los espíritus fuertes, abnegados, que ponen su fuerza de voluntad y la conciencia que van adquiriendo para salir victoriosos de las pruebas de la vida. A cada momento nos puede asaltar un sentimiento de egoísmo, de comodidad, de envidia, de malquerencia, si nos sentimos ofendidos o atacados en nuestros intereses; infinidad de sentimientos y emociones que nos asaltan en el día a día y que hemos de saber gestionar, controlar, rectificar, pagar bien por mal, perdonar, sacrificar, dar; esto requiere de saber sufrir, saber vivir, resistir las mil y unas tentaciones en la materia, del entorno, de las influencias perniciosas.

Los espíritus buenos sufren de afuera hacia adentro, en silencio, venciendo todas las tentaciones y provocaciones que le llegan; saben sobreponerse a ellas y aceleran sobremanera su desarrollo espiritual, acentúan sus virtudes, crecen interiormente y disparan su progreso. Esta es su grandeza; el sacrificio, entendimiento y bien hacer les llevan a la cima, al tope que han de conseguir en las diversas vidas, y cada vez que encarnan les resulta más fácil y menos penoso su progreso.

Los espíritus rebeldes, cómodos, violentos, que llegan al estado en que sólo les complace el mal y no quieren trabajar por su regeneración, sufren de adentro hacia afuera; todo les contraviene, todo les molesta, nada quieren hacer por amor y hacia los demás; confunden su porvenir anclándose en el mal y, por tanto, al sufrimiento; y por ende, justifican el estado al que llegan de deterioro y de animalidad culpando a todos menos a ellos mismos; no se consideran responsables por haber llegado hasta esas cotas de degradación y de inferioridad. De este modo, multiplican por cien sus sufrimientos, así como el trabajo que habrán de realizar para llegar a la misma meta que todos hemos de alcanzar, la plenitud, despojándonos de las impurezas e imperfecciones y logrando toda la grandeza que subyace en estado latente en nuestro espíritu.

El camino a recorrer es el mismo para todos; mientras que para Dios no existe el tiempo, para nosotros sí. Dependemos de nosotros mismos exclusivamente, nadie va a recorrer ninguna parte del camino por nosotros, nadie puede vivir nuestra vida, ni echarse a sus espaldas las experiencias que nos toque pasar. Por lo tanto, cada uno de nosotros se marca sus metas y objetivos, y sale más mal o bien parado en cada una de sus existencias fruto de su libre albedrío, del esfuerzo y del empeño e interés que manifieste a la hora de afrontar, tanto sus pruebas como sus expiaciones y los frutos de las obras que emprendió en el pasado. Unos escogen el camino más largo, otros escogen el camino más corto; realizan éstos un esfuerzo mayor, se sacrifican por los demás, renuncian a la comodidad y al egoísmo, y pronto aprenden a salvar los obstáculos y a poner en práctica las cualidades que lleva en su interior; no se descuidan, no hacen daño a nadie, no pierden el tiempo dejándose llevar por la ilusión de los placeres materiales, y así van descubriendo en cada nueva vida en la carne lo que son capaces de realizar, y comprobando que van cogiendo más luz y fuerza espiritual, más claridad y mejores condiciones para conducirse a través del bien y del trabajo para su perfeccionamiento.

No es cosa de Dios, ni de nadie, que unos se rodeen de entorpecimientos, de oscuridad, se transformen en instrumentos del mal, llenando su alma de ruindad y resentimiento, de odio y de rencor, y sólo hallen su complacencia en la venganza y la destrucción. Es cosa de nosotros, el camino lo escogemos por nosotros mismos, y sembramos allá por donde vamos lo que por libre albedrío queremos.

Dios solo nos ha creado y nos ha dado a todos las mismas oportunidades, colocándonos en el mismo punto de partida. Para Dios no hay privilegios, porque si los hubiera no habría justicia, y Dios por encima de todo es justo y bondadoso.

No todos hemos de pasar por las mismas pruebas ni por los mismos sufrimientos; no todos recorremos el camino de la perfección en el mismo tiempo, ni mucho menos; eso sería derogar el libre albedrío y colocarnos a todos en la posición de autómatas que obedecen a un programa y no se pueden salir del mismo, porque ni siquiera tienen el don de pensar y de escoger. Nosotros, como seres en evolución, tenemos el don de pensar, de sentir, de razonar y de escoger, por lo cual cada uno opta por aquello que cree más conveniente, y unos recorren ese camino del perfeccionamiento en menos tiempo y con menos sufrimiento, mientras que otros lo contrario; pero no se debe a que el Creador lo haya propuesto así, sino que es fruto del libre albedrío que se nos concede.

“804. ¿Por qué Dios no ha dotado de las mismas aptitudes a todos los hombres?

– “Dios creó iguales a todos los Espíritus, pero cada uno de ellos ha vivido más o menos tiempo y, por tanto, ha adquirido también más o menos experiencia. La diferencia reside, pues, en su grado de experiencia y también en su voluntad, que es el libre arbitrio. De ahí que unos se perfeccionen con más rapidez, lo que les da aptitudes distintas”. El libro de los Espíritus, Allan Kardec.

 

Conclusiones sobre la evolución del espíritu por:   Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

HACIA DÓNDE CAMINAMOS

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Hacia dónde caminamos

De vez en cuando, es necesario hacer un alto en el camino para echar la vista atrás y ver el trayecto que hemos recorrido, los lugares por donde hemos transitado, hacer acopio de las experiencias vividas y situarnos en qué punto del camino estamos.

¿Hemos llegado allá donde queríamos llegar?

¿Nos hemos saltado alguna experiencia que para nuestro progreso deberíamos haber afrontado?

¿Hemos cogido algún atajo y dejado de descubrir algún hecho transcendental?

¿Nos hemos saltado algunas lecciones?

Si es así, podemos pensar que hemos llegado muy lejos; pero sin embargo, estamos equivocados, porque en realidad no hemos asimilado las vivencias, los conceptos y las ideas que debían haber madurado en nuestro interior. Por tanto, podemos estar en un lugar pero no pertenecer al mismo, no nos sentimos integrados, estamos en realidad desubicados.

No se puede adelantar en el sendero del progreso espiritual sin vivir las experiencias necesarias que nos hacen conscientes de nuestra realidad y, al mismo tiempo, nos predisponen para cumplir con los objetivos y emprendimientos que nuestro espíritu necesita y el entorno escogido para desarrollar nuestra vida en la materia. Nos demanda. (¿Quién o qué nos demanda?)

Aunque somos conciencias individualizadas, no somos islas, cada uno de nosotros debe ocupar el espacio que le corresponde y hacer de puente entre unos y otros; no estamos solos en el universo, en esta pequeña gran sociedad en la que estamos y convivimos es muy conveniente, fundamental, que nos tendamos la mano y nos ayudemos; de ese modo, el recorrido que todos hemos de transitar se hará más llevadero, pues en el mismo hay trayectos muy difíciles y llenos de escollos en los que se hace necesaria la colaboración y el empeño de muchos.

Como espíritus eternos que somos, con deseos de progreso, hemos de conocer que hay misiones que se nos encomiendan, dentro de un contexto grupal; hemos adquirido un compromiso en colectividad, una responsabilidad compartida en conjunción con otros espíritus que, por lo general, son espíritus afines. Una vez más de arriba nos enseñan a trabajar en equipo, nos muestran la necesidad del aprendizaje en grupo, la necesidad de convivir, compartir y, sobre todo, la necesidad de dejar el yo a un lado. No obstante, en la Tierra, encarnados como estamos podemos fallar, con lo cual lo que unos dejan de hacer otros tendrán que hacerlo, multiplicando los esfuerzos y las tareas a las que se comprometieron. Por ello, seamos lúcidos y consecuentes, reflexionemos si estamos donde debemos y realizando aquello que, fruto del análisis y de las metas y objetivos que entre todos se han propuesto, estamos actuando por nuestra parte con la debida coordinación, conjunción y buena disposición, de mutuo acuerdo pactado por todos.

Todavía hay en nuestra humanidad muchos partícipes que creen, lo piensan y así se manifiestan, que pueden recorrer el camino solos, sin colaborar con nadie, sin prestarse a nada, sin ofrecer su mano tendida. Sólo creen en ellos mismos, y están equivocados. Nuestro Padre nos pedirá cuentas el día de mañana por todo cuanto pudimos hacer y no hicimos por causa del egoísmo, de la comodidad y de la falta de acercamiento hacia los demás, lo cual es en sí una cualidad más del espíritu.

Nuestra humanidad camina hacia la unión; LA UNIÓN HACE LA FUERZA, vieja cita harta conocida pero que sin embargo, por la falta de generosidad, de fe, de entrega y altruismo, se queda generalmente en una frase vacía, hueca; cuántas veces, ante la necesidad de unirnos para conseguir logros comunes, cuando hay que dar el do de pecho, cuando hay que unir filas, surgen el miedo, el egoísmo, la duda, la vacilación; damos pie a la desconfianza y olvidamos las promesas y los compromisos, la palabra dada; en consecuencia, nos  hemos encontrado solos en el camino, y vemos que todos han abandonado, todos se han ido, sin dar respuesta a esa necesidad imperiosa de trabajar y luchar juntos en pro de una obra tan necesaria como justa.

Ya empezamos a comprender que somos parte de un todo, mejor dicho, una pequeñísima parte de un colosal todo, pero tan importantes son las unas como las otras, todas las partes son importantes, y cada pieza debe ocupar su lugar y cumplir con su función. Si cada parte cumple con el rol que se le ha asignado, lo cual en general nos lo hemos asignado a nosotros mismos, aunque no lo recordemos, en función de las necesidades de progreso que traemos a este mundo, solo entonces estaremos empezando a sentirnos dichosos, satisfechos, felices, y esto se transmite a ese todo, generando una suerte de energías armonizadoras y luminosas que le dará más fuerza y desarrollo al conjunto.

Cualidades y virtudes que cooperen en la unión del conjunto son de suma importancia, en otras palabras, estamos acá para sumar, fortalecer, engrandecer, contribuir, auxiliar, ayudar, generar confianza, entusiasmo, todo lo que sea transmitir, apoyar, empujar, colaborar, aportar, son los valores que debemos comenzar a desarrollar sin tardanza, y sin descuidarnos, “evitando ir por libre”, recorrer el camino a solas. Eso ya pertenece al pasado.

En la hora de la desgracia resaltan los amigos fieles y brilla de modo especial el valor de la lealtad.

Anónimo.

Pensemos cómo puede ser la convivencia y el desarrollo de la vida en un mundo de regeneración: ¿Cómo nos lo imaginamos? Yendo todos a una, con participación y colaboración, dejando a un lado el egoísmo y el individualismo, o de qué otra manera si no. Hacia ahí debemos dirigir nuestros pasos. El amor, como sabemos, es lo más importante. Qué es el amor sino abrazarse, unirse, compartir y disfrutar todos del bien que cada uno posee, formando parte de la maquinaria del progreso del cual somos todos y cada uno de nosotros una pieza extraordinaria.

No estaremos preparados para ser partícipes de un mundo de regeneración si no sabemos darnos a los demás y contribuir, con nuestro pequeño grano de arena, a la causa común del progreso universal.

Debemos ser conscientes de que el progreso es individual, nadie puede hacer por nosotros lo que nos corresponde, cada uno de nosotros debe coger su cruz y caminar siempre en sentido ascendente. No por ello es menos cierto que el camino en unión se hace más fácil y menos doloroso. Se progresa de muchas formas. Una: a nivel individual, como espíritus individualizados que somos. Y otra: como miembro de una comunidad que también somos y a la que pertenecemos, lo queramos o no.

Cuanto más atrasados estamos en nuestra evolución, más egoístas y aislados estamos del resto de la sociedad. Cuanto más avanzados estamos, más abiertos estamos a la colectividad y más útiles queremos ser hacia el resto; más comprometidos, más responsables nos sentimos por la marcha del conjunto en general. Por lo tanto, con estas apreciaciones podemos entrever cuál es nuestro estado de evolución, en qué etapa del camino estamos y cómo queremos recorrer el resto.

Quizás hayamos recorrido alguna etapa del camino con lo justo, quizás hemos andado alguna etapa del camino gracias a la ayuda recibida de otros, pero no hemos asimilado bien todo su contenido, es decir, las pruebas y lecciones que debimos aprender. Puede que alguien haya querido evitarnos pruebas y experiencias, con buena voluntad pero sin conocimiento de causa,  arrastrado por el sentimentalismo; esto también ocurre, y llega un momento en el que nos sentimos abrumados al comprobar que no estamos en las condiciones que deberíamos estar. Entonces basta con recurrir a la humildad, esa vieja palabra tan oída, tantas veces nombrada, pero que todavía no hemos adquirido, no forma parte de nuestro ser. Y es que la humildad, que es la superación del orgullo y de la vanidad, es una de las virtudes que más nos cuesta adquirir. Normalmente la confundimos con otras acepciones que nada tienen que ver con su verdadero significado, en términos de espiritualidad.

Suele decirse que el hombre se va haciendo responsable a medida que adquiere responsabilidades: cargos que desempeñar, cometidos que cumplir. Nada más cierto, a condición de que descubra los valores que entrañan tales tareas.

Extraído de la obra de Gustavo Villapalos  “El libro de los Valores”.

Es preciso que aprendamos, y mucho, los unos de los otros, que valoremos las buenas cualidades de las personas que se hallan a nuestro alrededor, tolerando y perdonando sus faltas, igual que nos gusta que nos toleren y perdonen a nosotros; de ese modo, lejos de censurarnos y perturbarnos mutuamente, nos ayudaremos y lograremos llevar nuestro barco a buen puerto en el tiempo y forma determinandos. La humildad nos ayuda sobremanera a ponernos a la altura de las circunstancias, colocándonos en una actitud  de aprendizaje y de colaboración con el resto. Si, por el contrario, nos creemos superiores a los demás, difícilmente podremos aprender y estrechar esos lazos fuertes y vigorosos que surgen de la unión y la amistad, que son el verdadero vínculo que nos lleva a una buena marcha hacia el progreso espiritual, tan difícil de conseguir  en soledad.

Comencemos, pues, a liberarnos de las tendencias individualistas que arrastramos desde tiempos inmemoriales,  todo lo que sea aislarnos de los demás, vivir retirados del mundo, mantenernos incomunicados, separados, apartados, abandonar los grupos sociales y de trabajo, todo lo que sea buscar la comodidad y evitar trabajos y “complicaciones”, todo lo que implique rehuir la confianza y la sinceridad, no es positivo y mucho menos en estos tiempos, tan cruciales por un lado y difíciles por otro.

Busquemos la compañía, la integración, la sociabilidad, de igual a igual, buscando por sobre todo contribuir y colaborar en la medida de nuestras posibilidades hacia el fin común.

 

Hacia dónde caminamos por:  Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

GRANDES SUFRIMIENTOS

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Grandes sufrimientos

Continuando con el análisis y profundizando en ese tipo de espíritus que han escogido, por su propia voluntad, el camino del mal, ya desde los inicios de su evolución, podemos comprender cómo y por qué existen, lamentablemente, ese tipo de hermanos sumergidos en las profundidades de las sombras, de las zonas abismales de los planos inferiores, cuyo único objetivo para ellos es el afán de poder, dominar a cuantos más espíritus débiles, enfermizos y desviados puedan, a fin de darle un sentido a su existencia, que no es otro que el de la práctica del mal, tanto en los planos espiritual y material.

Estos espíritus, por otro lado hermanos nuestros, por mucho que se hallen en ese estado de sumisión hacia el mal y estancados en su proceso evolutivo, todavía no han comprendido las leyes universales que a todos nos rigen, más allá de nuestro planeta. Esa es la razón por la cual viven solamente pensando en su presente, sin atender a nada más, dominados por el egoísmo y la más absoluta ignorancia acerca del proceso espiritual de perfección al que todos estamos llamados; del que no quieren saber nada, desconociendo que un día llegará en el que tendrán que comenzar a pagar por todo aquello que de sufrimiento causan a los demás, y por todas las violaciones constantes a la ley de amor, de justicia y caridad.

De ahí que veamos en algunas ocasiones a niños que a la más temprana edad, en lugar de desprender ternura, tienen ya expresiones de maldad, sin que nadie les haya enseñado ni hayan recibido un mal ejemplo o mala educación; les nace el ser así porque es el carácter que traen. No se doblegan ante nada, son rebeldes por naturaleza, y a la más mínima oportunidad recaen en los mismos vicios y perversiones, que son lo único que conocen y a lo que están habituados.

No obedecen a nada, no pueden ni quieren reprimir sus malos instintos, sus defectos y debilidades; la carencia de valores morales es en ellos casi absoluta, piensan que no hay una fuerza superior a ellos que les pueda doblegar y ponerles en una situación muy distinta a la que están acostumbrados, y así siguen cometiendo todo tipo de maldades y causando daño por doquier, porque solo piensan en su beneficio y en sí mismos.

Pero llega un momento en el que la LEY DE CAUSA Y EFECTO interviene, porque este hermano es imposible que, por sí mismo, pueda reflexionar y tomar el camino del bien, del cual está muy alejado y le es imposible tomarlo. Ha perdido toda su luz, su fuerza espiritual, la intuición, y su conciencia está completamente turbada, no puede corregirse ni quiere reorientar sus pasos.

Ha llegado el momento en el cual todo el peso de la ley comenzará a recaer sobre él por medio de reajustes, expiaciones y sufrimiento.

De arriba se toma la decisión de coartar su libre albedrío, siendo esta la única medida para que no siga alejándose tanto de la senda correcta y pueda comenzar su proceso liberador de todas aquellas imperfecciones y pasiones que le han conducido hasta ese punto de degeneración. Todo tiene un límite, y por fortuna siempre hay espíritus que velan por nosotros, así como las leyes de nuestro Padre que también quiere lo mejor para nosotros, teniendo que tomar una solución drástica pero necesaria. Esta es una medida extrema, pero es la única forma de poder recuperar a este espíritu, y también a sus cómplices y otros hermanos que le van acompañando durante siglos cometiendo delitos y demás tropelías, a fin de redirigirlos y procurar la sublime ascensión que a todos ellos les compete efectuar sin más excusas.

A partir de ese momento, su proceso evolutivo es intervenido. Ese crédito que por ley todos tenemos se ha acabado, ya no se le conceden más existencias con el uso de su libre albedrío. Comienza entonces una fase de vidas de sufrimiento, vidas difíciles, vidas destinadas a expiar y a hacerle consciente de todo aquello por lo que tiene que pasar para poder ir eliminando toda la maldad adquirida, por medio de la catarsis del dolor, y comenzar a ir desarrollando los valores de los que, por comodidad y egoísmo, no quiso desarrollar; optó por el camino más fácil.

Debemos comprender que la vida es un préstamo, no nos pertenece; es un medio, una oportunidad de progreso. Si no hacemos un buen uso de ella, lo que pudo convertirse en un gran adelanto en torno a nuestro progreso se convierte en una deuda, en intereses negativos de los que antes o después debemos dar cumplida cuenta. Por eso la ley tiene que intervenir, impidiendo que ese suma y sigue sea tan abrumador.

La ley de consecuencias determina que venga en la próxima encarnación en inferioridad de condiciones para que se vea distinto de los demás y por medio del sufrimiento empiece a arrepentirse de lo que han hecho. Comienza una serie de existencias en las que viene a expiar, y en cada una de ellas irán dejando parte de la maldad que han ido adquiriendo, al mismo tiempo que van resarciendo a todas sus víctimas de los males causados. Estas son las vidas predestinadas al sufrimiento, del cual no se puede escapar, cuyo programa no es otro que el  someter a este espíritu para que paulatinamente vaya perdiendo, merced al dolor y a verse impedido, toda la maldad acumulada, y empiece a sentir que sí puede cambiar, que quiera verse y estar en mucho mejores condiciones, como en realidad en su fuero interno quiere sentirse, y que además envidia el por qué otros muchos evolucionaron y se encuentran en el otro extremo del camino.

Al verse sometido e impedido por medio de una materia que no le deja manifestarse tal cual es, empieza a desgastar sus energías, empieza a comprender que no se puede permanecer durante toda la eternidad apartado de la senda del progreso sin dejar salir de su interior las cualidades que conserva innatas. Es una lección muy dura, pero hará que este espíritu comience a admitir que no puede realizar siempre todo aquello que le place sin pensar en el mal que causa, y en lo mucho que se aleja de su cometido como espíritu; que levante la mirada hacia su Creador y comience a implorar ayuda y esclarecimiento.

Con el paso de algunas existencias, este tipo de espíritus van comenzando a ser conscientes de todo por lo que han de pasar y las muchas deudas que tienen pendientes. Es entonces cuando ya piden venir en una existencia a pagar todo lo que puedan, voluntariamente, por medio de vidas de mucho dolor y sufrimiento, en las que vienen en condiciones muy deplorables; son aquellos casos en los que vemos a personas sumidas en una desgracia tras otra, en una enfermedad tras otra, y con todo en contra, vidas con tanto dolor y desgracia que nos hacen pensar en por qué viene una persona en esas condiciones. Es el resultado de tantas maldades y existencias lejos del camino del bien y del amor. En estos casos, estos hermanos piden una protección especial, piden ayuda desesperadamente a fin de llegar al término de la existencia, cumpliendo lo mejor posible el programa que se han planificado llevar a efecto.

Desde el plano espiritual son conocedores de todo aquello que le espera a estos hermanos, a nivel de sufrimientos que quizás no puedan soportar; se planifica la próxima existencia y por supuesto se les facilita, cómo no, esa doble protección para evitar que no sucumban ante tales pruebas y expiaciones, no opten por la vía del suicidio, y logren llegar hasta el final de su existencia pudiendo aprovecharla al máximo, y siempre con el fin de ir rectificando su carácter y sus debilidades con la mayor rapidez posible.

Aunque este proceso les puede llevar cientos de años y sucesivas encarnaciones, estos espíritus ya saben lo que no tienen que volver a hacer, porque están pagando con su vida  todo el mal causado anteriormente. Ya están encaminándose correctamente, están luchando por recuperarse y expiar sus deudas; es cuestión de forjarse a fuego como el acero mediante todo aquello que la ley le imponga.

¡Aquello que sembramos voluntariamente lo hemos de recoger forzosamente!

Estos son los destinos compulsivos, los designios que recaen sobre uno mismo, la llamada fatalidad, que no es más que el reajuste obligado de aquellos que escogieron el camino contrario a su evolución y que nunca quisieron por sí mismos reconocer sus errores y comprender que:

¡Aquello que se ata en la Tierra, en la Tierra se ha de desatar!

 

Grandes sufrimientos por:     Fermín Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

LA ERA DEL TODO VALE

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La era del todo vale

¿Sabemos qué son los valores, la ética, la virtud, la moralidad?

Si saliéramos a la calle e hiciéramos una encuesta, ¿con qué respuestas nos encontraríamos? Es muy probable que nos quedásemos perplejos.

Nuestros padres y abuelos han vivido otro tipo de sociedad, casi en otro mundo, comparado con lo que ahora nos está tocando vivir; la cultura, las costumbres, los modos y las formas, la educación en general era otra muy distinta; preguntémosles y veremos el contraste tan acentuado que se ha producido. Nuestros mayores se criaron y vivieron bajo la cultura y la ética del esfuerzo, del trabajo y del respeto, especialmente a sus progenitores. Ahora se ha instalado en la sociedad el modelo de la diversión y del poco esfuerzo. 

Nuestros padres se esfuerzan y se sacrifican para que podamos estudiar, obtener una buena formación; quieren darnos aquello que muchos de ellos no pudieron siquiera soñar, pero sólo hemos cogido de su modus operandi lo que nos interesa; los valores de su época, aquellos que levantaron nuestra sociedad y construyeron el mundo que ahora vemos, no se han transmitido, han sido casi sesgados.

Hemos pasado de un extremo al otro, ahora estamos instalados en el todo vale; ante cualquier actitud que se pueda salir por completo del cauce de la ética y de los buenos modos, del respeto a la libertad de nuestro prójimo, hay una ley que la ampara. Con el pretexto de la libertad de expresión, sin ir más lejos, se puede agredir cualquier causa, sea una bandera, una ideología; todo aquello que sea diferente a nuestro modo de pensar se puede atacar, descalificar, injuriar.

Esto es debido, sin duda,  a la carencia de valores existente en nuestra sociedad, que se ha criado de otra forma, sin educación, sin pautas de conducta, como consecuencia de múltiples aspectos, todos ellos con relación al cambio del modelo que se nos ha inculcado desde la sociedad de consumo; y del materialismo, que nos ha conducido a la descreencia religiosa –la vida ya carece de un sentido transcendente-, a pensar que solo tenemos derechos que exigir, ninguna obligación; a la falta de responsabilidad, a las prisas por querer vivir solo el presente sin saber en qué dirección vamos.

Hemos pasado de la falta de libertad al libertinaje. Hemos perdido la fe, no tenemos un líder, un personaje de altura al que seguir, un ideal elevado que nos marque el norte espiritual. JESÚS, BUDA, GHANDI y tantos otros que vinieron y nos marcaron el camino, nos quedan ya muy lejos. Una auténtica pena no reconocer a estos personajes, estudiarlos y seguir sus ejemplos y enseñanzas. Este es un hecho muy grave que está trayendo como consecuencia la ausencia de valores y, lo que es peor, la falta de  interés por los mismos, pudiendo calificarse esta situación como un suicido psicológico; no podemos tener un mejor código de conducta, un mejor modelo y lo estamos desechando.

Pensamos solo en nuestro yo, y no reparamos en las consecuencias que esta forma de vivir nos puede ocasionar a largo plazo. Sin reglas, sin normas, ¡a que podemos aspirar! Qué horizonte podemos vislumbrar. Una parte de nuestra sociedad está perdiendo la fe en el porvenir, la esperanza en una vida mejor. Sin duda, se siente defraudada, descorazonada por el sistema; la falta de solidaridad, de fraternidad es innegable.

Confiamos nuestro modelo de sociedad al imperio de la ley. No obstante, las leyes por sí mismas no pueden conducir a una sociedad a buen puerto, porque el principal valuarte de la ley es que se cumpla, y sin una buena base en nuestro interior, sin valores, sin ética, sólo cumplimos con la ley porque no hay más remedio, por la fuerza de las cosas,  pero no por respeto y consideración. La ley así considerada es letra muerta, no tiene espíritu, no tiene corazón, es algo vacío y estéril; y sin embargo es necesaria.

Hemos limitado nuestra existencia a lo que permita vivir a nuestro organismo físico, que no es más que el caparazón, olvidando la conciencia, olvidando el motivo de nuestra vida, abandonando los principios ético-morales. No confiamos en la inmortalidad del alma, descreemos que todo aquello que sembramos lo recogeremos. Sin las leyes universales que son el sostén de la vida y que nos conducen a la emancipación de la materia, de la ignorancia y de la barbarie, estamos aquí en el mundo como si fuésemos huérfanos; por ello, nuestro mundo se ha convertido en lo que es, una especie de pasatiempo sin más consecuencias.

Por consiguiente, la falta de compromiso por parte de todos, de esfuerzo y de sacrificio para llevar una vida ejemplar, con tolerancia, respeto, aprecio a todos, nos hace sentirnos como desnudos, desprotegidos. Vivimos en la sociedad del «apáñatelas como puedas», del yo también tengo mis problemas. Por contra, se olvida lo más importante de todo: la formación de cada uno de nosotros como seres humanos, poseedores de valores. Esto debería ser lo más esencial, lo primordial, pero no ocupa ninguna preocupación por parte de este nuestro sistema.

Ninguna ley puede hacernos mejores. La ley nos somete a su imperio, a su norma, pero no modifica nuestro carácter, y eso es precisamente lo que mas nos debería importar, porque es la misión primordial de nuestra existencia,  la adquisición de las facultades y potencialidades que albergamos. Nuestra estancia en la Tierra es pasajera, todo lo dejamos aquí, excepto las virtudes o las imperfecciones con las que revestimos nuestra mente y conciencia, alma y espíritu.

‘Despojados de objetivos elevados, los movimientos de los grupos sociales, así como de los individuos, proporcionan la anarquía, que se disfraza de libertad, destacándose la violencia por un lado y por el otro el conformismo’.

Extraído de “El hombre Integral” obra psicografiada por Divaldo Franco por el espíritu Juana de Angelis.

A falta de bases sólidas, de saber por qué y para qué estamos aquí, al no ver un camino de esperanza, muchas personas llegan a la siguiente consecuencia: “bueno, da igual; total, para qué esforzarme, para qué mejorar, si al final todo depende de una suerte de factores que no puedo controlar, y al cabo me voy a morir y todo se pierde. Esta cultura del vive mientras puedas está haciendo mucho daño, porque se inculcan y se trasladan una serie de tendencias que, en definitiva, ciegan nuestro raciocinio y ahogan la voz de la conciencia, aquella que nos marca el camino seguro.

Tenemos que empezar a buscarnos a nosotros mismos. Todo está dentro de nosotros, incluso Dios. No nos conocemos, vivimos engañándonos constantemente sin saber siquiera quiénes somos en realidad, tal es el estado de confusión en el que nos hayamos. Si no realizamos esa búsqueda interior, del yo superior, no podremos salir del atasco tremendo que gira en torno a nuestro proceso evolutivo. ¡Cuánto tiempo perdido! Esa búsqueda sincera es la única forma de comprendernos y comprender el mundo que nos rodea, es el mayor desafío que tenemos: el auto-descubrimiento de nuestro yo.

Los valores no se imponen, se contagian, se transmiten, ofreciendo ejemplo. Pero los valores de la ética, que son algo universal, atemporales, no son algo que hoy vale y mañana ya no nos sirven; para ello, es necesario que sepamos de qué estamos hablando. El amor, la comprensión, el altruismo, el respeto, la humildad, la caridad, la justicia, la amistad, todo esto es la base para poder establecer una vida en armonía, una sociedad justa, con miras a la paz, a la perfección, a la evolución del ser humano como conciencia y portador de felicidad.

Dejemos respirar a nuestro espíritu, dejemos salir nuestro amor, la humildad, el deseo de compartir. Hay mucha necesidad en nuestro pequeño planeta azul; es cosa nuestra, es cosa de todos. Seamos los primeros en comenzar a cambiar de verdad; que no quede todo en discursos, escritos o leídos; si nos empeñamos, lo podemos conseguir.

A medida que la conciencia se expande y el individuo se ampara en la fe racional, en la certeza de la inmortalidad, él se libera, se agiganta, recupera la identidad, venciendo el miedo y a sus secuaces, sean de ayer o de ahora.

Extraído de “El hombre Integral”, obra psicografiada por Divaldo Franco por el espíritu Juana de Angelis.

 

La era del todo vale por:   Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

EL CAMINO DEL MAL

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El camino del mal

120. ¿Todos los espíritus pasan por la serie del mal para llegar al bien?  -“No por la serie del mal, sino por la de la ignorancia”.

Allan Kardec, Libro de los Espíritus.

En pasados artículos apenas esbozamos sobre el proceso evolutivo de aquellos seres o espíritus que toman el camino del bien, del correcto proceder, desde sus inicios. Ahora vamos a tratar justamente el caso contrario, el de aquellos que no lo consiguen y toman la dirección equivocada, el camino del mal.

Hay seres que, desde el comienzo de su evolución, se dejan arrastrar por la forma de actuar más cómoda y no llegan a ejercer la fuerza de voluntad, esa fuerza que todo individuo posee como herramienta de progreso, como una cualidad espiritual. Está ahí, incipiente, y a medida que ese ser se va elevando, la desarrolla más y más, pero siempre está ahí, lista para ser usada. A pesar de ello, hay individuos que no llegan a ponerla en práctica y se dejan arrastrar por la comodidad. Y es entonces, ante ciertas pruebas y experiencias, que esos seres van tomando el camino del mal, simplemente, por pura pereza y comodidad. Podrían actuar de un modo diferente, pero optan por la senda de la comodidad.

Todavía no dominan su cuerpo físico, su materia, y se dejan llevar por los instintos sin pararse a meditar sobre las consecuencias de sus actos. Llegarán así a cometer actos de auténtica maldad. Pero la Justicia Divina es conocedora de que se encuentran al inicio de su vida como espíritus y que, por ello, no llegan a contraer una gran responsabilidad. Todavía no han forjado ese carácter malévolo, pero empiezan ya a vislumbrarse los rasgos que les conducirán al camino equivocado, el camino del dolor. Se verán empujados a actuar, buscando siempre realizar actos de maldad.

121. ¿Por qué algunos Espíritus han seguido el camino del bien y otros el del mal? ¿Acaso no tienen libre albedrío?  -Dios no creó Espíritus malos; los creó simples e ignorantes, es decir, con tanta aptitud para el bien como para el mal. “Los que son malos llegaron a serlo por su voluntad”.

No obstante, este ser, ese espíritu, vuelve a caer en los mismos errores a lo largo de sus siguientes existencias, y cuando abandona el cuerpo físico y llega al mundo astral, se horroriza viendo cómo ha actuado y demanda volver, de nuevo, al mundo físico para repetir las experiencias en las que falló, buscando así encontrar la rectificación. Sabe que está aún a tiempo de corregirse, sabe que ha acumulado una importante lacra al haberse dejado llevar por la comodidad y no haber hecho uso de la fuerza de voluntad, desoyendo la conciencia. Ha continuado endeudándose, más y más, al permanecer en el camino fácil e incrementar sus defectos. Y, no obstante ir concienciándose de las consecuencias de sus actos y del dolor que ha causado, continúa embruteciéndose y convirtiéndose en un ser cada vez más egoísta.

El factor que les diferencia de aquellos otros seres que desde el principio han sabido hacer un adecuado uso de su libre albedrío, de esos seres que se han esforzado en dominar su cuerpo físico y procurado sortear todas las dificultades mediante la práctica del bien, es muy significativo. Los primeros van consiguiendo su luz interior, su luz espiritual, sus buenas cualidades y, sobre todo, esa gran cualidad que es la intuición. Comprueban que, en cada nueva existencia, van asciendo, paso a paso, peldaño a peldaño, y que son cada vez más conscientes de su futuro, y sus deseos de progreso crecen. Mientras tanto, los segundos, los desviados del camino, siguen complaciéndose en el mal y dejan de lado sus posibilidades como espíritus dueños de libre albedrío. Continúan reforzándose en sus defectos y malas inclinaciones; son conscientes de que todo lo que hacen les perjudica, por ser contrario a las Leyes Divinas, pero apenas hacen algo por evitarlo.

El egoísmo y la comodidad les comen el terreno, y llega un momento en el que practicar el mal lo consideran como algo natural. Y esta práctica se convierte en su forma de vivir y actuar, desoyen su conciencia y ya nada les importa, ni tan siquiera el sufrimiento de sus congéneres. Desoyen todos los consejos que se les transmiten, ignorándolos, ante la convicción de que su misión es hacer el mal, y para ello no dudan en sacrificar a sus semejantes.

Reciben siempre ayuda del plano espiritual pero, llegados a este punto del proceso evolutivo, punto contrario a la ley natural, han enquistado otro defecto, también importantísimo, la rebeldía. Con esta actitud pierden ya toda la voluntad de hacer el bien. Dentro de su mundo de rebeldía no alcanzan a comprender cómo han podido llegar a esa situación. Tampoco desean abandonar su postura de intransigencia, pues piensan que todo cuanto les rodea se ha vuelto contra ellos. Sienten que pueden hacer cuanto desean, sin que nada, ni nadie, pueda impedirlo.

En el Cielo y el infierno, Kardec trata este tema en una serie de comunicaciones con el capítulo titulado “espíritus empedernidos”.

Tras diversas existencias actuando con maldad, y habiéndose convertido ésta en parte de su actitud y forma de pensar, y sintiéndola como algo natural, cuando finalmente llegan al mundo astral siguen convencidos de no haber podido realizar todo el daño que podían y querían hacer, pero que no pudieron llegar a materializar. Sus defectos les han transformado, les han doblegado, ven el camino que han recorrido y se endurecen en sus deseos para evitar rectificar y expiar sus errores y daños. Se han enquistado en el camino del mal y desean continuar en esa situación.

Esos individuos han tomado un camino peligroso, un camino del que les resultará muy difícil salir. Han perdido toda capacidad de mejora y, en lugar de engrandecerse, se han endurecido en la maldad, perdiendo cualquier atisbo de inocencia. Su conciencia, esa gran sabiduría que como espíritus poseen, y con la que han sido creados, ha quedado velada. Sus facultades y su mente han quedado bloqueadas. Cuando finalmente les alcance el tiempo marcado por las Leyes Divinas para su rectificación dolorosa, renegarán de Dios, a Quien convertirán en su enemigo. Se sentirán incluso capaces de luchar contra Él. Estas son las almas oscurecidas, las almas negras a las que hacen referencia las religiones. Sabemos que no han sido creadas así, sabemos que han llegado a ese estado por propia voluntad, pero el Misericordioso, a través de sus sabias y amorosas leyes, con el tiempo les conducirá, indefectiblemente, hacia el camino del bien, hacia el camino de su progreso espiritual.

122. ¿Cómo pueden los Espíritus, en su origen, no tener conciencia de sí mismos, tener la libertad de elegir entre el bien y el mal? ¿Hay en ellos un principio, alguna tendencia que los lleve en una dirección más que en otra?  -“El libre albedrío se desarrolla a medida que el Espíritu adquiere la conciencia de sí mismo. No habría libertad, si la elección fuese determinada por una causa independiente de la voluntad del Espíritu. La causa no está en él, sino fuera de él, en las influencias a las cuales cede, en virtud de su voluntad libre. Se trata de la gran alegoría de la caída del hombre y del pecado original: algunos cedieron a la tentación, otros resistieron”.

El camino del mal por:   Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

LA SOCIEDAD DE CONSUMO

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La sociedad de consumo

Veamos cómo define la R.A.E. a la sociedad de consumo:

“Dicho de la sociedad o de la civilización que está basada en un sistema tendente a estimular la producción y uso de bienes no estrictamente necesarios”.

Vivimos inmersos en una sociedad que es capaz de producir cualquier artículo y en cantidades desproporcionadas e incluso exageradas; una sociedad que es capaz de producir casi de todo y, generalmente, mucho más de lo necesario. Una sociedad que es capaz de producir todo tipo de artículos, comercializarlos y hacerlos llegar a los rincones más perdidos del planeta, en aras de su uso y consumo.

Fabricamos, compramos y vendemos desenfrenadamente, con la promesa de una felicidad al alcance de la mano: «Si compras este artículo serás más feliz, tendrás todo lo que deseas, te sentirás mejor, te divertirás más, tendrás el cielo al alcance de la mano y serás más dichoso; sí, puedes poseer todo lo que anhelas, porque estás comprando lo último, lo mejor, justamente aquello que te falta, y eso te hace diferente, especial”. 

Y mañana te ofreceremos más, y después, más aún, y todo aquello que poseías antes se ha quedado obsoleto y caduco. Y necesitas comprar. Una vez más careces de las últimas novedades, ya no estás a la moda, te has quedado estancado y no puedes alcanzar el éxito; no puedes triunfar, pasas desapercibido y eso te impide ser feliz; porque careces de aquello que te dicen es lo mejor.

¡Qué triste verse inmerso en ese sistema y convencido de que es la única forma de entender la vida! Qué triste verse atrapado en una red comercial que nos ha convertido en su fin, en “el objeto de la sociedad de consumo y punto de mira de las grandes multinacionales”. No obstante, la felicidad no se alcanza pulsando iconos y teniendo cada vez más. Qué duda cabe que podemos comprar prácticamente de todo, pero hemos de tener siempre presente que, así, no alcanzaremos la felicidad. La verdadera felicidad no está ligada a los bienes de consumo, a las cosas perentorias, a las cosas materiales. Quizás nos sintamos felices por unos instantes, quizás un día, quizás un mes, un año, pero no durará siempre; es una felicidad efímera. Por dentro seguiremos vacíos. ¡Qué esperabais acaso encontrar!

La felicidad se consigue luchando, se instala en nuestro yo, dentro de la conciencia superior que nos anima, y no se puede sustituir por bienes o disfrutes materiales; sólo se consigue mediante el trabajo, la realización y el desarrollo de los valores internos.

Podemos comprar una bonita casa, elegante, atractiva, pero no podemos comprar un hogar cálido y feliz. Esas cualidades nunca han estado a la venta, se construyen segundo a segundo y mediante la dedicación y el amor hacia los seres con los que compartimos la vida.

Con dinero, con riquezas, podremos comprar el confort, las comodidades, unos muebles preciosos, un mejor colchón; podremos comprar entretenimiento, diversiones, pero nunca podremos comprar el disfrute de un dulce sueño. Podremos comprar alimentos sugerentes y caros, podremos comprar muchos caprichos, pero no podremos comprar la salud y la paz de espíritu. Con dinero podremos influir en las personas, comprar las relaciones, conseguir ventajas sociales, pero nunca una verdadera amistad.

La sociedad de consumo ha nacido de la fe en el dogma de la publicidad: Con el dinero se puede comprar todo”. 

Phil Bosmans, El derecho al amor.

El consumo desaforado, junto con el afán de poseer sin medida, quedan muy alejados de la auténtica felicidad; de la felicidad que da sentido a la vida. De la felicidad que da saber los motivos para nacer y vivir, de la seguridad que da evolucionar, aunque sólo sea un ápice, los valores internos, los auténticos valores que amplían la conciencia. Como entidades espirituales que somos, únicamente el hecho de poder descubrirnos internamente puede facilitarnos la paz de espíritu y la satisfacción de estar realizando el compromiso para el que hemos sido creados: la búsqueda de la perfección.

Cuanto más nos alejemos de esa realidad tangible, tanto más difícil resultará aceptarnos a nosotros mismos y nuestros íntimos anhelos. Deambularemos de un lado a otro buscando la paz interior, la plenitud; intentaremos buscar la felicidad en lo externo, en lo efímero, y encontraremos el fracaso. El hombre está hecho para crecer, para engrandecerse, para descubrir la razón de cada uno de los átomos del universo. Necesita saber qué es y hacia dónde se dirige. El hombre, ese pequeño Dios en ciernes, es apenas una obra recién iniciada. Él es el único artífice de su destino; de un destino que ha de ir completando a lo largo de cada nueva existencia, buscando la perfección, la sabiduría, la grandeza, y haciéndolo en cada nueva oportunidad que recibe de su Creador.

Cuando un deportista alcanza el cénit de su carrera, se siente íntimamente pleno, orgulloso y feliz, sus objetivos los ha cumplido. Ha llegado a la cumbre, a lo máximo que podía obtener mediante la práctica de su deporte, poniendo en juego todo su esfuerzo y tesón en la lucha para obtener la perfección, buscando llegar, cada vez, un poco más lejos. Y así sucede con cualquier faceta de la actividad humana. El hombre justo, responsable y noble, ese que ha encontrado el sentido a la vida, se dedica, con fe y esperanza, a la búsqueda de la perfección, a llegar a lo más alto en su íntima evolución. Sabe que dispone de capacidad para hacerlo, que puede conseguirlo, que no importan los esfuerzos; sabe que puede alcanzar la meta y que, para ello, tiene que trabajar con constancia y dedicación. No le motivan ni el reconocimiento ni los trofeos, únicamente la validez de sus esfuerzos y la convicción de alcanzar las metas deseadas. Y lucha por conseguir todo aquello que sus cualidades personales le permiten obtener.

Así es nuestro espíritu, necesita desarrollarse, engrandecerse, conocerse y liberarse de todo lo que durante la vida material, estando encarnado, le puede obstaculizar y apartarle del verdadero camino. Y, a pesar de los reveses, no puede permanecer alejado por mucho tiempo del motivo de su existencia; no puede cegarse por las cosas materiales, por esa sociedad de consumo que le hipnotiza y le arrastra hacia los bienes materiales y que le mantiene lejos de su trabajo interior, del trabajo que es el destino de su vida.

La felicidad no viene con una etiqueta, no tiene precio; su coste es el trabajo interior, el desarrollo de los valores internos. Es el amor a la humanidad, el respeto hacia las personas cercanas y la tolerancia hacia quienes pueden molestar o contrariarle, por el hecho de ser distinto. La felicidad es un bien común, para todos, pero la sociedad de consumo está enfocada hacia las personas con poder económico, con recursos, hacia las personas que pueden comprar bienes a través del dinero. ¡Craso error, si piensan que pueden comprar también la felicidad!

Quienes necesitan poseer, y no saben ni quieren dejar esa actitud, lo hacen porque se encuentran huecos en su interior y necesitan llenar ese inmenso vacío. Están confundidos si piensan que con cosas materiales pueden llenar ese agujero. Pero si no lo intentan, se sienten vacíos, insatisfechos, angustiados y depresivos; no encuentran sentido a la vida, carecen de dirección y coherencia en el orden de valores. Y una persona sin valores es como un árbol sin ramas, desnuda, que en lugar de enraizarse y construirse a sí misma, confía en que las conquistas externas le darán esa personalidad que no consigue. ¡Vana ilusión!

 Buscamos que la sociedad nos juzgue por lo que tenemos, por lo que aparentamos, por cómo vestimos, por qué coche tenemos o por cómo gastamos el dinero, pero en nuestro fuero interno sabemos que nada de eso importa realmente, que no son más que castillos en el aire; sabemos que lo que realmente importa, no son los signos externos, sino el ser que busca trascender, el ser espiritual. Cuando la vida concluye y el hombre rinde cuentas a su conciencia, únicamente dispone del trabajo realizado, el único bagaje que le acompañará en su tránsito.

La armonía, el bienestar y el sosiego no vienen envueltos en papel de celofán ni dentro de una bolsa bonita o en una elegante caja de cartón; vienen como resultado del trabajo bien realizado, de ese trabajo interno que el hombre siente y anhela. Aparece sin previo aviso, le envuelve, le inunda de luz y energía, le llena de fuerzas para seguir adelante. Es el motor de la vida y no requiere bienes materiales, solo busca un corazón latiendo, un pensamiento positivo, una buena acción, emociones, gratitudes y sentimientos que, aunque puedan parecer insignificantes, son la base de la vida real.

Bienvenidos sean la ciencia, la tecnología, los conocimientos y el progreso en general, pero acompañados de un ideal, de un amor a la vida, de  un deseo de compartir y, sobre todo, de la inteligencia para saber usarlos. Encontraremos así el verdadero camino, y ya no vagaremos, perdidos en un mundo artificial, en un mundo que intentará engañarnos, confundirnos y hacernos sus esclavos, convertirnos en unas mentes bajo su control.

Si realmente sentimos una necesidad constante de consumir y consumir, algo no está funcionando, algo falta, algo se nos escapa. Por unos instantes, paremos y analicemos lo que sucede, cuál es la dirección correcta a tomar. La felicidad no llega con una cuenta corriente grande y saneada, basta con tener lo suficiente para vivir. ¡Para qué más! Sobra lo superfluo y falta la moderación. El mero deseo de tener por tener nos desequilibra y mantiene ignorantes del fin al que estamos llamados, de la búsqueda del hombre espiritual.

¡El hombre lleva tanto dentro!  ¡Tanto por descubrir y exteriorizar!

El individuo ha quedado atrapado entre las cosas materiales, dominado por la sociedad de consumo y alejado de la realidad de ser y existir. No hay mayor crisis que la del ser humano creándose un consumo descontrolado y unas necesidades artificiales, innecesarias, olvidándose de sí mismo.

A menudo valoramos las cosas por lo que valen, y no reparamos en el valor que encierra la libertad interior que perdemos al poseerlas. 

Gustavo Villapalos.

Prefiero consumir amor hacia mis semejantes, cariño hacia mi propia familia y amigos, perdón hacia quienes no comprendo. 

 Prefiero consumir voluntad para conseguir lo que aún no está a mi alcance. 

 Prefiero parecerme a las grandes personas que me han precedido y que me han dejado su legado y ejemplo. 

Prefiero aprender de los grandes genios, filósofos y artistas. 

Prefiero vivir inmerso en quehaceres, retos, compromisos y responsabilidades por cumplir.

Y soy consciente de que todo esto lo conseguiré mediante el trabajo interior, el trabajo que me ocupará positivamente y me alejará de la tiranía de una sociedad de consumo, de una sociedad que intentará arrastrarme por ese río incontrolable y vacío que conduce a ninguna parte.

 

La sociedad de consumo por:    Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

LAS TRES EXISTENCIAS

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Las tres existencias

12. «Con todo, esos mundos afortunados no son mundos privilegiados, porque Dios no es parcial con ninguno de sus hijos. A todos les confiere los mismos derechos y las mismas facilidades para llegar a ellos. A todos hace partir de un mismo punto, y no dota a unos, más que a otros. Los primeros puestos son accesibles a todos, a ellos corresponde conquistarlos por medio del trabajo; a ellos corresponde alcanzarlos lo antes posible o languidecer, durante siglos y siglos, en la hondonada de la humanidad.» (Resumen de la enseñanza de todos los espíritus superiores).

El Evangelio según el espiritismo.- Mundos superiores e inferiores; Allan Kardec.

Como pudimos valorar en el artículo anterior, cuando un espíritu progresa sin detenerse es porque ha grabado esa decisión de forma indeleble en su conciencia, mediante el uso de su fuerza de voluntad. Y cada nueva existencia representa otro reto para él, nuevas enseñanzas, nuevas experiencias, diferentes obstáculos a sortear, donde ejercitará sus cualidades, y dónde hará frente a los nuevos objetivos que le presenta la ley para acelerar su progreso. No es casualidad que un espíritu atraviese el camino de la evolución sin equivocarse, que evite caer en las tentaciones, y que aparte de él vicios, debilidades y defectos. Nada es casual ni aleatorio, todo obedece al determinismo de las leyes universales, y el individuo, como ser espiritual, no puede escapar a esa condición, pues sus conquistas debe realizarlas con el propio esfuerzo, con su trabajo, su tesón y su constancia.

El espíritu no es como la piedra que se va tallando y puliendo a medida que pasa el tiempo y permanece a merced de los elementos; no, con el espíritu no ocurre así. El espíritu se mueve por otros derroteros, pues no conseguirá progresar si como individuo no se aplica en la misión que tiene comprometida, si no se entrega en la lucha diaria ni corrige sus impulsos egoístas; si no se emplea en el servicio a los demás y supera el egoísmo y las debilidades que pudieran entorpecerle. No sólo necesita tiempo, necesita también trabajar en aras del bien común, colaborar y poner en práctica sus valores internos, cualidades que le permitirán afianzarse, vida tras vida, en su propio progreso.

Así, ese espíritu luchador, consciente de sí mismo, decidido a tomar el camino del bien común y a no apartarse nunca de él, vuelve nuevamente a tomar una materia física con ansias renovadas de trabajo y progreso. ¡Qué duda cabe que tendrá nuevas tentaciones, y que estas le incitarán a sumergirse en la maldad, a hacer daño a sus semejantes! Pero su trabajo previo en el plano espiritual, entre una vida y otra, le han aportado claridad de ideas y propósitos; habrá renovado los deseos de mantener las metas y afrontar enérgicamente las pruebas del planeta en el que se encuentre. Con fuerzas renovadas irá superando las pruebas que cada nueva existencia le presenta, evitando dañar a sus semejantes y sucumbir ante los equívocos que le podrían perjudicar. Intuye su futuro y ejercita su voluntad para alcanzarlo; rechaza todo aquello que, espiritualmente, no le conviene, y así, vida tras vida, cuando vuelve al plano astral, verifica que ha avanzado en su crecimiento personal, aunque no se haya elevado mucho, y se siente, cada vez, más fuerte.

En cada retorno al mundo de las formas domina, con más energía, su cuerpo físico, y aunque no tiene recuerdos de lo vivido y aprendido en vidas anteriores, su conciencia le intuye constantemente, fortaleciéndole y aconsejándole, para que nada le perjudique ni interrumpa su progreso, para que pueda culminar con éxito sus futuras encarnaciones.

Y así continúa durante siglos y siglos, porque la evolución no se efectúa a saltos. Y aunque ese ser espiritual no llegue a sucumbir a la maldad, su aprendizaje continúa lentamente. Todas esas etapas anteriores le han resultado útiles, le han permitido avanzar en su evolución. Pero llega el momento en que debe prepararse para acceder a un mundo superior, un mundo de regeneración. Sólo necesita ya de breves experiencias en los mundos de prueba, pues nada le queda por expiar, pero debe culminar su paso en estos mundos aún inferiores que son la antesala de los mundos de regeneración. En ese tránsito, los espíritus permanecen tan sólo el tiempo necesario para alcanzar las condiciones requeridas por ese nuevo mundo (mundo que se encuentra un peldaño más arriba en la escala evolutiva), y necesitan desprenderse de las taras y defectos que les impiden participar de ellos. Deben conseguir la suficiente evolución espiritual que les impida perjudicar al conjunto de esa humanidad superior a la que acceden, pues no pueden convertirse en un lastre, un obstáculo. Así lo dicta la ley del progreso.

Entonces, ese espíritu se prepara para, con tan sólo tres existencias (en las que se le pondrá a prueba en distintos aspectos), dar el salto a un mundo de regeneración. Los espíritus prudentes e inteligentes suelen dejarse pruebas como la riqueza, el poder y en definitiva las más difíciles para cuando se ven mejor preparados para superarlas; este puede ser el caso de estos espíritus que dejan para el final de su periplo en los mundos inferiores este tipo de pruebas, que todos hemos de superar antes de pasar a un mundo de regeneración. Eso le resulta suficiente para alcanzar ese mundo superior, un lugar donde efectuará otro tipo de  labor más fácilmente, un trabajo más acorde a su grado de evolución, pues las pruebas difíciles y más duras estarán ya superadas.

No obstante, debemos considerar que, en los mundos de regeneración, la perfección todavía no existe, aún queda lejos. Pero resultan imprescindibles una preparación y un nivel evolutivo adecuados, en donde el egoísmo, el afán de dominio, el orgullo, los celos y las envidias estén ya dominados. Es un mundo de transición hacia mundos superiores, y para acceder a él, los espíritus deben conseguir un elevado grado de pulcritud espiritual. Y a través de esas tres existencias, ese espíritu que mencionamos, ese espíritu que recorrió los mundos primitivos que la Providencia dispuso para su progreso y por los que pasó sin recoger atisbo de maldad; ese espíritu tiene que demostrar su preparación, para poder así integrarse al nuevo mundo de regeneración. Haciéndolo, culminará la fase previa de su evolución y conseguirá encauzarse hacia planos más perfectos y sublimes.

A grandes rasgos, ese podría ser el proceso de evolución de un ser, que desde el principio de su vida como espíritu se ha mantenido al margen de la maldad y de las imperfecciones. Y ésta podría muy bien ser la casuística propia del peregrinaje seguido por muchos espíritus.

“Ya te lo hemos dicho. Los espíritus fueron creados simples e ignorantes (ver párrafo 115). Dios deja al hombre que escoja el camino: tanto peor para él si opta por el malo… En tal caso, su peregrinaje será más largo”. El bien y el mal, Libro de los Espíritus, Allan Kardec.

            Recomendamos leer detenidamente la obra “El evangelio según el espiritismo”, capítulo III, dedicado a los mundos de expiación y prueba, donde se pueden extraer interesantes conclusiones que no contradicen, en absoluto, lo que tratamos en esta sección.

 

Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

NECESIDADES ARTIFICIALES

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Necesidades artificiales

¿Cuántas cosas necesitamos para vivir?

¿Cuántas cosas necesitamos para ser felices?

Sabemos cual es el camino que debemos de seguir para ser felices. Porque no es lo mismo vivir que ser felices. Son cosas muy diferentes. Para vivir necesitamos simplemente algunas cosas materiales, pero para ser felices necesitamos sentirnos llenos, dichosos, que nuestra vida tenga un sentido, tener alguien hay a quien amar, alguien con quien estar unido, alguien con quien podamos convivir, confiar, con el que podamos compartir los sueños, las ilusiones, la propia vida en definitiva.

Si nuestra vida no tiene un sentido, si no sabemos como vivirla, ni con quién, si no tenemos nada que hacer, nadie a quien apoyar, un objetivo que realizar, simplemente estamos vacíos. ¡Qué podemos entonces esperar de la vida! Nada más que ese vacío lo llene la soledad, el hastío, el no saber siquiera para qué estamos aquí, vivos, en la Tierra. Ni siquiera le damos valor a la vida, sólo nos preocupa el seguir subsistiendo… de aquella manera.

El secreto es dejar de verse a sí mismo como prisionero de un cuerpo limitado;

rompe las cadenas de tu pensamiento y romperás también las de tu cuerpo.

Richard Bach. Extraído de su obra Juan Salvador Gaviota.

Al no haber sabido encauzar nuestra vida, porque nos hemos desentendido de ella, estamos como perdidos; no hay nada peor para un espíritu encarnado en la Tierra, o en cualquier otro planeta, que sentirse perdido, desorientado, ofuscado, confundido, sin saber cual es su misión en la tierra, qué hacer, para qué vivir, porque entonces solo ve una posibilidad, un sentido a su existencia, los bienes y los placeres materiales.

Si estos están a su alcance, porque tiene una posición material que se los puede dar, entonces llenará su vida de cosas materiales, necesidades artificiales, intentando hallar la felicidad y el consuelo al menos en todo eso; el mercado, la publicidad, el mundo en general se encargará de que vaya sintiendo a diario esa necesidad de tener más y más, de poseer lo último, ese será su propósito con el cual se identificará, procurando no quedarse atrás en esta era de la tecnología y del canto al materialismo. Ese será su sentido de vivir.

No sé que es peor si sencillamente verse perdido en la materia, como un espíritu fuera de lugar,  sin apenas conciencia de si mismo, o verse rodeado de bienes y cultos materiales que, como estrellas fugaces, tan pronto nos llenan como nos hastían, con el peligro de agrandar nuestro egoísmo, la vanidad, engrandeciendo nuestros sentidos materiales y al mismo tiempo enmudeciendo los ecos del espíritu.

Los bienes materiales nos pueden sumergir en un océano de sensaciones que inoculan todos los valores que el espíritu ha podido traer consigo a lo largo de su vida como espíritu. Ya no ve más allá; al centrar todo lo que gira alrededor de sí mismo en los placeres materiales, deja a un lado la vía del progreso y de la superación que se había propuesto antes de su encarnación. Mientras le vaya bien en ese contexto no tendrá grandes preocupaciones, apenas alguna reminiscencia que la propia conciencia le pueda recriminar, pero eso se olvida pronto, basta con no prestarle atención. Después viene la segunda parte, cuando ya no podemos disponer de todo aquello, ni nos acompañan las fuerzas por la vejez, ni tampoco nos acompaña la riqueza. Entonces llega la hora de dejar la materia y nos encontramos, como consecuencia de nuestra actuación en la vida en la carne, con ese vacío existencial que hemos fabricado en el transcurso de toda esa vida. En ese momento nos damos cuenta de que hemos arruinado nuestro futuro, y que hemos de recomenzar de nuevo en la próxima existencia.

Así, en una vida, a nivel material podemos ganarlo todo, y al mismo tiempo también lo perdemos todo. Además hemos de ser conscientes del agravante de que las tendencias adquiridas, los vicios, todas las energías malgastadas en esos aspectos materiales, son algo que deberemos desandar, son manchitas que hemos adquirido, ensuciando nuestro espíritu, contrayendo defectos e imperfecciones, con lo cual habremos de realizar un trabajo extraordinario para recuperar el equilibrio perdido, y devolverle a la vida todo aquello que nos dio, de lo cual hicimos un uso equivocado.

Venir a la materia es una prueba que se torna difícil para todos aquellos espíritus que no están lo suficientemente preparados, que no realizaron el trabajo de concienciación y no se han propuesto con fuerza y vehemencia recorrer un camino en la Tierra, con el afán de mejorarse y de conocerse un poquito mejor, para dejar atrás viejos errores, corrigiéndolos y adquiriendo más fuerza, más luz, más compromiso y responsabilidad para con uno mismo, y con el trabajo de elevación que tenemos ante nosotros, siendo conscientes de lo mucho que nos queda por aprender.

Las necesidades materiales vienen y van, son ficticias, son flashes que nos encandilan, son necesidades artificiales creadas por nosotros mismos debido a la falta de adelanto espiritual que acusamos, y son lo último que necesitamos para perfeccionarnos. Por eso, hay que establecer preferencias, poner bien los pies en la tierra y plantearnos por qué y para qué estamos aquí. Cuál es el camino que conduce a la satisfacción interior, esa que nos envuelve, por el trabajo bien hecho y que no nos abandona, al contrario, que va creciendo conforme maduramos, conforme nos vamos exigiendo más a nosotros mismos, y nos vamos poniendo esas metas que nos llevan a ser mejores seres humanos y a saber en cada momento qué camino debemos escoger.

La felicidad interior es la verdadera «chispa» de la vida, ella nos trasmite la alegría de vivir y hace que no sintamos ninguna atracción por las cosas artificiales, que no son sino un fraude, un sustituto de la auténtica dicha interior; son un sucedáneo que está muy lejos de la realidad que queremos alcanzar.

La vida es una especie de laberinto, precisamos tener una buena orientación, tener los sentidos despiertos para no confundirnos y coger el camino equivocado. Esto nos lleva a perder un montón de tiempo, de energías, y nos desilusiona al vernos perdidos y desorientados, con lo cual nuestro espíritu muchas veces se siente derrotado y pierde el afán de progreso; es entonces cuando nos dejamos llevar por las cosas materiales y nos dejamos envolver por lo artificial, por todo aquello que la sociedad materialista nos pone delante. Es como si nos quitaran la vida, como si decidieran por nosotros, nos dicen todo lo que tenemos que hacer, qué vestir, qué comer, en qué pasar el tiempo. Y así sucesivamente.

No dejemos que nos quiten la vida; no nos traicionemos a nosotros mismos, somos una conciencia que ha venido a este mundo a enriquecerse a sí misma, a mejorarse, a saber prescindir de todo aquello que no le conviene, que por contra le puede perjudicar y entorpecer su camino de superación.

Aprendamos a distinguir, usemos del discernimiento, sepamos cuáles son nuestras auténticas necesidades. Cada uno estamos en un punto del camino y tenemos unas metas y objetivos proporcionales a nuestro adelanto espiritual, pero la regla general siempre es la misma, hemos de crecer en amor, en sabiduría y justicia. Subamos en cada vida un peldaño más, son muchos los que nos quedan por delante.

Todos aquellos que vivimos y luchamos cada día para ser mejores y encontrar nuestro camino en la vida tenemos que ser capaces de tomar buenas decisiones, todo el tiempo que estemos perdidos en este laberinto de la sociedad materialista, artificial que nos quieren imponer, nos hace perder no sólo tiempo y energías, sino esa claridad  que como espíritus con inquietudes espirituales tenemos, y que debemos despertar lo antes posible.

Tienes la libertad de ser tú mismo y nada se puede poner en tu camino.

Richard Bach, extraído de su obra: «Juan Salvador Gaviota».

 

Necesidades artificiales por: Fermín Hernández Hernández

© Amor, Paz y Caridad, 2018

EL CAMINO DEL BIEN

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El camino del bien
[infobox title=’El camino del bien’]629.- ¿Qué definición se puede dar de la moral?– “La moral es la regla para conducirse bien, vale expresar, la distinción entre el bien y el mal. Se basa en la observancia de la ley de Dios. El hombre se comporta bien cuando hace todo con miras al bien de todos, porque en tal caso está observando la ley de Dios”.[/infobox]

Antes de comenzar con esta exposición es preciso realizar algunas aclaraciones al respecto de lo que consideramos bien y mal, lo que es bueno y lo que es malo. Podríamos dedicar varios libros a elucidar este tema, sin embargo no es el objeto de este artículo.

Lo primero es establecer que el concepto de bien y mal está por encima del tiempo, época o lugar; es un concepto diáfano. Otra cosa es que el ser humano, a lo largo de los siglos, vaya evolucionando y comprendiendo mejor todo lo que a él le concierne, a su vida, a la sociedad; vaya perfeccionando  su comportamiento, sus leyes, normas y conceptos de verdad. La verdad es una sola. Nosotros, como seres humanos, partimos de cero desde los albores de la humanidad y vamos cambiando, tanto las costumbres como las tradiciones, y todo aquello que en un momento pudo ser bueno, correcto y que todos aceptaban, cuando la sociedad avanza, adelanta y se va perfeccionando, muchas cosas van quedando caducas, ya no nos sirven, las vemos como disparates incluso, y por lo tanto se prescinde de todo ello.

Asimismo ocurre con la responsabilidad: somos responsables de nuestras acciones, pero en justicia también lo somos en virtud del grado de conocimiento y preparación que hemos adquirido; no se puede juzgar lo mismo a un sabio y erudito que es plenamente consciente de que puede trasgredir una ley o una norma, de aquel que apenas tiene conocimiento y desconoce los fundamentos de las leyes que nos rigen; aunque haya errado en sus comportamientos o acciones y tenga su parte de responsabilidad, goza del atenuante del desconocimiento y de la ausencia en su voluntad de haber querido transgredir la ley.

Al margen de los hechos, lo que trasciende es la intencionalidad del individuo, lo que esconde detrás de sus deseos, las miras y los objetivos que marcan el rumbo de su vida. Toda falta que deba de pagarse, o dicho de otro modo, corregirse. La moralidad es la regla que nos debe iluminar el camino en este sentido, hacer uso de la conciencia, la regla de oro que es no desear para los demás lo que no deseamos para nosotros mismos. Pero para esto debe anidar en nosotros  un sentido de justicia  y dignidad, entendiendo que esta moralidad es el camino a seguir,  percibir y desarrollar, con la convicción de que estamos hechos para nuestro continuo perfeccionamiento, persiguiendo la  unión con todos los individuos como parte de ese todo del que no podemos sustraernos.

El bien está basado en la búsqueda de la felicidad por medio del perfeccionamiento, la auto-superación personal, la contribución a la mejora de la sociedad, por la mejora de uno mismo; todo va en consonancia de lo que cada uno de nosotros vaya alcanzando; esta es la principal cuestión que hemos de asimilar, el hecho de que nos hacemos el bien a nosotros cuando lo procuramos también a los demás. Se trata, más que de hacer el bien fuera de nosotros, de hacer bien las cosas partiendo de uno mismo.

Cuando un padre corrige a su hijo, porque ve la necesidad y tiene la obligación de velar por él, instruyéndolo y evitando que pueda hacerse daño a sí mismo, debido a su falta de experiencia,  el hijo podrá percibir que no es bueno para él porque su padre le privó de la libertad de hacer lo que él quería. Sin embargo, aunque al hijo le parezca mal y no lo comprenda, el padre está actuando bien y el tiempo le dará la razón. Luego, podemos comprender que las cosas muchas veces no son lo que parecen, pero el resultado final hace que todo vaya a su lugar.

El bien y el mal son conceptos claros, porque son aquello que sale de nuestro interior, y que según sean nuestros objetivos, intenciones e intereses, así serán los resultados, positivos o negativos. No es fruto de la casualidad ni de otro tipo de conjeturas. Es mucho más sencillo. En plan espiritual, todos tenemos capacidad más que suficiente para entender y diferenciar el bien del mal, sin más complicaciones; basta con escuchar la voz de nuestra conciencia y con sinceridad admitir que lo que hacemos a los demás lo querríamos para nosotros.

A nuestro entender, el concepto del bien y el mal va unido al concepto de evolución; aquel que está imbuido de un deseo de progreso sabrá marcarse sus límites, sabrá hasta dónde puede llegar, dónde termina su libertad y empieza la del otro, y tomará en cada momento de su vida la sabia decisión de vencer las tentaciones propias de la materia y de las debilidades que esta conlleva, por su propia naturaleza, al mismo tiempo que, reconociendo un ser Creador superior, Padre de todo lo creado, irá admitiendo y comprendiendo, a lo largo de su vida como espíritu, cada vez mucho mejor sus leyes.

No por mucho querer saber de filosofía podemos estar más acertados en nuestras conclusiones; a veces, un poco de humildad puede resolvernos planteamientos y papeletas que de otro modo podríamos necesitar de muchas vidas para llegar al mismo sitio, una vez cansados de darle vueltas a cuestiones que atañen más a nuestro interior, a la intuición, a la conciencia.

Para todos aquellos que ni siquiera aceptan que existe un Dios huelga todo lo demás, procurarán respetar las leyes de los hombres y, aunque no lo crean, obedecerán a los impulsos de su propia conciencia, que preside todos nuestros actos, creamos en ella o no, salvo que por  intereses egoístas la desoigamos.

Como ocurre con todas las cosas y ya lo hemos mencionado más arriba, la moral es algo que también está sujeta a la propia evolución del individuo, y que va desde los que son capaces de matar a su propia madre a aquellos que son incapaces de pisar a una hormiga; la distancia moral que los separa es enorme, sin embargo la ley Universal, la ley De Dios, es igual para todos, con la salvedad de que a cada uno pedirá cuentas según su grado de evolución. Las matemáticas son una ciencia muy amplia, pero a los alumnos de primero no se les puede poner deberes de un alumno de último curso, ha de ir aprendiendo poco a poco; así es la moral, un concepto que aborda infinidad de valores, pero que vamos adquiriendo a lo largo de los siglos.

  1. El hombre, sujeto como está al error, ¿no puede equivocarse en la evaluación del bien y del mal, y creer que hace bien cuando en realidad está haciendo mal? -Jesús os lo dijo: Ved lo que quisieseis que se os hiciese o no se os hiciese. Todo está allí. No os equivocaréis. (Allan Kardec, El Libro de los Espíritus, El bien y el mal).

Del artículo publicado el mes anterior llegamos a la conclusión de que el espíritu es creado puro e inocente, careciendo de imperfecciones, y que tiene las mismas propiedades para practicar el bien como para practicar el mal. Tiene fuerza de voluntad, intuición, libre albedrío y conciencia; todas estas facultades le ayudan a escoger el camino por él deseado, estando claro que estas facultades o características de los espíritus se van desarrollando a medida que van alcanzando más y más elevación, pero desde su punto de partida y creación como espíritu libre e individualizado ya cuenta con estas características latentes.

Con lo cual, es de sentido común aceptar que en el camino del bien no es necesario pasar por el mal inevitablemente, adquirir todos los vicios y defectos en los que podemos hundirnos y complicarnos la evolución con vidas difíciles y tortuosas. Se puede escoger perfectamente el camino del bien, sin necesidad de pasar por el camino del mal.

 En la misma obra «El Libro de los Espíritus», pregunta 631: ¿Tiene el hombre, de por sí, los medios para distinguir lo que está bien de aquello otro que está mal?  Sí, cuando cree en Dios y quiere saberlo. Dios le ha concedido la inteligencia para discernir lo uno de lo otro.

Como podemos observar en nuestro mundo, que es un mundo de expiación y de pruebas, cada uno de nosotros se halla en un estado de evolución,  con diferentes cualidades, defectos y virtudes; hay una gran escala de espíritus, no todos pasamos por las mismas vicisitudes, ni reaccionamos igual ante las mismas circunstancias, muchas de ellas comunes a todos nosotros por compartir este tiempo y este espacio; los hay que aprenden más rápidamente de las experiencias que viven y no vuelven a cometer los mismos errores; los hay que, no sólo tropiezan una y otra vez en la misma piedra, sino que, además, convierten sus defectos en virtudes, confunden una cosa con la otra, no quieren reconocer que la mayoría de los males que les aquejan son debido a su modo de ser y de obrar.

Es menester comprender que sí que debemos pasar por las mismas pruebas, todos sin excepción, al igual que un alumnado tiene que aprender las mismas lecciones y superar los mismos exámenes, pero cada uno de ellos obtiene unos resultados, fruto de su estudio y de su esfuerzo; ahí no hay influencias ni favoritismo, porque las leyes universales no conceden privilegios a nadie; son iguales para todos, de lo contrario no se le podría llamar ley.

No todos hacemos el mismo uso de la fuerza de voluntad que Dios nos ha dado, muchos sólo lo hacemos en aquello que pueda redundar en nuestro beneficio, sin contemplar ni tener en cuenta las leyes de Dios. Estas las llevamos todos sin excepción escritas en la conciencia. No hacemos siempre un uso positivo de nuestra  inteligencia, sino sólo para practicar y redundar en el mal, sin pensar en el daño que podemos causar a nuestro prójimo. De las mismas experiencias, mientras que unos aprenden y reaccionan hacia el camino del bien, aunque les cueste mucho dolor y sacrificio, otros sólo se satisfacen del mal que pueden provocar; está en ello implícito el libre albedrío y el uso de nuestra voluntad.

La voluntad es la herramienta que posee el espíritu para rechazar el mal, no caer en el camino de lo fácil y violar las leyes de Dios; si ésta no se emplea y además no se usa la inteligencia positivamente, es entonces cuando cometemos los errores y complicamos nuestro futuro evolutivo, que sembramos de sufrimientos en las próximas encarnaciones.

La intuición también le ayuda, pues tiene el canal limpio; así va aplicando sus valores y tomando unas u otras decisiones en ese entorno hostil en el que comienza su evolución. Habría también que considerar que el entorno o el medio ambiente en el que comienzan a tomar materia los espíritus cuando Dios los coloca en el principio del camino, debe ser el más adecuado para que comience a movilizar sus recursos y aproveche al máximo los pocos años que suelen durar las existencias en esos mundos primitivos. Aunque, por otro lado, entre una y otra encarnación no se demora mucho, porque lo que más necesita ese espíritu es tener muchas experiencias, encarnar lo más inmediato posible, para ir progresando de la forma más rápida. A medida que el espíritu se va elevando, los intervalos que permanece en el mundo espiritual entre una y otra existencia se hacen más largos.

Así pues, en el caso de un espíritu que comienza en la materia después de una existencia en la que no adquirió nada de maldad, no se puede elevar mucho, como es lógico y natural, pero siente una gran ilusión cuando se ve en el espacio y ve que ha obrado bien, resistiendo las tentaciones, desechando todo aquello que le puede perjudicar, y se propone volver a encarnar cuanto antes. Es el principio de su vida como espíritu; tiene un montón de ganas de tomar nuevas experiencias y nuevas encarnaciones, y va cumpliendo vida tras vida, durante el tiempo necesario, con todo aquello a lo que ha estado destinado y por ley de evolución se le ha ido encomendando con esas materias.

“El bien es todo aquello que está de acuerdo con la ley de Dios, y el mal, todo lo que de ella se aparta. Así pues, realizar el bien es conformarse a la ley de Dios. Hacer el mal, infringir dicha ley”. (El bien y el mal, Libro de los Espíritus, Allan Kardec).

Sigue así muchos siglos, la evolución no se da a saltos; aunque no adquiera nada de maldad la evolución se consigue lentamente. Toda esa etapa le ha servido y se va preparando para pasar a un mundo de regeneración; no es preciso que baje a un mundo de expiación, porque no tiene nada que expiar, pero antes debe pasar por un mundo de prueba. Entonces se prepara para que con nada más que tres encarnaciones, en las que se le pondrá a prueba en diferentes aspectos, pueda dar el salto, si las supera, a un mundo de regeneración. Con eso es suficiente para que pase a un mundo superior, en el que tiene que hacer otro trabajo distinto; ya la evolución que tiene es más fácil, porque la prueba fuerte la ha superado.

Así a grandes rasgos puede ser el proceso de evolución de un espíritu que, desde el principio de su vida como tal, no ha cogido nada de maldad ni de imperfecciones, siendo algo que logran muchos espíritus.

“Ya te lo hemos dicho. Los Espíritus fueron creados simples e ignorantes (ver párrafo 115). Dios deja al hombre que escoja el camino: tanto peor para él si opta por el malo… En tal caso, su peregrinaje será más largo”. El bien y el mal, Libro de los Espíritus, Allan Kardec.

 

El camino del bien por:   Fermín Hernández Hernández

©2018, Amor, Paz y Caridad

DESHUMANIZACIÓN

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Deshumanización

Deshumanización

¿Qué le está sucediendo al hombre?

¿Es necesario vivir de este modo?

¿Qué ha pasado con los valores humanos?

¿Aprendemos algo de nuestras vivencias?

¿Qué ha desencadenado la deshumanización de nuestra sociedad?

¿Qué se aprende en los centros de enseñanza y universidades?

¿Qué se maquina en los centros financieros, grandes empresas y multinacionales?

¿Qué ejemplo damos a nuestros hijos y a las futuras generaciones?

Algo se le está escapando al ser humano, algo tan importante como para que esta humanidad siga navegando a la deriva, desprovista de sentimientos, desprovista de amor, de respeto y tolerancia entre los individuos, sea cual sea su condición social, raza, color, religión, sexo o idioma. Esta humanidad está necesitada de esos valores humanos que el individuo atesora, pero que no llega a poner en práctica por desconocerlos. El hombre no sabe aún quién es, ni hacia dónde se dirige, y lo mucho que puede progresar en su evolución si llega a movilizar la fuerza de voluntad, el detonante de esas cualidades.

Para qué tanta filosofía y religión si, finalmente, ninguna premisa es útil para convertir al individuo en un hombre mejor, para convertir este planeta en un hogar de paz en el que todos encuentren su lugar, y donde el individuo pueda desarrollarse como ser humano, compartiendo bienes y riquezas. Porque únicamente así podrá alcanzar la propia felicidad. Hasta tanto el hombre sea incapaz de reconocerlo y alcanzar el dominio de sí mismo, no podrá vislumbrar la plenitud.

Vivimos inmersos en un mundo deshumanizado en el que han desaparecido los breves momentos en que la conciencia individual y colectiva puede manifestarse. Manifestarse plenamente en el escenario común de todo ser evolutivo, la llamada del bien y de la paz.

Todos los acontecimientos que envuelven a la sociedad lo están demostrando: la escandalosa cifra de niños muriendo de hambre en el tercer mundo, la abundancia y derroche conviviendo con la miseria más acerba, estallidos de guerra alrededor, la carrera armamentística que no cesa, gobiernos dictadores y multinacionales que continúan sin descanso enriqueciéndose. Y es que la experiencia de las últimas dos guerras mundiales, que socavaron duramente los cimientos de la sociedad mundial, ¿han servido para sensibilizar a los hombres? ¿Han servido de aprendizaje a la humanidad? ¿Realmente han servido de algo?

Los hombres siguen mirándose el ombligo y considerándose el centro del universo, sin importarles, apenas, las personas con las que conviven.

Todos estos hechos desfilan ante nuestros ojos constantemente en noticieros, en la prensa, y vienen a recordar a las conciencias que todas estas miserias y sufrimientos cotidianos no son más que los síntomas de las enfermedades morales que remueven los cimientos de la sociedad; la muestra de su materialismo. Las consecuencias son similares para todo el planeta, que está cada vez más poblado, y las soluciones cada vez más complicadas y costosas.

Esta deshumanización está motivada por una falta de valores; de los valores que todo individuo atesora, pero que continúan ocultos. El hombre se ha deshumanizado, guiado únicamente por su propio interés, por su propio egoísmo. Todo tiene un precio, todo se puede comprar, pero… ¿qué precio tienen el bien común y una sociedad en paz, libre de guerras y sin tantas diferencias entre sus componentes? ¿Cuál es el precio para que este planeta se convierta en hogar de paz, amor y felicidad?

 ¡Un mundo donde nadie deba morir de hambre o ser víctima en cualquier guerra!

Existe una perentoria necesidad de trabajar en la construcción de un mundo mejor, pero no sólo eliminando el hambre, esa lacra que castiga gran parte de la sociedad, y especialmente a los países más desfavorecidos. Es aún más necesario el esfuerzo para cambiar la sociedad, sus bases, enfocándolas hacia la convivencia y la hermandad, para así ofrecer un fuerte impulso a esa nueva sociedad. Reiteramos que es imprescindible trabajar, no sólo en el aspecto material (que apenas ayuda a salir del pozo de la animalidad), sino en el propio interior del individuo, para que puedan aflorar los valores que le enriquecen; los valores que le hacen más libre, más grande, más responsable y consecuente con su propio futuro. Resulta imprescindible trabajar en aras de una educación positivista y dirigida hacia los valores de la enseñanza, descubrir las cualidades espirituales que todo hombre atesora, latentes, aletargadas, y que sólo afloran en circunstancias extremas.

Y estos valores sólo florecen cuando el individuo sabe reconocerlos y aspira a elevarse a los espacios luminosos, hacia lo alto, buscando compararse a las flores en su lucha hacia la luz. El individuo necesita ampliar su conciencia, necesita ser libre. Libre, como ser creado para convivir y relacionarse; un ser nacido del y para el amor, un ser que busca su conciencia y su iluminación. No es una máquina de carne y hueso, está creado para evolucionar y armonizarse con todos sus iguales.

Por los síntomas que percibimos a nuestro alrededor, podemos aseverar que nuestra humanidad se encuentra hoy deshumanizada; que todo lo que anhelamos, y que a priori entendemos como necesario y conveniente, queda relegado a un segundo plano; un plano que pertenece al reino de lo utópico. Las personas no están convencidas de lo que pueden conseguir, carecen de la fe necesaria y desconfían de sí mismas; consideran a sus hermanos como sus enemigos, como sus contrincantes; se encuentran divididos por nacionalidades, religiones o razas. Pero estas diferencias, más que separarles, deberían enriquecerles. Pero el hombre, en su egoísmo, desaprovecha las oportunidades. El individuo, a pesar de conocer el trabajo que debe realizar, el largo camino de su mejora interna, no reacciona, considera que ese trabajo deben realizarlo… los demás.

No son necesarios más leyes ni ordenamientos jurídicos cuando una persona alcanza la madurez y se integra en el mundo que le rodea, cuando observa el estado de las cosas y desea cambiarlas, cuando efectúa su propio cambio interior. Y para conseguirlo le basta con no recaer ni participar de ese segmento de la sociedad que le arrastra. Es conveniente abandonar, a toda costa, el camino de los errores, manteniendo la confianza de encontrar una mano amiga que tienda puentes y le ayude en la senda del progreso.

El hombre fue creado para vivir en solidaridad y para crecer en la ayuda mutua, para dejar de lado su egoísmo y compartir el universo con sus semejantes, para dejar de lado el lastre emotivo que es creerse el centro del universo. Mientras el hombre no se conciencie de lo que bulle a su alrededor, mientras no abandone su ceguera espiritual, no podrá modificar la sociedad, no podrá obligar a gobiernos y centros de poder a modificar sus estrategias y políticas.

¡Qué mayor capacidad de cambio que la que nace de una sociedad convencida, organizada y dispuesta a modificar sus estructuras y planteamientos! ¡Ni las leyes, ni reglamentación alguna, tienen la capacidad de cambio que alcanza una sociedad dispuesta a regir su propio futuro! ¡Únicamente mediante su transformación interior conseguirá el hombre modificar la conciencia propia y colectiva!

Abandonar la senda equivocada y continuar con el trabajo de transformación será, en todo momento, un trabajo pendiente con nosotros mismos y con nuestra sociedad. No se puede acusar a nadie en concreto por el estado actual de las cosas y el grado de deshumanización al que está llegando esta sociedad. Es una responsabilidad compartida por la sociedad de este plano y el espiritual. Mientras el hombre no tome conciencia de su universalismo y active el desarrollo de sus valores internos, no podrá modificar los cimientos de la sociedad, y continuará enlodado con ella.

Esta sociedad continúa deshumanizada porque todos sus componentes siguen un mismo sendero, porque cometen los mismos errores, porque critican, pero no construyen; continúan pasivos e inamovibles. Sólo con sinceridad, con ejemplo y afán de ser útil, el individuo conseguirá romper el inmovilismo que le estanca. Esta sociedad caduca está llegando ya a su fin, y para intentar salvarla y conseguir que a medio o largo plazo no se desmorone o colapse, el hombre debe adoptar unos nuevos parámetros de conducta.

Y esta nueva formulación no puede ser otra que la dinámica de los valores y los principios espirituales y morales. Día tras día, venimos escuchando a multitud de políticos (los primeros que deberían dar ejemplo de claridad y honestidad, al ser los representantes y servidores del pueblo) que muchas de sus actuaciones y decisiones fueron legales, pero no morales. Contamos con un sinfín de leyes que respaldan otras mil razones; pero carecemos de los principios espirituales y morales imprescindibles. Y esta debería ser la premisa para la convivencia y la conducta humana. Tristemente, el hombre ha perdido la fe en quienes deberían ser un modelo de rectitud y comportamiento, y ésta pérdida de confianza viene socavando los cimientos de la sociedad.

Al carecer de unas premisas de actuación claras, basadas en la moral y en los valores humanos, esta sociedad se encamina al imperio del egoísmo y de la corrupción, y estos modos de conducta se están convirtiendo en parte integrante de su identidad. De no superarse a tiempo, estos vicios minarán y destruirán la confianza y buena voluntad que aún queda en los hombres.

Únicamente estableciendo principios morales se podrá devolver a la sociedad la convivencia perdida, conseguir que las buenas formas devuelvan la fe al hombre y le acompañen en su camino hacia la nobleza y la honradez. El individuo logrará, entonces, contagiar su anhelo de mejora y obtener la fuerza que le ayude a identificar a todos aquellos que socavan los buenos principios y que corrompen a las personas que se cruzan en el camino. Los principios ni se imponen ni se ordenan, nacen del interior, de la propia conciencia. Más pronto o más tarde, a todo ser le llega el momento de su autodescubrimiento y de asumir, conscientemente, que pertenece a una comunidad global con la que mantiene un compromiso de responsabilidad.

Pero lamentablemente, en esta humanidad el despertar de los valores no es un fin prioritario. No resulta prioritario ni el respeto por la justicia ni por la igualdad y la solidaridad. Todo queda como una afirmación escrita, como un texto dentro de un conjunto de leyes. El beneficio propio y la necesidad de cubrir todas las necesidades físicas y emocionales campan por encima de los derechos de las personas.

Desde estas líneas respaldamos el derecho al trabajo y a la lucha para ganarse la vida; al derecho a vivir con dignidad, y a que todas las personas, por igual, alcancen estos objetivos.

¡Esa es la ley y la justicia, buscar para los demás lo mismo que deseamos para nosotros!

Mientras unos pocos acaparan bienes y riquezas, excediendo sus necesidades, una gran mayoría apenas alcanza a cubrir sus mínimas necesidades. Los bienes, que deberían ser igualitarios, se encuentran injustamente repartidos; existe un terrible desequilibrio, y ese desajuste, finalmente, tiende a buscar su equilibrio a través de la fuerza, de los sufrimientos o de las rebeliones sociales. Recordemos por unos instantes la Revolución Francesa.

¡No debemos olvidar que el hombre es un mero usufructuario de las cosas, que nada le pertenece, y que todo queda atrás, cuando parte hacia el otro lado de la vida!

En esta sociedad existe un sinnúmero de personas que, con su trabajo, no consiguen alcanzar a vivir dignamente, y vienen desarrollando trabajos muy precarios; trabajos que apenas les consiguen los recursos suficientes. Mientras tanto otros, con sólo dedicarse a mover capitales, consiguen auténticas fortunas. El concepto del trabajo y su remuneración están muy denigrados. Pero… ¡tengamos muy claro que, en la sociedad, cualquier eslabón de la cadena es necesario! ¡Que esos trabajos tan bien pagados continúan, mientras la gran mayoría cuenta con lo justo para sobrevivir!

Y esta es una asignatura pendiente sobre la que debería formularse una normativa pionera que pusiese límites a tales abusos que, por inmorales, producen tanto daño a la sociedad.

 

Deshumanización por:    Fermín Hernández Hernández

© 2018, Amor, Paz y Caridad

CREACIÓN DEL ESPÍRITU: SUS PRIMEROS PASOS

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Creación del espíritu
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[infobox title=’CREACIÓN DEL ESPÍRITU’]

Dios creó a todos los espíritus simples e ignorantes, vale decir, desprovistos de ciencia. Asignó a cada uno una misión con el objeto de iluminarlos y hacerlos acercarse progresivamente a la perfección mediante el conocimiento de la verdad, y a fin de aproximarlos a Él.»

El libro de los espíritus, Cap. Primero, articulo 115. Allan. Kardec

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Consideración a tener presente, esta que lanza el codificador cuando dice «mediante el conocimiento de la verdad, y a fin de aproximarlos a Él» Pero… para esos espíritus que inician su evolución, ¿cuál será ese conocimiento de la verdad? Sin duda, no habrá de ser un conocimiento intelectual o teórico, sino un conocimiento natural extraído de su vida y experiencias, un aprendizaje arrancado de ese entorno hostil en el que se desarrolla y en el que pone a prueba sus habilidades. Habilidades que proceden de sus propios instintos y de las herramientas que, como espíritu, ya posee desde el mismo instante de su creación: la voluntad y el libre albedrío, a las que añadiremos la conciencia y la intuición, desarrolladas a lo largo de sus múltiples existencias. El espíritu es creado por Dios simple e ignorante, pero sin maldad, lo que equivale a decir puro e inocente. 

Carece de maldad y posee los mismos condicionantes para decantarse tanto hacia el bien como hacia el mal. Pero existe una faceta a destacar que resulta fundamental: el espíritu, cuando es creado, dentro de su simpleza e ignorancia, carece de imperfecciones, no está predispuesto a practicar el mal. Puede hacerlo, ¡qué duda cabe!, pero siempre como resultado de su falta de experiencia. Ahora bien, no lo hace de mala fe, por lo tanto no se le puede imputar responsabilidad alguna; tiene una lección que aprender, y solo si es reincidente se le podrá hacer responsable y aplicar el correctivo que la ley considere.

Quizá esté fuera de contexto decir que, para ascender en su evolución, necesita ejercer el mal; mejor deberíamos decir que aprende, en parte,  equivocándose. Y se equivoca porque está teniendo sus primeras experiencias, todo le resulta nuevo y no conoce aún con verdadera claridad  las diferencias entre el bien y el mal. Evidentemente, no le faltarán oportunidades para aprender las diferencias entre estos dos estados.

Hay quienes piensan que, indefectiblemente, todos los espíritus han de acumular malas decisiones y complicar su evolución hasta el punto de verse obligados a reencarnar, una y otra vez, a lo largo de numerosas existencias plagadas de sufrimiento. Esto no tiene por qué ser necesariamente así, pues de serlo, nos obligaría a admitir que el hombre es una suerte de autómata, y que todos los individuos, sin excepción, cometerán las mismas o similares malas elecciones. Ignorancia y sencillez no llevan implícitos error y maldad porque, entonces, ¿dónde quedaría el libre albedrío?, ¿el uso de la fuerza de voluntad, la intuición y la conciencia?

Porque estas cualidades, aunque latentes, ¿no son acaso facultades inherentes al propio espíritu, nacido a imagen y semejanza de Dios?

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«Unos la aceptan con sumisión y llegan más pronto a la meta que les ha sido asignada. Otros sólo las soportan de mala gana y quedan así, por su culpa, lejos de la perfección y de la felicidad prometida”.

El libro de los espíritus, Cap. Primero, 115, Allan Kardec.

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Desde el mismo instante en que el hombre es creado por Dios disfruta de voluntad y libre albedrío. Esto significa que dispone ya de la capacidad de elegir entre el bien y el mal, que tiene la posibilidad de escoger un camino u otro. Y, sin ánimo de entrar en discusiones, tenemos el convencimiento de que éste es el camino más fácil de que disponemos para entender, con claridad, su proceso de evolución como ser pensante,  libre y consciente de su propia existencia.

Si el individuo no hubiese sido creado diáfano, simple e inocente, no tendría la oportunidad de progresar y de elegir su propio camino, acertado o no. Pero, al ser ignorante y carecer de toda maldad, la ley de evolución le facilita toda suerte de nuevas oportunidades. Son la fuerza de voluntad y el libre albedrío los que juegan aquí un papel preponderante, junto el rechazo de su conciencia a tomar un sendero equivocado. Son atributos que todo ser posee, sin excepción, y que marcarán las diferencias según sea su uso, adecuado o erróneo.

Valga como símil el de esa persona que nunca se ha puesto un cigarro en la boca, sabedor de lo perjudicial de ese hábito, y que, por mucha publicidad que puedan lanzarle, jamás se convertirá en fumador. No es imprescindible experimentar el vicio del tabaco, ni tener que pasar una grave enfermedad o incluso morir por su causa, para más tarde sentir la necesidad de rehabilitarse y renunciar a sus ¿placeres? Igual sucede con otros muchos vicios más y con las deficiencias del carácter. Solo hay que ver hacia dónde llevan los vicios a determinadas personas y aprender de su ejemplo para no repetirlo.

¿Qué hace que una persona se convierta en fumadora a pesar de conocer los riesgos y problemática inherentes?  Y ¿qué impulso hace que otra persona descarte tan pernicioso vicio? Simplemente el libre albedrío, su capacidad de elección y la fuerza de voluntad. Por muy irracional que pueda parecer el libre albedrío, es la fuerza que impele al individuo a escoger su propio camino, y al mismo tiempo un destino feliz o desdichado.

No todos somos autómatas ni tropezamos con la misma piedra, pues entonces dejaríamos de tener la libertad de elegir, de ser entidades individuales. Estaríamos condenados a pasar por los sufrimientos necesariamente, para luego tener que conquistar la felicidad.

Si esto llegase a suceder, Dios quedaría relegado a una entidad perfecta pero incapaz de crear seres librepensadores y capaces de escoger entre las diferentes opciones que la vida les presenta, salvo por el sufrimiento, y no es así, también se progresa por el camino del amor y gracias a escoger de primeras el camino del bien. Aquella idea sería poner límites  a  la sabiduría del Creador.

Diariamente observamos infinidad de personas de carácter sencillo y de limitados conocimientos (por haber recibido apenas formación) que, a pesar de sus limitaciones, carecen de un ápice de maldad y son humildes y bondadosas. Y no puedo por menos que preguntarme: ¿cómo puede esto suceder si carecen de capacidad intelectiva? En el ángulo contrario, vemos a otras personas que acaparan conocimientos y sólo los emplean en su propio beneficio y en su egoísmo personal. Muchos de ellos llegan incluso a irradiar una ambición y maldad desmesuradas.

Por tanto, yo les digo a todos aquellos que consideran necesario poseer grandes conocimientos para no equivocarse que están cometiendo un grave error. Conocimiento no es sinónimo de progreso bien encauzado, del mismo modo que la ignorancia tampoco es sinónimo de errores.

En estas facetas cotidianas de la vida prima la buena conciencia del individuo y la premisa de evitar los malos hábitos y las tendencias perversas. Tendencias que son producto de las imperfecciones y de los defectos, agrandados por la comodidad y la escasa utilización de la fuerza de voluntad.

En idéntica medida, la ayuda de una sana envidia debería ser un acicate para conseguir mayores logros personales, pues quienes así actúan están escuchando la voz de la conciencia y resistiendo las tentaciones materiales; decididos a no realizar aquellos actos que su conciencia no aprueba.

La dicha eterna y pura reside para ellos en esa perfección. Los espíritus adquieren tales conocimientos al pasar por las pruebas que Dios les impone. Libro de los espíritus, Allan Kardec.

Dios, efectivamente, impone pruebas. Pero ¿qué fin pretenden?

Consideremos el hecho de que el espíritu, por muy atrasado que esté, al completar cualquier acto reciba algún elemento que le ayude a distinguir entre el bien y el mal, reciba sensaciones, estímulos, que le vayan aclarando el conocimiento de esa misma verdad que los espíritus expresaron a Allan Kardec. Pues afirmamos que esto sucede así, tanto mientras permanece en el cuerpo físico como cuando pasa al plano etéreo. El ser, entonces, analiza y reflexiona, decidiendo repetir las experiencias en otro cuerpo físico para superar todos aquellos defectos que le perjudicaron y limitaron su evolución.

Debemos saber también que, en esas primeras fases de la evolución, los espíritus no caminan solos, pues desde el mismo instante en que Dios los lanza al arduo camino de la lucha por la perfección, ya pone a su disposición la ayuda espiritual necesaria para su desenvolvimiento. Esto resulta de pura lógica, pues no cabe admitir que un Padre deje a sus hijos a su suerte y sin ningún tipo de ayuda espiritual; ayuda que se materializa en forma de consejos, intuiciones, decisiones acertadas y rechazo a las influencias negativas.

Por tanto, y desde estas líneas, deseamos romper una lanza a favor de la grandeza de Dios y de su máxima expresión: el espíritu humano, entidad capaz de iniciar su proceso de evolución y de la búsqueda de la perfección impulsado por la propia ley de evolución, que le impele a conseguir mayores metas sin necesidad de pasar por el mal, sin necesidad de complicarse en vidas de sufrimiento y de expiación, de esas experiencias que son el resultado de las malas elecciones, de los errores y de la comodidad, al no haber ejercitado la acción correctora de la humildad y la voluntad.

Estos son esos sus primeros y difíciles pasos, pero contará siempre con la ayuda de un cuerpo físico bien adaptado, de un psiquismo y de los instintos capaces de ayudarle para que su camino sea, desde el inicio, bien encauzado. Evidentemente se equivocará, pero sentirá arrepentimiento y deseos de mejora, y con el refuerzo de esos impulsos y la evidente colaboración del plano espiritual podrá adelantar un gran trecho en su evolución.

 

La creación del espíritu por: Fermín Hernández Hernández

© 2017, Amor, Paz y Caridad

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LA PALABRA: MENSAJERA DEL ESPÍRITU

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La palabra: Mensajera del espíritu
Fotografía de: Juan Pablo Lauriente

¿Qué es la palabra?

La palabra no es un algo amorfo, es energía, valor, un don, un cheque al portador.

¡Con la palabra te doy mi alma!

¡Con la palabra te entrego mi confianza, todo aquello que llevo en mi interior!

¡Con la palabra te transmito esperanza y consuelo!

¡Con la palabra levanto tu ánimo!

¡Con la palabra busco tu reflexión!

¡Con la palabra te interrogo buscando razonamientos!

¡Con la palabra expresas tus intimidades!

¡Con la palabra muestras todo aquello que anida en tu interior!

¡La palabra es la proyección de todo lo que anhelas y pretendes!

 

Es una promesa de futuro que ayuda a entender la realidad de tu presente y evoca tu pasado. Es el instrumento del alma por vocación, y gracias a ella pueden expresarse los valores que albergas o la mezquindad de tus intenciones.

Podrá expresar sinceridad o falsedad, justicia o arbitrariedad, podrá llevar la esperanza o la desesperación, la verdad o la mentira, podrá usarse como moneda de cambio, o como un compromiso de integridad que la identifique; podrá usarse con responsabilidad o sin ella.

Con la palabra se revelan las intenciones, los sentimientos y emociones que vibran íntimamente dentro de cada individuo, no importa las circunstancias que esté atravesando.

Resumiendo, es la mejor herramienta de la que dispone el alma para darse a conocer y expresarse.

La palabra deja al individuo desnudo; pues una expresada, permite descifrar la intimidad del ser. A las personas se las puede reconocer de muchos modos, pero es la palabra el instrumento que dibuja, con precisión, todo lo bueno o de malo que el ser anida.

Con las palabras puede llegase donde se desee, nada las limita. Las palabras llevan en sí mismas las afinidades y los sentimientos; con ellas puede atravesarse el espacio y el alma de los demás, permiten cubrir amorosamente a conocidos, y con odio a los enemigos, causarles grandes bienes, o grandes males.

Las palabras son depositarias de las pretensiones del individuo; si son verdaderas, perduran en el tiempo, y si son falsas y cargadas de ruindad, mueren pronto, secas y sin frutos.

Al sucumbir las mentiras y resplandecer la verdad; con ellas muere también parte del propio individuo ya que va extinguiéndose su credibilidad. A los mentirosos, a los embusteros, a los hipócritas y desleales les sucede como a los egoístas: terminan sus días en soledad… mueren lentamente.

¡Las palabras pueden hacer inmortales a los seres, 

o por el contrario, privarles en un instante de todo!

Un hombre es auténtico cuando no falsea su propio ser, cuando se atiene a su naturaleza y actúa conforme a sus exigencias, cuando persigue los fines que le son propios y desarrolla sus posibilidades con esmero. (Gustavo Villapalos).

Las palabras no debieran ser usadas banalmente, en la hueca pretensión de arrogarse aquello, que más tarde y con hechos, puede constatarse. El uso de la palabra es algo sagrado. No la vulgaricemos pues, no hagamos un uso egoísta y mercantil de ella, no destruyamos su esencia. A una gran mayoría de personas que se ganan la vida con el uso de las palabras, muy pocos les creen hoy, han perdido la fe en ellos. Me refiero concretamente a políticos, a periodistas y a tertulianos, pues todos ellos, en su gran mayoría, utilizan la palabra en su propio beneficio, buscando fines partidistas; están condicionados por sus ideologías, por sus intereses y su negocio; han perdido la parcialidad y no buscan la verdad. Han perdido la confianza y nadie les cree, no dicen lo que piensan y en consecuencia, tampoco piensan lo que dicen

Actualmente se está utilizando la palabra más que en otro momento de la historia, pues gracias a la tecnología y a los medios de comunicación tienen un alcance extraordinario. Y sin embargo ¿porque el hombre sigue tan falto de entendimiento, de cordialidad y de acercamiento? Cuando vemos a través de los medios de comunicación las conversaciones de los tertulianos, observamos que todos quieren hablar al unísono, apenas saben hacerse entender, todos quieren imponerse, tener la razón, y para conseguirla, hablan cada vez, más y más alto ¿quizás creen tener así una mayor dosis de razón o conseguir una mayor capacidad de convicción?  No trasciende la cantidad de palabras, sino su calidad; no es lo que se dice, sino cómo se dice, cuáles son las motivaciones que se transmiten, qué idea llevan implícita. Ellos mismos se descalifican con sus intereses y partidismos espurios.

En determinadas ocasiones se habla más con gestos y ademanes; pero el rostro es siempre el espejo del alma; observemos pues el rostro y las formas de expresión de muchos de ellos, y veremos grabado su sello personal.

Por desgracia, se banalizan las palabras. Antaño, para el honor de las personas bastaba la palabra dada y un buen apretón de manos. Nada de eso sirve ahora, todo queda documentado y firmado, para a pesar de ello, terminar incumpliéndose. Se están perdiendo las personas íntegras en cuya palabra puede confiarse y al final termina recurriéndose a abogados y asesores, a los intermediarios de la palabra.

¡Dónde quedó la integridad de las personas!

Los intereses personales, los intereses económicos y el triunfo personal tienen preponderancia sobre todo lo demás. Y si para ello es necesario utilizar las palabras como un arma letal, si para ello es necesario recurrir a las mentiras y al engaño para fascinar a otras personas, así termina sucediendo.

El ser humano se ha vendido, ha hecho uso de los más mezquinos embustes y artimañas, ha corrompido el don de la palabra. Ha corrompido algo tan valioso, que esta continuada falsedad ha ido minando, poco a poco, las bases de la sociedad. Ha convertido el mal uso de las palabras en un grave problema.

La palabra es un don, una herramienta que no debe ser malgastada, que no debe ser utilizada ruinmente. La palabra debe ser veraz, contenida, clara, amable, educada y simpática; conducir a la armonía, al entendimiento, a la hermandad y al bien común. La palabra debe usarse para el aprendizaje, para orientar, para corregir, para amar, para consolar, para llevar la paz, para llevar la solidaridad y el afecto que a través de ella puedan transmitirse. Resulta tan fundamental su uso que le debemos la mayor consideración y respeto, casi… veneración.

La palabra bien utilizada es un bálsamo que alienta y cura. No debería usarse con tintes de egoísmo e hipocresía, de ambición o iniquidad. No la corrompamos, no destruyamos todo aquello que es capaz de levantar.

Qué triste disponer de ese gran don y no utilizarlo para el fin que ha sido creado: para el mutuo entendimiento y como reflejo de la verdad íntima. No debe olvidarse dialogar, razonar, discutir, todo positivamente, para así descubrir las nuevas ideas y pensamientos que puedan transmitirse, empleando para ello el sentido común, el discernimiento, la sensatez y el deseo de mejora y progreso.

Siempre se ha mencionado el vocablo hablando se entiende la gente, y bien es válida esta expresión, pero si no se arrojan del mundo interior las ansias de personalismo y egoísmo; mientras se siga defendiendo la propia parcela de egoísmo, y no interesen ni el progreso del ser, ni el bien común, poca utilidad tendrá el uso de la palabra. El ser se ha envanecido tanto en su dominante yo inferior, que la palabra no le basta.

La palabra no es una fuerza material, procede de la fuerza espiritual, es su mensajero, su aliado. Usémosla para el bien común, hagamos que sea portadora de mensajes de paz, de enseñanza y de fraternidad allá donde vaya, para que esclarezca y aporte las bases de unión y acercamiento entre los seres humanos.

 

La palabra: Mensajera del espíritu por:   Fermín Hernández Hernández

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